INVESTIGACION


A celebrar la vida


Por Daniela Calabró.


A celebrar la vida
Decidirse a festejar  las pequeñas y las grandes cosas de la vida refuerza la confianza, mejora la salud y fortalece los vínculos. Los especialistas coinciden en que no hay que esperar a fechas o circunstancias especiales, sino permitirse el brindis cotidianamente.

Cuando Mariana y Abel entraron al salón, como invitados al supuesto casamiento de la nieta de unos amigos, no podían creer que los rostros de toda su vida estuviesen allí. Fue un segundo de confusión. Sus hijos y nietos, que corrían a abrazarlos, les confirmaron que toda esa gente estaba allí para celebrar sus bodas de oro, esas por las que ellos habían hecho un lindo brindis a solas la noche anterior. “Fue uno de los momentos más especiales de mi vida, y mirá que ya viví unos cuantos años”, confiesa Mariana, dueña de unos 76 muy bien llevados. 

“Verlos a todos reunidos, por nosotros, me hizo entender que los cincuenta años que llevamos de casados no tienen que ver nada más con nosotros dos, sino con una familia entera, con el paso de generaciones y generaciones, con un ejemplo de constancia, de amor”, se suma Abel. 
Esto es lo que sucede cuando uno se decide a celebrar: lo que puede parecer un instante más termina llenándose de sentido. Así lo ven los entendidos. 

Celebrar los pequeños detalles con entusiasmo es el motor para llegar a cumplir las metas más preciadas

“Celebrar es importante porque es una forma de ser más conscientes de nuestros pasos y de lo que ocurre en nuestra historia. Los festejos nos ayudan a recordar momentos que no solo fueron únicos en ese entonces, sino que lo son siempre, en tanto los hagamos presentes”, dice la psicóloga María Gabriela Fernández Ortega, de Hémera, Centro de Estudios del Estrés y la Ansiedad. 
Además de ser fundamental en la interiorización de los sucesos, festejar sirve también para abrir al mundo las cuestiones más importantes de la propia intimidad.

Así lo explica Adriana Martínez, psicóloga del equipo de Fundación Buenos Aires: “Los rituales de celebración forman parte de la posibilidad de historizar algo: un logro, una pérdida, un cambio de estado de cosas... Si bien para cada ser humano esto representa algo distinto, el celebrar recompone, unifica, colabora en el armado de un relato sobre algo sucedido. Es el momento de volver público, de manera voluntaria y elegida, una parte de nuestro mundo privado”.

Siempre hay motivo

Según explican los especialistas, no hace falta guionar la agenda de festejos según fechas preestablecidas o determinados logros, sino permitirse hacerlo con todo lo que a uno le genere felicidad y sienta ganas de compartir.“A veces, por el trabajo y por los ritmos vertiginosos, perdemos la capacidad de celebrar o la atribuimos solo a cuestiones materiales o culturales y no al simple hecho del encuentro.

 Cuando esto sucede, las celebraciones empiezan a escasear, pues no somos (por suerte) seres siempre exitosos”, asevera Arturo Clariá, psicólogo y docente universitario, y agrega: “Cualquier situación debería ser motivo de festejo, partiendo de que estamos vivos y de que podemos levantarnos y disfrutar cada mañana de un nuevo día. 

Celebramos el encuentro, la vida acompañada, las metas cumplidas y las fechas caprichosas que nos sirven de excusa para reunirnos a compartir lo que somos”.
Fernández Ortega coincide: “Los grandes logros o eventos no son los únicos que pueden festejarse. Las personas que han pasado por situaciones extremas suelen comprender más la importancia de celebrar, porque son más conscientes del aquí y ahora y tienen un mejor registro de que la vida no se escribe en borrador primero, sino en limpio. Por eso, cada momento disfrutable es único, irrepetible y merece permanecer en el pensamiento todas las veces que uno lo necesite”.

Un mimo a los vínculos

“Celebrar, reír, compartir, disfrutar” son verbos que ponen en acción distintas variables orgánicas que ayudan a nuestra salud. Así lo explica Clariá: “Está comprobado científicamente que un estado de ánimo optimista y esperanzado contagia favorablemente al cuerpo y le concede herramientas que le permiten superar adversidades o enfermedades con mayores posibilidades que una persona deprimida o vencida por las circunstancias”.

Fernández Ortega agrega: “La alegría se traduce en una mayor producción de endorfinas, que son las hormonas vinculadas a la sensación de placer, y esto repercute en nuestro organismo elevando las defensas con las que contamos”. La sociabilidad también se desarrolla con los festejos, ya que los instantes de celebración son indefectiblemente compartidos con los afectos más cercanos.  

“Celebrar tiene una característica que le es propia: que se comparte con otros. Alguien se decide a vivir con otros una alegría o conmemoración determinada y elige con quiénes hacerlo. Son sus invitados. La invitación es el punto de partida de una celebración; de hecho, allí se inicia, de algún modo. Con la asistencia, con la presencia de los otros es que una celebración cobra su pleno sentido. Compartir estos momentos nos enriquece emocionalmente y refuerza nuestros vínculos afectivos”, agrega Martínez. 

Para Fernández Ortega, además del efecto en lo individual, el hecho de compartir le da una nueva dimensión al festejo. “Es una forma de exteriorizar el afecto, de recordarle al otro nuestro cariño y de demostrar que lo consideramos parte importante de nuestra vida, ya sea festejando algo vinculado a nosotros o al otro. Significa que nos alegramos por él y con él. Del mismo modo, ayuda a la cohesión grupal”. 

Clariá pone el foco en la calidad y el verdadero sentido de los encuentros: “Algunos creen que celebrar es simplemente divertirse en un marco superficial e impuesto socialmente; por ejemplo, un adolescente que cree que, por ser viernes a la noche, debe celebrar, debe estar alegre y debe pasarlo bien, independientemente de su estado de ánimo”, afirma. “Vivimos en una sociedad que promueve la apariencia del festejo y el estar siempre bien, aunque se esté mal; sobre todo, si hay otros mirando. 

Ese tipo de celebración es efímera y, muchas veces, nociva para la propia persona”. En este sentido, Clariá argumenta que la alegría real va mucho más allá de una salida o unas copas de más y que tiene que ver con un estado interno que se construye no solo los fines de semana, sino también los lunes y los martes. “En ese aspecto más puro, la celebración cobra real significado y se justifica la necesidad de compartirla, pues somos seres en relación y nos complementamos en la diversidad”, concluye el especialista. 

Tal vez por eso Mariana y Abel sienten que esa fiesta sorpresa enalteció cada uno de los años que vivieron codo a codo. Porque allí comprendieron el significado de sus bodas de oro, junto a todos sus afectos, compartiendo la alegría más sincera y celebrando el amor. Bienvenidos sean los días y las noches de fiesta.

Más festejos, más confianza

“La celebración es un acto de gozo y, por tanto, puede generar emociones positivas, como seguridad personal, optimismo, entusiasmo y fuerza interior”, explica la licenciada Adriana Martínez, de Fundación Buenos Aires. María Gabriela Fernández Ortega, de Hémera, coincide: “Esos momentos refuerzan la confianza en uno mismo y activan el optimismo, porque nos proveen de una sensación de alegría, de consistencia interna, nos hacen tener presentes aspectos de uno mismo que hablan de nuestra esencia, de nuestra identidad. Esta sensación de consistencia interna da tranquilidad, porque nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos”. 

Año a año 

Los especialistas coinciden en que los aniversarios son una de las celebraciones más importantes, ya que pueden funcionar como un momento de renovación del compromiso. María Gabriela Fernández Ortega, de Hémera, diferencia los aniversarios de pareja de los laborales: “En el  primer caso, el festejo ayuda a recordar por qué esas personas están juntas y a repasar emocionalmente  el recorrido, con todas las dificultades que se sortearon y el amor que ayudó a que se pudieran transitar. En cuanto a lo laboral, celebrar ayuda a resaltar los logros, lo que  redunda en mejorar el concepto que esa persona tiene de sí misma”.

 Arturo Clariá lo resume de este modo: “Los seres humanos somos  seres cíclicos, vamos cambiando en un devenir dinámico, pero, dentro del constante cambio, hay variables que pueden mantenerse estables, sólidas, comprometidas, y, por ello, son dignas de celebración. Que el tiempo pase  y el amor por un compañero permanezca, renovado y diariamente reconfirmado, bien vale el festejo. El aniversario recuerda el valor del tiempo, de la confianza, de la fidelidad, de los ideales compartidos, de la coherencia en las elecciones, en un mundo que suele vendernos una suerte de facilismo y de recambio vincular vertiginoso y vacío de compromiso”.

Por amor

Para el licenciado Clariá, todo motivo de celebración parte del cariño hacia uno mismo: “Celebrar es saber disfrutar, saber agradecer y valorar, ver la vida con ojos ilusionados, promover ese tipo de vínculos entre quienes nos rodean y, por lo tanto, favorecer el propio devenir. Es amar la vida, y uno no puede amar fuera de uno sin una instancia previa de amor a uno mismo. Amarse no es soberbia ni egoísmo; en su justa medida, es autorreconocimiento, estima y valoración”.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte