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“Tengo muchos sueños pendientes”


Por Cristina Noble.


“Tengo muchos sueños pendientes”

Margarita Barrientos no necesita presentación: es el alma máter de su fundación, una ONG que da de comer a 1500 personas en Los Piletones, en Villa Soldati. ¿Cómo llegó a este lugar? Su vida en primera persona.

Nos habían alertado acerca de que acceder a Los Piletones –el asentamiento de Villa Soldati,?Ciudad de Buenos Aires, donde se encuentra el comedor de Margarita Barrientos– incluía complicaciones de distinta índole. “Para el que desconoce el camino, no es sencillo acceder; es mejor evitar algunas zonas –nos dijo el doctor Calderón, abogado y asesor de ese centro comunitario–, pero siguiendo las instrucciones se llega bien”. Su guía fue precisa, pero igual nos perdimos. 

Hicimos el ingreso a través del corazón de la villa: un angosto sendero de barro húmedo y resbaladizo, limitado por casillas de ladrillo hueco, muchas de ellas en construcción. Imposible no encontrar el comedor de Margarita: todos conocen el galpón con su colorido frente de figuras pintadas por Milo Lockett. No es lo único que lo distingue: el orden y la disciplina parece expandirse en esa cuadra.

Margarita no estaba. Alguien me había dicho por teléfono que a las tres de la tarde tenía psicóloga. De pronto, la vemos con un grupo de personas: estaba coordinando la entrega de mercadería –latas, verduras, frutas– con algunos representantes de una cadena de supermercados. Hicimos la entrevista en la guardería, sentadas en las sillas de la salita verde.

–¿De dónde es usted, Margarita?
–Nací en el apeadero kilómetro 25, departamento Matará, que queda a treinta kilómetros del pueblo de Añatuya. Hace 50 años. Tuve momentos felices en mi infancia, cuando vivía mi mamá. Saturnina se llamaba. Mamita falleció cuando tenía 42 años, muy joven, pobrecita. Pasábamos necesidad, pero no importaba estando ella, era como que nos llenaba su presencia, por más que desayunáramos nada más que una taza de mate cocido. Nuestra madre siempre fue demostrativa con todos nosotros. Somos doce hijos suyos, de los cuales vivimos hoy solamente dos. 

–¿Y su papá?
–Mi papá vivió con nosotros hasta que mi mamá murió, después se fue y nunca más supimos dónde estaba.

–¿Los dejó solos?
–Sí, nos dejó en un obraje. Mi hermano, Martincito, siempre se enojaba con mi papá por el abandono que había hecho de nosotros. En cambio, yo siempre le encontré justificativo: no sé, a lo mejor se cansó, a lo mejor tomó otro rumbo buscando algún destino diferente, porque tampoco era vida la suya. Mi padre trabajaba por la comida solamente, dinero jamás veía. Mi mamita era una mujer muy enferma, tenía leucemia, mal de Chagas… Desgraciadamente eso la llevó… Nunca le eché la culpa a mi padre, siempre le encontré el lado bueno…

–¿Tuvo noticias de él alguna vez después?
–Cuando nació mi último hijo –son nueve hijos biológicos y tres hijos del corazón–, me enteré de que estaba viviendo en Añatuya?(Santiago del Estero); fui a verlo, pero hacia poco había fallecido.

–Cuénteme qué hicieron, sin madre ni padre, dejados en el obraje.
–Agarramos un carro y nos fuimos; cualquier cosa era mejor que estar internados en esos lugares fríos. Mi hermano Martín pasó a ser como nuestra mamá. Muchas veces no teníamos para comer y él salía a buscar algo, también nos organizábamos para cazar. Lo recuerdo muy bien a Martincito, si a él le daban un poco de harina, con eso nos arreglaba un día o dos: hacía tortillas, pancitos…

–¿Y los otros hermanos?
–Los más grandes no estaban en Santiago, ya vivían lejos de nosotros. Éramos tres: Martín, de 12; yo, de 11, y mi hermanita, de 7. Muy chiquitos.

–¿Qué fue lo peor de ese tiempo solos?
–Dejar a mi hermana menor; yo lo tuve que hacer. Eso ha sido muy difícil; aun hoy, cuando recuerdo ese momento, me causa una enorme tristeza. Pero yo creo que estuvo Dios siempre presente. Era como que yo sabía perfectamente lo que tenía que hacer por los consejos de Martincito. Dios le puso sus palabras. Porque no era fácil decirme: “Andate allá y dejala a la Nilda. Dejala y no mirés para atrás…”. Y yo lo hice: era mi responsabilidad.

–¿Dónde la dejó?
–En una plaza, busqué una donde hubiera gente. Había chicos jugando, madres… Pensé que alguien la iba a ver. Le dije: “Andá, Nilda, decile a esa señora que te dé plata para una tortilla”, y me fui corriendo sin mirar para atrás.

–¿Los tres se separaron el mismo día?
 –Sí, era una madrugada cuando me despedí de mi hermano. Él se fue para Vilelas montado a pelo. A mí me decían “Gringa” de sobrenombre. Me acuerdo de cómo me habló Martín al despedirse; me dijo: “No dejes de hacer lo que te digo Gringa, es lo mejor… Algún día nos volveremos a encontrar…”.

–¿Se volvieron a ver?
–Hace relativamente poco tiempo que me reencontré con Nilda; nos conocimos, en realidad, había pasado mucho tiempo. Con Martincito fue antes, yo tenía 22 años; a Nilda la encontré catorce años después. 

–¿Y a Nilda qué le pasó? ¿Alguien quiso adoptarla?
 –A Nilda la internaron en un colegio de monjas. Después pasó diez años en el Montes de Oca. De ahí, a un instituto.

–¿Y cómo fue que se reencontraron?
–Una noche, Mirtha Legrand vino a hacer su programa desde el comedor, y Nilda nos vio en la tele. Ella estaba en Villa Martelli, en un hogar de señoritas. Esa noche me llamaron a casa, como a la una de la madrugada. Quedamos en ir a verla apenas fuera de día. Nunca me voy a olvidar de ese momento: fuimos con Isidro, mi marido, en auto. Estábamos buscando la dirección y cuando nos acercamos la vi: ahí estaba Nilda, parada en la vereda, con una valija lista. Y se vino a vivir con nosotros, claro.

–Volvamos para atrás, usted sola, a los 11 años, después de dejar a Nilda, ¿qué hizo? ¿Adónde fue? ¿Tenía algún plan?
–¿Plan? (Se sonríe apenas). Me acuerdo de que subo sola al tren. Ese año corría la Estrella del Norte por Añatuya, ¿vio? Me iba para Buenos Aires. La idea era encontrarme con mi hermano Ramón, el mayor… Ramoncito era el que siempre visitaba a mamá cuando estaba enferma. No bien lo veía, ella revivía: se levantaba para hacer tortillas, era como una fiesta. Yo tenía atadas en una caja las cartitas que él mandaba, las leía todos los días… Veía esa dirección en el sobre y pensaba que alguna vez, cuando fuera grande, iba a ir a verlo a Buenos Aires. Pero no era la idea ir sola. Nunca imaginé que iba a ir sola. Pero así fue, y me largué con mi bolsa chismosa…

–¿Chismosa?
–Sí, le decía así porque estaba llena de agujeros y se veía todo lo que llevaba. Lo único que traía ahí era la carta de Ramón y mi vestido blanco con flores que mamá me había pintado. Eso era todo.

–¿Dinero, no llevaba?
–No, nada. Tampoco pasaje de tren; así me subí en la estación Añatuya, y nadie me dijo nada. Por eso, creo mucho en Dios. Nuestros papás no eran de sacarnos porque en realidad no se podía, lo único que conocía era la parada del kilómetro 25 en Santiago. Así que yo no tenía la mínima idea del mundo. Por suerte, todas las andanzas de mi vida fueron guiadas por Dios…

–Llegó a Buenos Aires, sola, sin un peso encima. ¿Qué hizo?
–Llego a Retiro, me despierto cuando los trenes golpean debajo, parecía que se desenganchaban los vagones… Entonces, me encuentro en una oscuridad profunda, enorme, y bajo corriendo. Creía que había llegado a José C. Paz. Miré para todos lados, busqué un cartel, algo que dijera José C. Paz y nada, no encontré nada; entonces, me puse a llorar. ¡Lloré tanto! Me acuerdo de que entre lágrimas y sin casi poder hablar me acerco a un policía y le digo: “Yo quería estar en José C. Paz…”. El me toma de la mano y me señala otro tren: “Ese va a José C. Paz. Cuando vos veas un arco que diga José C. Paz, tenés que bajarte”. Entonces, volví a subirme a un tren… y me pasó algo terrible: me desperté al día siguiente en un hospital, toda dolorida y rota: creía que estaba muerta. Me había tirado del tren en marcha…

–¿Se quiso suicidar?
–¡No! Yo iba mirando por la ventanilla y de repente vi el arco de José C. Paz; entonces, me paro, busco mi chismosa y voy para la puerta… Pero el tren seguía a toda velocidad. Así que me desesperé, pensé que me iba a llevar vaya a saber dónde, y entonces, me tiro del tren. A mí me salva un palo de luz; cuando me lancé, el palo me desvía. Por eso, en vez de caerme para abajo en las vías, me voy para el otro lado… Pero me quebré las costillas, el brazo, las rodillas, un desastre de sangre era mi cuerpo.

–¿Quién la auxilió?
–No sé, no tengo idea… La cuestión es que al otro día amanezco en el hospital San Miguel Arcángel. Se ve que la misma policía buscó la dirección de mi hermano –estaba en el sobre de la carta en mi chismosa–, y cuando me despierto estaba Ramoncito ahí… Esa fue mi llegada a Buenos Aires. A partir de vivir con mi hermano, cambia mi vida. Aprendo a ser empleada doméstica. Todos los días a las cinco de la mañana, mi cuñada me levantaba para ir a trabajar con ella. Y yo iba, ¿vio? Ella tenía dos varoncitos, Albertito y Martín… Mi hermano, como estaba accidentado, se quedaba con sus hijos. Él veía poquito, no se desplazaba solo. 

Cuando me vino a buscar al hospital, fue acompañado por su señora porque estaba medio ciego… Era bueno mi hermano… pero cuando fallece, tres años después, ya no había lugar para mí en la casa. Así que me fui a ver a mi hermana, pero ella no me recibió, me dijo que no podía porque tenía siete hijos. Me causó mucha tristeza, ese día me fui a dormir a una estación. Pensé en volverme a Añatuya. Después cambié, y le pedí a mi cuñada que me dejara estar en su casa unos días. Le propuse un intercambio: acarrear agua y lavarle toda la ropa. Cuando volvía de trabajar la tenía planchada y colgada. El agua la traía de la casa de la mamá de Isidro, mi actual marido. Así lo conocí. Un día fui a buscar agua y ahí estaba él. 

–¿Le dio buena impresión de entrada?
–Sí, me gustó mucho, además me hacía caso (se sonríe). Empezamos a noviar y después nos juntamos enseguida. Fue un amor a primera vista. Y seguimos así; al menos él me dice “te amo” todos los días, y yo también. Tuvimos nueve hijos… al quinto hijo, Isidro perdió un brazo, se le cayó un camión volcador encima. Él trabajaba en un corralón de materiales, tenía 25 años, estaba en su plenitud. Isidro siempre fue muy derecho, muy bueno y trabajador… Por el accidente, después, se sentía sin ganas de nada…

–Pero la tenía a usted…
–Sí, yo estaba siempre… Hasta que un día me enojé (se sonríe). Habían pasado seis meses y yo lo calzaba y vestía… Comer no: a las penas comía solo. Pero un día que me había despertado enojada, no lo quise ayudar. Entonces, le dije: “Sos el papá de mis hijos y tenés que ayudarme a criarlos. Si hoy no te podés prender las zapatillas, mañana voy a tener que luchar con una persona que no me sirve para nada”. Me miró callado y se fue para adentro con una amargura grande, después, como a los diez minutos, salió a las risas, y me dijo: “Magui, mirá, me até las zapatillas yo solo y no necesito más de vos”. Con Isidro siempre luchamos mucho, la vida nuestra es una lucha constante. Este comedor, que es una hermosura, es obra de los dos.

–Margarita, ¿cuándo se les ocurrió hacer este comedor?
–En el peor momento nuestro (“económico”, dice, y se ríe). Yo trabajaba por horas en unos edificios del barrio Samoré, y él trabajaba con un carro a caballo haciendo cirujeo. Me levantaba a las cinco de la mañana, y para las diez ya tenía limpios doce pisos: trabajaba de portera, ¿vio? Después de ahí, salía y me iba a trabajar como doméstica en algunas casas. Cuando no tenía nada, tocaba el timbre en los departamentos para ofrecerles ir a pagar los servicios. Ellos me daban porque me conocían. Hasta que un día, se me acabó el trabajo de la portería. Me causó una enorme tristeza. Me acuerdo de que Isidro salió, como todos los días, con el carro y vino con mucha factura: cajas y cajas. Un poco fue para consolarme. Trajo dos tachos de veinte litros de miel, y papas, como cinco bolsas. Ese día era un 7 de octubre del año 1996. Había un horno grande de barro y una cocinita del fogón en casa. Yo siempre tenía una olla enorme con agua calentándose, entonces él llegó y ahí nomás me dijo que hiciera mate cocido para acompañar la factura, y se le ocurrió que invitáramos a los chicos del barrio. Así, improvisamos unas mesas y ofrecimos la merienda. Eran muchos, fue muy lindo verlos sentados, y comiendo todos juntos. En ese momento, el piso del galpón era de tierra. Le tiré un poco de agua para que no se hiciera polvo, me acuerdo.

–Así empezaron, sin pensar…
–Sí. Jamás imaginé que el comedor iba a llegar a esto. Es increíble.

–¿Con cuántos colaboradores empezaron?
–Eran alrededor de cinco mamás las primeras que se acercaron. Después quedamos Miriam y yo, y mis hijas adolescentes. Los demás se fueron yendo al ver que el comedor no generaba ingresos, ellos creían que iba a tener alguna remuneración. Pero no, es un trabajo voluntario. 

–¿Y los insumos, cómo los conseguían?
–Isidro traía todo de la calle. Nosotros teníamos dos caballos, la Nena y la Gringa. Con la Nena salía Isidro y con la Gringa, mi hijo Oscarcito. Salían a cirujear y así conocían lugares donde les daban cosas: había verdulerías que nos regalaban papas, zapallos, frutas. La carne y los fideos los comprábamos con lo que ganábamos cirujeando. Así empezamos el comedor para siete chicos y un abuelo.

–¿A cuántos les da de comer hoy?
–En total son más o menos unas 1500 personas que vienen todos los días, y además se dan viandas. Hay treinta mujeres voluntarias, la mayoría son del barrio. También tengo otras que vienen de Villegas, Guernica y Laferrere. Empezaron pidiendo mercadería, y en vez de dársela gratuitamente, ellas decidieron trabajar. Aparte, tenemos doce médicos, un abogado y de vez en cuando vienen estudiantes de arquitectura de distintas universidades de Estados Unidos a darnos una mano. Hacen trabajo solidario. Los últimos, estudiantes de arquitectura de una universidad de Texas nos dejaron todo hecho una pinturita.

Margarita se levanta para mostrar la guardería. Construida en el 1999, es su orgullo: actualmente tiene varias salas y un patio de juegos con piso de goma para que los chicos del barrio puedan correr sin miedo a lastimarse. Antes de irnos, Margarita hace un breve balance hasta el momento:?“Tuve muchos sueños que hasta el momento pudimos concretar, como la panadería, la fábrica de pastas, la sala de computación, el hogar en Campana para recuperar a los chicos de la droga… 

Y tengo más cosas pendientes; yo soy de raza india, tengo una fuerza interna que no me permite aflojar. No me gusta dar el brazo a torcer”.
Nos retiramos del comedor y emprendemos el camino del regreso, ya sin perdernos. De algún modo, todos volvíamos de otra manera...

Un universo organizado 

En el orbe Barrientos, confluye la familia ampliada con vecinas de barrio, maestras jardineras y profesionales voluntarios. Cada uno tiene su tarea. La lógica de funcionamiento del comedor y anexos es absolutamente centralizada, nadie discute el liderazgo de Margarita. Tampoco su esposo, Isidro. Margarita es quien decide. “Hacemos reuniones para contarles qué es lo que queremos hacer. Se convoca a un encuentro y se les avisa. A partir del comedor se aprendió a convivir. Antes, acá, los paraguayos no se llevaban bien con los bolivianos; ahora trabajamos todos juntos y sin pelear. Y la gente, sin darse cuenta, está mejorando los frentes, las casas, se preocupa por tener todo más lindo y limpio. Por contagio, ¿vio?”.


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