INVESTIGACION


Todo cambia


Por María Alvarado.


Todo cambia
El mundo ya no es el mismo, y la educación tampoco. Elegir la escuela para nuestros hijos siempre fue una tarea difícil y, hoy en día, cada vez son más los padres que se inclinan por metodologías de aprendizaje alternativas a las que propone la enseñanza tradicional. Aquí, algunas de las que más pican en punta a nivel local e internacional.

Que en sus primeros años de vida los niños muestren “desesperación” por conocer y explorar el mundo no es un dato nuevo. Más de un padre se exprimió el cerebro intentando responder los inagotables porqués planteados por los más chiquitos. Pocas veces uno se detiene a reflexionar qué sucede con esa incansable inquietud por conocer que pareciera mermar cuando empiezan a ser mayores y a transitar su vida escolar.

Marcos Amadeo y su mujer, Millie, sí se hicieron este planteo a la hora de elegir el colegio de su hijo mayor. Desconfiados de la enseñanza tradicional, decidieron investigar otras alternativas educativas. “Creemos que los chicos tienen ‘sed’ de aprender y que, con el paso del tiempo, esto se atenúa. Un poco porque los contenidos académicos son viejos y otro porque algunos profesores no están del todo interesados en lo que hacen o están colapsados por el sistema. Esto no tendría que ser así porque a los chicos les encanta explorar, ensuciarse, meter dedos, tocar y experimentar el mundo. ¿En qué momento nos transformamos en una sociedad en que los chicos preguntan: ‘¿Esto entra en la prueba?’? Hay que lograr que a los chicos les interese entender el mundo”, dice este padre de un varón de 2 años y otro de 4 meses.

La educación tradicional, que tanto él como su mujer recibieron, no les cerraba. Papá Amadeo (34) explica el porqué: “Estamos convencidos de que se quebró aquel paradigma que pregonaba que estudiar en colegios o universidades reconocidas garantiza, inexorablemente, personas exitosas. Los colegios tradicionales están enseñando del mismo modo en que lo hacían en mi época, y el mundo cambió radicalmente”.

Así, se decidieron por el Montessori Noordwijk School, un colegio de Del Viso, provincia de Buenos Aires, que sigue el método que María Montessori ideó hace cien años en Italia. Gabriel García Márquez, Clorindo Testa y los cofundadores de Google –Sergey Brin y Larry Page– son solo algunos de los célebres alumnos que transitaron por este tipo de escuela, que tiene veinte mil sedes a lo largo y a lo ancho del planeta (en la Argentina hay otras dos en Buenos Aires y se están desarrollando nuevos proyectos en Santa Fe y Rosario). 

Salvador Amadeo, el hijo mayor del clan, entró en el jardín de infantes del colegio, en la sala que ellos llaman “Comunidad”, que incluye a niños de 1 y 2 años. Según su padre, una de las características más interesantes del método de enseñanza Montessori es que los chicos asisten a clases integradas donde conviven con compañeros de distintas edades. “Salvador ingresó con 1 año y cuatro meses. Ahora ya tiene 2 y continuará en ‘Comunidad’. Después, viene una sala que integra a chicos de 3, 4 y 5 años, todos en la misma clase. En este tipo de educación, el niño es el centro. Ellos deciden qué quieren hacer, orientados por dos ‘guías’ –como llaman a las maestras–, que explican las actividades. En el aula tienen recursos y elementos para que ellos escojan con cuál trabajar o jugar”, ahonda Marcos. 

Valeria Sen, que es directora general del Noordwijk Montessori School, y egresada de la primaria de una escuela Montessori, se suma al debate: “La diferencia con las escuelas tradicionales está en la mirada y el lugar que les damos a los niños. Para nosotros, el alumno es el único protagonista del aprendizaje, dueño de su propio aprendizaje. Para ello tiene que estar interesado y concentrado en sus quehaceres diarios. La guía –la docente– solo acompaña en este camino. El método Montessori está avalado por las neurociencias y funciona, ya que genera en los niños la necesidad de investigar y seguir aprendiendo”.

La pregunta que cae de madura es cómo se marcan los límites y cómo se impone la autoridad si las actividades dependen exclusivamente del niño. La directora responde: “Las actividades no las propone el niño, las elige. Estas ya están propuestas y dispuestas en el ambiente; lo que hace el chico es ejercer su capacidad de elección y su propia voluntad. De esta manera, el alumno se autodisciplina porque no tiene la necesidad de dispersarse si está abocado a lo que eligió”.
Respecto a las aulas y el material de trabajo, la directora describe: “Los espacios están preparados a la altura de los niños: tienen que estar ordenados, limpios y ser atractivos para captar el interés. El objetivo final es ofrecer herramientas para que los alumnos logren su independencia, consigan estar seguros de sí mismos y forjen una gran autoestima”.

De película 

“A las siete y media de la mañana, los chicos entran a la escuela por un camino que bordea el río. A esa hora, en invierno todavía es de noche, por lo que velitas prendidas iluminan la senda mientras se escucha a las maestras que reciben a sus alumnos cantando. El piso es de madera, los niños se descalzan y se calzan unos escarpines de lana. Se comienza con la ronda de música, se prende una velita y se  baila. Se genera un clima muy especial y se trabaja con materiales nobles: no hay juguetes de plástico; todos son de madera y lana”. 

Esta escena no pertenece a una película ambientada en el Tíbet, sino a la descripción que Nicolás Domínguez Nacif hace sobre cómo los alumnos del El Jardín de la Aurora ingresan, diariamente, a la escuela de enseñanza Waldorf, situada en Quilmes, provincia de Buenos Aires.

Con el arribo de su primer hijo, este pintor de 32 años sabía que no quería una escuela tradicional para su niño. “Cuando tenía 1 año, a raíz de organizarle tardes de juegos, surgió la posibilidad de fundar la escuela. A mí me encantaba la impronta artística y creativa de las escuelas Waldorf, pero donde yo vivía no había ninguna. Así, instalamos la primera escuela Waldorf de la zona sur, que no es privada ni estatal, y que funciona como una cooperativa que trabaja con una comunidad de padres y de maestros”, explica Domínguez Nacif. La pedagogía Waldorf fue concebida por el austríaco Rudolph Steiner, quien, a comienzos del siglo XX, creó las bases para una educación donde el maestro acompaña al alumno durante toda su cursada en la primaria. Hoy en día, hay más de ochocientas escuelas Waldorf en el mundo; doce de ellas están en la Argentina. 

La idea del colegio es integrar a los alumnos sin importar el nivel socioeconómico. “Por eso, se entremezclan familias de bajos y altos recursos. La cuota varía dependiendo de la posibilidad económica de cada uno. Si no llegamos a cubrir los gastos, organizamos otras actividades, como subastas de arte. Tenemos un padrino, Martiniano Molina, que nos donó el terreno y él organiza cenas a beneficio del colegio. Así vamos cubriendo los costos”, cuenta Domínguez Nacif.

La institución, que abrió en 2008 y tiene hasta tercer grado, incorpora gradualmente niveles. En el jardín de infantes coinciden chicos de diversas edades en la misma sala y se les enseña no desde un modo vertical, sino como si estuvieran en su propia casa. “Las maestras están haciendo labores todo el tiempo –cocinan, tejen–, y el niño juega y, si quiere, se suma a las actividades, que son para todos iguales, salvo algunas más específicas porque, lógicamente, es diferente el proceso cognitivo de un chico de 3 que el de uno de 6. El Jardín tiene una maestra de Música, dos maestras Waldorf y una maestra especial para los que necesitan integración”, añade Domínguez Nacif, quien cree que cada vez son más los padres que, en la actualidad, buscan nuevas opciones educativas. Las tareas comprenden desde carpintería, huerta y música (donde aprenden a tocar violín, flauta y guitarra) hasta acuarela, óleo y telar. A los 9 años, comienzan con idiomas como inglés y alemán. 

Domínguez Nacif describe un día en el jardín: “Las maestras se ponen a amasar el pan, y los chicos pueden jugar o amasar con ellas. Lo que es una condición sine qua non es todo lo relacionado con el ritmo y el canto. Si tienen que ordenar, la maestra empieza a hacerlo cantando; así, cuando el niño escucha la canción, hace lo mismo. A través del hábito y el ritmo, se les inculca el hacer. Los chicos de 3 están más en el mundo del juego, amasan pan. En cambio, los de 5 hacen más telar, lo que los lleva al mundo de la matemática. Después, salen a jugar a un campo con río; si llueve, salen igual con botas e impermeable. La forma que tienen de anunciar si entran o salen es a través de una campana; al escucharla, saben lo que tienen que hacer”.

Aquí no se siguen unidades de estudio rígidas, sino el proceso de aprendizaje de cada niño, y los maestros son los mismos durante un período de siete años. “Así es como conocemos muy bien a cada chico: sus intereses o deseos que los mueven. De esta forma, detectamos si el chico tiene, por ejemplo, un pensamiento más científico, y se lo orienta hacia ese costado para que lo desarrolle aún más. Ellos mismos tienen que descubrir sus conocimientos; esto los hace fuertes e íntegros”, acota Domínguez Nacif, quien aclara que no existen las pruebas calificadoras ni tampoco las amonestaciones. “Se marcan los límites, pero para guiarlos. En lo que respecta a los exámenes, fomentan la competencia con los demás y la idea es que cada uno compita consigo mismo”, concluye.

Educación en el ámbito rural 

Las Escuelas de la Familia Agrícola (EFA) surgen en Francia, en el siglo pasado, hacia mediados de la década del treinta. Dado su gran impacto no solo en la formación de sus alumnos, sino también en el desarrollo local y territorial, trascendieron rápidamente la geografía francesa. La experiencia desembarcó en la Argentina a fines de la década del sesenta y, hoy, se extendió en nueve provincias con alrededor de setenta instituciones y dos Institutos Superiores de Formación Docente.

“Las EFA se constituyen como centros educativos de formación rural. Promueven a los jóvenes de contextos rurales e impulsan el desarrollo local y territorial. Son instituciones públicas de gestión privada. Trabajan desde la ‘alternancia educativa’: el alumno alterna períodos de su vida entre la escuela y la vida familiar, empresarial y comunitaria. Ellos están dos semanas en un ámbito y los siguientes quince días en el otro”, grafica Celso Limberger, vicerrector y docente del Profesorado en Ciencias Agrarias y Protección Ambiental de Capioví, Misiones.

En sus casas, los chicos tienen que completar actividades de las asignaturas. Este trabajo es monitoreado por los docentes que visitan los hogares. “El objetivo no es solo controlar si se hacen o no los deberes, sino analizar la situación del alumno, su evolución, las dificultades que le surgen, cuál es la realidad que lo rodea, etcétera. En función de ello, se trabaja”, explica Limberger.
Entre las múltiples actividades productivas comunitarias, se destaca, por ejemplo, la que los jóvenes tienen que emprender en tercero y cuarto año: desarrollar un proyecto de investigación vinculado a la actividad agropecuaria y ponerlo en marcha. “Así influyen en la comunidad y en el bienestar propio. Además, se los forma con un fuerte perfil de liderazgo, jugando un rol preponderante en la sociedad. Muchos chicos, después, realizan labores sociocomunitarias, participan en comisiones barriales y en cooperativas”, cierra Limberger.

Escuela y desarrollo comunitario

El Instituto Lumen de San José de Calasanz, en Mendoza, es uno de los colegios con orientación “Desarrollo sociocomunitario”. El enfoque es teórico-práctico, con actividades varias: resolución de problemas, estudio y análisis de casos, simulaciones, etcétera. Pablo Andrés Vilanova, profesor de la materia Formulación de proyectos sociales, cuenta su experiencia: “Los adolescentes sienten que tienen que ayudar a otros, pero también tienen la necesidad de ser ayudados, escuchados, orientados y estimulados... Hay que trabajar los dos aspectos para que se genere un círculo virtuoso entre dar y recibir. A través de este espacio curricular, es más fácil fomentar que los chicos se comprometan con una causa social si antes sienten que los adultos nos ocupamos de sus sentimientos, sueños y preocupaciones. Y mejor aún si colaboramos con ellos en pensar actividades creativas y lúdicas, que les despierte la imaginación y el compromiso”.

Inventar futuro

La Escuela del Sol es una institución educativa fundada en 1966 por Francis L. Sweet y Mariana Biró. Las actividades que los alumnos emprenden allí son bien originales: charlas grupales, talleres de periodismo o jornadas de lectura silenciosa. Pero, sin duda, lo que más llama la atención es la Escuela Argentina de Inventores (EAI), que funciona allí desde 1991 y fue creada por Eduardo Fernández, presidente del Foro Argentino de Inventores (FAI). Con filiales en algunos rincones de la Argentina, opera en la sede de la Escuela del Sol (ubicada en la Ciudad de Buenos Aires) e incentiva a jóvenes de entre 6 y 16 años a que amplifiquen su capacidad creativa.“Las clases, de no más de quince alumnos, son abiertas y no se toma asistencia. Nuestra currícula no está ligada ni a un club de ciencias, ni a un taller de manualidades, artes yoficios, ni a la educación formal, aunque pueda ser un complemento de esta en varios aspectos”, explica Fernández. “Impulsamos el propio potencial de los adolescentes y su inclinación por hacer preguntas, y no tanto brindarles respuestas. Esto se hace a través de juegos y tareas que incitan a la imaginación, con la intensidad y el ritmo que ellos mismos establezcan”.

Bendita música

El porteño Palermo Sounder (PS) es un colegio secundario privado incorporado a la enseñanza oficial que ofrece cursar, en el turno mañana, el Bachillerato Nacional de cinco años orientado en artes y, simultáneamente, a la tarde, la carrera de música con especialización en rock y pop (aunque también se enseña blues, jazz, tango, folk y bossa). “Nuestro proyecto original fue el de un colegio con una orientación técnica vinculada a la informática, pero los chicos que venían tenían más vocación artística que técnica”, cuenta su director general, Adrián Ducard. La currícula se divide en dos ciclos: en el primero, que abarca los tres años iniciales, el objetivo es promover la labor en grupo?(ensamble), la lectoescritura musical, la afinación auditiva y la formación instrumental. En el segundo, que comprende los últimos dos años, la capacitación se aboca a moldear a un profesional de la música hecho y derecho (se dicta armonía, composición e improvisación, así como organización de bandas, diseño de escena y vestuario, marketing, y técnicas para la grabación y la producción musical). 

Más información:
www.nmschool.com.ar www.jardindelaurora.blogspot.com.ar
jardindelaurora@hotmail.com blogpalermosounder.blogspot.com.ar
www.escueladelsol.com.ar
  

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