ENTREVISTA


Soy amigo de los chicos malos


Por Guadalupe Treibel.


“Soy amigo de los chicos malos”
Compinche de Sean Penn y Benicio del Toro, cómplice de importantes realizadores y socio de Oliver Stone, Fernando Sulichin se convirtió en un productor estrella de la industria hollywoodense. Vida, obra y confesiones de un argentino que saltó hacia el norte y no para de crecer, película a película.

Estudió Arquitectura en su Buenos Aires natal, pero, por esas cosas del azar, instalado en Los Ángeles, entró a la clase de un productor norteamericano y su suerte dio un vuelco. Así nomás, cambió de meta: Fernando Sulichin sabía que quería ser productor. Con el objetivo entre ceja y ceja, comenzó una escalada que ya pareciera no tener fin. Después de un soñado debut con Spike Lee, vinieron más y más films, muchos de ellos con grandísimos realizadores: Oliver Stone, David Lynch y Michael Winterbottom, entre otros.

Con el destino sellado por buenas decisiones, este hombre de mundo –que recorre los hemisferios varias veces al año y se reparte entre sus casas de Los Ángeles, Buenos Aires, Tokio y París–, padre de un bebé de nueve meses, amigo de figuras destacadas como Benicio del Toro o Sean Penn, conoce el negocio del cine de pe a pa. Y, de visita en la Argentina, comparte las claves de la industria… y –por qué no– de su vida.

–Se podría decir que tu carrera se inició por casualidad. Estudiaste Arquitectura, pero, a los 26 años, en Estados Unidos, entraste por error a una clase de Peter Guber y quedaste prendido de por vida…
 –Estaba un poco deprimido en esa época, que fue cuando había que dar el paso de adolescente a hombre, del sueño a la realidad. Y había pasado de una situación muy cómoda en la Argentina a una extremadamente incómoda en los Estados Unidos: no tenía red de salvataje ni de amigos. Estaba desnudo frente a mí mismo y mis posibilidades, frente a lo que iba a hacer por el resto de mi vida. En ese tiempo, trabajar en cine parecía inalcanzable. Entonces, entré a esa clase y observé a esta persona explicando las cosas muy claramente, con una energía increíble –después me enteré de que, entre sus créditos, figuraban Rain Man, Batman, Expreso de medianoche–. Ahí nomás, me dije: “Yo quiero ser así”. Y, bueno, no llegué a ser Peter Guber, pero soy Fernando Sulichin.  

–¿Es verdad que, en la carrera de Producción, los mandaban a vender galletitas de puerta en puerta para aprender a lidiar con el rechazo?
–Sí, había una clase llamada Pitching, que básicamente enseñaba a convencer a alguien de algo, y éramos veintiocho tarados sin experiencia en ventas, que tratábamos de estar a tono con el rechazo. Si vas a ser productor, tenés que manejar el rechazo como un arma de ventaja porque estás pidiendo cantidades insólitas de dinero para hacer algo que puede ser un fracaso. Hay que aprender a pedir, saber a quién, cómo, para qué. Existe una matemática detrás de todo esto, y uno tiene que ser coherente con ella.

–Por algo, además de ser arte, es una industria. Cultural, sí; pero industria al fin…
–Exacto. Es una industria glamorosa, pero un trabajo como cualquier otro. Y aunque seas creativo, necesitás sustentarte en la matemática. Aun si querés hacer una película sobre una lámpara que se prende y se apaga, se prende y se apaga, se prende y se apaga, tiene que haber un público dispuesto a verla. Sin público, no hay película; sin película, no hay productor.  

–Definiste al cine como un negocio “sexy”. ¿A qué te referías?
–Yo no lo encuentro sexy; la gente lo percibe así. Por eso, quiere estar en el negocio. Es innegable que resulta atrayente, pero el riesgo es siempre enorme. Hay un dicho que dice: “¿Cómo hacer una pequeña fortuna? Haciendo una gran fortuna e invirtiéndola en cine”.  

–Entraste a la industria por la puerta grande. Tu primer trabajo como productor fue en Malcolm X, la gran película de Spike Lee. ¿Cómo llegó esa oportunidad?
–A Spike Lee lo conocí en París, en el festival Short Circuit que yo organizaba, y nos caímos muy bien. Fue una especie de complemento: yo le daba un grado de “internacionalidad” que, en ese momento, él no tenía. Así empecé a aprender el oficio, con grandes que recién comenzaban a serlo y que tenían un desafío enorme. Y me pusieron a mí para apoyarlos. Malcolm X fue su gran película: el film más importante sobre cultura negra de la época.   

–Por esos años, a principios de los noventa, también incursionaste brevemente en la actuación, interpretando a un conductor hispánico en el film American Virgin.
–Sí, tuve una pequeña participación en la película de un primo mío, un intento fallido de hacer cine. Cuando uno está en un set, tiene que jugar. En el film Alejandro Magno, de hecho, muero cuatro veces, en distintos disfraces. Fueron muchas batallas. Muchas venganzas de Oliver Stone (risas)…

–A lo largo de los años, tu sociedad con Oliver Stone fue más que prolífica. Juntos hicieron Persona non grata, Comandante, Looking for Fidel, la ya mencionada Alejandro Magno y la serie documental La historia secreta de los Estados Unidos, entre otras producciones. ¿Cómo nace ese vínculo laboral?  
–Nos conocimos a fines de los noventa, cuando empecé a trabajar en comerciales de compañías que hacían branding (N. de la R.: el proceso de construir una marca). Por suerte, me daban presupuestos que me permitían algunos caprichos, como contratar a los directores con los que quería trabajar algún día y pagarles una millonada. Así contraté a Martin Scorsese, a Oliver Stone, a Spike… Fue allí donde empezó esta sociedad y creo haber sido el productor que más lo produjo. Llevamos años trabajando juntos, lo cual es una labor muy intensa, ya que él es muy intenso. ¡Y tan inteligente! Tiene un coeficiente intelectual un 35% más elevado que el común de la gente; piensa a una velocidad difícil de seguir. Con esa misma intensidad, lleva su vida. Ahora me estoy tomando vacaciones porque terminamos, después de cinco años y medio de trabajo, el documental de diez capítulos sobre los últimos cien años de historia no contada de los Estados Unidos, un trabajo que me enorgullece muchísimo; es el legado que quiero dejarles a la sociedad y a mi hijo. Creo que, después de La historia secreta…, tengo buen karma en cine por diez años. ¡Ahora puedo hacer algunas basuras! (risas).   

–Destacás la intensidad de Stone. ¿Es difícil trabajar con grandes figuras?
–Lo importante es entender que todos somos iguales; nadie es mejor ni peor. Un hombre con mucho talento también tiene virtudes y defectos. Estamos uno a uno. Después es cuestión de preguntarse: ¿Qué vamos a hacer juntos? ¿Cómo? A partir de ahí, hay que desmenuzar el problema y quitar lo que es innecesario, cualquier tipo de neurosis del medio. El trabajo tiene que ser concreto, preciso.

–En lo personal, aun cuando comparto tu razonamiento, me costaría no endiosar a David Lynch…
–A las argentinas les gusta mucho Lynch… ¿Qué pasa?

–Pasa Twin Peaks, Mulholland Drive, Terciopelo azul, Carretera perdida... Es llamativo el proyecto en el que se embarcaron juntos: un documental (género poco transitado por Lynch) sobre Maharishi Mahesh Yogi, quien presentó en Occidente la meditación trascendental, de la que él mismo es adepto…
–Estamos trabajando en una ficción y en el documental, que va muy lento, porque el proceso creativo es lento. Lynch es muy genuino: se toma su tiempo, y cuando tiene una idea, hay electricidad para todo el pueblo. Mientras tanto, pinta, toca la guitarra, hace arquitectura; se expresa… ¿Para qué correrlo? Es uno de los artistas norteamericanos más importantes del siglo pasado.   

–Vos también meditás, ¿cierto?
–Medito desde hace catorce años, pero lo hago con esta técnica desde que lo conocí a David. Es bárbara porque te regula. Es como resetear el teléfono: te pone todas las barritas donde tienen que estar.


–También participás activamente de la David Lynch Foundation, institución que promueve la conciencia social, basada en la educación y la paz mundial. ¿Qué tipo de tareas desempeñás allí?
–Doy consejos, puntos de vista. Soy bueno para destrabar cosas.

–No es tu único acercamiento a causas humanitarias. Sos miembro honorario vitalicio de la Children’s Fund, de Nelson Mandela, organización que trabaja en Sudáfrica por la educación de la infancia. Además, colaborás con Sean Penn en su ayuda a Haití.
–Por cuestiones de la vida, uno se topa con estas causas: chicos con sida en orfanatos de Sudáfrica; veteranos de Irak con el cerebro hechos trizas; lugares que necesitan reducir la violencia. La vida te las pone enfrente y no podés no ayudar, menos cuando uno tiene tanta suerte en la vida. Se trata de administrar la gracia que uno recibió y expandirla.

–Además de colaborar con Penn, son amigos. Hasta viajaron juntos, ¿cierto?
–Soy amigo de los chicos malos, de los más “conflictivos”: Sean, Benicio del Toro, todos personajes de cierta poesía y profundidad.

–¿Qué debe tener un proyecto para que quieras involucrarte?
–Básicamente, me tiene que excitar. Tengo que decir: “Guau, quiero ver esta película”. Antes solía decidir por ego o por dinero; ahora, en cambio, por la historia que quiero contar y por qué quiero contarla. La historia secreta de los Estados Unidos, por ejemplo, me parece correctiva y necesaria; el documental sobre Maharishi también me parece necesario... a ver si podemos prender más velas en el mundo.  

–¿En qué trabajarás próximamente?
–Acabamos de terminar Spring Breakers, de Harmony Korine, en la que actúa James Franco. Y posiblemente trabaje con el realizador Shekhar Kapur (N. de la R.: Elizabeth y New York, I Love You). En verdad, estoy leyendo guiones, analizando dónde seguir. El cine es muy tiránico: implica mucho tiempo. Y es un dato para tener en cuenta a la hora de elegir, porque la energía es muy limitada… más, siendo padre de un niño de nueve meses.

–Antes mencionabas el riesgo de hacer una película y de que fracasara. Después de tantos años en la industria, ¿hay un pálpito sobre qué film puede funcionar y cuál no?
   –¡Para nada! Hay que tirar al arco como Michael Jordan: centro, centro, centro, hasta que entre. Nunca sabés con exactitud. Y puede pasar que la película que pensaste que no iba a funcionar resulte el éxito de tu vida y la que creíste que iba a ser un éxito es el fracaso que te deja tirado.

–¿Te ocurrió?
–Es exactamente lo que me pasó. Años atrás, hice una película llamada Love Liza, primer protagónico de Philip Seymour Hoffman, y pensé que nos iban a tirar con tomates, pero resulta que ganamos el Sundance. El film I Come with the Rain, en cambio, me dejó patas para arriba.  

–Una década atrás, en una nota, mencionabas que el cine independiente norteamericano, con tipos como Lynch o los hermanos Coen, no podría existir sin el apoyo de capitales europeos. Dada la coyuntura actual de crisis extendida, ¿sigue funcionando de esa manera?
–Se abrió un poco más el panorama porque el cine independiente explotó. Explotó y se estrelló, porque hubo demasiado cine, demasiada gente que quería hacer películas en distintos lugares del mundo. La dificultad que encuentra el cine hoy es la distribución. Es como el juego de las sillas: muchas personas para un mismo lugar. Pero sí sigue pasando que Europa financia a los grandes maestros, aunque, después de la burbuja de Internet, muchos millonarios también están invirtiendo en cine. De hecho, la principal financiadora de cine independiente hoy es Megan Ellison, de Oracle Corporation.

–Trabajaste con los grandes: Michael Winterbottom, Larry Clark, además de los ya mencionados. ¿Con quién te gustaría ampliar tu lista de colaboraciones?
–Michael Mann, sin duda; está en un gran momento de su carrera. También me gusta mucho un cineasta joven llamado Steve McQueen, responsable de películas como Hunger o Shame.

–¿Seguís coleccionando relojes de lujo?
–Sí, pero cada vez menos. Me gustan los Patek Philippe y los Jaeger-LeCoultre, pero la crisis hizo que recortara esas ambiciones y les diera el significado que en verdad tienen: dan la hora. Nada másEn resumidas cuentas Sin repetir y sin soplar, la nutrida y saludable hoja de ruta de Fernando Sulichin (Buenos Aires, 1965) incluye numerosos films de directores de primera línea. Como productor de cine, por ejemplo, trabajó en Malcolm X y Ella me odia, de Spike Lee; Spun, de Jonas Akerlund; Love Liza, de Todd Louiso; Bully, de Larry Clark; la multipremiada Babel, de Alejandro González Iñárritu; Mary, de Abel Ferrara; y en cantidad de proyectos de Oliver Stone (South of  the Border, Comandante, Looking for Fidel, Persona Non Grata, Salvajes, Alejandro Magno,  La historia secreta de los Estados Unidos, etc).

Produjo, además, numerosos comerciales, donde trabajó con figuras de la talla de Woody Allen, Tony Scott, Marlon Brando, Leonardo Di Caprio y Martin Scorsese. A la vez, en 1996, fue nombrado  uno de los “Top Ten Talents to Watch” –según el Hollywood Reporter–,  y participó como jurado de prestigiosos festivales como el de Venecia, el Festival de Cine de Gijón o el Dallas-Fort Worth Film Festival. Desde 2001, es miembro activo de The Film Foundation, institución creada por Scorsese, Clint Eastwood, Francis Ford Coppola y Allen para conservar el patrimonio fílmico para futuras generaciones. Además, participa en The David Lynch Foundation y se desempeña como Miembro Honorario Vitalicio de la Nelson Mandela Children’s Fund.     

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte