ENTREVISTA


“Me alegra que me premien, pero no me cambia la vida”


Por Cristina Noble.


“Me alegra que me premien, pero no me cambia la vida” 
El argentino Juan Maldacena saltó a la fama en el mes de agosto cuando le otorgaron por su Conjetura el nuevo Premio Yuri Milner a la Física Fundamental. Esta distinción se concede a los que están haciendo historia en la ciencia. Ahora vuelve a ser noticia porque acaba de donar doscientos mil dólares al Instituto Balseiro. Un ejemplo de inspiración.

A Juan Martín Maldacena, físico argentino formado en la Universidad de Buenos Aires y en el Instituto Balseiro, la flamante noticia de haber ganado tres millones de dólares por su Conjetura de Maldacena no parece haberle alterado el pulso. En realidad, no sabe bien qué hará con esa suma, salvo los doscientos mil dólares que acaba de donar al Instituto Balseiro. De lo que está seguro es que nada lo va a desviar de su rutina de diez horas de trabajo diarias en la Universidad de Princeton, y las salidas de fin de semana con su mujer guatemalteca y sus hijos, a los que ama antes que nada.

Arreglamos la entrevista a distancia sin ninguna complicación: Maldacena cumplió con el horario, como si estuviéramos frente a frente. Gracias a Internet, confluimos una tarde lluviosa en el espacio cibernético: él, desde su ascético estudio con vista al campus de Princeton, y yo, desde mi pieza en una terraza de Buenos Aires. Como punto de partida, le pedí que explicara esa teoría que lo hizo famoso, y millonario.

–Una vez leí unos párrafos de Ernesto Sabato en los que para aclararles la teoría de la relatividad a amigos profanos, iba borrando poco a poco ecuaciones y agregando cowboys e indios, hasta que ellos dijeron: “Ahora sí entendemos”. Entonces, él dijo: “Claro, pero esta ya no es la teoría de la relatividad”. Corriendo ese mismo riesgo, le pido que nos explique su famosa conjetura, con todos los cowboys e indios que necesite para que podamos entender. 
–Uno piensa que un cowboy y un indio son distintos. La conjetura dice que los indios y los cowboys son esencialmente lo mismo. En lugar de cowboys, tenemos teorías de partículas cuánticas, y en lugar de indios, tenemos las geometrías dinámicas que describen la gravedad cuántica.

La conjetura relaciona dos tipos de teorías de la física: por un lado, tenemos teorías de partículas interactuando fuertemente, como las que describen las interacciones fuertes, que son las que mantienen unidos a los núcleos. Por el otro, tenemos las teorías del espacio-tiempo dinámico, como la relatividad general de Einstein. La idea es que ambas teorías pueden estar relacionadas… (Silencio). Es una teoría que intenta entender cómo funciona el universo…

Maldacena se esfuerza por traducir a un lenguaje sencillo su famosa Conjetura: tiene una manera pausada e intensa de explicarse, en la que conjuga perfectamente fervor y racionalidad. Fue su pasión por develar el origen de todas las fuerzas del universo la que lo condujo a su formulación teórica, razón por la que obtuvo el premio millonario creado por Yuri Milner, el inversionista ruso que algunos llaman el nuevo Rupert Murdoch de los medios digitales. Más allá de este “incentivo económico”, su mayor alegría como científico radica en el metódico estudio que viene desarrollando con su equipo en el Institute for Advanced Study, en Princeton. “Somos tres profesores los que trabajamos en el Instituto en la teoría de las cuerdas –un intento por saber de qué está hecho el mundo–; pero hay otros científicos que investigan junto con nosotros”.

–¿Siempre supo que iba a dedicarse a la investigación?
–Sí, desde chico lo sabía…

–Imagino que fue siempre un buen alumno en el colegio, muy estudioso. ¿Hubo algún docente que le hiciera amar las matemáticas?
–Era un alumno razonablemente bueno, pero no súper estudioso. Tuve un profesor que me hizo tomar un poco más de gusto por las matemáticas; era de una academia a la que fui para preparar el ingreso para el Liceo Militar (en esa época era difícil entrar...). También recuerdo a una maestra que nos explicó varias maneras de calcular el número pi, incluyendo la que involucra rodear al círculo con polígonos regulares, que era cómo lo calculaban los griegos. Me gustó mucho, me pareció muy interesante. En el secundario –y en la universidad– tuve buenos profesores de Física, Química y Matemática, que me hicieron no perder el entusiasmo por las ciencias exactas, algo que ya traía de casa. Fue una suerte.

–¿Qué deberían hacer las escuelas, y las familias, para impulsar en los chicos el interés por las ciencias?
–Es difícil hacer que los niños se interesen en algo en que uno no esté interesado. A mis hijos, que son chiquitos, les hago notar ciertos aspectos de la naturaleza que son interesantes y que están relacionados con las ciencias. Por ejemplo, hacemos actividades con cosas de electricidad o juntamos distintos tipos de rocas, las observamos, las clasificamos… Lo pasamos muy bien haciendo esas cosas.

–Aparte de disfrutar de la ciencia, ¿cuando era chico le gustaba jugar al fútbol o algún otro deporte?
–No me destacaba por nada en particular. No practicaba regularmente ningún deporte. Mi papá me quería entusiasmar con el tenis, pero no tuvo éxito…


–¿A qué se dedican sus padres? ¿Son profesionales?

–Mi papá es ingeniero y mi mamá es traductora pública de inglés. 

–Según lo que leí, usted era del barrio de Caballito, ¿no?
–Sí, vivíamos en el noveno piso de un edificio sobre la avenida La Plata. Allí jugábamos en el balcón con mis hermanos, y si no, íbamos al parque Rivadavia. Mi abuelo me llevaba a andar en triciclo por el parque Chacabuco. De eso me acuerdo bien. 

–¿Hubo algún modelo familiar, algún pariente cercano, que influyera en la elección de su carrera?
–Como le dije, mi papá es ingeniero… Yo dudaba entre ser ingeniero o físico. En algún momento me parecían alternativas no muy distantes, ya que si no me gustaba la física, podía pasarme a la ingeniería fácilmente…

–¿Qué premiaban en su casa, qué valores les transmitían?
–Cuando éramos chicos, nos decían que debíamos hacer los deberes, pero no nos ayudaban, esperaban que los hiciéramos solos. Antes que nada, había un respeto por la verdad, por entender cómo eran las cosas realmente. Y también se admiraba a los que habían logrado algo gracias al trabajo y el esfuerzo. Se veía mal a los que teniendo buenas oportunidades, las malgastaban. 

–Usted hizo la secundaria en el Liceo Militar. ¿Pensó en algún momento en seguir esa carrera?
–Cuando estaba en tercer año, tuve un oficial muy entusiasta pero, a pesar de eso, no quise seguir la carrera militar. La mayoría de los que iban al Liceo, al terminar se iban. En general, yo no era muy bueno para los temas militares…

–¿Por ejemplo?
–Como desfilar, tirar al blanco, pararme derecho, etc. Solía estar distraído cuando los oficiales nos daban órdenes. No era para mí…

–Así que entró en la Universidad de Buenos Aires…
–Hice el principio de la carrera en la UBA, en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Luego fui al Instituto Balseiro en Bariloche y después vine a la Universidad de Princeton a cursar el doctorado. Pasé por varias otras universidades: Rutgers, Harvard, para terminar en el Institute for Advanced Study, en Princeton. 

–Juan, usted está en contacto con la vida académica de varias universidades en Estados Unidos. ¿Diría que el nivel promedio de los estudiantes es superior al de la Argentina?
–En las mejores universidades, sin duda, el nivel de los estudiantes es, en promedio, mejor que en la Argentina, ya que hay un proceso de selección muy estricto para entrar en esas casas de estudio. Sin embargo, los mejores estudiantes de la Argentina están al nivel de los buenos estudiantes de acá. Vale agregar, que tanto en la Argentina como en Estados Unidos hay universidades de distintos niveles…

–¿Podría aventurar alguna comparación entre ambos, y las ventajas o desventajas de la formación en un país y otro?
–Una ventaja de la universidad pública argentina es que es tan desorganizada que uno tiene que arreglárselas solo. Eso lo ayuda a uno a ser independiente, sin tener a alguien que lo organice en todo momento. Pero la falta de organización también es una desventaja, ya que hay huelgas, cancelaciones de clases o de exámenes todo el tiempo. Naturalmente, el caos organizativo es un obstáculo para los que prefieren estar en un entorno más estructurado y con reglas claras. Lo cierto es que aquí, en los Estados Unidos, el que quiere estudiar seriamente tiene más oportunidades y puede hacerlo muy bien y sin interrupciones. 

–¿Viaja seguido a la Argentina? ¿Mantiene contactos académicos con profesionales e instituciones argentinas?
–Sí, voy todos los años y me veo con investigadores de la UBA, la Universidad de La Plata y el Balseiro. 

–¿A quién admira?
–A mis padres, a los dos. Como científicos, a Stephen Hawking, Edward Witten, colega mío… Él es más inteligente que yo…

–¿Cómo definiría la inteligencia?
–Es difícil de definir… Creo que alguien inteligente es el que puede resolver problemas de distinto tipo frente a situaciones nuevas. 

–¿Qué libros tiene en su mesita de luz?
–(Silencio breve). Leo bastante, me gustan los ensayos históricos… En este momento, estoy leyendo una historia de la vida de San Martín, que escribió un inglés, John Lynch.

–¿Cómo es su lugar de trabajo? ¿Tiene mucha luz, cuadros?
–Tengo una ventana desde la que veo el campus de la Universidad de Princeton, cuadros no hay…

–Suena bastante monacal… Usted es más bien ascético, ¿no?
(Se ríe).

–¿Qué le molesta mucho?
–Perder el tiempo…

–¿Cree en Dios? ¿Reza?
–Sí… y rezo todos los días.

–¿Qué misterios de la vida quisiera develar ahora?
–Me encantaría comprender el principio del tiempo y el espacio, o el mecanismo del cerebro. Eso me gustaría.

Otros méritos 

Aparte de recibir el premio Yuri Milner este año, Juan Maldacena fue el profesor vitalicio más joven de la historia de Harvard. Por otro lado, hace ya catorce años que causó sensación en la conferencia anual de los físicos al anticipar la Conjetura de Maldacena, donde describe el comportamiento del submundo atómico. En esa oportunidad, The New York Times destacó su aporte y las enormes expectativas que generó su exposición entre sus colegas.

¿Qué es la Conjetura de Maldacena? 

Tiene consecuencias inéditas para el estudio de la gravedad cuántica. Permite entender el funcionamiento de los agujeros negros, y el acercamiento a lo que los científicos llevan indagando durante décadas: unificar teóricamente los dos cimientos esenciales de la física que parecían irreconciliables, la mecánica cuántica basada en la interacción de partículas dentro del átomo molecular, y la teoría de la relatividad y su explicación de las fuerzas que se mueven en el cosmos. 

¿Esto tiene alguna consecuencia en la vida de la gente del común? Maldacena no lo cree, pero asegura que nos va a ayudar a comprender mejor el funcionamiento de la naturaleza, algo que lo fascina desde que era muy chico. “Para mí siempre fue deslumbrante investigar, entender cuál es el lenguaje de la naturaleza; y para eso, la matemática resulta imprescindible. Si uno no entiende ese lenguaje, se va a perder la posibilidad de ver y entender lo que pasa en el universo. Me puede encantar la Luna, pero sin comprender el lenguaje matemático, no voy a entender la simplicidad de su movimiento orbital. Voy a tener sensaciones, no conocimiento”.

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