Investigación


Dónde viviremos


Por Aníbal Vattuone.


Dónde viviremos
En el mundo se impone la necesidad de residir en “ciudades con talento”. Big Data, innovación tecnosocial, gobiernos abiertos y sustentabilidad son solo algunos de los cimientos de las smart cities.

Las imágenes que antes se veían en las películas de ciencia ficción podrían convertirse en una realidad absoluta en un futuro no muy lejano. Esas urbes robotizadas que bien supo plasmar la pantalla grande (y la chica, boom de las series mediante) están mucho más cerca de lo que se piensa. Es más, usted hasta podría estar pisando el suelo de una de ellas en este preciso instante.

Es que las smart cities (o ciudades inteligentes) se multiplican a lo largo y a lo ancho del planeta. El concepto se refiere a aquel territorio que se destaca por su carácter multidimensional y multifacético en áreas como transporte, energía, educación y salud, entre otras. Alude, además, a cuando la inversión social, el capital humano, las comunicaciones y las infraestructuras conviven armoniosamente con el desarrollo económico sostenible y la modernización de las nuevas tecnologías. En definitiva, se trata de ejecutar las herramientas más sofisticadas con un solo objetivo: el bien común.

La española Pilar Conesa es una de las voces más autorizadas para debatir sobre las smart cities. La catalana, una pionera en la temática, ahonda en aquellas acciones concretas que no solo ya puedan constatarse, sino que son apenas el puntapié inicial de lo que se avecina: “Los smartphones son los grandes aliados de las ciudades inteligentes, brindando información inmediata del transporte público, del tráfico, de los servicios, del uso de las bicicletas compartidas, de los lugares de estacionamiento disponibles y hasta de lo que está aconteciendo a nuestro alrededor. ¿Otro caso para remarcar? La gestión del alumbrado, por el cual se disminuye o aumenta la luz según la cantidad de personas que circulan por la calle”. 

Cabe mencionar que Conesa fue CIO del Ayuntamiento de Barcelona y es la directora de la prestigiosa Smart City Expo World Congress (SCEWC), donde se visibilizan los avances y se comparten las noticias más recientes en este campo. Una de las máximas preocupaciones a nivel internacional es la forma acelerada en la que se está dando la urbanización: de acuerdo con las Naciones Unidas, el 54% de los habitantes reside en áreas urbanas, donde se produce el 80% del producto bruto interno (PBI) mundial. Si de proyecciones se trata, se estima que, para 2050, solo un tercio de las personas estará asentado en zonas rurales.

“La primera transformación que necesita cualquier smart city que se precie de tal es la que proviene por parte de su líder, o sea, su gobernante. Un gobierno abierto y transparente tiene que conjugarse con la participación ciudadana. Una vez que se emprende este camino se puede empezar a pensar en forma inteligente una ciudad”, argumenta el ingeniero Eduardo Salonia, director de la Diplomatura en Smart Cities de la Universidad Blas Pascal (UBP), en Córdoba. En la misma línea, el arquitecto Marcelo Corti, director de la Maestría en Urbanismo de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), analiza: “Una ciudad inteligente es aquella que utiliza los recursos tecnológicos, informáticos y comunicacionales para mejorar los atributos de urbanidad y ciudadanía. A la vez, es la que persigue mitigar al extremo las desigualdades sociales, incrementando las posibilidades de alcanzar estándares razonables de educación, salud, cultura, recreación, empleo, seguridad, transporte y movilidad”.

“Hay objetivos comunes respecto a cambiar modelos de gestión para dar respuestas a retos como el cambio climático, la sustentabilidad y la concentración de la población”. 
Pilar Conesa

Durante los últimos años, Barcelona se posicionó como un ícono de esta corriente. Su historia arrancó luego de los Juegos Olímpicos que se llevaron a cabo en 1992, con el despliegue de la fibra óptica. En la actualidad, puede enorgullecerse de contar con un gran número de empleos tecnológicos, una alta penetración de los smartphones en la sociedad y aproximadamente quinientos puntos de acceso a Internet gratis, distribuidos en todo su territorio (se trata de una de las redes inalámbricas más amplias del Viejo Continente). No es casualidad que entre 2014 y 2016 fuera nombrada “Capital europea de la innovación”, y en 2015 la hayan decretado “Smart city del año”. 

Orientemos la brújula rumbo a Asia: a Tokio también le calza perfecto el mote de smart city. La capital japonesa es considerada un referente por antonomasia, con proyectos que abarcan desde la optimización de la gestión energética hasta la urbanización y movilidad “consciente”. “La complejidad de la mayoría de las ciudades hace que no se puedan gestionar sin tecnología. Pero aclaremos algo: no por contar con mucha tecnología podemos hablar de una smart city. El factor humano es fundamental, por lo que el gran reto al que nos estamos enfrentando es cómo integrar la inteligencia humana con la de las máquinas”, advierte Lucas Jolias, director de la Red de Ciudades Inteligentes de Argentina.

Tan tecnológicas como inclusivas
“Una smart city tiene que ser digital, innovadora y equitativa, favoreciendo a todas las clases sociales”, remarca Pilar Conesa. Y comparte dos ejemplos de acciones concretas en Medellín y Londres. “La ciudad colombiana está rodeada de colinas tan altas y empinadas que las calles no llegan hasta allí. ¿Qué decidieron hacer? Colocar esas cabinas que suelen trasladar a las montañas a los amantes del esquí. En Colombia, estas cabinas funcionan como una extensión del metro. Eso es creatividad: utilizar de una manera distinta algo que ya existía”, define. Y continúa: “En Londres se emplea una aplicación supernovedosa: GoodSAM. ¿De qué se trata? Cuando hay un accidente y la ambulancia está en camino, localiza –previo registro en un padrón– al médico más cercano a la zona. De esta forma, el doctor ya puede atender al paciente antes de que arribe la ambulancia. Son minutos, segundos tal vez, pero salva muchas vidas”.

Sustentabilidad y tecnología
Las smart cities se nutren de las bondades de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) para ser más eficientes en el uso de sus recursos, reduciendo costos y ahorrando energía, y minimizando la huella medioambiental a través de reformas e implementaciones técnicas. “Todo lo que podamos plantearnos hacer en una ciudad debería responder a los Objetivos de Desarrollo Sostenible –ODS– que propusieron las Naciones Unidas: fin de la pobreza, hambre cero, salud y bienestar, educación de calidad, igualdad de género, agua limpia, energía asequible, trabajo decente, consumo responsable, paz, justicia e instituciones sólidas, entre otros. Si bien a la palabra smart se la relaciona con la tecnología, esta es solo un medio para que las comunidades alcen sus voces y entablen un contacto más fluido con los funcionarios”, sostiene Salonia. Corti coincide y acota: “No hay que subordinar la ciudad a la tecnología: ¡es al revés! A mi juicio, las ciudades son la forma de asentamiento humano más sostenible, no solo en lo ambiental, sino en lo social, lo económico y lo cultural. Si la tecnología se usa racionalmente, es perfectamente posible compatibilizarla con la sustentabilidad”. 

A la hora de reflexionar sobre las smart cities, es imperioso contemplar la idiosincracia de cada destino y de sus lugareños, ya que, sin su compromiso, todo puede tornarse insignificante. “Los ciudadanos son el centro de las políticas inteligentes. La mayoría ya son nativos digitales y están habituados a que todo sea atravesado por una estrategia digital. Hay que virtualizar aquello que se pueda: trámites, turnos, permisos municipales, etcétera. 

En la medida en que comprobemos que las autoridades locales escuchan nuestras opiniones y recomendaciones, nos sentiremos cuidados. Y eso se traducirá en que vamos a mantener nuestro barrio más cuidado, limpio y seguro”, refuerza Salonia.

En todo el mundo, Barcelona y Tokio son dos de las ciudades inteligentes por excelencia. En Latinoamérica, Buenos Aires aventaja a Montevideo, Santiago de Chile y Río de Janeiro.
Viajando cincuenta años adelante
Hay que desterrar dos mitos que rodean a las smart cities. El primero es el que supone que sí o sí requieren un espaldarazo tecnológico. “Aprovechar los espacios públicos para crear huertas urbanas no implica ninguna sofisticación y tiene un impacto enorme en nuestra cotidianidad. No es más inteligente la ciudad que tiene más sensores, sino la que mejor aplica la innovación”, comenta Conesa.

El segundo mito a derribar es que son exclusivas de los países desarrollados, cuando el movimiento se está extendiendo a pueblos de África o de la India, donde ni siquiera existen callecitas como las que conocemos en Tucumán, Rosario, Bahía Blanca o Neuquén. “Lo que ocurre es que hay objetivos comunes y urgentes respecto a cambiar culturas y modelos de gestión para dar respuestas a retos globales como el cambio climático, la sustentabilidad y la concentración de la población”, subraya Conesa.

En lo que respecta a la Argentina, los especialistas recibieron con optimismo la Smart City Expo Buenos Aires, que se desprendió de la SCEWC. “Buenos Aires es una de las ciudades inteligentes top de Latinoamérica: supera en el ranking a Montevideo, Santiago de Chile y Río de Janeiro. Los congresos son muy populares en Europa, pero, sobre todo, en Asia, donde más debe acentuarse este concepto por la escasez de recursos naturales y la gran contaminación –hay malestar en China por la generación de energía mediante usinas térmicas–. Lo alentador de estos eventos es que contagian, son inspiradores. Así es como un municipio de Reconquista, en Santa Fe, organizó el primer Congreso de Ciudades Inteligentes, con la férrea decisión de que esta ciudad ponga manos a la obra para ser smart”, desliza Salonia.

Los entendidos concuerdan en que lo primordial es despertar la conciencia ambiental. Y que, para ello, hay un grupo que cumple una función clave: los jóvenes. “El uso masivo de la bicicleta es un claro ejemplo. Ya no tenemos el espacio suficiente para que todos andemos en auto. En este aspecto, estamos siendo testigos de un paradigma disruptivo: el auto dejará de ser un símbolo de estatus social. En Europa, muchos los alquilan solo por los fines de semana”, afirma Conesa. Y continúa: “Paralelamente, aparece un elemento muy interesante en cuanto a la seguridad: el empoderamiento ciudadano. En esta faceta ya no se trabaja únicamente desde el punto de vista del control policial, sino que está ligado con el desarrollo económico y con el bienestar general. Por eso, a mayor empoderamiento de los vecinos, menor inseguridad”.  

Acorde con los tiempos vertiginosos que vivimos, los procesos de cambio se están dando en tan solo cuatro o cinco años, cuando hace medio siglo habrían demandado una o dos décadas. Los expertos fantasean con lo que puede ocurrir de aquí a cincuenta años y anticipan automóviles pequeños, eléctricos, híbridos y de conducción automática, una red de transporte público y compartido, hogares que producirán su propia energía renovable, profesiones inéditas... “Necesitamos lo que yo denomino ‘ciudades con talento’: abiertas, participativas, innovadoras y creativas. Tienen que ser capaces de explotar las oportunidades que se les vayan presentando. Ya lo manifestó Wellington Webb, alcalde de Denver: ‘Si el siglo XIX fue el de los imperios, y el XX, el de los Estados nación, el siglo XXI será el de las ciudades’”, concluye Conesa.

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