ACTUALIDAD


Con el encanto intacto


Por Carlos Baudy.


Con el encanto intacto
A cincuenta años del estreno de la primera película de James Bond, el espía 007 goza de excelente salud. Apareció en la apertura de los últimos Juegos Olímpicos, se viste con el mismo sastre que el marido de la reina Isabel y está más vigente que nunca. Las claves de un fenómeno inoxidable. 

James Bond está más joven que nunca, milagro que solo disfrutan algunos pocos elegidos. Digámoslo: cuando, en febrero de 1952, el británico Ian Fleming inventó al espía más célebre de todos los tiempos, no esperaba una perdurabilidad tan exagerada.

Hagamos un poco de memoria: Fleming pasaba las vacaciones de ese invierno boreal en Jamaica y solo quiso contar cosas extraordinarias que les pueden suceder a personas ordinarias. Ex periodista, ex oficial naval que durante la Segunda Guerra Mundial hizo tareas de inteligencia y espionaje, y prematuramente jubilado del Servicio Secreto Británico, lo único que quiso fue contar algo divertido en una “novelita” sin méritos literarios –pero entretenidísima– a la que bautizó Casino Royal. Pretendía ser una serie televisiva en la cual Bond, interpretado por David Niven, tenía un papel menor y Linda Christian lucía su belleza. En un pasaje, aparecía algunos minutos un amigo de Fleming que, en ese momento, era solo un jovencito gracioso y desconocido, llamado… Woody Allen.

Pero el libro se vendió y Fleming escribió otros con el mismo personaje. El vuelco de ciento ochenta grados se dio el día en que, durante un diálogo informal con algunos periodistas, el entonces presidente de los Estados Unidos, John “Jack” Kennedy, confesó que su lectura favorita para entretenerse eran los libros de Fleming, con las aventuras de Bond. Obviamente, las ventas se dispararon y los productores de cine olieron a montañas de dólares y tomaron la decisión de hacer una película… para ver qué pasaba. No es necesario añadir que el éxito fue increíble. Por algo, a cincuenta años de aquel estreno, todavía se encuentra lozano y triunfador. 

Radiografía de un ídolo 

Ian Fleming, el autor del personaje, describe a Bond como un hombre moreno, de 38 años, con 189 centímetros de estatura y 80 kilos de peso, ojos grises azulados, viudo (en la novela y la película titulada Al servicio secreto de su Majestad asesinan a su esposa media hora después del casamiento) y seductor empedernido. Además de dominar cinco idiomas y ser comandante de la marina de guerra británica, maneja auto, timonea barcos, vuela helicópteros y aviones, y hace paracaidismo. También es buen nadador y excelente esquiador. 

Otra de sus características salientes es la elegancia, que se traduce en sus trajes a medida, los que en la vida real confeccionaba Angelo Lítrico, el sastre de Felipe de Edimburgo y de su hijo Charles (futuro rey de Inglaterra). Paradoja o casualidad, Lítrico tenía su taller en Bond Street. Angelo falleció, pero continúa la tarea su hijo… también llamado Angelo. 
Jugador empedernido, el desafío preferido de Bond es el punto y banca, en el cual resulta imbatible. Su pasión por el mundo gourmet (es un eximio degustador de los platos más exóticos) le permitió descubrir a un espía ruso que simulaba ser inglés, porque al sujeto le encantaba tomaba vino cabernet con pescado. 

Como todo héroe, tiene su fetiche: su pistola Beretta-9 milímetros, que se niega a dejar por más que el servicio secreto use calibre 45. El 00 significa que está autorizado a matar. Recibe órdenes de “M”, hoy una mujer que comanda el MI-6 (inteligencia militar que se ocupa de asuntos internacionales).

El porqué del fenómeno

Gran Bretaña tiene una larga tradición en espías, no de celuloide, sino de carne y hueso. En los años cincuenta, alguien que solo fue conocido como “Sorge” se sumergió en el Támesis con un traje de hombre rana y reapareció en Moscú, donde vendió los secretos del espionaje británico. Es un hecho real. Se estima que nadó hasta un buque ruso y subió subrepticiamente, con la complicidad de la tripulación soviética.

En los años setenta, el ministro de Defensa del gobierno inglés, Lord Profumo, casado y con hijos, tenía una novia llamada Christine Keeler. Esto fue así hasta que se descubrió que Keeler había seducido a Profumo por orden de la embajada rusa en Londres, solo para averiguar los planes militares ingleses. Y ardieron tres troyas: a Profumo lo obligaron a renunciar, la Keeler fue a los tribunales, y la mujer de Profumo le tiró todos sus trajes al río y se divorció.

Otra tradición, la de las novelas, también sedujo a los ingleses. Los libros de John Le Carré (El espía que vino del frío) o clásicos como Barry Lyndon, de William Makepeace Thackeray, se vendieron como pan caliente, pero nunca a la altura de las “novelitas literariamente frágiles” de Fleming-Bond. ¿Qué tenía ese muchacho que Smiley (el personaje de Le Carré) o Barry no tenían? ¿Por qué los British, el público europeo y el norteamericano hicieron de Bond su favorito?

Fleming, que era un fumador incansable –hasta que el tabaco le ganó la pelea–, admitió en un reportaje que Bond era lo que él habría querido ser y que, por añadidura, era el espejo de todos los hombres del mundo, ya que todos querrían ser seductores, valientes, audaces y muy apuestos. 

Pero la respuesta es simplista y los libros de Fleming (al igual que las películas) no son tan primarios como el autor pretende. Un análisis arrojaría que hay una política que puede resumirse diciendo que lo que es bueno para Gran Bretaña es bueno para todos los pueblos del mundo, sobre todo para los norteamericanos, que son socios privilegiados. Y que si alguno está en desacuerdo, siempre estará Bond para poner las cosas en su lugar.

Cuando decimos “política” nos referimos, en primer término, a una política comercial, y en ese sentido la serie de películas Bond es demasiada exitosa. Es clave para vender ropa, perfumes, autos, lugares (porque siempre muestra paisajes deslumbrantes, destinos adonde uno quisiera ir), tipos de vivienda, ciertas bebidas (este cronista jura que en la barra de un hotel marplatense escuchó a un cliente pedir “un martini seco, mezclado pero no revuelto”, frase que Bond utiliza en varias de sus películas).

Tal vez, el Bond de la pantalla grande haya llegado a soplar cincuenta velitas, sencillamente, porque es diversión asegurada, algo que no suele abundar. Y todo lo demás, incluido el muy serio libro de James Chapman, Licence to Thrill. A Cultural History of the James Bond Films (Licencia para matar. Una historia cultural de los filmes de James Bond), merezca tal vez solo el mejor de los silencios. Los ingleses, por su lado, se limitan a adorar a Bond. Y el resto de los mortales también. 

Actores y bellezas Bond 

El primer actor que personificó a James Bond fue el norteamericano Barry Nelson, en 1954. Pasó absolutamente inadvertido. El segundo, acaso el mejor, fue el escocés Sean Connery, quien debutó en El día más largo, un filme de guerra, y fue elegido poco después, en 1962, para representar al espía más famoso de todos los tiempos. Hizo seis películas, en las cuales brillaron actrices como la suiza Ursula Andress (1) y la norteamericana Jill St. John (2). Como ocurrió con Johnny Weissmuller y Tarzán, cuando los seguidores de la serie piensan en un actor, siempre evocan a Connery, quien fue sucedido por David Niven, con Deborah Kerr como la muchachita de ocasión. Pero no tuvo éxito y volvieron a Connery hasta que el escocés dijo “basta”. Lo reemplazaron por el australiano George Lazenby y la dama de compañía fue la espléndida Diana Rigg. Pero Lazenby no convenció y recurrieron a Timothy Dalton, que tampoco fue bien recibido. Entonces, apareció Roger Moore, que reinó en el papel hasta que el tiempo lo jubiló (tenía 56 años) y apareció Pierce Brosnan, quien también se excedió en edad y le dejó el traje a Daniel Craig, atlético y apuesto. Brigitte Bardot fue tentada para hacer de chica Bond, pero no tuvo interés en el papel. Sí brillaron, entre otras, la sueca Britt Ekland (3) y Barbara Bach (4), esposa del Beatle baterista Ringo Starr.  

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte