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La vida en 2 ruedas


Por Gustavo Sencio.


La vida en 2 ruedas 

En casi cuatro años, Damián López recorrió en bicicleta más de cincuenta mil kilómetros. La aventura tuvo dos objetivos: por un lado, integrar las culturas de diecinueve países por medio del deporte. Por el otro, ayudar a los niños sin familia recaudando fondos para la ONG Aldeas Infantiles SOS. Entre esas dos ruedas y Damián López siempre hubo algo personal. Solo así se entienden las razones por las que eligió a la bicicleta para recorrer, en 46 meses y medio, nada menos que 52.500 kilómetros, por una causa que apuntó a la integración de las culturas de diecinueve países. La idea de realizar la travesía surgió, precisamente, a partir de sus viajes previos a puro pedal. La primera experiencia se remonta a 1998, cuando recorrió desde San Martín de los Andes hasta Ushuaia por la ruta 40, a modo de “viaje de egresados”, luego de finalizar sus estudios como licenciado en Química. Según cuenta: “Allí descubrí lo apasionante e intenso que era vivir los caminos desde la bicicleta. Después de eso, no pude parar más”.

A partir de ese momento, mientras llevaba adelante sus estudios doctorales, aprovechó cada vacación para escaparse con la bici y recorrer distintos rincones de la Argentina y de países limítrofes. “En mi segundo viaje, por la Carretera Austral chilena, me encontré por primera vez con otras personas que venían recorriendo el continente a pedal. De sus comentarios, surgió la idea de la tercera aventura: el Noroeste argentino y el Salar de Uyuni, en Bolivia”. A su regreso, conoció a Jonas Lambrigger, un suizo que venía pedaleando el continente americano desde Alaska. “Jonas se convirtió en el instigador de este sueño que tomó forma en mi cabeza”, admite Damián. 

Nada fue fácil para lograr el objetivo, porque pasaron ocho años hasta que pudo llegar a materializarlo, en junio de 2007. Durante ese tiempo trabajó duro y resignó muchas cosas para conseguir el equipo y la bicicleta necesarios y el presupuesto mínimo para cubrir los gastos del viaje. Cada pequeño viaje que realizaba le sirvió para ganar experiencia. Damián emprendió diez travesías que, en total, sumaron 17.000 kilómetros y lo llevaron a conocer casi todos los rincones de la Argentina y de varios países vecinos. Al mismo tiempo, completó su doctorado en Química, trabajó como investigador y docente en la Universidad Nacional de Mar del Plata, y hasta tuvo el privilegio de ir tres veces a la Antártida como científico.

Sus inicios 

Sus primeros pasos en el deporte fueron con el triatlón. Empezó a entrenar y a competir en los últimos años del secundario, pero luego debió relegar en parte las carreras por las exigencias que le demandaba la universidad. “Igual, siempre seguí nadando, corriendo y, sobre todo, pedaleando. También hice remo durante cuatro años en la Laguna de los Padres y participé en diversas competencias de aventura y de calle”, indica. Fue scout durante diez años y, desde entonces, entendió que lo suyo tenía que ver con la naturaleza. Por eso, antes de iniciar sus viajes en bicicleta, hizo varias idas como mochilero al Sur. El Parque Nacional Los Alerces lo cautivó por su belleza y, desde el primer momento, se propuso recorrerlo en bicicleta algún día. 

La preparación física para el viaje fue muy particular. Por su profesión, permaneció todo el 2006 en la Antártida, como jefe científico de un proyecto canadiense-argentino sobre cambio climático. “Estuvimos trece personas en un velero de Quebec, el Sedna IV, aislados de todo durante ocho meses en el hielo. Los muestreos prosiguieron mientras navegábamos de regreso a Canadá y, una vez de vuelta en el país, tuve solo dos meses para redondear el proyecto del viaje antes de volar hacia Alaska”, cuenta. La fecha de partida estaba marcada por el inicio del verano boreal. “Aunque el trabajo en la Antártida tuvo un componente físico muy fuerte, no fue lo mismo que estar a punto con el pedaleo. Intenté retomar la bicicleta los dos meses previos a la partida, pero no fue mucho lo que pude hacer. El entrenamiento se fue dando en los primeros meses de viaje, en los que me fui acomodando a este nuevo estilo de vida. En una travesía tan larga, el estado físico se adquiere día a día”, señala. Y agrega: “A pesar de eso, es aconsejable tener un entrenamiento básico adecuado y, sobre todo, experiencia en manejar una bici con alforjas”. Otro aspecto que no pasó inadvertido fue el tecnológico. “Hace cinco o diez años, las herramientas no eran lo que son hoy. Lo mío se gestó más bien a través de mapas, libros con relatos de otros viajeros y alguna que otra guía de viajes”, explica. 

En todos los detalles

“De antemano, me había asesorado sobre las dificultades topográficas de cada región, las estaciones climáticas que había que respetar para reducir las condiciones adversas al mínimo, y las cuestiones de seguridad que había que tener en cuenta en cada lugar, tanto humanas como naturales”, comenta Damián. Si bien siempre hubo un plan “A”, respecto al recorrido y los tiempos, este se fue adaptando a las circunstancias. Sin ir más lejos, el proyecto original era de veintidós meses y unos 25.000 kilómetros de recorrido; debido al aspecto social del viaje, se extendió a cuarenta y seis meses y medio (casi cuatro años) y 52.500 kilómetros. Los números sorprenden: como referencia, la circunferencia de la Tierra por la línea ecuatorial tiene poco más de 40.000 kilómetros. El armado también contempló aspectos como la elección del equipo, para lo que contó con la ayuda de Jonas y de otros viajeros. “Lamentablemente, son elementos muy difíciles o hasta imposibles de conseguir en la Argentina, al menos a un precio razonable, por lo que contar con el material de calidad necesario fue un trabajo de hormiga”, cuenta?Damián. 

Bicicleta, carpa, bolsa de dormir, equipo de cocina, calentador, ropa específica para outdoors… Todo fue llegando lentamente. “El viaje se hizo con mis propios recursos. No tuve ningún auspicio económico. No es sencillo conseguir aportes monetarios en nuestro país y es una tarea desgastante que lleva mucho tiempo y frustraciones. La labor social con Aldeas Infantiles SOS fue voluntaria y nunca fue mi intención –ni habría aceptado– pedir algo de ellos como contraparte”, subraya. 

–¿Por qué el viaje en bicicleta?
 –Me parece que la bicicleta es la forma más completa e intensa de viajar. Por un lado, la velocidad de avance es tan lenta que absorbés absolutamente todo lo que te rodea. No solo en cuanto a paisajes, sino también a gente y culturas. En el mejor de los casos, se pueden hacer unos cien kilómetros diarios, lo cual hace que uno termine quedándose en lugares en los que un turista tradicional o un viajero en vehículo jamás lo haría. Eso permite una interacción muy profunda con la gente. Viajando uno cambia, crece, alimenta el espíritu.

–Damián, ¿qué hace que el vínculo con la bicicleta sea tan estrecho?
–En la bici se vive al ritmo del clima: frío, viento, calor, humedad, lluvia; cada condición climática condiciona y, a la vez, pinta el mosaico de situaciones que uno debe ir atravesando a lo largo del recorrido. Aunque a veces el andar se torna arduo y difícil, la recompensa de superar un paso de montaña, de atravesar un desierto o de recorrer un terreno complicado es increíblemente gratificante.

–¿Qué los llevó a elegir el recorrido desde Alaska hasta Ushuaia?
–En primer lugar, porque al ser argentino y vivir en mi país, desde el primer día del viaje estaba emprendiendo un largo camino de regreso a casa, llegando en bicicleta y no en avión, como habría sucedido si el viaje hubiera culminado en Alaska. Segundo, porque era mejor hacer primero la parte más cara del viaje –Alaska, Canadá y Estados Unidos– y luego entrar en Latinoamérica, más económica y, a la vez, más solidaria con los viajeros. Tercero, porque en Norteamérica la topografía no es tan exigente ni demandante como en Sudamérica, lo que permite ir adaptándose a vivir sobre una bicicleta. También, porque no hay chances de arrepentirse o de dudar. En Alaska, no hay un ómnibus que te pueda devolver al hogar por un ataque de “extrañitis”. Por último, porque si comenzás en Alaska, apenas aterrizas tenés que ponerte en marcha y avanzar lo más rápido posible: o te atrapa el invierno y quedás congelado con las temperaturas extremas típicas de la región o te comen los osos…

Nubia… y ese factor de cambio

La travesía que realizó Damián estuvo signada por un aspecto social que pasó a controlar el rumbo de sus ruedas. “Si bien la idea original del viaje se gestó a partir del hecho de unir las culturas de todo un continente a través del deporte, la misión de promover el trabajo que realiza la ONG internacional Aldeas Infantiles SOS completó el espíritu”, relata, y prosigue: “Mientras recorría mi país, me crucé con realidades muy duras. Pobreza, hambre… Moneda corriente en muchos lugares y muy cercanas a las grandes ciudades donde la gente vive despreocupada de esos temas por la vorágine que plantea su realidad urbana. El que menos tenía era el que me daba una mano”. La idea de visitar las Aldeas SOS surgió mientras Damián viajaba por los países de Norteamérica. Si bien la promoción de la ONG se planteó a través de la información que habría en la página web del viaje y en las notas de prensa que se generaran en el recorrido, apareció la inquietud de involucrarse directamente con la causa. 

Por cuestiones geográficas, la primera Aldea SOS que visitó fue en Tijuana, México. “Fue un shock muy fuerte pasar del orden y la pulcritud estadounidenses al caos y la locura latinos, pero también fue gratificante recuperar el costado humano, ya que pasaba de una sociedad fría y distante a otra más sociable y cálida”, recuerda. 

Una vez iniciadas las visitas, se propuso pasar por una en cada país… como mínimo. “Fue una niña de la Aldea de Floridablanca, en Colombia, la que me hizo dar cuenta de que debía cambiar el modo en el que encaré el viaje. Llevaba más de un año de recorrido y los tiempos para cumplir con mis objetivos se volvían más estrechos. Se me hacía cuesta arriba llegar según lo preestablecido y mantener la misión de promover la labor de la ONG. Hasta ese momento, mis visitas a las Aldeas SOS eran breves, ya que tener que llegar a Ushuaia antes del invierno era una presión muy fuerte”, explica. 
Pero la carta de Nubia, esa pequeña colombiana, cambió todo. “En el texto que me obsequió, me describía su alegría por el hecho de haberme podido conocer, de que los fuera a visitar; pero al mismo tiempo me confesaba que tenía una gran tristeza porque ya me tenía que ir, porque no me podía quedar un día más con ellos…”, evoca y se emociona.

–¿Qué cambió a partir de ese momento?
–Fue la gota que rebasó el vaso. Después de tantos años de esfuerzo, ¿cómo podía ser que fuera tan apurado? Había que patear el tablero y empezar de nuevo. Así nació el plan “B”, en el cual me planteé?extender el viaje por un año más, para incorporar todos los países donde estuviera presente la ONG –Ecuador, Paraguay y Uruguay– y visitar más aldeas. Tampoco dejar de pasar por las sedes de la ONG en mi país –Córdoba, Oberá, Luján y Mar del Plata–. ¡Ya era el plan “D” o “E”! (risas).

–¿Fue una decisión rápida o te costó?
–Implicó más sacrificios: ajustar el presupuesto de dos años al tiempo que durara el nuevo?viaje y renunciar a mi trabajo como docente universitario a mi regreso a Mar del Plata. Pero lo más duro fue perderme el cumpleaños número 70 de mi padre. 

–¿Cómo se deja de lado la vida personal para emprender una aventura como esta?
 –El 50% del viaje es iniciarlo. La mayoría de la gente se queda en el potencial: “Si hubiera hecho tal o cual cosa…”. Para concretar este sueño, tuve que resignar mi carrera profesional, el hecho de formar mi propia familia, y dejar a mis padres, mis amigos, mis afectos... Salirse del sistema y dar un salto que parecer ser al vacío atemoriza a cualquiera. Sobre todo, genera temor no saber que se hará al regreso. El no tener una estabilidad material, más allá de los escasos recursos generados para llevar adelante el viaje, es algo que no muchos llegan a comprender. Por eso, nunca salen de sus rutinas. Están atados a los dogmas de una sociedad de consumo que, si bien puede llegar a satisfacer sus necesidades materiales, no siempre los satisface en otros planos existenciales.

–Entonces, ¿cómo se logra?
–Si uno está convencido del objetivo y tiene voluntad de llevar eso adelante, no hay estorbo que impida que un sueño se convierta en realidad. No hay imposibles en la vida. Todo es factible si se trabaja con constancia y dedicación. Todos soñamos y tenemos deseos que muchas veces quedan truncos. Es muy fácil buscar excusas, cargar las culpas en los demás, enfrascarse en “pequeños mundos” que nos impiden ver más allá, distinguir lo que realmente vale la pena rescatar y llevar adelante. Un mensaje para la gente sería que no deje de hacer lo que la haga sentirse feliz. La vida es muy breve como para no aprovecharla al máximo. 

Obstáculos por vencer

A lo largo de estos casi cuatro años, Damián tuvo que sortear muchas situaciones extremas. Topografías difíciles, climas hostiles e inconvenientes de salud. “Lo más frecuente en un viaje de estas características es tener afecciones estomacales por la calidad del agua y la comida que uno ingiere. No siempre las condiciones higiénicas son óptimas. Un par de veces, tuve parásitos, alguna que otra angina ocasional, hongos molestos por el exceso de calor o humedad. También sufrí una distensión de ligamentos leve en la rodilla izquierda, que transformó mi segunda pasada por Colombia en un penoso calvario, ya que casi no podía hacer fuerza con esa pierna”, recuerda. Sin embargo, lo que le resultó más molesto fueron las dolencias odontológicas. “Pedalear con dolor de muelas es algo que no le deseo a nadie. En Venezuela, tuve una infección que derivó en un prolongado y doloroso tratamiento de conducto que se extendió por casi un mes. Nunca olvidaré a Ciudad Ojeda y a la sádica odontóloga llamada Daisy, que hizo toda la intervención sin anestesia ‘para saber hasta dónde tenía sensibilidad el nervio’. Nunca una mujer me hizo llorar tanto en mi vida…”, dice.

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