INVESTIGACION


Amarte toda la vida


Por Daniela Calabró.


Amarte toda la vida
Esa es la promesa de los amantes de ayer y hoy. Pero ¿cómo son las relaciones actuales? ¿Son más frágiles que las de antaño, que parecían llevarse mejor con aquello de “hasta que la muerte los separe”? Los especialistas responden y dan las pautas para forjar relaciones sanas y duraderas.  

Vaya cuestión la de las parejas de estos tiempos. A primera vista, parecen más frágiles o, al menos, más propensas a caer ante la primera crisis. Sin embargo, algunos especialistas creen que los vínculos de hoy tienen más que ver con el amor verdadero y que gozan de una mayor independencia. ¿Cuestiones de debilidad o de convicción? ¿Qué lugar ocupa el amor para toda la vida? ¿De qué hablan los amantes siglo XXI cuando se proponen estar juntos hasta que la muerte los separe?

“Para tratar este tema me parece importante hacer una distinción entre el amor de pareja y el amor de pareja en el matrimonio. El primero surge del amor cortés (N. de R.: Nacido en Francia en el siglo XI, era un amor noble, en general secreto y que no solía darse en las parejas formales). En ese entonces, la expectativa de vida era de 40 años. En el siglo XII, la Iglesia instituyó el sacramento del matrimonio como unión para toda la vida y, desde entonces, el amor quedó enmarcado en esas reglas. 

Vivir con alguien para siempre, por pautas culturales, es muy distinto a vivir un amor para toda la vida”, introduce Jorge Daniel Moreno, médico psiquiatra, terapeuta y autor del libro Yo no quiero un amor para toda la vida (quiero un amor real). “El amor como constitutivo de una pareja casada es un elemento que aparece recién en los últimos cien años; antes, no era un elemento fundacional del matrimonio, que tenía otros muchos argumentos por los cuales existir y sobre los cuales se mantenía. Por eso, casi toda la literatura amorosa nos muestra al amor romántico fuera del matrimonio”, agrega el médico. 

“Si ahora hay más separaciones, es porque el amor es más importante, no porque el amor es más débil”. Jorge Daniel Moreno

Sergio Sinay, especialista en vínculos y autor de libros como Sanar la pareja y Las condiciones del buen amor, se suma: “La institución matrimonial nació con propósitos administrativos. Eran las familias las que se elegían, y los contrayentes, a menudo, resultaban los peones de ese juego. Pero una vez consolidado el modelo, y en particular desde mediados del siglo XX, apareció un convidado de piedra: el amor. 

Hasta entonces no era un ingrediente básico en la pareja. El amor era adúltero, amenazado, clandestino o imposible. Así nacieron los grandes mitos amorosos de nuestra cultura, desde Tristán e Isolda hasta Romeo y Julieta”. Pero ese modelo (¡por suerte!) entró en crisis: las personas se independizaron y empezaron a elegirse más allá de los mandatos impuestos. El contenido afectivo de la pareja comenzó a ser protagonista, y la historia cambió de rumbo. Podría suponerse, entonces, que con el amor en casa todo estaba resuelto, pero no. 

Cuestión de época

“Hasta que la muerte nos separe”, dijeron nuestros padres y abuelos, ya sin la presión de unirse a alguien elegido por sus padres. Lo hicieron por amor, claro… Pero ¿qué sucedía si los avatares de lo cotidiano ponían en duda ese amor? Los mentores de que todo tiempo pasado fue mejor dirían que esas parejas eran fuertes, que sorteaban las crisis y que respetaban los valores del compromiso. Los amantes de los tiempos modernos dirán, en cambio, que las parejas de antes se mantenían juntas a cualquier costo, por conservar el statu quo y priorizar las formas sobre la felicidad. “Ni muy muy ni tan tan”, sostienen los entendidos. 

“Creo que las relaciones son más amorosas que antes; lo que ocurre es que cuando no lo son, se rompen, algo que antes no sucedía porque la mujer tenía una mayor dependencia. La ubicación de la mujer en la cultura de Occidente hizo que durante siglos viviera en el ámbito del matrimonio, con o sin amor, porque el amor no era un elemento de los más importantes para determinar una convivencia. El sentimiento pasa a ser fundante cuando la pareja empieza a ser realmente pareja. Eso hace que si el amor funciona, la pareja siga; si no, se deshace. Si ahora hay más separaciones, es porque el amor es más importante, no porque el amor es más débil”, argumenta Moreno. 

Sin embargo, también es cierto que la era de la fugacidad y de la adolescencia tardía mete un poco la cola en las relaciones de pareja, ya que muchas suelen sucumbir ante los primeros sacudones. Así lo explica Sergio Sinay: “Muchas parejas duran poco porque se impuso la satisfacción inmediata y la búsqueda de resultados, y se ignoran los procesos que llevan a ellos. El amor es un punto de llegada y no de partida. La partida es el enamoramiento, una etapa de intensidad emocional, de mucha ilusión y de gran desconocimiento del otro real. 

Desde allí se inicia un proceso de conocimiento, de una historia común. El amor es conocimiento, certeza, aceptación y estabilidad emocional. Vivimos una época de impaciencia. Entonces, hay quienes prefieren consumir parejas como quien usa pañuelos descartables”. 

“Vivimos una época de impaciencia. Entonces, hay quienes prefieren consumir parejas como quien usa pañuelos descartables”.  Sergio Sinay

Moreno se suma al análisis: “En cuanto a las parejas que ante el primer traspié se separan, tendríamos que ver el traspié; cada uno sabe cuál es capaz de tolerar y cuál no. De todos modos, que al primer inconveniente se diga adiós puede revelar cierta inmadurez. El amor requiere no solo cierta madurez psíquica para alcanzarlo, sino también cierta madurez psíquica para sostenerlo. Muchas veces se idealiza el sentimiento amoroso y se afirma que el amor todo lo puede o que el amor funcionará pase lo que pase. Cuando el amor se idealiza, al menor problema se cae y es imposible sostenerlo”. 

En busca del buen amor

“Creo que cuando iniciamos una pareja, tanto hoy como siempre, soñamos con que sea para toda la vida. El problema aparece cuando este propósito se convierte en una condena”, afirma Sinay, y continúa: “Para toda la vida debería ser toda una vida de amor, de acompañamiento, de aceptación, de transformaciones individuales y mutuas, de enriquecimiento a partir de las diferencias, de respeto por los misterios del otro y de renovación de proyectos”. 
Para Moreno, las posibilidades de armar y sostener una pareja sana y duradera dependen de la capacidad que tengamos para vivir en soledad. “Si estamos bien a solas, buscaremos una pareja para estar mejor y no para que emparche nuestros agujeros. Ese es el principio del camino. ¿Qué pasa después, cuando la pareja se constituye? Pasa la vida, y, si a pesar de las tormentas, sale el sol y es mejor, entonces, hay que seguir, que ese es el camino”.

El arte de amar 

Cuando miramos de manera retrospectiva nuestra sociedad, vemos que fueron muchos los cambios que se han producido desde la época de nuestros abuelos hasta nuestros días.  Una parte de estos cambios tiene estrecha relación con la velocidad que se le imprime a la realidad, lo que ha modificado en nuestras mentes la idea de tiempo y proceso. Hoy se apuesta a lo inmediato, rápido e infalible, olvidando muchas veces nuestra vulnerabilidad. 

Los valores de la sociedad no fueron ajenos al cambio. De hecho, los modelos de familia o de pareja ya no son los mismos, y el compromiso, como valor, también ha sido afectado.  Esta crisis de valores y el ritmo imperante dificultan formar relaciones más estables, sólidas y duraderas. Para construir un futuro mejor, utilizando todas las herramientas y el potencial que poseemos, debemos partir de que el concepto de crisis encierra en sí mismo dos ideas que pueden resultar complementarias: por un lado, implica una ruptura en la cotidianidad, pero, por otro lado, representa una oportunidad.  

Es importante trabajar en formar y transformar nuestros vínculos en amorosos, sólidos y comprometidos desde el lugar individual, haciendo que ese compromiso no signifique obligación en un sentido negativo, sino que pueda tratarse como si fuera ni más ni menos que un arte. Erich Fromm proponía tomar conciencia de que el amor es un arte y de que si deseamos aprender a amar, debemos proceder igual que lo haríamos si quisiéramos aprender cualquier otro arte, como la música, la pintura, la carpintería o la medicina, y esto es aprender el dominio de la teoría y de la práctica.

Y será esta práctica la que tendrá algunos requisitos que cumplir, como la disciplina, la concentración, la paciencia y la preocupación suprema por alcanzar finalmente el dominio de un arte tan maravilloso como es el amor.  
*Por Miriam Rohdmann, consultora psicológica con orientación sistémica por la Universidad Maimónides y abogada por la UBA. www.mrcounseling.com.ar.

Las causas que enferman a una pareja

Tomar al otro como medio para un fin; convertirlo en alguien que me mantenga, que me dé un hijo, que me sirva para no estar solo. 
Los secretos y la desconfianza. 
La idea de que el amor es mágico y de que no hay que hacer nada para alimentarlo.  
La creencia de que la otra persona ha venido al mundo a cumplir nuestras expectativas.  
Los celos de quien no deja vivir al otro como ser independiente.  
La falta de respeto y la violencia verbal o física. 
*Por Sergio Sinay

Revisión de mitos

En su libro Las condiciones del buen amor, Sergio Sinay cuestiona tres grandes preceptos.  1. El alma gemela: Esa ilusión desvaloriza de un modo automático lo más precioso que hay en mí: la singularidad. Y convierte la experiencia amorosa en una vivencia pobre, chata, desnutrida y alejada del conocimiento. 2. El amor a primera vista: Violenta la existencia del tiempo. Según él, todo ocurre en el momento, sin procesos, sin transcursos. Pero ¿qué amor es el amor que no se desarrolla, que no parte de una semilla, que no atraviesa luces y sombras?  3.  Se casaron, fueron felices y comieron perdices: Las historias que nos contaban terminaban en el lugar exacto en el que deberían haber comenzado. Cuando queremos ver cómo viven juntos, de dónde obtienen sus perdices, cómo se ponen de acuerdo para cocinarlas y qué pasa cuando hay vedas de perdices, justo ahí cae el telón.


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