INVESTIGACION


¿Por qué faltan?


Por Luciana Sousa.


¿Por qué faltan?  

En la Argentina hay un ingeniero cada 6000 habitantes, mientras que en otros países, como China, la proporción es de uno cada 2000. La fuerte expansión de la economía y la industria exigen más profesionales. ¿Se puede revertir esta situación en el corto plazo? Los especialistas debaten… y responden.

En la Argentina hacen falta más y mejores ingenieros. A nadie ya se le escapa esta realidad: ni a la presidenta argentina (quien durante el anuncio del Plan Estratégico de Ingeniería 2012-2016 propuso cambiar la tradicional frase “mi hijo el doctor” por “mi hijo el ingeniero”), ni a las universidades y profesionales que, desde hace varios años, impulsan campañas para revertir un cuadro de situación, por lo menos, preocupante. 

¿Vamos a los números? De acuerdo con el Consejo Federal de Decanos de Ingeniería (Confedi), en nuestro país hay unos 100.000 ingenieros sobre una población de 40.000.000 de habitantes. Esto se traduce en que se reciben aproximadamente 6000 profesionales por año, cuando se necesitan alrededor de 10.000. En ese sentido, nuestra actualidad es bien distinta a la de otros países: mientras que en China hay un ingeniero cada 2000 personas; en Alemania, uno cada 2300, y en Brasil, uno cada 6000, la Argentina se propone pasar en el corto plazo de un ingeniero cada 6600 habitantes a uno cada 4000. Esto se debe a que, en los últimos años, la expansión de la economía y la industria impulsaron la demanda de ingenieros, una profesión con pleno empleo y altos salarios, que, sin embargo, no logra atraer a los más jóvenes, para quienes se presenta como una carrera muy difícil. 

Los especialistas aseguran que las causas de este fenómeno son múltiples: crisis vocacional relacionada con una visión cultural de la profesión; dificultades académicas para resolver cuestiones vinculadas a la matemática, la física y la química; y falta de incentivos por parte del Estado. Martín Gill, secretario de Políticas Universitarias de la Nación, asocia este déficit con el modelo de desarrollo y la matriz productiva de los últimos años. “Durante los veinticinco años que fueron de 1976 a 2001, las políticas públicas fueron totalmente contrarias a un desarrollo tecnológico nacional y eso influyó en los planes de estudio del secundario, que se tradujo en reducción de horas para matemática y ciencias”, explica. 

Por su parte, el ingeniero Guillermo Oliveto, decano de la Facultad Regional Buenos Aires de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN Buenos Aires), opina: “Las leyes de transferencia de las escuelas y la Ley Federal de Educación fueron el instrumento jurídico y normativo que permitió la desafiliación del Estado Nacional en materia educativa, siendo sus características principales la fragmentación de los niveles educativos, la mercantilización de la formación docente y el deterioro de la calidad de la enseñanza. Como consecuencia, cientos de miles de jóvenes argentinos que logran culminar el polimodal presentan hoy dificultades para dominar la lectoescritura”.

Gill sostiene que la desaparición de la escuela técnica secundaria impactó en el nivel educativo inmediatamente superior. Y recuerda como paradigmas de la época, frases del estilo “los científicos que se vayan a lavar los platos” o aquella otra: “el ingeniero taxista”.

“Se instaló la idea de que estudiar ingeniería era sinónimo de desocupación”, sentencia el ingeniero Carlos Rosito, decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (Fiuba). Oliveto coincide, y agrega: “La Ingeniería, junto con las carreras vinculadas al desarrollo científico-tecnológico, tiene mala imagen entre los estudiantes secundarios. Se presenta como una carrera muy difícil, que demanda esfuerzo, y, en general, no se pone énfasis en las posibilidades laborales que existen en la actualidad a nivel profesional”.

El rol de la industria 

El horizonte aparece alentador en cuanto a la demanda de profesionales tecnológicos (no solo ingenieros) que, por consiguiente, nutren una nueva matriz productiva. “Este proceso de crecimiento en algunos sectores, como el de la construcción, es muy importante: según la Cámara de la Construcción, hubo un aumento de 80.000 a 400.000 empleados en blanco”, grafica Rosito. “Algo similar ocurre en las demás ramas de la Ingeniería. No obstante, hace falta prácticamente el doble de individuos de lo que se están graduando; incluso en carreras como Ingeniería Eléctrica o Ingeniería Mecánica esta cifra puede ser más abultada”.

La explosión de la demanda de profesionales, combinada con la escasez de ingenieros, provocó otro fenómeno de fuerte impacto en la formación: “En los últimos años de la carrera, el factor condicionante pasa por la presión para incorporarse en el mundo del trabajo ante muy buenas ofertas laborales. Ello conlleva a que los tiempos dedicados al estudio sean insuficientes para continuar regularmente la carrera y, en muchos casos, para continuarla”, señala Gill. Paralelamente, el ingeniero Rosito advierte: “Al no encontrar profesionales, el empresario emplea estudiantes que demoran su graduación: así es como el proceso se agudiza y se toman alumnos cada vez más temprano”. 

La consecuencia de ello es que, actualmente, hay más de 26.000 estudiantes que tienen más del 80% de la carrera aprobada y que, sin embargo, no continúan sus estudios. Para combatir esto, los expertos aconsejan motivar, alentar y facilitar a los jóvenes para que sigan estudiando y consigan recibirse. 

Manos a la obra

Las distintas iniciativas orientadas a mejorar las carreras de Ingeniería ya son muy palpables en nuestro país. Por ejemplo, en 2005 se pusieron en marcha los Proyectos de Mejoramiento de la Enseñanza de la Ingeniería (Promei), que, a finales de 2011, había alcanzado al 100% de las carreras acreditadas de universidades públicas.

Asimismo, en 2009 se inició la instrumentación del Programa Nacional de Becas Bicentenario que permitió becar, también en 2011, a más de 45.000 alumnos de carreras científicas y tecnológicas para que, por lo menos durante los primeros años de la carrera, disminuyera la necesidad de inserción laboral temprana de los alumnos y se dedicaran exclusivamente al estudio.

Desde las universidades se elaboraron campañas de comunicación para los aspirantes, que incluyen acciones de propaganda y marketing en medios de comunicación y redes sociales, donde circula gran parte de los potenciales aspirantes a ingresar a una carrera de Ingeniería. Con el mismo objetivo, se implementaron diversos planes de nivelación entre las escuelas técnicas y universidades, y se convocó a graduados y representantes de la industria para que, en cada una de estas casas de altos estudios, aportaran propuestas y enriquecieran el debate para una mejor toma de decisiones (como muestra, basta un botón: el caso de las Jornadas sobre la Formación de Ingenieros de la UTN Buenos Aires, llevadas a cabo en el año 2011, dio inicio a un grupo de discusión en la red virtual LinkedIn con el nombre de “La formación de ingenieros en la República Argentina”).

Esta batería de medidas culmina con el Plan Estratégico de Formación de Ingenieros, que establece la meta de graduación de ingenieros más alta de América Latina: un nuevo ingeniero cada 4000 habitantes o 10.000 nuevos ingenieros graduados por año para 2020.

Por el momento, por lo menos, hay datos bastante esperanzadores: entre 2003 y 2010 la cantidad de ingresantes aumentó un 3%, pero la cantidad total de alumnos se incrementó un 17%. En lo que se refiere a la graduación y los alumnos avanzados (tienen más del 70% de la carrera aprobada), el porcentaje trepó al 18 y al 61%, respectivamente. De estos alumnos, más del 80% se encuentra trabajando en tareas relacionadas con su carrera.

“Hay que darle a la Ingeniería el lugar que se merece. Esto es algo que debemos lograr no solo desde el Estado, sino en conjunto con colegios de profesionales, y los empresarios y la educación media, para demostrar la importancia estratégica que tiene esta profesión en la matriz productiva de nuestro país y en sus posibilidades de crecimiento”, esgrime Oliveto. Por su lado, Rosito adhiere, y concluye: “Para revertir esta situación no alcanza con que se invierta dinero solo hoy, ya sea construyendo un nuevo edificio, teniendo más laboratorios o contratando más docentes: eso no garantiza que el año siguiente tengamos mejores alumnos. Es un proceso cultural y educativo a largo plazo”. 
La oferta de educación de Ingeniería en la Argentina titulo

En el país se dictan 481 carreras de Ingeniería: 383 en universidades públicas y 98 en universidades privadas. El detalle por terminal es el siguiente: Aeronáutica (4), Agrimensura (13), Alimentos (23), Ambiental (7), Biomédica (8), Civil (41), Computación (7), Electricista (24), Electromecánica (29), Electrónica (45), Hidráulica (3), Industrial (54), Informática/Sistemas (63), Materiales (4), Mecánica (33), Metalúrgica (2), Minas (5), Nuclear (1), Petróleo (4), Química (33), Telecomunicaciones (9),Agronómica (32), Forestal (5), Recursos Naturales (5) y Zootecnia (3). Otras aún no están sujetas a proceso de acreditación como Naval, Pesquera, Textil y Mecatrónica (24).

El desarrollo de la investigación

Más allá de la importancia de formar más y mejores ingenieros, el ingeniero Carlos Rosito, decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (Fiuba), se detiene en un punto en especial: “Hay que alentar y promover el Doctorado en Ingeniería, que hoy realizan muy pocos graduados. Sería estratégico que un 5 o 10% de los graduados lo hiciera, para retroalimentar la actividad dentro de la universidad y optimizar así el nivel académico. La Argentina necesita ingenieros, pero las universidades necesitan doctores en Ingeniería. En las facultades más importantes del mundo, los docentes e investigadores hicieron un doctorado. Aquí, son menos de la mitad los que lo completaron. No obstante, estamos haciendo grandes esfuerzos para revertirlo”.
 

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