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El arte en sus manos


Por Carlos Baudry.


El arte en sus manos

Octava generación de plateros, uno de sus antepasados luchó por nuestro país durante las Invasiones Inglesas. A Juan Carlos Pallarols lo admiran en el mundo entero. El rey de España, Máxima Zorreguieta, Antonio Banderas y muchas celebridades tienen obras suyas.

Ocho generaciones de Pallarols se han dedicado –y con un éxito superlativo–al mismo oficio terrestre: la orfebrería. Juan Carlos es la séptima generación y actual líder de la empresa, en la cual también trabajan dos de sus hijos y, según espera, algún día estarán sus nietos. Ellos ya andan por el taller y se fascinan cuando el abuelo funde una pieza (la orfebrería es una de las denominadas “artes del fuego”) y de las llamas y la plata nace, por ejemplo, una rosa. 

–Hay algo que no entiendo: nunca hicieron publicidad en ningún medio. ¿Por qué?
–Porque no es necesario. Nuestro taller lo recomiendan quienes alguna vez compraron alguna pieza de plata.

Por ejemplo?
–En la época que gobernaba Alfonsín, vino a la Argentina el Rey de España. Me llamaron al taller y me pidieron que fuera hasta el hotel en donde él se alojaba. Por supuesto que fui. Y pregunté cómo se había enterado de mi existencia. “¿Conoces al barón Tyssen? Claro que lo conoces, porque era uno de los mayores coleccionistas de arte del mundo. Y era mi amigo. Y bien, cuando se enteró de que venía a la Argentina me llamó y me dijo: ‘Juan Carlos, no dejes de visitar el taller de Pallarols. Ya vas a ver que vale la pena’”. Tyssen había comprado una de mis obras y le había gustado. Algo parecido ocurrió con Máxima Zorreguieta. Cuando ya habían decidido la fecha del casamiento con el príncipe de Holanda, ella quiso comprar, en Nueva York, los cubiertos para la recepción. Una amiga le dijo: “¿Por qué no le pedís a Pallarols que los haga a tu gusto?”. Bien, Máxima vino a mi taller, acá, en el corazón de San Telmo, vio mis obras, convenimos el diseño de los cubiertos y los hicimos.

–En otras palabras, la aristocracia europea comió perdices con cubiertos de plata argentinos.
–Podría decirse que sí.

“Eso no lo hago”

El taller de Pallarols parece un museo, y en las paredes, las vitrinas o en las cómodas y otros muebles brillan piezas únicas. Hay una réplica del cáliz que utilizó el Papa cuando dio una misa en Palermo, en una de sus visitas a la Argentina. Hay rosas de una blancura purísima, que solo se diferencia de las rosas perfectas que hace la naturaleza porque el tallo no es flexible. Está una maqueta de lo que iba a ser el catafalco para Eva Perón, que no llegó a concluirse y, por orden gubernamental, fue trozado, y la plata (que iba a proteger al ataúd de cristal) se volvió a fundir. Hay tres enormes colmillos de elefante, pero no son de plata y tienen su historia, a la cual nos referiremos luego.

–Juan Carlos, ¿nunca te negaste a hacer un trabajo determinado? Me has contado que tus antepasados hacían botones, armaduras, cálices, cubiertos, esculturas, flores… ¿Nunca alguien te propuso una obra que no quisiste hacer?
–Sí.

–¿Cómo fue? ¿Qué te pidió?
–Es algo que ocurrió hace tiempo; hace treinta años, digamos. Llegó una señora muy anciana y muy distinguida, acompañada por su nieta.

–¿Cómo se llamaba? ¿Te acordás?
–Me acuerdo, pero mejor no te lo digo. Me preguntó: “¿Es posible hacer un cinturón de castidad de plata y oro?”. Pensé que quería un objeto simbólico, un broche, algo así, y le dije que sí. “Bien, quiero que le tome las medidas a mi nieta y le haga un cinturón de castidad. Nada simbólico: un cinturón de castidad en serio para que lo lleve puesto”. No podía creer lo que escuchaba. Entonces, le dije “Señora, eso es un objeto humillante que se usó en la Edad Media. Humillante para quien lo usaba y le diría que humillante para quien exigía a una mujer que lo usara. Usted está hablando en broma”. “Nada de broma. ¿Lo hace o voy a ver otro platero?”. Le dije que fuera adonde quisiera. Nunca lo hice.

–¿La chica dijo algo?
–Sí, en un aparte, mientras un ayudante mío le mostraba el taller, me dijo que su abuela estaba enferma, que no viviría mucho tiempo y que tenía la obsesión de que la iban a embarazar. Añadió que la quería mucho y que por eso estaba dispuesta a ponerse el dichoso cinturón. Pero yo no quise hacerlo. Me pareció una atrocidad.

“A eso dije que sí” 

–Pallarols, quién es el Picasso de la orfebrería? ¿Hay o hubo un genio que abrió caminos para los demás?
–Sí, sin duda que lo hay o, mejor dicho, lo hubo: Benvenuto Cellini, un florentino que nació en el año 1500. En el Louvre, que tal vez sea el mayor museo del mundo, hay obras suyas, esculturas en plata. Pero también hacía armaduras y botones o trabajos a pedido de los papas o de los nobles o los reyes de la época.

–¿Es un modelo a imitar?
–Claro que lo es. Todos los orfebres querríamos hacer algo como lo hacía Cellini. Pero hubo uno solo. Además, llevó una vida aventurera, rica, no se encerraba en su taller y olvidaba la vida.

–El actor español Antonio Banderas te pidió un trabajo, ¿no?
–Sí. En esos días, su matrimonio con Melanie Griffith parecía naufragar. No es ninguna infidencia: ella no podía vencer su alcoholismo y Banderas, que la amaba a ella tanto como a sus hijos, estaba muy preocupado. Antonio vino a la Argentina a filmar Evita, película en la que hacía de El Che. Entonces, me contó que Melanie y él tenían un recurso para no pelearse: mirar el mar hasta que se calmaran. Tenían una casa en Miami, frente al océano. Él me pidió una rosa de plata, que en el tallo tuviera la inscripción “Mirar el mar”. A Melanie le gustó. El propio Banderas me llamó para decirme que ahora miraban más el mar y discutían menos.

Los Pallarols guerreros

El primer taller de orfebrería de la familia Pallarols se abrió en Barcelona, España, en el año 1750. “Mi tatarabuelo se llamaba Vicente Rafael Pallarols. Era hombre de armas llevar: estuvo en la guerra de Crimea y luego en Constantinopla y aprendió técnicas nuevas para trabajar la plata. Luego vino a la Argentina. Acá te quiero hacer una aclaración. En general, se habla de los viajeros de esa época como aventureros arriesgados que desafiaban el mar y los peligros. Habría algunos así pero, en realidad, la mayoría emigraba porque su región o su país estaban en guerra y no había comida. Emigraban por hambre, y no por esquivar las guerras. Mi bisabuelo llegó a la Argentina en 1804 y se encontró con que tenía que combatir. Peleó junto a otros catalanes contra Beresford y Whitelocke en  las Invasiones Inglesas. Peleó por su patria nueva, por la que sería el hogar de sus hijos y sus nietos y sus bisnietos y sus tataranietos. Y cuando no había lucha seguía con el taller de platería”.

–Juan Carlos, ¿por qué esos enormes colmillos de elefantes? ¿Te gusta la caza?
–No. Tengo amigos cazadores, como Fernando Soler, que me regaló los colmillos. Fui con él al África. Pero yo fui por el paseo, no por la cacería.

–¿Por qué la plata es un metal prestigioso? 
–La plata y el oro. Son los reyes de los metales, y se les puede dar la forma que uno quiera o que sea capaz de darles. La plata es un metal muy noble. Antiguamente se le atribuían poderes mágicos y curativos. Y el tiempo demostró que no se trataba de una superstición: hoy se sabe que la plata purifica el agua, el nitrato de plata se usa para curar verrugas, y se frotan anillos para curar orzuelos.

–¿Y qué cosas hacían tus antepasados?
–Lo que les pedían que hicieran, como yo. Si me piden mates, hago mates. Si me piden cuchillos, cuchillos. Esto es una vocación, pero también un medio de vida.

–¿Cuándo considerás que una de tus obras ya está terminada? 
–Nunca. Siempre hay algo que podés mejorar. Y hay otra cosa. Como buen oficio del fuego, la orfebrería tiene algo de sensual. Uno golpea y la plata devuelve ese golpe con sensualidad.  También es bueno reunirse con otros orfebres. Siempre encontrás alguno que te enseña algo. O vos le contás que echando azúcar al oro fundido, ocurre algo como si se purificara y ganara en luz. Pero el gran secreto es el amor. Si no hay amor y pasión por lo que se hace, el resultado nunca será óptimo. Estoy escribiendo un libro, en el que cuento que lo más importante de las piezas de orfebrería no son las propias piezas, sino el amor y la historia que hay detrás.

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