INVESTIGACION


Si se puede


Por Mariano Petrucci.


Si se puede 

Las terapias grupales son de gran ayuda para superar los trastornos alimentarios, que, durante la última década, aumentaron su incidencia en adolescentes. La bulimia y la anorexia son las patologías más comunes, pero surgieron otras y hay cada vez más hombres afectados.  

Para mí, una de las cosas más importantes es la terapia grupal, donde compartís tiempo y experiencias con quienes están transitando tus mismos inconvenientes. Eso te brinda otro punto de vista, porque si bien sirve –y mucho– el sostén de la familia y el de los amigos, el apoyo de las personas que están sufriendo lo mismo que vos refuerza todo lo otro”, confiesa Carolina, quien a los 16 años “tocó fondo” (así lo define ella) cuando le diagnosticaron anorexia nerviosa purgativa. “Empecé con la patología desde muy chica, pero entre los 14 y los 16 se me intensificó bastante.

Al principio, el trastorno comenzó cuando me ponía nerviosa y dejaba de comer. Con los años, me fui fijando cada vez más en lo estético, tratando de tapar mis problemas con eso. Solía pasar períodos largos sin alimentarme, fumaba sin parar, tomaba mucha agua, hacía demasiada actividad física, me autoagredía, me lastimaba… Tenía muy baja autoestima”, completa.
Cuando emocional y físicamente estaba por tirar la toalla, Carolina acudió a su mamá. Y juntas tocaron la puerta de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA). “Estuve un año en tratamiento y abandoné por razones económicas. 

La meditación es una de las técnicas utilizadas en las terapias grupales de ALUBA. Otras: el roleplaying o las dramatizaciones.

Volví a ingresar este año, con 21 años y un diagnóstico de bulimia nerviosa no purgativa. En grupo, asimilé que lo más difícil es enfrentarse a lo que nos sucede: es más fácil ponerse una máscara y esconderse que aprender a convivir, día a día, con nuestra realidad. No hay que tener temor de recurrir al prójimo. Gracias a ello, retomé los estudios y aquello que había dejado pendiente en mi vida”, acota Carolina.

En la Argentina, se calcula que el 12% de los adolescentes padece algún trastorno de la conducta alimentaria (TCA) –en el año 2000, la estadística arrojó un 9%–. Pero esto no se circunscribe exclusivamente al ámbito nacional: Uruguay, Perú y la ciudad de Barcelona (España) atraviesan por la misma situación. En cuanto a las muertes que causa este desorden en la salud, nuestro país ocupa el puesto número quince del ranking mundial, que lideran Estados Unidos (ocho millones tienen al menos un TCA), Japón, Alemania y Brasil. 
En la actualidad, lo que pica en punta para ofrecerle pelea a este mal son las terapias grupales. En ALUBA, por ejemplo, tienen distintas formas de “trabajo en asamblea”, como bautizaron a este método (quienes asisten, lo hacen de dos a cuatro veces por semana).

Por un lado, está el formato “convencional”, que consiste en una reunión diaria en donde los participantes proponen los temas que quieren tratar, en el momento que lo requieren. Por el otro, la “terapias grupales temáticas”, en donde se aborda un tema en especial y, a partir de allí, todos vuelcan su opinión. “Partimos de una base de necesidad afectiva y mutuo entendimiento. Uno sabe lo que está pasando el otro, hasta lo interpreta solo con mirarlo; por eso, la persona se siente más contenida. Cuando uno dice: ‘Vos no podés comprender lo que yo sufro cuando me ponen delante un plato de ravioles’, del otro lado le contestan: ‘Cómo no voy a poder comprender, si yo pasé o paso por lo mismo’. Ese feedback es muy positivo”, comenta el psicólogo Marcelo Bregua, coordinador general de ALUBA.

“La detección precoz y la consulta rápida son fundamentales, ya que es primordial iniciar el tratamiento con un equipo interdisciplinario.?Con una atención adecuada, la mayoría de las personas se recuperan”. Por Julio Cukier

Son varias las técnicas que se utilizan en estos encuentros, como la meditación, el role-playing o las dramatizaciones –que pueden ser guionadas o espontáneas–. “A quienes tienen personalidades con trastornos asociados a la patología alimentaria, les gusta poner el cuerpo en acción, no solo dialogar. Por eso, representamos relaciones del estilo padre e hijo o jefe y empleado. En el calor de la actuación, la vivencia es tal, que los chicos terminan sacando lo que tienen que sacar y solucionando lo que tienen que solucionar. Por medio de esta ayuda, eliminan toda esa tristeza que antes usaban para generar un atracón de comida o saltear una ingesta, y la ponen al servicio de la palabra. Y una vez que tienen la palabra, ya no precisan el síntoma”, agrega Bregua. 

En esta época del calendario, con los calores de la temporada primavera-verano y la llegada inminente de las vacaciones, los especialistas detectan un aumento en la cantidad de consultas. “Los padres pasan más horas con sus hijos, los ven con menos ropa y se percatan de sus hábitos alimentarios, de los comentarios que les hacen sobre ellos terceros, etcétera”, detalla Bregua y prosigue: “Vivimos en el mundo del ‘hombre light’. Un mundo de enormes exigencias en pos de frutos materiales, donde vivir eternamente joven es una premisa y donde solo cuentan las conquistas del dinero, y no las espirituales o académicas; donde los valores están depositados en el banco y no en el espíritu”.

En esta misma línea, el licenciado Norberto Sztycberg, director general del Programa Andrés, un centro de prevención y asistencia de las adicciones, explica lo siguiente: “Las conductas compulsivas son una respuesta a la ansiedad, el miedo y el vacío originados por el estrés y la incertidumbre que ocasiona la comunicación social planteada en nuestra sociedad. En otras culturas, las formas humanas son contempladas con otra mirada, más natural, saludable y, valga la redundancia, humana”.

Enemigas íntimas

Anorexia, bulimia, vigorexia (ejercicio físico compulsivo), ortorexia (preocupación excesiva por nutrirse lo más sano posible), megarexia (no se percibe el exceso de peso), alcohorexia… Los trastornos alimentarios son un universo complejo, tanto que, por paradójico que parezca, cada avance pareciera acompañado por la aparición de una nueva patología. 
No obstante, la anorexia y la bulimia siguen llevando la delantera entre los tipos más comunes. Un informe confeccionado por ALUBA, que examinó más de cien mil casos, arrojó que el 37% de la población encuestada sucumbió ante estas dos enfermedades (una década atrás, el índice era del 26%). 

“A pesar de ser un problema descripto hace años, en el presente está alcanzando niveles insospechados. Y todo indica que la tendencia seguirá en alza, emparentada con los mensajes que reciben los adolescentes, tanto en los anuncios comerciales como en las películas, la televisión y ahora las redes sociales: si desean ser felices, exitosos y populares, deben ser delgados”, grafica el doctor Julio Cukier, director médico de ADOS, Centro de Atención Integral de la Salud para el Adolescente y su Familia. Y añade: “La vulnerabilidad emocional, cada vez más pronunciada, incide sobremanera en el surgimiento y en el curso de estas enfermedades, que suelen asociarse con cuadros psiquiátricos graves y con trastornos de ansiedad o depresión en la edad adulta.

“Los paradigmas de belleza actuales forjaron un ideal de mujer inexistente, pero a la que varias generaciones intentaron parecerse a un alto costo”. Por Norberto Sztycberg.

Asimismo, la desnutrición en jóvenes en desarrollo conduce a una disminución severa de peso y talla que puede mantenerse por el resto de la vida, con consecuencias tales como irregularidades menstruales o infertilidad. Aunque lo más alarmante es que entre el 5 y el 20% de las pacientes anoréxicas mueren”. Bregua, por su parte, es contundente al respecto: “Tanto la anorexia como la bulimia son las patologías que presentan mayor mortalidad entre los adolescentes. En la primera de ellas, la desnutrición produce una baja en la capacidad de producir anticuerpos, por lo que las infecciones suelen ser los desencadenantes fatales. En la segunda, la merma de potasio provocada por laxantes y diuréticos puede desembocar en paro cardíaco y muerte súbita. En ambos casos, también es frecuente el suicidio”.

Si bien estas afecciones siempre estuvieron ligadas a las mujeres, los hombres no se quedan atrás en esta lista. The National Association of Anorexia Nervosa and Associated Disorders estima que entre el 10 y el 15% de las personas anoréxicas y bulímicas son varones. En el plano local, siempre medido por ALUBA, el 10% de los adolescentes varones padece bulimia o anorexia. Y si de TCA se trata, de 2000 a la fecha, ascendieron un 350% las consultas masculinas por disfunciones alimentarias. Hay más: el 21% de ellos tienen desórdenes alimenticios (o sea, comen de manera desordenada) y un 5% de los que están en edad escolar manifiestan una patología alimentaria.

Todos para uno

Hay ciertos rasgos del carácter que determinan un perfil que hace que los jóvenes puedan tener más predisposición a contraer un TCA. Por ejemplo, ser muy perfeccionistas, obsesivos, tener baja autoestima, estar siempre dispuestos a cumplir con lo que los otros esperan de ellos, autopresionarse, o no tener en claro sus principios morales y éticos, así como cuál es su misión o su vocación en la vida. “Entre los atributos femeninos, siempre estuvo priorizada la figura. En otras épocas, las redondeces eran símbolos de fertilidad y abundancia. En nuestro siglo, los paradigmas de la belleza son la delgadez, la cintura de avispa, las caderas torneadas, las piernas largas, las pestañas largas y los labios carnosos, entre otros. Todo ello forjó un ideal de mujer inexistente en la realidad, pero a la que varias generaciones intentaron parecerse a un alto costo”, aporta Sztycberg.

A propósito, Bregua hilvana una fuerte crítica hacia el entorno (la sociedad) que propicia estos cuadros. “Nos da alegría si un pantalón o un vestido nos queda bien después de diez años. ¿Qué decimos cuando nos reencontramos con alguien con quien dejamos de tener contacto: ‘¿Qué es de tu vida?’ o ‘Estás más flaco, más gordo, más...’? Hay que buscar un cambio en nuestra filosofía, y proceder en concordancia con eso. Utilicemos correctamente nuestro tiempo y hablemos con la familia y con los amigos, en lugar de sentarnos tanto frente a la televisión –que criticamos, pero consumimos–. La clave para el tratamiento de un TCA es la participación de cada uno de los que rodean a quien lo sufre. Y esta responsabilidad recae sobre todos: hay que regresar a nuestras raíces, y dejar de ser una comunidad centrada en el materialismo, el no envejecimiento, el egocentrismo. Tenemos que transmitir valores, límites y, obvio, amor”. 

No negar lo que está pasando y estar atento a lo que demuestran los jóvenes (ver recuadro Cómo darse cuenta…) es un excelente puntapié para combatir fuertemente la problemática. “La detección precoz y la consulta rápida para hacer el diagnóstico son fundamentales, ya que es primordial iniciar el tratamiento con un equipo interdisciplinario formado por el clínico especializado, un psiquiatra, un psicólogo que atienda al paciente y su familia, y un nutricionista que fije las pautas de alimentación. Todos ellos deben reunirse semanalmente para seguir la evolución, considerando que estamos ante uno de los males más letales de la psiquiatría. Sin embargo, con una atención adecuada, la mayoría de las personas se recuperan”, concluye, esperanzador, Cukier.

Cómo darse cuenta del comienzo de un TCA 

•Inicio de una dieta estricta.
•Pérdida de peso abrupta. 
•Conductas extremas con respecto a la elección de comidas de bajas calorías, controlando el contenido graso de cada una de ellas.
•Dejar comida o tirarla.
•Ingerir los mismos alimentos todos los días.
•Obsesión por mirarse al espejo y pesarse varias veces al día.
•Aislamiento de la familia y de los pares.
•Irritabilidad y cambios de humor.

Consejos para padres 

•Saber mirar y escuchar, libre de prejuicios, intentando caminar unos metros con los zapatos del otro, para simpatizar con lo que pueda ser una situación angustiante.
•Educar en el autoconocimiento y en la observación de sí mismo, enseñándoles a los chicos a reconocer las cosas que producen displacer; inculcar principios y valores que les permitan defenderse de la presión social, ayudándolos a crear conciencia de salud y orgullo por su propia identidad.
•Acompañarlos y apoyarlos amorosamente en los éxitos y en los fracasos, evitando pedirles más de lo que pueden dar y aceptando sus limitaciones evolutivas.
•Comunicarse e informar sin tabúes, sin secretos ni vergüenzas. Inspirarlos en la búsqueda de la conexión con ellos mismos y con lo que los rodea. 
•Poner límites ante situaciones potencialmente peligrosas o conflictivas.
•Brindar confianza y respetar su individualidad.
Por Norberto Sztycberg, director general del Programa Andrés.

Prevenir para no curar 

En los últimos años, el boom estético dejó huellas en la construcción emocional afectiva de todos, especialmente en los niños. 

Los medios publicitarios apuntan a ellos como protagonistas de decisiones de consumo familiar, con excelentes resultados de marketing, pero en detrimento de valores y rasgos saludables. Por eso, los niños se preocupan por su aspecto físico desde muy temprano cuando, tiempo atrás, era un tema que aparecía recién en la pubertad. El esquema corporal, entendido como la representación que cada quien tiene de su propio cuerpo, no es lo mismo que la apariencia física. 

Estos conceptos son importantes para el desarrollo de la personalidad y las relaciones sociales; por eso, es fundamental diferenciarlos para colaborar positivamente en la relación de nuestros hijos con su propio cuerpo, sin que se vea “distorsionada” por los valores estéticos de turno. La alimentación es una de las rutinas saludables que como padres debemos transmitir a nuestros hijos. Contar con una rutina hará que, en determinados momentos del día, se ingiera tal o cual alimento, de manera ordenada, con el ritual que cada familia tenga de ello. Asimismo, es importante evitar el picoteo tanto de los adultos (modelos a seguir) como de los pequeños. 

Debemos tomar medidas alimenticias: no es lo mismo comer galletitas o golosinas que trozos de queso o frutas. La hora de la comida debe ser una invitación a encontrarse, acompañados de alimentos ricos y tentadores. Las comidas deben tener una doble función: por un lado, nuclear a la familia –en un clima ameno, distendido y favorecedor del diálogo–; por el otro, brindar los valores nutritivos necesarios, basados en una dieta variada y equilibrada. 

Si el niño crece en un entorno cuya relación con las comidas es disfuncional, tendrá consecuencias en esa construcción; por eso, los adultos deberán estar muy atentos a lo que transmiten para evitar bases anómalas.

Por la licenciada en Psicología Marisa Russomando, directora de Espacio La Cigüeña.

Factores y consecuencias 

“Como en todas las adicciones, hay un pequeño porcentaje genético que hace que determinada persona tenga ciertos puntos de riesgo en cuanto a su relación con objetos, sustancias, relaciones o situaciones adictivas/compulsivas. Pero estos factores pueden atenuarse y hasta neutralizarse con la atención correspondiente… o exacerbarse, dependiendo del entorno familiar social y cultural”, opina el licenciado Norberto Sztycberg. Marcelo Bregua, coordinador general de ALUBA, agrega otros factores disparadores, como mudanzas, fallecimiento de seres queridos, separaciones, acoso escolar, abusos, los medios de comunicación, los grupos de pertenencia y referencia, etcétera.

Las consecuencias son preocupantes. “Toda patología alimentaria es grave en la adolescencia porque produce déficits vitamínicos irreversibles, que se sufrirán a lo largo de toda la vida. Desde úlceras gástricas y embarazos problemáticos hasta hipovitaminosis –deficiencia de vitaminas–, cansancios crónicos, problemas respiratorios y osteoporosis”, cierra Norberto Sztycberg.

Más información:

www.aluba.org.ar
www.programaandres.org.ar
www.ados.org.ar
www.marisarussomando.com.ar

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte