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El loco de los barriletes


Por Cristina Noble.


El loco de los barriletes 

Hace más de veinticinco años que el doctor Rubén Sosa es pediatra del hospital Pedro de Elizalde. Curó a miles de chicos y para seguir en contacto con ellos se le ocurrió inventar barrileteadas. Cada evento persigue un fin solidario y la repercusión es increíble. Una historia que inspira.

Fue un reportaje intermitente, interrumpido por demandas de otros médicos, enfermeros, madres de chicos internados y llamadas al celular. En cierto momento, parecía imposible continuar la charla: todos querían consultarle algo al doctor Rubén Sosa, médico pediatra e infectólogo del Hospital de Pediatría “Dr. Pedro de Elizalde”, y él, con una amabilidad no estudiada, intentaba el don de la ubicuidad y conformar a todos. Hace más de veinticinco años que trabaja aquí, un lugar que ama profundamente. 

“Tanto –dice– que ya le anuncié a mi familia que cuando me muera quiero que dejen mis cenizas al pie del gomero de la Casa Cuna, el  histórico”.Este amor que él siente es correspondido: no hay paciente suyo, o colaborador, anestesista, enfermera o médico que hayan trabajado con él que puedan establecer una relación distante o puramente profesional. No pueden porque él no los deja. 

Caminamos juntos por los pasillos del hospital, la gente lo saluda con cariño, alguien se acerca y le comenta algo al oído; él mueve la cabeza y dice bajito: “Pobrecito”. El tiempo no parece haberle creado la típica coraza defensiva que se arman los médicos contra el dolor que les causa el sufrimiento de sus pacientes. 

–¿Cuántos chicos habrá atendido?
–¿Desde que empecé? ¡Imposible darle una cifra! Son muchos los que vi en el hospital y en mi consultorio de Avellaneda. Miles… ¿Y sabe qué? Me cuesta separarme; una vez que los conocí en momentos tan difíciles de sus vidas, no quisiera perderlos de vista. Un día pensé que no era una locura intentar saber de mis pacientes, seguirlos, tener alguna noticia: quería verlos cuando no estuvieran enfermos… No podía ser que me olvidara de ellos cuando se ponían bien; entonces, se me ocurrió lo de las barrileteadas. 

Así empezamos a encontrarnos para remontar barriletes, para pasarlo bien juntos y, también, para hablar de salud. Arrancamos en 1994 y la repercusión fue increíble: nos juntamos miles, lo pasamos “de película”, como dicen los chicos, y nos informamos de cuestiones que hacen a la calidad de vida, siempre con los barriletes como sueño convocante. Al principio, mis colegas me llamaban “el loco de los barriletes” (se sonríe). No entendían nada, pero creo que ahora entienden un poco más.

–¿Cómo se le ocurrió?
–¿Lo de las barrileteadas? Uh, es toda una historia. Yo tenía 6 años y un día, como siempre hacía, salí a jugar a la vereda, en Villa Lugano –mi territorio sagrado de la  infancia–.  Entonces, de repente, los veo. Los muchachones de la esquina, que tendrían unos 12 años –para mí eran unos grandotes–, miraban el cielo, y eso me llamó mucho la atención. Cada uno tiraba de un hilo y parecían hacer mucha fuerza. Allá, entre las nubes, había como parásitos que se ondulaban. Me quedé perplejo, inmovilizado. 

Entonces, uno de ellos me dijo: “¿Qué mirás, gil? ¡Es un barrilete!”, y para hacerme una broma me dio el piolín. Lo sujeté y sentí como una energía cósmica que me tironeaba, me arrastraba, me llevaba. No entendía qué era eso que me empujaba a un lado y a otro, pero era extraordinario. Aunque no podía frenarlo, no tuve miedo. Al final, pude, pese a mis patitas flaquitas… Esa fue mi primera experiencia, la primera vez que sentí la fuerza del viento. Recuerdo ese momento y todavía me emociono. Desde ese instante, me fascinan los barriletes. Se ve que contagio ese entusiasmo: cada vez tengo más pacientes que vienen a estos encuentros.

–¿Sus mejores barrileteadas?
–¿Mejores? Todas… Cada una fue un logro; nos propusimos una meta y la alcanzamos. Una vez plantamos mil quinientos árboles en los terrenos de una laguna, la Saladita Norte, una de las más contaminadas del conurbano. La idea subyacente era la donación de órganos. Hicimos pozos y depositamos algo vivo, un árbol. Lo hicimos en nombre de un niño vivo. Los árboles, símbolo de la vida, seguirán creciendo y nos sobrevivirán… Hubo dos mil niños plantando miles de árboles; antes hubo dos mil familias de bajos recursos que fabricaron los barriletes que remontamos todos juntos después de cumplir la tarea. Creamos el primer bosque solidario de la Argentina. Inolvidable. Lo llamé Proyecto Laura, el suelo de la utopía.

“Cada barrileteada fue un logro; nos propusimos una meta y la alcanzamos. Una vez plantamos mil quinientos árboles en Saladita Norte, una zona contaminada. La idea subyacente era la donación de órganos”.

–¿Por qué Laura?
–(Breve silencio). Laura es una hija mía… Murió hace unos años… (Lo llaman, mira el celular, pide disculpas y atiende. Habla unos segundos, se aleja, vuelve).

–¿Usted es creyente?
–No... es que quizá mucha ciencia me hizo perder la fe.

–¿La tuvo alguna vez?
–Sí, era una fe infantil. En casa eran creyentes. Igual, uno siempre anda buscando la verdad.

–¿La pérdida de Laura tuvo algo que ver con su descreimiento?
–No… No, para nada. El problema es que no estamos preparados para el dolor. Nos enseñaron que seríamos felices siempre, que nunca nos pasaría nada malo y que al final de nuestras vidas, muy al final, nos moriríamos en una cama calentita, rodeados de nuestros seres queridos. No es así… 

–¿A usted le tocó salvar muchas vidas?
–No confundamos: yo nunca salvé a nadie, a lo sumo ayudé. Siempre les aclaro a las familias: a ustedes no los atiendo yo, los atiende el hospital Pedro de Elizalde, el médico de planta, el residente, el que lava el piso, las enfermeras, el que escribe la historia clínica, la voluntaria. Juntando toda esa energía, a lo mejor, podemos salvar a algunos chicos. Pobre el que se cree Dios. No sé si será por eso, pero soy un hombre muy feliz en mi trabajo: tengo la suerte de hacer lo que me gusta, todos los días me levanto con muchísimas ganas de venir y estar con mis pacientes. 

No habría podido hacer otra cosa, la medicina es mi pasión. (Sonríe). Una vez había estado estudiando toda la noche y, no sé, serían  las cinco de la mañana y pasó mi mamá. Pobre, me vio dormido sobre los libros y se puso a llorar. “Me da lástima verte así, sin salir, estudiando todo el tiempo, mientras tus amigos van a bailar, se divierten”. Me reí y le dije: “Mamá, teneles lástima a ellos, no a mí!”. Mi madre, que se llama Carolina, tiene 80 años y sigue siendo mi guía. Es una mujer extraordinaria, fuera de serie. Casi todas las cosas que soy y que logré se las debo a ella.

–¿Y a su padre?
–Sí, claro, a los dos. Papá, a su manera, también me marcó. Él me transmitió su interés por la biología, su amor por el conocimiento. Leía mucho. Era un hombre muy culto a pesar de ser carnicero. Un autodidacta. Mi origen es muy humilde: mis abuelos eran inmigrantes, toda gente de mucho trabajo. 

–¿A quién admira?
–Tengo varios próceres: San Martín, René Favaloro, que me entregó mi primer premio literario. Pero admiro en especial a Joan Manuel Serrat. Sé más de Serrat que de medicina. (Se sonríe).

–¿Cómo se definiría a sí mismo?
–Como un apasionado. Alguien me dijo una vez que si vos anhelás algo con fervor, el cosmos se confabula a favor tuyo, de tu deseo. Cuando Dios quiere enloquecer a un hombre, le cumple todos los deseos. Por suerte, a mí me falta alcanzar muchos. Pero nunca podría quedarme en las medias tintas. Cuando mi madre estaba embarazada de mí, a los tres meses tuvo una pérdida, el médico la revisó y le dijo para consolarla que no era la primera mujer que perdía un chico, que seguramente no sería esa su última oportunidad de ser madre. Entonces, ella le respondió enérgica: “No, doctor, tiene que ser este”. Si ella, con su deseo, hizo que viniera al mundo, no iba a venir al divino botón, ¿no?

Proyecto Epopeya 

“Un día pensé que teníamos que realizar algo trascendente, algo que demostrara que uno se puede plantear hacer lo imposible y lograrlo. Así fue como surgió la idea de organizar una barrileteada en la cordillera de los Andes, con chicos discapacitados. Uno de ellos, Ramiro, es ciego de nacimiento. Sus padres lo adoptaron cuando era muy chiquito; a él lo salvó el amor. Podría haber quedado tirado en algún lugar, pero hoy es concertista de piano. 

Detrás de toda barrileteada hay mucho amor, y un fin. Cuando plantamos miles de árboles, hicimos ecología práctica y real. Ser ecologista es eso, y no mirar un pingüino empetrolado por el Discovery Kids. A través de la plantación de árboles, enseñamos la necesidad del oxígeno, y el cuidado del planeta. Cuando remontamos un barrilete y les pido que corten el hilo y lo donen al viento para que otros lo usen, como se hace con los órganos, los estoy haciendo pensar sobre el tema (el doctor Sosa recibió una distinción del INCUCAI por su labor comunitaria). 

Lo mismo con el proyecto Epopeya: al proponernos con un grupo de chicos discapacitados –algunos con discapacidades severas– y sus familias cruzar la cordillera y remontar nuestros cometas a cuatro mil metros de altura, queríamos demostrar que la discapacidad no es un impedimento para cumplir un sueño. A la cordillera fuimos con quince chicos, sus padres, voluntarios y varios médicos; siempre apoyados por la Gendarmería. Fue un viaje inolvidable; todos volvimos distintos”.

Multifacético

Además de ser médico pediatra y ocupar horas de su vida en la labor solidaria, se dedica a la literatura y ha logrado un reconocimiento por ese “hobby”, como él lo llama. Escribió Historias de un barrilete, Historias de cal y arena, De hieles y mieles, y donó los derechos de autor de esos libros a la Casa Cuna, el Hospital Fiorito de Avellaneda y a la obra de Don Orione.

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