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Laponia, Un sueño hecho realidad


Por Revista Nueva.


Laponia, Un sueño hecho realidad 
Es uno de los lugares más remotos e irreales de Europa: el territorio, compartido por cuatro países, está atravesado por el Círculo Polar Ártico y habitado por una de las comunidades aborígenes más antiguas del mundo. Laponia es tierra de renos, auroras boreales, de sol de medianoche y de naturaleza pura.

Lo primero que pensé cuando aterrizamos era que me había quedado dormida en el avión y que todavía no me había despertado. El cambio de escenario entre Barcelona, ciudad turística y cosmopolita, y Skellefteå, una de las ciudades de la parte sueca de Laponia, fue tan rotundo que sentí que había ingresado en un sueño o en una realidad paralela. 

Hacía cuatro horas estaba caminando por las calles ruidosas y multiétnicas de la capital catalana y, de repente, avión de por medio, había aparecido en una ciudad casi vacía, enclavada en medio de un bosque nevado y silencioso. A la salida del aeropuerto, para darme la bienvenida y acrecentar ese estado de irrealidad en el que estaba sumergida, me esperaban un trineo y ocho perros siberianos, impacientes por llevarme a dar una vuelta.

Todo en Laponia resulta un espectáculo increíble para la mirada del turista. Desde los paseos en trineos con sus perros siberianos y la puesta de sol en medio de lagos congelados hasta las edificaciones (iglesias y casas particulares) tan pintorescas y distintivas. En esta parte del mundo, los escenarios no dejan de sorprender... una y otra vez.  

Caminé con la nieve por las rodillas y me subí: el trineo se deslizó casi como si estuviese flotando. Los perros corrían con agilidad, siguiendo el sendero y esquivando los árboles. El aire frío me pegaba en la cara, pero la temperatura, si bien era de 0°C, era soportable. Estábamos en marzo, fin del invierno: las rutas ya no estaban anegadas de nieve y la temperatura no era tan extrema como en pleno invierno (puede bajar a -40°C). El paisaje, sin embargo, seguía blanquísimo: las calles y las entradas de las casas (esas casitas de colores tan de cuento) estaban rodeadas de nieve; los lagos, congelados, y los bosques, ocultos bajo un manto blanco. 

Muchos habrán oído hablar de Laponia, pero pocos, probablemente, deben saber dónde queda o, incluso, si realmente existe. Esa palabra nos traslada a un lugar remoto, fuera del mundo conocido. Laponia es una región de Europa del norte: ocupa unos 388.000 km2, está cerca del Ártico y atravesada por el Círculo Polar. Su territorio está dividido entre Noruega, Finlandia, Suecia y la península de Kola (Rusia), y es la región con mayor naturaleza salvaje del continente.

La Laponia sueca –la porción de ese paraíso natural que pertenece a Suecia– ocupa casi un cuarto del territorio del país y tiene una densidad de población de dos habitantes por kilómetro cuadrado: es un lugar donde los espacios naturales siguen estando por encima del ser humano. Es la zona con más bosques de todo el norte de Europa y ahí, a diferencia de América del Sur, un bosque puede tardar un siglo en crecer. En Suecia la naturaleza es de todos y cuidada por todos: el derecho de acceso público permite a todos los habitantes disfrutar libremente de los bosques y espacios naturales, incluso de los que son privados. 

Afuera y adentro. En pleno invierno, la temperatura en Laponia puede descender hasta los -40ºC. Por eso, los hogares a leña son grandes aliados para combatir el frío. Los saunas también pican en punta, además de ser una actividad recreativa.

Los sami
 
A primera vista, Jonas no se asemejó a mi imagen mental de “indígena”. Si no me hubiesen dicho que aquel artesano era sami, hubiese creído que era un sueco más: piel clara, ojos grandes, pelo rubio. Su casa también me pareció una típica casa sueca: era de madera, estaba pintada de azul, tenía un techo a dos aguas y una entrada con balcón. Los sami o “pueblo lapón” son los habitantes originarios de Laponia y el único pueblo indígena europeo aún existente y reconocido como tal. Y si bien su aspecto físico es escandinavo, sigue siendo un grupo cultural aparte, con su historia, vestimenta e idioma propio.

Los sami habitan las costas árticas de Escandinavia desde hace más de 5000 años, por eso el nombre correcto de Laponia es “área Sápmi” o “país de los sami”. Si bien no hay cifras oficiales, se estima que la población actual es de 80.000 habitantes y que 20.000 viven en la región sueca. En sus orígenes, los sami eran nómadas, vivían en tiendas y se dedicaban a la pesca y a la caza de renos salvajes; alrededor del siglo XVI se convirtieron en pastores de renos seminómadas. Se los conoce como “el pueblo de las ocho estaciones”: su año se organiza en torno a la vida de los renos;  por ende, las temporadas están marcadas por eventos como los partos, la marcación, el recuento, la castración y la matanza.

Actualmente, el pastoreo de renos solamente está permitido a los sami; sin embargo, solamente un 10% de ellos sigue siendo seminómada. El resto se dedica a la pesca, al turismo y a los negocios familiares; algunos aún viven en tiendas, aunque la mayoría tiene casas modernas. Jonas se dedica a tallar figuras en madera y en cuernos, y a construir cuchillos y tambores. Su oficio continúa la tradición ancestral. La artesanía sami o “duodji” surgió en la época en la que los sami aún eran nómadas autosuficientes y se dedicaban a fabricar sus propios objetos. 

La aurora boreal 

Cuando empezó, estábamos andando a caballo por el bosque en las afueras de Piteå, otra ciudad de la Laponia sueca. Lo advertí de casualidad: había mirado hacia arriba en busca de estrellas y me había encontrado, en cambio, con un arco gris alargado que cruzaba el cielo nocturno de punta a punta. ¿Era o no era? La señal, todavía, era ambigua: podía ser una nube, quizás humo o podía ser ese fenómeno que tanto anhelaba ver. Si bien sabía que la época de auroras boreales ya había terminado, no perdía las esperanzas. Cuando volvimos a nuestra cabaña, Gunnar, el dueño de casa, nos dijo emocionadísimo: “¡Se viene una aurora! Vayan ya mismo a un lugar despejado para verla bien”. 

Nos abrigamos, agarramos cámaras y trípodes, y nos fuimos caminando cuesta arriba hacia el interior del bosque. La aurora boreal se observa mejor fuera de las ciudades, lejos de las luces. Caminamos media hora y, cansados, frenamos. Cuando miramos hacia arriba, el espectáculo ya había empezado. Una luz verde kilométrica cruzaba el cielo formando una pincelada inmensa, mucho más grande que el arco gris que habíamos visto antes. 

La luz avanzaba rápidamente, se expandía, tomaba tintes violetas y, a los pocos minutos, se desintegraba. Enseguida aparecía otra y seguía un recorrido distinto: algunas paseaban con forma de espiral, otras se expandían formando ondas o círculos; todas se movían y se deshacían unos minutos después. Ante mis ojos, el cielo se había convertido en un lienzo negro gigantesco con pinceladas verdes y violetas.?

Nunca vi un cielo tan irreal y sorprendente en mi vida; nunca estuve tan cara a cara con la inmensidad del universo como aquella noche. Pensé en Laponia como un yin y yang: por su posición en el globo, en invierno el sol se esconde debajo del horizonte y no sale durante tres meses. El premio por esa oscuridad total es el espectáculo de la aurora boreal, que solamente se deja ver en noches bien negras. En verano ocurre lo inverso: la temperatura sube, la nieve se derrite, los lagos se descongelan, el pasto vuelve a asomar y el sol brilla ininterrumpidamente durante tres meses.

El sol de medianoche hace que el tiempo no pase y que todas las actividades se puedan realizar en cualquier momento del día. Por eso no importa en qué época del año se visite: estar en la Laponia sueca siempre será como estar dentro de un lugar salido de algún sueño.

Con tan solo un “clic”: nada como la Laponia sueca para atesorar un sinfín de instantáneas con la cámara de fotos. El centro comercial, las construcciones coloridas, los paisajes naturales y su bellísima fauna son garantía de que las imágenes serán únicas.

Cómo aprovechar el invierno 

Para los suecos, el frío y la nieve no son impedimentos sino oportunidades. Cuando todo se cubre de nieve, hacen su aparición las motos de nieve, que no sólo sirven de transporte sino también de entretenimiento (los lagos congelados se convierten en pistas de carrera). El deporte nacional de Suecia existe gracias al frío: la selección sueca de hockey sobre hielo ganó ocho campeonatos mundiales y es el tercer equipo del mundo con más medallas.

La mayoría de las casas suecas tiene un sector dedicado exclusiva-mente al sauna. Durante las noches de invierno, familias y amigos se reúnen para relajarse y jugar: una de las actividades preferidas consiste en salir corriendo del sauna, tirarse sobre la nieve y volver al sauna. En la Laponia sueca, además, existe el primer hotel de hielo del mundo: está ubicado en Jukkasjärvi y se reconstruye cada año, entre diciembre y abril, con bloques de hielo del río Torne.

¿Qué es una aurora boreal?

La aurora boreal, también conocida como “las luces del norte”, es un fenómeno natural que ocurre cuando partículas cargadas eléctricamente son lanzadas dentro del campo magnético de la Tierra a una velocidad elevada, impulsadas por los vientos solares, y chocan con los polos. Esa actividad genera una luminiscencia que se visualiza en determinadas épocas del año en Alaska, Dinamarca, Canadá, Groenlandia, Noruega, Finlandia, Rusia y Suecia, entre otros países ubicados al norte. 

Si bien es difícil predecir cuándo y dónde ocurrirá, hay ciertos factores que favorecen su aparición: la aurora boreal ocurre en zonas polares entre septiembre y marzo cuando la temperatura atmosférica es menor a cero grados y cuando hay oscuridad total. No hay dos auroras iguales: cada una tiene formas, estructuras y colores muy diversos que cambian con velocidad de un momento a otro. Algunas duran pocos segundos y otras pueden extenderse durante días.



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