ENTREVISTA


“El arte es difícil porque estás solo”


Por Ajandro Duchini.


“El arte es difícil porque estás solo”
Aldo Sessa es uno de los fotógrafos más reconocidos de la Argentina. Recorrió el mundo con su cámara a cuestas y sus elogiadas exposiciones, y aún conserva su costumbre de retratar a su amada Buenos Aires. Aquí, comparte sus reflexiones sobre la profesión… y la vida.

Cuando uno analiza la vida de los grandes artistas, se da cuenta de que no pararon nunca. ¿Dónde está el músico que no toca o el director que no dirige? ¿Y el escritor que no escribe? Hay una enorme diferencia en el arte entre soñar y concretar, algo que sucede en todos los terrenos de la vida. El arte se presta para hablar de la gran obra que hay en la cabeza, pero yo creía –y creo– que hay que hacer. Siempre fui un tipo de no teorizar si no es para concretar. El gran sueño hay que bajarlo a tierra. No vale de nada si no se lo ejecuta”. 

El reconocido fotógrafo Aldo Sessa habla tranquilo y en tono bajo, pero seguro. En todo momento mira a los ojos. También cuando reflexiona. Como recién, cuando dijo que en su vida nunca se quedó quieto. Y es la verdad. Nació en Buenos Aires, en 1939, y, a los diez años, empezó a pintar y fotografiar. Participó de exposiciones y antes de los veinte colaboraba en la sección fotográfica del diario La Nación. Poco después, estudió cine en Hollywood y empezó a acumular viajes por el mundo, así como compañeros de ruta de una calidad enorme. Entre ellos, Jorge Luis Borges, Ray Bradbury, Silvina Ocampo y Manuel Mujica Lainez. “Son personas que me marcaron”, dice acerca de ellos. “Hicimos libros juntos y compartimos largas charlas. Tuve una vida muy interesante”, agrega.

Ahora, y como de costumbre, sigue en movimiento: mientras exhibe en el país?(la muestra “Buenos Aires en cincuenta años” estará hasta el 19 de marzo en la porteña Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat), prepara otro viaje a los Estados Unidos... para seguir trabajando. La charla transcurre en un enorme salón de su viejo caserón del pasaje Bollini, en Palermo (Buenos Aires). En esa especie de paraíso en medio de la ciudad, la tranquilidad es total. No hay más ruido que el de una voz que pregunta y otra que contesta. Nos rodean pinturas, fotografías impactantes y un gratificante sosiego en medio de la luz justa de la mañana.

“Mi pasión por la fotografía está intacta. Trabajo igual que a los dieciocho años. Sigo dispuesto a salir a caminar de noche por la calle para encontrar ‘la’ foto. Mientras el cuerpo aguante, seguiré así. A veces, conocés un personaje en la calle, te acercás amablemente y, conversando, te das cuenta de que tiene una historia increíble”, desliza.

–¿Qué busca en una foto?
–Me gusta el desafío de encontrar una imagen. Es interesante porque hay que ganar la batalla. Ahí, uno desarrolla toda su artillería para disparar.

–¿Una imagen vale más que mil palabras?
–Esa es una frase feliz, pero no es real. Creo mucho en la simbiosis de la imagen y el texto. Una vez mostré una foto llamada Reflejo del Bicentenario. Yo salía de un salón de la Casa de Gobierno y visualicé una araña de techo reflejada en un mármol. Le puse ese nombre, pero no se entendía. A esa foto le faltaba un texto para terminar de comprender de qué se trataba. Cuatro líneas pueden ser reveladoras. Toda foto tiene un backstage importante.

–¿Cuándo se dio cuenta de que le apasionaba la fotografía?
–Cuando abandoné la pintura, que estaba cotizada y con difusión mundial. Pero yo dije que le iba a poner más el hombro a la fotografía, que también me resultaba más fácil. La pintura es como un telegrama, una cosa lenta, difícil. Se pueden hacer pocas al año. En cambio, la fotografía es tan fluida como la palabra. Si hacés algo mal, la tirás a la basura y la hacés de nuevo. Yo a los chicos les digo siempre que se tienen que equivocar. 

–¿Qué es la pasión y la vocación?
–En 1976 hice mi primer libro con Borges. En un momento, nos quedamos solos, y él me dice: “Sessa, estamos juntos porque somos argentinos”. “Sí, claro”, le contesto. Y me retruca: “Y estamos unidos por una misma pasión: el arte”. Después de esa noche, me di cuenta de que tenía que ganarle tiempo al tiempo porque la vida no me iba a alcanzar para hacer todo lo que quería. La vocación no alcanza. Se necesita el fuego sagrado, la pasión, que es más irracional. Y lo irracional te permite hacer muchas cosas. Subir a un helicóptero para hacer una foto pese a los riesgos que se corren, por ejemplo. Y trabajar desde que sale el sol hasta que aparece la luna. 

–¿A qué cosas les teme?
–Nunca tuve miedos ni tampoco especulaciones: estoy en colecciones importantes del mundo, me proponen encuentros en Europa… ¡Y son cosas que no las busqué!?Sí quise hacer una buena obra. Pero nunca sabés a dónde vas ni qué pasará. Hay cosas que salen mal. Hay que bancarse todo, porque es la ley de la vida. Nada es fácil. El arte es una cápsula en la que uno se mete para protegerse en su micromundo. Los artistas encuentran en el arte un refugio, porque no sabrían vivir de otra forma. 

¿De qué lo salvó su arte?
–De aburrirme como una ostra en miles de cosas banales que nunca hubiese sido capaz de hacer. Pero no creo que mayormente me haya cambiado. Me siento la misma persona que cuando empecé. No me creo ninguna historia, ni me siento fantástico, ni irreemplazable, ni nada. Solo soy lo que hice. Nada más.

–¿Cómo llega la fotografía a su vida?
–Estuvo muy cerca de mi familia materna. Mi abuela, que vivió hasta los cien años, sabía revelar, porque mi abuelo tenía un laboratorio. Mi madre también revelaba. De chico me interesaba mucho la imagen, el dibujo; entonces, mi madre me mandó a estudiar pintura. Luego también expuse, junto a mis compañeros. Esa formación como pintor marcó totalmente mi mirada.

–Aldo, ¿cómo es ese instante previo a gatillar, en el que se enfrenta ante la persona a la que va a retratar?
–Al entrevistado uno le va bajando la guardia. Hay cosas fisonómicas: él no se puede cambiar la cara. Pero uno lo puede llevar a sus gestos, a lo que uno percibe de ellos o a lo que hay en el fondo de su corazón. Hay otros encuentros fotográficos en los que solo hacés la foto. Una vez hice una exposición de cuatrocientos retratos de personalidades argentinas. Me generó una gran experiencia, no sólo fotográfica, sino sociológica. Porque, según la extracción social a la que pertenecían –político, deportista, artista–, había detrás de ellos una idiosincrasia que los colocaba más o menos cómodo frente a la cámara.

–¿Alguna vez sintió timidez?
–No hay que tener vergüenza. A una amiga fotógrafa, Lisl Steiner, del Times, le conté hace años que llamaba a un editor y no me respondía nunca. Ella lo llamó y el hombre comenzó a atenderme. “Tenés que terminar con esa educación argentina y aprender a poner un pie para que la puerta no se cierre”, fue su frase que me hizo abrir los ojos. Así que trato de entrar siempre por la puerta, pero si no me dejan, entro igual.

–¿Qué siente por su obra?
–Que uno tiene que protegerla. Es como cuando uno tiene un hijo y nunca lo ve. ¡Hay que ocuparse! Yo me ocupo de mi obra. No concibo una copia para un cliente ni para nadie que no la mire bien yo. 

–¿A dónde cree que llegó?
–A donde quería llegar. Estoy en el corazón y en el pensamiento de mucha gente. Fui fiel a sentimientos patrióticos. Soy un porteño que capta la esencia de su ciudad. Ahora estoy haciendo otro libro sobre Manhattan; y siento que estoy jugando. 

–¿En qué cosas siente que se equivocó?
–No siento eso en cuanto a que no hay un manual que diga cómo hacer las cosas. El arte es difícil porque estás solo. Lo importante es seguir tu camino, no copiarse ni preocuparse por lo demás. Hay que trabajar y pensar que tu intuición no fallará. Si te equivocaste, mala suerte. Hay un solo camino: para adelante. Y al arte hay que hacerlo. No es un don divino que se cultiva.

–¿Qué piensa que deja en la vida?
–En la vida hay que dejar una huella sin pretensiones. No creo en la trascendencia de nada de lo que hice. Si me dicen: “Sos un genio”, me pregunto qué es eso. Es una amabilidad, pero no sirve para nada. Lo que sirve es lo que a uno lo hace feliz.

Aprendizajes

A lo largo de su trayectoria, Aldo Sessa se vinculó con grandes artistas. De todos, confiesa, aprendió algo. “Con Ray Bradbury tuve una gran relación. Un día de 1979 en Nueva York me iluminó con una frase dicha durante una entrevista. Dijo: ‘El día que  encontré mi identidad, me saqué ese problema de encima; la competencia termina donde empieza la excelencia’. Lo importante es hacer las cosas.  Y si no llegás, es porque no tenés talento o quién sabe… Todo es trabajo, más trabajo, más trabajo”, comenta. Y prosigue: “Silvina Ocampo y Manuel Mujica Lainez  me marcaron. Durante muchos años  planificaba lo que iba a ser. Un día retraté a Ludovica Squirru. Me comentó: ‘Te veo trabajando muy bien’. ‘Sí, porque estoy pensando esto y esto…’. Y ella me dijo: ‘Aldo, dejate fluir’. Desde entonces, si tengo que hacer una foto frente al Papa no me preocupo: para mí es igual que si fuera un señor cualquiera”.
 

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte