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El valor de la palabra


Por Walter Duer.


El valor de la palabra
No son best sellers, pero lograron hacer de la escritura la base de su negocio. Traductores, periodistas freelance, correctores: ¿cómo es vivir de caracteres?

¿Es posible vivir de la escritura en la Argentina? ¿Puede convertirse la palabra escrita en un “negocio”? “Si entendemos por escritura solamente la publicación en formato libro, no conozco a nadie en el país que pueda dedicarse exclusivamente a ello, excepto algún autor consagrado. La mayoría completa con actividades afines, desde conferencias hasta la práctica de alguna segunda profesión, como medicina, psicología o abogacía”, rompe el hielo Miguel Lambré, presidente de la editorial Del Nuevo Extremo. 

Es una empresa difícil, es cierto: suelen ser trabajos no lo suficientemente bien remunerados y que demandan una gran cantidad de horas (y de pestañas quemadas). Sin embargo, no son pocas las personas que lograron armar una ingeniería económica a partir de la palabra. No son nombres y apellidos populares que convocan a largas filas de fanáticos en las ferias de libros, ni ocupan los primeros puestos en los rankings de best sellers. Ni siquiera coquetearon con esa fama fugaz de publicar el libro exacto en el momento ideal (como ocurrió hace unos años con los pioneros de neurociencias, por ejemplo). Son verdaderos obreros de la palabra: periodistas, correctores, traductores, profesionales de las redes sociales, creadores de contenido corporativo, y la lista sigue.

“Se necesita contar con un poco de suerte para dar con ese ejecutivo que advierta el valor de lo que uno hace”. 
- Alejandro Alonso

Alejandro Alonso es periodista de ciencia y tecnología, y escritor del género fantástico y de literatura infantil y juvenil. Fue colaborador de la revista digital Axxón, donde publicó sus primeros relatos de ciencia ficción, y sus trabajos aparecen en antologías y revistas de la Argentina, México y España. Actualmente coordina con María Florencia Tabanera el blog de literatura infantil y teatro de títeres Buhonito’s Blog. “En el caso del periodismo, y en particular el de tecnología, es posible vivir de la escritura. En general no alcanza con colaborar en un único lugar y es necesario encontrar los medios que acepten trabajar con uno bajo un esquema de recurrencia”, dice quien escribe alrededor de veinte notas mensuales. Y agrega: “Muchas de ellas son de novedades o de información coyuntural, por lo que no todas exigen altos niveles de investigación, búsqueda de fuentes y traslados físicos. Si trabajara cada tema con profundidad, probablemente no podría completar más que uno o dos informes por mes”.
Un juego de paciencia
La veta literaria de los escritores suele chocar contra las dificultades inherentes al mercado editorial vernáculo. Una de las creaciones de Alonso obtuvo el segundo premio de Literatura Infantil y Juvenil de Sigmar en 2016, pero sigue inédita. “Se necesita contar con un poco de suerte, dar con ese ejecutivo que advierta el valor en lo que uno hace y que tenga el coraje suficiente para asumir los riesgos y para abordar esa obra y darla a conocer. Hay que decirlo: en el universo editorial, los corajudos se cuentan con los dedos de una mano”, describe. 

En este sentido, Lambré invita a no desesperarse. “Es necesario poner la ansiedad de lado y tratar de dar con una editorial que publique y distribuya profesionalmente –recomienda–. En nuestro caso, pensamos que hay mucho potencial, que hay muy buenos autores nacionales –incluso entre los más jóvenes– y que el hecho de tenerlos cerca facilita un mejor entendimiento”.

Con el periodismo gráfico en crisis, parecerían emerger diversas oportunidades en el plano digital: hoy daría la sensación de que basta con lanzar una cuenta en las redes sociales, sumar una considerable cantidad de seguidores y, con esa audiencia cautiva, sentarse a ver cómo caen los billetes. Sin embargo, no todo lo que reluce es oro. 

Jorge Gobbi, doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA), fue uno de nuestros blogueros pioneros: blogdeviajes.com.ar está online desde octubre de 2003. “Hace años que me concentro en la docencia y la consultoría, mientras que la producción de contenidos pasó a ocupar un lugar que, si bien es importante en cuanto a la difusión de mis actividades, no es tan relevante en términos de ingresos”, confiesa quien se desempeña en la UBA, en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) y en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). Y acota: “Más que ganancias económicas, mi blog genera otros empleos y posicionamiento en el mercado. No niego que los medios digitales pueden representar una oportunidad, pero, en varias ocasiones, quedan circunscriptos a ingresos poco regulares y atados a las políticas de visibilidad de redes sociales y buscadores”.

“Un buen día, el libro está impreso y te olvidás de todo lo que transpiraste para llegar a la meta”.
- Mariana Creo
Palabras, palabras, palabras
Más allá del autor formal, la cocina de un libro tiene un sinfín de chefs. Mariana Creo es rectora de alma, correctora de profesión recibida en la Universidad del Salvador (USAL) y, desde 2001, jefa de corrección de Penguin Random House Grupo Editorial. “En el contexto de una empresa grande, es posible conquistar el objetivo, mientras que toda actividad freelance experimentará altibajos. Pero hay un antídoto para combatir esos vaivenes laborales: captar más clientes ampliando el portfolio de servicios con labores complementarias de la corrección, como diagramación, diseño, editing, ghostwriting, desgrabaciones, etcétera”, propone Creo, una verdadera máquina humana: puede procesar unas cincuenta páginas en tres horas, mientras chequea ortografía, nombres, fechas y hasta algún que otro despiste del autor. 

Los especialistas coinciden en que es fundamental estar abierto a trabajar en todo tipo de soportes, de revistas a sitios web, de catálogos a tesis, pasando por todos los intermedios imaginables que excedan al tradicional libro de papel. Valeria Pazo es traductora pública en idioma inglés, graduada de la Facultad de Derecho de la UBA, matriculada en el Colegio de Traductores Públicos de la Ciudad de Buenos Aires e inscripta en varias embajadas. “Muchos combinan esta actividad con otras vinculadas al idioma, como clases e interpretaciones, porque no soportan estar horas y horas solos frente al teclado, sin tener contacto humano”, esgrime Pazo, quien, paralelamente, revela que la productividad media para un traductor es de 2500 palabras por día. Y añade: “En un mes podemos llegar a traducir más de cincuenta mil palabras, amén de los trabajos de corrección y revisión”.

“Es necesario esforzarse mucho, tener paciencia y ser flexible ante los cambios. Y es imprescindible ser apasionado por lo que uno hace ”.
- Laura González
No resignar el placer
Una estrategia de rentabilidad para aquellos que nacieron con el don de la palabra (o lo adquirieron, por qué no) consiste en estructurar contenido corporativo: es decir, valerse de la escasa habilidad que tienen en estas lides los gerentes y los altos directivos, para ofrecer servicios que pueden ir desde diseñar un mensaje interno hasta escribir un discurso, desde llenar los contenidos de la página web hasta completar los textos de los folletos. 

Laura González acumuló más de doce años de experiencia en distintas agencias de publicidad. Redactora de contenidos digitales, redes sociales y consultora en desarrollo de estrategias de marketing y comunicación digital, opina que la aventura de la escritura comprende una serie de puntos insoslayables: “Existe un factor azaroso por el cual algunos ‘la pegan’ y otros no; es necesario esforzarse mucho, tener paciencia y ser flexible ante los cambios. Y es imprescindible ser apasionado por lo que uno hace”. 

En este último punto concuerdan la mayoría de los “obreros de la palabra”: sentir placer con lo que hacen. “Después de tantos años, me sigue asombrando que una pila de papeles desordenados y aparentemente inconexos –como muchas veces son los originales– termine transformándose en un libro. En ese proceso intervienen innumerables personas, hay demasiada tarea por delante y hay mucho ‘ruido’ también: decisiones que se demoran, idas y vueltas, imprevistos...”, dice Creo. Y prosigue: “Sin embargo, al final, la orquesta se encauza y suena una única melodía. Y un buen día, el libro está impreso, lo recibís con un genuino y asombrado ‘¡Ay, qué lindo!’ –como si nunca hubieras visto un libro en tu vida–, y te olvidás de todo lo que transpiraste para llegar a la meta”.

“No conozco a nadie que pueda dedicarse exclusivamente a la escritura, excepto algún autor consagrado”. 
- Miguel Lambré

Por su parte, González admite que lo que más disfruta de escribir es, paradójicamente, leer. “Leer es aprender. Cuando uno tiene que escribir, necesita, sí o sí, buscar fuentes, dentro y fuera de la disciplina que se está tratando”, comenta. Y comparte un ejemplo reciente: “Tuve que desarrollar unos protocolos de uso para unos aparatos de estética, así que leí información ligada a la medicina, a la física, a la química. Hasta me topé con textos sobre yoga y pilates. Fue muy enriquecedor”.

“Ahondamos en una gran diversidad de temas: para aquellos que somos curiosos, es ideal. Podés pasar de traducir un contrato a un folleto de un crucero por el Caribe, o el plan médico de una compañía prepaga. Otra ventaja es el home office: no estamos obligados a permanecer entre las cuatro paredes de una oficina. Solo necesitamos nuestra notebook”, explica Pazo, aunque reconoce: “El ritmo de trabajo puede resultar demoledor, agotador. No hay fines de semana, horarios ni feriados. Y todo suele ser para ‘ya’”.

Como autor de esta nota y hombre que vive de la palabra, suscribo esta última sentencia. De hecho, me encantaría explayarme sobre la cuestión durante unas cuantas líneas más, pero tengo que cumplir con la fecha de entrega del artículo, así que lo termino exactamente... ahora.

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