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Todo por amor


Por María Alvarado.


Todo por amor 

Las enfermeras pasan casi siempre desapercibidas. Poco se sabe de su silencioso trabajo, de su abnegación y su amor en los momentos de enfermedad y dolor. Este es el testimonio de una enfermera de Neonatología, una mujer que cura, cuida y acompaña a los recién nacidos que, por distintos motivos, deben quedar internados.

María Elena Jorge López (39) dista mucho de dar la típica y fría imagen de la enfermera pidiendo silencio. Es dulce y suave al hablar. Con esa misma ternura trata, desde hace quince años, a sus pequeñísimos pacientes en Neonatología. Estudió en la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió de licenciada en Enfermería, con el firme propósito de especializarse y dedicarse a los más chiquitos. “Ya en la primera clase, cuando escuché a la licenciada Perich (un referente muy importante dentro de la enfermería), me enamoré de lo que ella contaba y reafirmé mi decisión de estudiar Enfermería y dedicarme a este área –recuerda–. La neonatología abarca tanto al recién nacido sano, que está en la habitación con su mamá, como al recién nacido que necesita de otros cuidados específicos, porque es prematuro o porque tiene alguna patología, y que no está en la habitación con la madre”.

María Elena arranca su día a las cinco de la mañana y diez minutos antes de las siete está lista para tomar la guardia en el porteño Sanatorio de los Arcos. Allí se desempeña de lunes a viernes, y los fines de semana trabaja en el sanatorio Otamendi. Ella explica que el país necesita más enfermeras porque escasean en el sistema de salud. En el área de Neonatología la situación es peor porque se requiere una mayor capacitación.
Lo que para muchos podría parecer un sacrificio, debido a la cantidad de horas dedicadas, para ella es un placer gracias a su marcada vocación y amor por su profesión. Además, María Elena es madre de dos varones, y por las tardes, cuando regresa a casa, hace los deberes con ellos y atiende las tareas del hogar. 

“A mí me gusta mucho lo que hago, no es un simple trabajo, es algo que me apasiona. Compatibilizo bastante bien mi trabajo con ser mamá, porque es algo que me gusta mucho. Quizá cuando mis hijos eran más chiquitos se me hacía más difícil, pero también aprendí a disfrutar cada etapa. A pesar de que llevo quince años de enfermera, sigo amándolo como el primer día”.
Según las estadísticas, un 90% de los recién nacidos va a la habitación con su mamá y un 10% va a Neonatología. “Los bebés que van a la neo son bebés prematuros o que presentan alguna otra patología o malformación, como una cardiopatía congénita. Muchas veces estos problemas se detectan dentro del útero y otras veces no se detectan”, explica la enfermera. 

Gracias al avance de la medicina y de los cuidados de enfermeras como María Elena, los bebés microprematuros –con menos de un kilo de peso, y que hace muchos años fallecían en casi el 100%– hoy sobreviven en más del 50% según también el lugar donde hayan nacido. “Los bebitos de quinientos gramos, por ejemplo, requieren un trabajo y un cuidado mucho más personalizados. A medida que aumenta la edad gestacional y el peso, tienen muchas más chances de sobrevivir”, explica. “La bebita más chiquita que me tocó cuidar a mí –recuerda– pesaba cuatrocientos gramos y era cuatrilliza. Habían nacido de veinticinco semanas. Un caso así lleva mucho tiempo de internación: tres, cuatro y hasta cinco meses. Con menos de veintitrés semanas de gestación, las posibilidades de que sobrevivan es casi nula”, explica mientras indica con la palma de su mano el tamaño minúsculo de un bebé de ese tiempo.

Cuando los recién nacidos están en cuidados intermedios o intensivos, la enfermera tiene uno, dos o hasta tres bebés a cargo, según la gravedad del caso, y puede permanecer con ellos horas, días o meses. “Se genera un vínculo muy especial con los chiquitos, uno los conoce, sabe cómo reaccionan, las mañas que tienen… Con el tiempo uno conoce sus gestos, si les pasa algo, si algo les duele, si están bien, más allá de que algunos tengan un respirador y no puedan llorar. Son cosas que con el tiempo uno va aprendiendo”. 
María Elena o “Mari”–como la llaman sus compañeras–disfruta también del contacto con las familias y es consciente de ellas forman parte de su trabajo debido a la delicada situación que atraviesan los hijos cuando están internados. “Tenemos que acompañarlos, explicarles, contenerlos; es un momento muy especial. 

Calmamos la ansiedad, las acompañamos; es un trabajo muy integral”. Ella conoce muy bien lo que transitan los padres porque su primer hijo estuvo internado en luminoterapia a los pocos días de nacer. “A pesar de que yo conocía todo el procedimiento y que es algo no invasivo, fue un shock tenerlo internado. Me tocó estar del otro lado, y viví la angustia que viven las madres, lloré bastante a pesar de que era algo simple y que estaba muy contenida por todas mis compañeras. Por eso, siempre me pongo en el lugar de la mamá. Volver a tu casa y ver la cunita vacía de tu bebé es muy angustiante. Uno tiene que tener mucho tacto, saber tratar a los padres, porque una palabra de más puede herir susceptibilidades”.

Más allá del vínculo que se genera tanto con los bebés como con los padres, la enfermera reconoce que es sano no pensar en ellos una vez que se termina la jornada laboral. Por eso, en el sanatorio tienen un sistema de rotación donde las enfermeras van cambiando de sector. “Podemos estar en terapia intermedia y pasar a terapia intensiva, u ocuparnos de las mamás que están con los bebitos en la habitación. Y también participamos en la recepción de los bebés, cuando nacen. Este sistema de rotación permite que no nos encariñemos tanto con cada bebé, lo que es mejor para nuestra salud mental. Pero cuando nos toca rotar a otro servicio, siempre preguntamos a nuestras compañeras cómo siguen y evolucionan”. 

María Elena confiesa que uno de los momentos que más la emociona es cuando recibe a los recién nacidos en los partos y cesáreas. “Asistimos al neonatólogo, que es el que recibe al bebé. Una vez que él chequea que todo está bien, nosotros hacemos la rutina: controlamos los signos vitales, lo bañamos y lo vestimos, entre otras cosas. Hacemos todo eso con el papá, que participa en todo. Acompañar a cada familia en esas primeras horas de vida de sus hijos es muy emotivo”.
Y lo que la llena de orgullo y alegría es cuando los bebés se van a la casa y regresan a saludar. “Creo que verlos, ya grandes, correr por el pasillo del sanatorio es la mayor satisfacción que podemos tener en nuestra profesión y eso nos llena el alma”, confiesa y recuerda: “Un día, en un lugar de comida rápida, entré al baño de mujeres con uno de mis hijos, que todavía era chiquito, y cuando nos estábamos lavando las manos, una señora me dice: ‘María Elena, ¡qué alegría verte!’.

Era la mamá de un bebé que yo había cuidado cuatro años atrás y que era trillizo. En general, son los padres los que nos recuerdan con mucho cariño; a veces nosotras no recordamos el nombre del bebé, pero sí los rostros de los padres con los que compartimos tanto tiempo. También me sucede de ir al pediatra con mis hijos y que alguna mamá me llame por mi nombre y recuerde que yo cuidé a su bebé, ¡y el bebé ahora tiene 12 años!”.
La enfermera recuerda cientos de anécdotas, y no le gusta dejar ningún caso afuera porque, para ella, la recuperación de cada bebé es todo un desafío que toma con muchísima responsabilidad. “Cada bebito para nosotras es un desafío y nos abocamos al cien por ciento.

Controlamos desde el respirador, el monitor y toda la aparatología que está por fuera hasta si tiene la orejita doblada para que no se le lastime. Hay que cuidar desde lo más evidente, como los aparatos, hasta los detalles más pequeñitos. Para suplir la parte afectiva, se trata de que los padres estén el mayor tiempo posible, y si no, estamos nosotras y los médicos para darles lo que necesitan”, explica.

Si bien son muchísimos los casos de los niñitos que salen adelante, es inevitable pensar en aquellos que no lo logran. María Elena cuenta: “El impacto más grande para nosotras es la muerte de algún bebé. Cuando pasa deja una marca y uno se pregunta qué más se habría podido hacer. Te marca para siempre, sobre todo si lleva mucho tiempo con nosotras. 

Pero también te quedan recuerdos de otros bebitos que han estado gravísimos y después los ves venir a visitarnos”. Y continúa: “Los padres son muy agradecidos con todo el equipo de salud. Se van con un poco de inseguridad o miedo, pero cuando vuelven al control a los dos o tres días, nos cuentan sus anécdotas. Y al mes, ya su paso por la neonatología se convierte en un recuerdo”. 
María Elena es muy inquieta y busca siempre la manera de seguir actualizándose. Hace unos seis años, no bien se abrió la convocatoria para la especialización en Neonatología de la Universidad Austral, se anotó y cursó la carrera de posgrado, y fue parte de la primera camada egresada. Además, María Elena realiza cursos y jornadas de capacitación cada vez que puede: “En la búsqueda de hacer lo mejor con el paciente, uno necesita capacitarse todo el tiempo para brindar los mejores cuidados. Trabajamos con seres humanos y, además, muy pequeñitos”.

María Elena ya se retira, su turno ha terminado. Cada incubadora y cada bebé están conectados a un monitor. Todo está en silencio, con excepción del ruido de los monitores. A pesar de su frágil e indefensa apariencia, se nota que esos bebés luchan por salir adelante. “En realidad, son bebés muy inmaduros en todos sus sistemas, pero la mayoría de ellos tienen mucha ganas de vivir y ¡eso se nota! Nosotros ponemos todo lo que se puede. Neonatólogos, enfermeros, psicólogos, puericultores, ayudantes de servicio, mucamas… cada uno en lo suyo aporta ese grano de arena para que todo salga bien, y por supuesto los padres acompañan con su presencia y con sus ruegos. ¡Todo ayuda para darles valor y fuerza a esos pequeñitos valientes!”, finaliza.

Enfermeras: ¡Se buscan!

La falta de enfermeras en el país es notable y preocupa. Las estadísticas evidencian que hay 0,57 enfermeras por 1000 habitantes; 1enfermera cada 2000 habitantes; 1 médico cada 100 habitantes y 1 enfermera cada 5 médicos. Hay que tener presente que, en la prestación de servicios de salud, la enfermería reúne la mayor cantidad y diversidad de actividades. Por eso, el cuidado de enfermería es impostergable. Los recién nacidos (RN) deben satisfacer sus necesidades esenciales cada día. Los cuidados de los RN no esperan. 

La atención de enfermería debe poder verse en la proximidad, la permanencia, la continuidad y la calidad humana hacia el RN y su familia. Si bien las enfermeras desarrollan acciones de cuidado a menudo invisibles, el conjunto de estas acciones están dirigidas a realzar la dignidad de toda persona. Estos momentos invisibles para el sistema de salud son los que marcan la diferencia en la calidad de los cuidados profesionales de enfermería. Sin el número suficiente de enfermeras, debidamente cualificadas, resulta imposible lograr una atención de calidad para las personas. En lo que respecta al área de Neonatología, una enfermería de calidad realiza un aporte concreto en la disminución de la morbimortalidad de los más pequeños.

Por todos estos motivos, resulta imperiosa la necesidad de promover la profesión de enfermería y formar profesionales universitarios que aporten a la resolución de los problemas de salud.
Asesoró Ana Quiroga, profesora y directora de la Especialización en Enfermería Neonatal de la Universidad Austral.

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