TENDENCIA


Mi casa no es solo mía


Por Ana Claudia Rodríguez.


Mi casa no es solo mía 

¿Dónde habitan los extranjeros que eligen la Argentina para vivir? Además del clásico alquiler de una vivienda, surgen nuevas fórmulas: desde compartir departamento hasta vivir en casas de familia. Aquí, las ventajas y desventajas de esta nueva tendencia.

El aeropuerto de Ezeiza es un hervidero de turistas que llegan de todos los rincones. Quieren vivir el tango, el mate y decir “che” mientras juntan los dedos de la mano a la italiana. Otros no… otros vienen a profundizar: eligen la Argentina para estancias más prolongadas y las aprovechan sobre todo para realizar cursos cortos, carreras completas, intercambios laborales o estudiar español. El año 2001 fue el del despegue de esta tendencia, porque se dio la combinación perfecta entre un costo de vida reducido en el país y un alto nivel cultural. Y así la fórmula se convirtió en un caramelo al que no se resistieron ni europeos, ni estadounidenses…ni el resto de latinoamericanos que decidieron desembarcar en este país.

Desde entonces, se ha ido aceitando la maquinaria entre la oferta y la demanda de las decenas de negocios que han surgido con la presencia de estos nuevos ciudadanos. Uno de los más inmediatos, por tratarse de una necesidad básica, es el alojamiento. “¿Dónde voy a vivir?”. “¿Será un buen barrio?”. “¿Estará bien ubicado?”. Las respuestas, en el aire, se resuelven muchas veces in situ, una vez que el extranjero pisa suelo nacional. Es el caso de Katie, una londinense treintañera que llegó hace cuatro años a la Ciudad de Buenos Aires, y que, para empezar, se alojó en un departamento de alquiler temporario desde donde buscó un lugar fijo más económico. Fue en ese momento cuando empezaron las sorpresas.

“Me llegaron a pedir hasta veinticuatro mensualidades adelantadas o hasta dos garantías avaladas con propiedades. ¿En serio creen que tengo familia con posesiones en la ciudad? Es absurdo; se aleja de la pretensión de convertir a Buenos Aires en una urbe internacional. Creo que se debería revisar urgente el sistema de alquiler porque no se ajusta en absoluto a la realidad de las personas”, se queja Katie, que logró salvar el escollo y hoy comparte un PH con una compatriota británica. Tony, un escritor noruego de 36 años, prefirió facilitarse la cuestión: llegó al país en septiembre pasado con el contacto ya hecho (a través de las redes sociales) para entrar en una habitación amoblada en una casa en plena avenida Santa Fe. 

Paga dos mil pesos al mes y la cifra incluye todos los servicios (luz, agua e Internet) y el derecho a usar las zonas comunes: cocina, baño y comedor. “No creo que haya ninguna ventaja en compartir un departamento”, dice sincero, casi sin gesticular. “Pero vivo en un lugar muy amplio, así que no hay problema. Elegí este porque es céntrico y lindo”, continúa. Tony comparte la vivienda con Marcos, un porteño de 33 años que aprovecha esta propiedad de su abuelo para obtener un dinero extra y así poder sufragar los “altos costos” de las expensas del lugar. “La idea de alquilar habitaciones surgió por una charla con mi hermano, que lo hace y vive en Madrid. Antes de Tony tuve muy buena experiencia con unos japoneses y unos franceses. 

Eso es lo mejor: conocer gente de otras partes del mundo. Yo lo experimenté cuando viajé a Europa y me quedé en casas particulares. Fue muy positivo, además de resultar una opción más económica que un hotel”. Para su inquilino nórdico, los mayores inconvenientes del modelo son “la gente” y “el ruido”, mientras que Marcos menciona el desorden y la suciedad, y sobre todo la falta de privacidad. 

Ser extranjero no es ser rico

Marie llega puntual a la cita. Está en la puerta de su próximo departamento, a compartir, en un edificio de siete pisos del barrio de Belgrano. Tiene 35 años y hace tiempo que renunció a alquilar algo en solitario. “Las condiciones son imposibles de cumplir, y ni qué hablar del precio. Cuando sos extranjero, todo el mundo piensa que tenés dólares y euros y que sos rico”, afirma esta chica parisina que ya pasó por Palermo, Barrio Norte y Congreso. Le abre la puerta Patricia, la dueña del departamento, de 53 años, a quien contactó por mail a través de una amiga común. Si se caen bien, serán cuatro en casa: junto con ellas dos, dos estudiantes treintañeras –una ecuatoriana y una colombiana– ocupan todas las habitaciones. Los precios, dependiendo de las características de cada espacio, van desde los mil quinientos a los mil ochocientos pesos, con todo incluido, hasta un servicio de limpieza de dos veces por semana. “Al principio, elegía a gente joven, porque me parecían más manejables. Pero luego vi que eran más incontrolables porque ellos mismos son más inestables. Entonces opté por gente muy grande, pero resultaron ser muy estructurados. Ahora llegué al equilibrio. Alquilo a chicas, treintañeras en su mayoría, que terminaron de estudiar y que están cursando posgrados o haciendo pasantías. Son mucho más flexibles”, cuenta Patricia.

“Mi casa ahora no es solo mía”, añade e insiste en que el ejercicio de convivir le va poniendo retos que la ayudan a aprender sobre sí misma. ¿La ventaja? “El respiro económico me permitió mucha libertad en el trabajo. Ahora en lo laboral elijo por afinidad, no por necesidad”.

Durmiendo con el enemigo

¿Dejaría usted entrar a un desconocido a su casa? A veces, la respuesta es positiva (Valeria aplica la intuición como filtro; Marcos solo acepta a recomendados). Pero otras, el miedo desanima. Por eso, por seguridad, muchos arrendadores recurren a empresas intermediarias como garantía, sin saber que muchas veces el miedo es de ida y vuelta: “Los huéspedes vienen por motivos de estudio, trabajo o recreación y solo quieren una habitación que les guste y los haga sentirse tranquilos, algo muy importante porque escuchan mucho sobre la inseguridad en la Argentina”, explica Valeria Pasmanter, directora de la empresa Spare Rooms Buenos Aires, uno de los muchos emprendimientos que se encargan de ofrecer habitaciones y contactar a los estudiantes. 

Ellos cuentan con casi trescientas habitaciones activas que alquilan entre trescientos y seiscientos dólares mensuales (o su equivalente en pesos). “Las casas de familia están en auge en muchos países y se está volviendo cada vez más popular en este país, donde empezó a tomar forma hace cuatro o seis años”, revela Valeria, que se decidió a conectar las propuestas y las solicitudes a partir de su experiencia de un año en México. “No me gustaba ver que quienes venían a vivir aquí pagaban un sobreprecio por tener acento, tenían malas experiencias de convivencia en casa argentinas, y perdían tiempo y dinero en una búsqueda incansable”, asegura.

Además de la empresa de Valeria, las posibilidades en la ciudad se amplían como un abanico: ByT Argentina, que dispone de un centenar de casas de familia –y otros doscientos alojamientos en calidad de apartamentos temporarios, de lujo, económicos, alquileres de largo plazo, apart hotels, bed & breakfast, cabañas o residencias universitarias–; Alojargentina, que complementa su oferta con programas de viajes y de actividades como visitas a estancias, shows de tango, clases de español y alquiler de autos y celulares; o Buenos Aires House, que sintetiza de forma sugerente la esencia del modelo, esquiva a la consabida frialdad de los hoteles: “Cuando usted viaja, su dormitorio viene con usted”. 

Y es que muchos extranjeros apuestan por esta modalidad para convivir con argentinos en un ambiente “de hogar” (además de ahorrarse las gestiones relacionadas con la obtención y el mantenimiento de la vivienda). Las más de las veces, los vínculos salen reforzados en este experimento que combina sábanas, culturas y cotidianidad. Rubén, un colombiano, recuerda las sesiones de “cocina fusión” que se organizaban durante su estadía (bailaban los ingredientes de aquí y de allí en las hornallas), y Francisco aún sonríe cuando menciona a su casera, una señora de 82 años que se preocupaba como una madre cuando llegaba tarde.

Del otro lado, los clientes también enumeran las bondades: Lidia afirma que con la experiencia borró de un plumazo el síndrome del nido vacío que dejaron sus hijos al irse de casa; Silvia se muestra encantada con las condiciones del contrato que ofrece la empresa mediadora (la restricción de la entrada a casa de los amigos del huésped o el pago de los eventuales desperfectos con el depósito inicial que realiza el extranjero, entre otros), y Ramiro disfruta relatando los tres años de anécdotas con sus huéspedes: el coreano que temblaba como una hoja cuando las visitas entraban y lo besaban al saludar, o la final de fútbol México-Argentina, en la que el estudiante chilango tuvo que seguir la pantalla, noventa minutos, rodeado de una veintena de remeras blanquicelestes. 

En dirección contraria también se aprende, prosigue Ramiro: “Ellos nos remarcan nuestra pasión por el fútbol, nuestra capacidad de invención y de reírnos de todo, de lo bueno y lo malo”. (Lo dicen desde Spare Rooms: la experiencia es como viajar al revés. Uno se trae la aventura a casa).
Mientras esta fórmula gana adeptos, Internet continúa animando decenas de iniciativas que trazan puentes entre los que quieren un techo y quienes lo ofrecen. Redes sociales como Couchsurfing (una web de viajeros de todo el mundo) o Craiglist (una comunidad on-line organizada por ciudades) son alguno de los sitios que marcan el furor en el sector: reúnen a miles de personas ávidas por encontrarse y dar en el clavo. Por eso, cuando uno se asoma al mundo virtual, tras el jaleo de metros cuadrados, fotos y monedas, se percibe claramente el pulso frenético entre la necesidad y la oportunidad. 

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