TENDENCIA


Un viaje al corazón de la ventriloquía


Por Marianela Insúa Escalante.


Daniel Riera es periodista y escritor. Un hecho fortuito lo convirtió en ventrílocuo. Él contó en un libro ese proceso de transformación. ¿Cómo cambió su vida? Veamos.

Un periodista que juega con un muñeco

Daniel Riera es periodista y escritor. Es uno de los editores de la revista Barcelona. Escribió novelas, como Vas a extrañarlo, porque es justo, y libros periodísticos, como Buenos Aires bizarro y Nuestro Vietnam y otras crónicas (Alfaguara). Cuenta que Ventrílocuos. Gente grande que juega con muñecos lo escribió “desde adentro”.

Pero el tema va más allá del papel, ya que Paco y Oliverio se presentan en distintos escenarios porteños. En esos shows hay un equipo de trabajo compuesto por las actrices Candela Reynoso e Ivanna Colonna Olsen, el guitarrista Marcos Matarazzi, la directora Milagros Ferreyra. También participan Mariano Lucano, a cargo de las imágenes, y Diego Perri, en prensa y difusión. 

“Me gustaría cambiar algunas cosas de la ventriloquía, que haya una recepción mayor hacia los ventrílocuos: salas, producción de espectáculos. Y que a la vez se renueven más los shows. ¿Qué puedo hacer? Espectáculos en los que se incorporen otros elementos: lenguajes, músicos, videos, tomar el diálogo entre muñeco y ventrílocuo como un punto de partida para contar una historia”, se esperanza Daniel, acerca de este mundo de gente grande que juega con muñecos.

Hasta fines de 2008, lo que más le apasionaba a Daniel Riera era contar historias. De hecho, lo sigue haciendo, y muy bien. Periodista con varios libros de novelas y crónicas publicados, en ese entonces fue invitado a la cena anual del Círculo de Ventrílocuos Argentinos. Esa noche se ganó un muñeco de ventriloquía. Enseguida sintió algo especial por él. A los pocos días, tomaba clases para aprender el oficio. Le puso por nombre Oliverio y él, para acompañarlo en el escenario, se rebautizó Paco. Juntos, hacen shows por diferentes salas. La historia podría ser esta, simplemente, si no fuera por lo jugoso que sucedió en el medio. Daniel lo contó en una crónica escrita durante cuatro años a la que tituló Ventrílocuos. Gente grande que juega con muñecos. 

Entró en ese mundo por curiosidad y se quedó porque le gusta, dirá durante la entrevista, en la que también recordará que era tal el cariño por Oliverio que hasta se enojó cuando su mujer no lo quiso saludar.

–¿Ahora lo saluda?
–En realidad, siempre tuvo buena onda con Oliverio. Se llevan bien. Ese episodio que describo es sobre una discusión conmigo en la que le digo que no se la agarre con Oliverio. Tenía que contarlo. Pero en su momento se lo dije seriamente.
–Así que está todo arreglado.
–A veces, cuando tengo un conflicto con mi señora, ella le pregunta a Oliverio qué piensa, y él, muy diplomáticamente, le dice que no está para ir llevando y trayendo.

Es el mediodía de un viernes con lluvia. Acaba de bajar de un taxi y arrastra su valija con rueditas. Adentro está Oliverio. A la noche, se reunirá con los integrantes del Círculo, un mundo que ya conoce a la perfección y al que entró con dudas propias y reticencias de algunos de sus actuales colegas. No lo veían con buenos ojos. Al fin de cuentas, llegaba de otro ambiente. Pero se insertó de tal manera que se quedó. A muchos los entrevistó para su libro. Allí, entre historias duras y de amor, se percibe que para la mayoría de los ventrílocuos, el muñeco no es un muñeco, sino un amigo, un compañero, un hijo. Cada uno lo siente a su manera.

–¿Qué es Oliverio para vos?
–Un amigo. Hay ventrílocuos que hablan del muñeco como un hijo. No tengo hijos, así que no puedo opinar. Mi psicóloga dice que mi vínculo con Oliverio es paternal. Pero lo veo más como una relación de pares. Nosotros nos llamamos Paco y Oliverio por dos poetas de igual valía y peso en la historia de la literatura argentina: Francisco “Paco” Urondo y Oliverio Girondo. Eso define un poco la relación que tenemos.

–¿Hablás del tema con tu analista?
–Charlamos bastante sobre la idea de la literatura en Oliverio, de la realidad, que es como literatura en 3D. Mi psicóloga lo ve como un empujón más hacia una perspectiva artística de las cosas. Con esa figura paterna a la que se refiere, no estoy muy de acuerdo.

–Una noche fuiste a una fiesta de ventrílocuos y terminaste siendo uno de ellos. Además, escribiste un libro sobre el tema. ¿Imaginabas que podía pasarte eso?
–No lo imaginaba hasta que lo empecé a vivir. La verdad es que lo disfruto mucho. En algún punto, siento también como una responsabilidad. Oliverio tiene que brillar y yo me tengo que ocupar de que brille. Y la gente que va a nuestros shows, lo hace para ver a Oliverio.
–En varios pasajes de la crónica, hablás de Chasman y Chirolita, dos referentes argentinos del tema. Decís que suelen preguntarte qué fue de Chirolita. ¿Y?
–Según dice la viuda de Chasman, Chirolita está guardado en la bóveda de un banco; en la caja de seguridad. No sé en cuál.

–¿Qué te llevó a contar desde adentro la ventriloquía?
–Como cronista me parece imprescindible involucrarme en lo que cuento, ver cómo me puede enriquecer la gente que acabo de conocer y sus historias. Si no estuviese esa posibilidad de que alguien te cambie la vida, daría lo mismo cualquier profesión. Y esta pasión consiste en sostener un arte que no todos entienden y que no todos reconocen como arte. Al ser yo mismo contagiado, no solo a través de los demás ventrílocuos, sino también con la presencia de Oliverio en mi casa, empiezo a entenderlo más, porque estoy desde adentro. Hay una doble pasión: la de cronista y la de ventrílocuo. Es un libro escrito desde mi propia experiencia.

–¿Sabés en qué momento empezaste a sentir pasión por este arte?
–Algo había cuando me gané a Oliverio, porque los testigos de la escena dicen que lo miraba mucho, que lo acariciaba. Pero para mí hay como una bruma, tal como sucede en varios momentos importantes. Recuerdo que un par de ventrílocuos empezaron a gritar: “Que lo done” y yo pensaba: “¿Están locos?”. No era ventrílocuo, pero algo había sucedido. Algo había emergido. Después devine en ventrílocuo.

–¿Cómo empieza a entablarse una relación entre Oliverio y vos?
–Al principio, por esa emoción profunda que te contaba que sentí cuando me lo dieron. Luego, Oliverio estuvo un par de días de adorno en mi casa. Lo miraba y decía: “Algo tengo que hacer con esto”. Y lo primero que se me ocurrió fue abordarlo desde mi oficio, que me ayudara a contar una historia. Después hubo como un descubrimiento de una idea, de que la ventriloquía es una posibilidad maravillosa de explorar, de expresarse. Y eso empezó a completarse cuando actué, cuando lo puse en práctica.

–¿Llegaste para quedarte?
–Sí, porque me divierto, lo paso bien y encuentro un estímulo artístico. Si sintiera que no puedo hacerlo bien o me aburriera, no seguiría, pero es imposible. Tiene tanto que ver con mi intimidad, con mi comunicación con Oliverio. Ahora hago un espectáculo nuevo y tengo otro pensado. Llegó un punto en que los shows pasaron a importarme tanto como mis escritos. 

–Se intuye cierta melancolía en ese ambiente. ¿Es así?
–En una película llamada Carta de presentación, de 1938, con Charlie McCarthy, una chica dice en una fiesta: “¡Un ventrílocuo!”, y alguien comenta: “Creía que ya no existían”. O sea que está esa fantasía de que la ventriloquía languidece, pero siempre está latente. El Círculo de Ventrílocuos ayudó a mantener una especie de chispa respecto de juntarnos, aglutinarnos… somos unos cuantos, seguimos existiendo, presentando batalla. Quizás esa melancolía viene un poco de esa sensación de minoría incomprendida, con la combinación de una persona con un muñeco, de un vínculo que se establece. Personalmente, creo que hay otras posibilidades y las muestro. Ves la tapa del libro y no es melancólica. Oliverio quiere ser una estrella de rock y yo demuestro que se pueden incorporar nuevos elementos. La melancolía puede ser una posibilidad, pero no es la única.

–También está el humor.
–Sí. La presencia de un muñeco de aspecto antropomórfico genera situaciones graciosas. Por eso, siento que no hay que forzarlo demasiado en el escenario, no hay que tirar setenta chistes por minuto. Un muñeco que habla ya es gracioso.

-Contás historias duras. Recuerdo la de Daniel y Cebollita. Daniel estuvo de duelo un año tras fallecer su esposa y sólo se dedicaba a criar a sus tres hijos, hasta que le pidieron que volviera a actuar. Y volvió y la vida le cambió.
–Me cuesta pensar en la idea de alguien que se salva… no le pido eso ni a la ventriloquía ni a nada. Pero creo que lo que le pasó a Dani y a todos los ventrílocuos es la aparición de algo que te embellece la vida. En un mal momento, apelar a eso que te hace bien es bienvenido. No lo veo tan dramático. Me parece que pasa por ahí. 

–¿Cómo vivís una presentación?
–En el escenario me siento muy bien con él. Con nervios los minutos antes de salir a escena y fabuloso después. Me pone nervioso un acople, un problema con las luces, la pregunta de si hay gente o no, la obsesión por que esté todo bien. En una época acostumbraba caminar entre la gente, conversar, y ahora casi no lo hago. Hay algo de introspección y privacidad. Cuando subo al escenario es alucinante, una sensación compartida con mucha gente. Es un momento muy liberador, en el que los temores anteriores se disipan, sobre todo en la medida en que sentís que la gente reacciona y se ríe y está todo en orden; entonces, te vas soltando.

–¿Cómo es Oliverio?
–Oliverio no la “caretea” nada, no elude temas urticantes. Puede hablar de fútbol, de política, de sexo, de religión. De cualquier cosa. No tiene problemas.

–¿Disfruta los shows?
–Sí. Del mismo modo que uno piensa y habla en una charla de café, rodeado de amigos, Oliverio piensa en el público como amigo. Y sería tonto que se reprimiera delante de amigos. 

–¿Cuáles son las diferencias más notables entre ustedes?
–Yo hablo bajito, pausado; Oliverio es extrovertido, avasallante. Esa postura física, esa manera de pararse que cada uno tiene, hace que las ideas se muestren de manera más radical. Él quiere ser una estrella de rock y puede serlo, pero yo no. Oliverio canta en el escenario y yo no. Él es infinitamente más convincente que yo arriba del escenario. De su mano pude empezar a escribir canciones, alquilar una sala de ensayos, tocar en vivo, cosas que hacen las estrellas de rock. Para Oliverio es perfectamente posible, todo es posible.

Empezar en la ventriloquía 

La relación entre Daniel Riera y la ven-triloquía comenzó en diciembre de2008, cuando fue invitado a la cena anual del Círculo de Ventrílocuos Argentinos (CIVEAR). Esa noche, su número salió sorteado y se ganó un muñeco de ventrílocuo, que él define en su libro como “una obra de arte realizada por la señora Jesús de la Cruz Rivera”. Desde entonces, sintió algo especial por ese nuevo amigo al que bautizó Oliverio en homenaje al poeta Oliverio Girondo. Como compañero, él se puso Paco para recordar a Paco Urondo. El paso siguiente fue tomar clases particulares con el presidente del CIVEAR, Miguel Ángel Lembo. Luego compró ropa para Oliverio y un bolso. 

En los primeros tiempos tuvo que aprender a guardar aire en el estómago; después le enseñaron cómo inspirar y expirar de manera discreta, y más tarde, de qué forma vocalizar mientras expiraba. El resto lo hizo la práctica. La pasión que desarrolló por el oficio lo llevó a distintos escenarios, donde se sube con shows propios en los que él es tan protagonista como Oliverio.

El mundo ventrílocuo 

“Somos treinta los ventrílocuos que nos juntamos habitualmente”, cuenta Daniel Riera. Y agrega: “Existen como dos corrientes: los que piensan en el muñeco casi como un hijo y los que piensan en el muñeco como una herramienta de trabajo. Hay como una pasión compartida”. Al describir la ventriloquía (también, ventriloquia) argentina, dice: “Hay ventrílocuos que cambian de muñeco todo el tiempo y no tiene sentido, porque el muñeco B dice lo mismo que el muñeco A. Si no tenés claras determinadas cosas, los actos pueden ser como vacíos, deshilachados. 

Lo más difícil es darle una personalidad al personaje, porque entendiendo su raíz, sabés a dónde va y escribís en función de eso. Hay ventrílocuos que trabajan siempre con una o dos rutinas y no se preocupan más. Pero si la idea es ir evolucionando a través del tiempo, es necesario que sepas quién es el personaje”.

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