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El futuro ya llegó


Por Guadalupe Treibel.


El futuro ya llegó 

Karim Rashid es el gran diseñador del momento. Sus creaciones invaden el mundo y redefinen la estética contemporánea. El hombre nacido en El Cairo, que dice haber ayudado a que el mundo cambiara, estuvo en Buenos Aires para participar del Tercer Encuentro Internacional de Interiorismo y Diseño DArA iD.

Hice que los objetos cotidianos deberían ser superiores, hermosos, prácticos, estéticos, accesibles; por eso brega su obra. Dice que su estilo podría definirse como “minimalismo sensual”, pleasuretronics (“placerismo”); que una de sus metas es sensualizar el entorno. Dice que mira hacia adelante concentrándose en la belleza y las necesidades de una cultura contemporánea global, propia de la era digital; que no puede esperar para darle forma al futuro. Lo dice con la certeza del hombre exitoso y genio creativo que, además de llevar el título del “más famoso diseñador industrial de las Américas” (como lo bautizó la revista Time), suma más de tres mil eclécticos diseños y cientos de premios en su hoja de ruta.  

Nacido en Egipto, criado en Canadá y establecido en Nueva York, Karim Rashid es un ciudadano del mundo. Y el mundo lo recibe en sus museos más representativos, dándole lugar en colecciones permanentes del Museum of Modern Art (MoMA), en Nueva York, o el Centre Pompidou parisino, entre tantísimos otros. Militante de la creación de objetos “democráticos”, ha desarrollado una variedad increíble de obra para las principales marcas del planeta. Y todo lleva la marca distintiva del color, del talento y la sensualidad.  

“Diseñar unifica el sentido del mundo. Hacemos el mundo un poco más homogéneo porque hay menos diferencias en nuestros commodities”.

A punto de ser padre por primera vez, con su característico sentido fashionista de punta en blanco (y rosa), Rashid está seguro de su visión de sí mismo. Y su seguridad a veces roza la arrogancia. 
En su visita a la Argentina como figura del Tercer Encuentro de Interiorismo y Diseño DArA (Decoradores Argentinos Asociados) iD, que se desarrolló en el Centro Metropolitano de Diseño, Karim conversó sobre la posibilidad democratizadora de los objetos y su mirada hacia el futuro.

–¿Cómo se articula la necesidad de desarrollar productos que resalten la individualidad de la gente y sean masivos?
–Diseñar unifica el sentido del mundo. De alguna forma, hacemos el mundo un poco más homogéneo porque hay menos diferencias en nuestros commodities. Pero, al mismo tiempo, hay más y más opciones y no impera un único estilo. La belleza está en la posibilidad de elegir; eso nos vuelve singulares y nos diferencia como individuos. La era digital apoya la individualidad y rompe con el conformismo. 

Hoy la gente se expresa más; puede pensar por sí misma y compartir su mirada con el mundo. La posibilidad que brinda el diseño es la de ofrecer un arte que, además, sea democrático –en tanto permite que todos tengan una pieza hermosa, inspiradora, movilizante–. Siempre hablo de designocracy (“diseñocracia”) porque, gracias al desarrollo de la tecnología y la baja en los costos de producción, las cosas se han vuelto más accesibles y la calidad de vida ha aumentado enormemente.

–En 2001, editaste un libro titulado Quiero cambiar el mundo. Una década más tarde, ¿dirías que lo has logrado?
–Hoy la gente está más interesada en el diseño y los diseñadores se han vuelto tema de debate público. Cuando comencé mi carrera, éramos casi marginales; nadie sabía quiénes éramos o qué hacíamos. Ahora la gente quiere diseño y calidad en su cotidianidad y encuentra significado en los objetos. En ese sentido, el mundo ha cambiado y yo colaboré para que eso ocurriera con mis objetos, con conferencias, diseños, libros, viajes. Creo que cuanto más se escuche mi voz, más se acentuará la transformación.  

–¿Cuándo fue la primera vez que pusiste tu firma en un diseño?
–Cuando tenía 23 años y trabajaba para Black & Decker, en Canadá, diseñando su primera pala de plástico. Recuerdo haber preguntado a miembros del equipo por qué nunca se les daba crédito por sus ideas y lo irónico es que ¡ni siquiera ellos se lo cuestionaban! Porque, en verdad, en diseño industrial nadie se planteaba quién estaba detrás de cada objeto. En aquel entonces creía –y aún creo– que nuestros nombres tenían que estar sobre nuestras obras; por eso, puse en el centro de la pala un pequeño asterisco. Una suerte de copo de nieve. Nadie preguntó qué significaba y se fabricó así. Después hice un taladro y le puse otro signo, motivado por la ilusión de que, treinta años más tarde, en una venta de garaje, alguien lo viera y dijera: “Es un diseño de Karim Rashid”. Así comencé a hacer símbolo tras símbolo y, sin darme cuenta, tenía un lenguaje.  

“La posibilidad que brinda el diseño es la de ofrecer un arte que, además, sea democrático”.

–Desde entonces, los símbolos se han vuelto una marca distintiva e, incluso, están en tus brazos con tatuajes…
–Cuando hice mi primer hotel, tenía desarrollados veinticuatro símbolos. Como el lugar contaba con veinticuatro habitaciones, tomé el gesto como una señal de mantener mi alfabeto en esa cifra y le asigné a cada habitación una de mis “letras”. Recuerdo que la gente caminaba por los pasillos intentando ubicarse visualmente… Fue fantástico.  

–¿Tienen un significado? De ser así, ¿qué representan?
–Son universales. Siempre tuve problemas con las lenguas porque, debido al lenguaje, no hay un mundo unificado. Los signos abstractos, en cambio, logran aglutinar esos universos distintos. Es un tema que me interesa desde mucho antes de que la era digital regalara el Zero One y nos conectase a todos.

–¿Qué influencias tenés en tu trabajo?
–¡Demasiadas! Soy un collage de cuatro décadas de referencias: los debates sobre el futuro y la era espacial de los sesentas; el avant garde italiano de los setentas; los ochentas… Son años de acumular experiencias. Intento no mirar hacia atrás; soy contemporáneo y quiero hacer productos contemporáneos. Mi impulso es el futuro.   

–¿Podrías, al menos, mencionar un diseñador favorito?
–¿Además de mí mismo? Es difícil de decir. No quisiera sonar egocéntrico, pero he llegado a un punto de mi carrera donde no hay maestros que me inspiren, lo cual es positivo porque ahora soy yo quien quiere inspirar a otros. Mucha gente que me gustó en su momento es parte de un mundo analógico que, hoy, ya es irrelevante. Creo que la arquitectura es más musa para mí que otros diseñadores porque me permite pensar en la existencia social, en la vida humana, y mi trabajo es trasladar la experiencia artística al plano concreto de lo cotidiano.

–¿Qué pensás del trabajo de Philippe Starck?
–No sería quién soy de no ser por Starck porque fue él quien abrió la puerta para muchos diseñadores. Respecto a su obra, creo que es mejor diseñador de objetos que de espacios. Lo particular en él es que cuando hace un producto, hace algo contemporáneo, pero al momento de encarar un espacio, entra el mundo de lo kitsch. ¡Es como si el diablo le invadiera las ideas! 

–Cuando se comienza a diseñar un producto, ¿hay que pensar a ese objeto desde cero?
–No, pero sí hay que enfocarse en la actualidad y las problemáticas que trae aparejadas. Si, por ejemplo, diseño una silla de jardín, tengo que hacerla cómoda, apilable… Esos son criterios contemporáneos que no responden ni a un estilo ni a necesidades del pasado. El problema del diseño es que está lleno de tendencias, de modas, y muchos diseñadores caen en lo trendy y hacen styling en vez de diseñar. 

–En tu casa de Nueva York, ¿estás rodeado de muchos de tus diseños?
–Diría que en un noventa y nueve por ciento. ¡Qué ego! (se ríe). Cada vez que toco uno de mis objetos, pienso en cómo mejorarlo, en cómo ir más lejos. 

–¿Cómo influencian los materiales en tus ideas?
–Mi trabajo siempre ha estado enfocado en los plásticos porque es la manera de hacer objetos accesibles y masivos. Estuve en San Pablo, donde me mostraron una tecnología que me voló la cabeza: plásticos producidos a partir de caña de azúcar en lugar de petróleo. Desde entonces, he intentado interesar a todos mis clientes por este material, pero hoy la industria se mueve tan rápido que nadie se toma el tiempo de arriesgar en nuevos desarrollos. También adoro el plástico biodegradable.  

“Intento no mirar hacia atrás; soy contemporáneo y quiero hacer productos contemporáneos. Mi impulso es el futuro”.

–¿El diseño ha evolucionado hacia conceptos verdes o sustentables?
–Mucho. Está presente en todas las compañías que he visitado los últimos años. Se ha comenzado a tomar conciencia de los recursos limitados, aunque siga habiendo hechos alarmantes. En los Estados Unidos, por ejemplo, se tiran setenta millones de botellas de plástico a diario y solo el 8% se recicla; una cifra verdaderamente perturbadora. 

–¿En qué sitios llegan tus momentos de inspiración? ¿Dónde solés trabajar?
–Como viajo mucho, desarrollo mis ideas donde esté: hoteles, aviones…

–¿Has pensado en rediseñar un avión?
 –¡Todos los días de mi vida! Son horribles, espantosos, y veo en ellos error tras error tras error. Lo haría desde el punto de vista del usuario, con elementos básicos de confort. Ponerse en el lugar del consumidor es la clave para hacer un buen proyecto. Y todo buen proyecto debe ser cómodo, sencillo, inteligente, simple y práctico. Para ser un buen diseñador, hay que ser creativo, pensar fuera de lo convencional pero, a la vez, ser la persona más práctica del planeta. Ese balance hace la grandeza. 

–Ponés a la practicidad en un lugar privilegiado ¿Es esa la razón por la que has declarado que te da más satisfacción ver tus diseños en la casa del vecino que verlos en museos?
–Si quiero cambiar el mundo y que la gente ame el diseño, tengo que tocar a cuanta persona pueda y jamás lograría hacerlo si mis trabajos simplemente están varados en un museo. Recuerdo que era joven y deseaba estar en una colección permanente pero, con el tiempo, ese deseo ha desaparecido. En esta era, los diarios, las revistas, los museos se han vuelto irrelevantes. Y tenemos miedo al cambio porque, como seres humanos, somos nostálgicos. Por eso, la gente adora lo vintage, pero ¿a qué se aferran? Si quisiera historia, visitaría el Vaticano o las pirámides egipcias. 

–¿Es cierto que, además de diseñador industrial, sos DJ?
 –¡Sí!

–¿Cualquiera puede contratarte para pasar música?
 –Absolutamente. Soy más solicitado para pasar canciones que para hacer diseños (se ríe). Me contratan de todas partes del mundo. De hecho, recientemente di un show en Tel Aviv con trescientas personas mirándome fijo porque no los hacía bailar. Tampoco lo intento. Me interesa la electrónica underground, experimental… Es un oficio tan peculiar: pasás música de otros y te pagan. Muy llamativo.

–Un sello distintivo en tu estilo es vestir siempre de blanco y rosa. ¿Hay un sentido detrás de la elección?
–Por supuesto: simboliza mi individualidad. Y es elegante para mí. 

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