TENDENCIA


Ellas y ellos ¡otro round!


Por Mariano Petrucci.


Ellas y ellos ¡otro round! 

A veces, estamos tan cerca y, a veces, tan lejos. Para los especialistas, ni los hombres ni las mujeres todavía supieron acomodarse a los modelos masculinos y femeninos made in siglo XXI. Comprensión, sentimientos, comunicación, prejuicios… Aquí, un nuevo capítulo de la guerra de los sexos.

Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya”.

El minicuento integra el libro La sueñera, de Ana María Shua. Y como la literatura permite múltiples interpretaciones, el texto nos hace reflexionar acerca del vínculo entre hombres y mujeres, de esa cercanía que, a veces, se transforma en lejanía… y viceversa. La guerra de los sexos se recicla siglo tras siglo, década tras década, año tras año. Cuánto más asoma la paridad entre las de Venus y los de Marte, más emergen las disimilitudes. Como polos opuestos que se atraen, como gatos y perros que se pelean y reconcilian, ¿cómo ellas y ellos modelo siglo XXI?

“Hombres y mujeres adoptaron un papel clave: constituyeron lo que suele llamarse ‘la humanidad’. En todas las épocas, ambos sexos trabajaron esforzadamente en la reproducción de los seres humanos, con mucho éxito. En el planeta, a lo largo de diferentes culturas, se sucedieron comunidades matriarcales y patriarcales. 

En la actualidad, en la sociedad occidental, esos roles están variando constantemente. Sin embargo, a decir verdad, no soy de la idea de que haya ocurrido un ‘clic’, sino una progresiva modificación del lugar de la mujer a partir del siglo XIX, cuando el capitalismo la avizoró como fuerza de trabajo”, describe el panorama Shua, autora del libro Todo sobre las mujeres, donde, a través de cuentos, proverbios, coplas, leyendas y mitos misóginos, medita sobre la imagen de la mujer desde tiempos inmemoriales hasta la fecha. Allí no se salva ninguna faceta: madre, esposa, adúltera, bruja, guerrera, hija, suegra, amiga.

Cuentas pendientes 

Las mujeres suelen cuestionars varios aspectos de sus hombres: qué piensan cuando están en silencio, por qué les cuesta expresar lo que sienten, qué esperan del matrimonio, si están felices con lo que ellas les dan en el día a día... Sin embargo, en la vereda opuesta, plantea Sergio Sinay, ellos no se preguntan tantas cosas sobre sus féminas:  “Los hombres no viven tan pendientes de la emocionalidad o las necesidades profundas de las mujeres, como sí pasa al revés. A la mayoría de los hombres les alcanza con que la mujer se amolde a sus deseos y fantasías. Lo que desconcierta a los hombres es la insatisfacción emocional femenina, la demanda en ese campo. ‘¿Qué más quiere?’, pregunta el varón. Él cree que si responde sexual y económicamente, la mujer debería estar satisfecha y admirarlo.  Esto es algo que los varones deberemos revisar alguna vez para desarrollar una emocionalidad más profunda, másíntegra, mejor para nuestra vida y nuestros vínculos”.

“Los hombres han cambiado mucho menos que las mujeres y todavía se sienten un poco desconcertados frente a la mujer actual. Pero no son iguales a mi abuelito: son más amplios y respetuosos de nuestra inteligencia. Se produjo un corrimiento en el rol de los dos géneros”. Ana María Shua

Paula Gamboa, especialista en coaching de The Newfield Network Argentina, contesta en una línea similar a la escritora: “Las mujeres han ido desafiando la mayoría de los juicios que pesaban sobre ellas y sus posibilidades. Esto se debió a dos razones: una eminentemente económica –muchas familias requirieron que la mujer saliera a ganar su dinero, poniendo bajo la lupa la faceta del hombre como ‘proveedor’– y la evolución y/o búsqueda propia de la mujer. 

De hecho, tareas que antes eran rigurosamente reservadas a ellos, en algunos países están siendo desempeñadas por mujeres –en las minas de Chile y Perú, hay mujeres que operan camiones que cargan cientos de toneladas–. De todas maneras, como todo proceso, estamos atravesando el camino, y no hay que olvidar que los hombres del presente fueron criados por padres formados en la ‘vieja cultura’”. Traducido: como reza el refrán, tampoco estamos para “tirar manteca al techo”, ya que entre el género masculino y el femenino queda mucho por discutir (debatir, ¿mejor?). 

Para el doctor Walter Ghedin, médico psiquiatra, psicoterapeuta, sexólogo y autor de Amores ansiosos y otras cuestiones del amor, desde el punto de vista social, los hombres son más lentos para asimilar los cambios. ¿Por qué? Porque romper el molde de lo preestablecido representa un inmenso riesgo: la pérdida de la virilidad. En consonancia, Shua cree que hay prejuicios que no se superaron y barreras que no se derribaron. “Me llama la atención, por ejemplo, cómo en muchos casos se sigue estimando a la mujer como una posesión del hombre, con un molesto defecto: la voluntad propia.

Si en otras épocas se parangonaba a la mujer con animales tozudos –como las cabras y las mulas–, hoy, en Internet, circulan chistes que las comparan con las computadoras, por la mismísima razón: porque quieren hacer lo que se les da la gana. ¡Como si fueran seres humanos!”, acota con una cuota de humor y suma ironía.

Por su parte, Sergio Sinay, quien escribió Misterios masculinos que las mujeres no comprenden (allí bucea por interrogantes como “¿Por qué no expresan su cariño entre ellos?”, “¿Por qué actúan como chicos?” o “¿Por qué tienen poca comunicación con sus padres?”), desliza frases para pensar: “Las mujeres ganaron espacios que les corresponden por derecho propio. Pero no los han transformado –al menos, no todavía–. No nos han propuesto otras formas –distintas, más fecundas, menos competitivas, más compasivas– de hacer política, de hacer negocios, de organizar el trabajo. Han entrado en los territorios prohibidos ‘a lo macho’. Consecuencia: los hombres sentimos que a nuestros frentes habituales de combate se agregó uno nuevo”.

Comprenderse… esa es la cuestión 

No es una humorada, pero hasta en el modo de hablar pareciera que no nos ponemos de acuerdo con el sexo opuesto. Según la norteamericana Robin Lakoff, los hombres son asertivos, es decir, suelen producir afirmaciones netas, como si su visión fuera totalmente objetiva. En cambio, las mujeres incorporan la duda, el subjetivismo. No solo eso: para el estudio estadístico que encabezó Lakoff, ellas distinguen matices que ellos obvian. 

¿La materia “Entenderse”? Sí, a marzo.
“Los hombres no sabemos, la mayoría de las veces, qué es eso que sucede en nuestro interior. No hemos entrenado nuestro lenguaje en esa área. Nuestro vocabulario suele ser ajustado y efectivo: habla de cosas concretas, externas a nosotros, emite juicios taxativos, propone soluciones a problemas tangibles”, detalla Sinay, autor de La palabra al desnudo, quien, por el contrario, considera que las mujeres son dueñas de un lenguaje amplio y afectivo a la hora de transparentar sus sensaciones.  “A los hombres se nos ha enseñado a ocultar nuestros sentimientos como si fuesen pústulas del alma. Un gran número de los varones adultos no vimos manifestar a nuestros padres su mundo emocional”, especifica Sinay. 

Sin embargo, los hombres sienten. Porque eso es lo verdaderamente natural. Lo que no hacen, o aún no del todo, es exteriorizarlo. “‘Los hombres no lloran’ es un dicho que está perimido. Perteneció a otros tiempos de guapos y compadritos: duros con las mujeres y ante sus pares, flojos ante la madre querida o moqueando por la mina perdida en la soledad del ‘cotorro’. El problema no son las lágrimas que puedan verter –y a borbotones si lo desean–. Es el estado de ánimo y los afectos los que aún se expresan ‘a cuentagotas’ o en contadas ocasiones”, aporta Ghedin. Sinay apoya la moción: “Nos debemos una exploración sincera de esos sentimientos, de los aceptados y de los ‘inaceptables’, para permitir que empiecen a aflorar nuestros modos propios de manifestarlos”.

Pero… ¿cómo? ¿El “nuevo modelo” de hombre es puro cuento? No hay objeciones con aquello de que avanzamos hacia una sociedad con más similitudes que diferencias (por ende, hacia una igualdad de derechos). Pero… “Los hombres han cambiado mucho menos que las mujeres y todavía se sienten, inclusive los más jóvenes, un poco desconcertados frente a la mujer actual. No obstante, no son iguales a mi abuelito: son más amplios y más respetuosos de nuestra inteligencia. Están más dispuestos a asumir nuestra capacidad y nuestra autoridad. Pero no se trata de que se nos hayan acercado, sino de que se produjo un corrimiento en el rol de los dos géneros”, afirma Shua.

Sinay opina que ellos variaron comportamientos clásicos, pero que eso está más ligado a un mandato cultural que a una necesidad real (y, sobre todo, propia). “Esos hombres lo hacen porque sienten que su vida como personas, si se quedan anclados al paradigma masculino tóxico, es insatisfactoria desde lo emocional, afectivo y espiritual. Pero son cambios personales. Quizá se están multiplicando porque aquel paradigma es cada vez más estrecho, pero siguen respondiendo a impulsos y decisiones individuales, no a un movimiento colectivo de ‘nueva masculinidad’ o algo por el estilo. Tampoco creo que haya que buscar nuevos modelos, sino recuperar valores masculinos profundos y dignos que estuvieron siempre en el corazón del varón y que han sido postergados, descalificados, negados y ocultados por la presión y la exigencia social y familiar. 

Se trata de regresar a las fuentes que están en nosotros. Estos cambios están emparentados más a urgencias propias del varón que quiere vivir una vida más íntegra. No es para satisfacer a la mujer –no deberíamos cambiar para eso porque no sería un cambio auténtico, sino una transacción–, lo que no quita que mujeres, hijos y el mundo en general se beneficien. Y esto es muy bueno”. Entonces, ¿hay vencedores y vencidos en la guerra de los sexos siglo XXI? El propio Sinay pide la palabra para concluir: “No hay que esperar por el resultado: es una guerra que, como todas, solo puede tener perdedores. En esa guerra, por cada acto de ‘sojuzgación masculina’ hubo una contraprestación. No somos ni mejores ni peores, somos distintos, complementarios y necesarios. 

La diversidad es la piedra fundamental de la vida. Quien quiere eliminar al que es distinto prepara su propio exterminio”. 
“‘Los hombres no lloran’ es un dicho que está perimido.?El problema no son las lágrimas que puedan verter -y a borbotones si lo desean-. Es el estado de ánimo y los afectos los que aún se expresan a ‘cuentagotas’ o en contadas ocasiones”. Walter Ghedin

“Las mujeres han ido desafiando la mayoría de los juicios que pesaban sobre ellas y sus posibilidades.?Esto se debió a dos razones:?una eminentemente económica;?la otra, la evolución y/o búsqueda propia de la mujer”. Paula Gamboa

Del dicho al hecho

A los hombres se nos transmitió, por diferentes vías, que lo que debíamos esperar de una mujer era que nos cuidara, que nos admirara, que se hiciera cargo de nuestras retaguardias emocionales, de las domésticas, de las familiares y cotidianas. Que nos hiciera sentir orgullosos ante los demás, que nos escoltara sin interponerse, que no hurgara en nuestras zonas débiles, que alejara de nosotros las incertidumbres espirituales. Que acompañara nuestro deseo, que no nos impusiera el suyo. Que supiera leer nuestros gestos y nuestros pensamientos sin exigirnos que los explicitemos. Que no nos cuestionara, que hiciera silencios prudentes ante nuestros errores y que fuera la vocera más entusiasta de nuestros éxitos. 

Por ello, los hombres que dicen preferir mujeres independientes, con vida propia, que manejen su dinero, sus decisiones y su tiempo, caen más en una manifestación de voluntarismo que en una descripción de la realidad. Cuando esos mismos hombres establecen una pareja lo hacen con una mujer que se parece más a la mamá de ellos que a la mujer descripta. Y si no, intentan moderar a aquella “independiente y autónoma” para ponerla en el lugar donde no esté fuera de su control. Creo que las cosas pueden cambiar cuando se pasa del plano genérico al individual. Cuando “los” hombres se transforman en un hombre. En ese varón. Es posible llegar a conocer esas expectativas encarnadas en un ser único cuando se construye un espacio de intimidad junto con él. Esa intimidad permite que el vínculo pueda nutrirse de otras características, que no pase por estar al servicio de las expectativas del otro.  Por Sergio Sinay, especialista en vínculos.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte