ACTUALIDAD


Por la ruta de la solidaridad


Por Mariano Petrucci.


Por la ruta de la solidaridad
Gustavo Pintos lidera un grupo que recorre el país y el mundo en moto. En uno de sus viajes por la Argentina, descubrió una escuela rural en estado de abandono y su norte cambió por completo. Junto a sus amigos motoqueros, formó una ONG que hoy ya asiste a diecisiete instituciones de Entre Ríos, Chaco, Formosa y Corrientes. Un ejemplo.

Hay dos tipos de caminos. Los geográficos, de asfalto, tierra, ripio, arena. Y los de la vida, que, a veces, y como canta Vicentico, no son lo que uno espera o imagina. Gustavo Pintos puede dar fe de ambos. Primero, porque le apasiona transitar en moto la Argentina y el mundo. Segundo, porque en una de sus tantas experiencias a toda velocidad, se encontró con algo que cambiaría su vida.

Pero vamos por partes. Desde hace más de treinta años, Gustavo (48) recorre el país y ciudades del extranjero junto a un grupo de motociclistas, “Tachame la doble”. “Empecé a andar con amigos, allá por el ochenta y pico. Aprendí en las Dax, y nunca más dejé este hobby. El primer modelo que tuve fue una Honda 400. Alrededor de los 21 comencé con los viajes”, cuenta Gustavo, mientras desayuna en su casa ubicada en el barrio porteño de Palermo.

Las travesías, como buen debutante, no se extendían más allá del Partido de la Costa (aún hoy, los médanos de Pinamar son una de sus bases de entrenamiento). Después de ganar un poco más de confianza sobre las dos ruedas, se animó a ir hasta Brasil, para presenciar el festival musical “Rock in Rio”. A partir de allí, la hoja de ruta se expandió. “Hicimos Perú, Bolivia y gran parte de Latinoamérica. A fines del  año 2011, fuimos a Sudáfrica, Mozambique, Namibia… Somos diez o doce amigos que, según el terreno, completamos seis mil kilómetros en quince, veinte o veinticinco días. Tratamos de hacerlo una vez por año. 

Ahora, queremos irnos a Turquía y China”, dice. 
A pesar de los destinos internacionales, Gustavo y compañía también desandan el largo y ancho territorio nacional. Fue en 2003 cuando, casualmente, se enfrentaron con una realidad un tanto diferente a la que estaban acostumbrados. “Nosotros sentimos un gustito especial por meternos en zonas inhóspitas y de complejo acceso: ya sea en la arena, entre las piedras o los ríos. Somos aventureros –define–. Una vez, estábamos en Cuchilla Redonda, en Entre Ríos, intentando vadear un arroyo desbordado, y coincidimos con unos chicos, con delantales y pies descalzos, que querían atravesarlo y no podían. 

Nos pusimos a charlar con ellos y nos enteramos de que estaban regresando a sus casas, ya que habían salido antes de la escuela porque ese día no había alimentos para cocinarles. Así que les dimos una mano para que volvieran a sus hogares y enfilamos hacia la escuela para hablar con la directora e interiorizarnos sobre la situación. Nos contaron que sufrían varios inconvenientes, como desnutrición, analfabetismo y fallas edilicias. En ese instante, nuestra cabeza hizo un ‘clic’, y cuando nos juntábamos para un asado, poníamos un poco más de plata para comprar cosas y trasladarlas a esa escuelita entrerriana”. 

Sin querer queriendo, Gustavo y su troupe entretejían lo que desembocaría en la ONG “La Doble Ayuda”, que hoy colabora con diecisiete instituciones rurales en estado de abandono, situadas en Entre Ríos, Chaco, Formosa y Corrientes. “Al principio, para conseguir lo que necesitábamos, hacíamos sorteos, cenas a beneficio y colectas. Así acopiábamos ropa, alimentos y dinero. Pero como a la voluntad hay que sumarle un plan de acción, en 2006 instauramos la asociación civil para darle un contexto legal. Hoy tenemos quinientos socios que abonan cincuenta pesos mensuales y que nos permiten renovar el compromiso”, explica Gustavo, quien la preside ad honórem.

Varias escuelas fueron descubiertas durante las aventuras motoqueras. Es que su entrada restringida es el primer obstáculo para su aislamiento y para que sean asistidas. Por ende, las motos son fundamentales para arribar a estos rincones remotos. No obstante, las últimas escuelas que se incorporaron se contactaron directamente con la ONG al enterarse de su cruzada. El modus operandi se basa en pedirles a los docentes un listado de las necesidades y la identificación de las mejoras que el edificio requiere. Ahí la Comisión Directiva de “La Doble Ayuda”, conformada por ocho miembros, evalúa la viabilidad de concretar el proyecto con los recursos de que dispondrán y los plazos de ejecución. 

¿Qué se traduce por “el proyecto”? Son tres pasos. En una primera instancia, se envían, entre marzo y julio, artículos de limpieza, alimentos no perecederos, vestimenta, útiles y material didáctico, amén de los arreglos de infraestructura. “En función del estado de la escuela, esto puede llevarnos uno o dos años, ya que incluye la potabilización del agua, estabilizar la nutrición de los chicos y fomentar un ámbito de enseñanza lo más sano posible”, dice Gustavo.

En la segunda etapa, se desarrollan e implementan proyectos autosustentables –a través de huertas, granjas, chiqueros, gallineros y viveros–, con el fin de que, en adelante, las instituciones puedan abastecerse a sí mismas (muchas veces los chicos ingieren solo lo que comen en la escuela). Finalmente, gracias al aporte de empresas, se entregan becas para que los alumnos puedan concluir sus estudios secundarios. “Soy un convencido de que el verdadero cambio de una sociedad se origina desde los niños. Y no descubrimos nada: basta caminar un poco la Argentina para constatar nuestras carencias”, acota Gustavo.

De la pizzería al monte 

Padre de dos hijos veinteañeros y dueño de dos frases tatuadas en cada uno de sus antebrazos (“Todo pasa” y “Carpe Diem” –significa “Aprovechá el momento”–), Gustavo es heredero de un negocio familiar: la pizzería Angelín, fundada en 1938 (por allí pasaron figuras como Robert Duvall y hasta Frank Sinatra). Su agenda no es un canto a los casilleros vacíos. “La ONG me demanda hacer cinco mil kilómetros en cada viaje y brindarle cuatro o cinco horas diarias. Me lleva casi más tiempo que mi trabajo formal”, afirma. 

–Pero “sarna con gusto no pica”…
–Obvio. Para mí esto es ideal: viajo con amigos, me divierto y, de paso, ayudo. Por otro lado, por paradójico que parezca, la ONG es un acto egoísta mío. Lo hago porque me hace bien. La solidaridad bien entendida es un ida y vuelta. Por eso, “La Doble Ayuda”: yo te ayudo, pero vos también a mí, ya que tengo el placer de que hagamos algo juntos.

–¿Siempre tuviste esa inquietud social?
–Sí, nunca hice oídos sordos a estos acontecimientos. Es una cuestión de personalidad, pero va mucho más allá. Si vos mirás a un chico desnutrido y no se te estremece nada, preguntate si no te está pasando algo. Una cosa es que no lo veas y, por lo tanto, no te enteres; pero si sos testigo de ello, como nos pasó aquella vez en Entre Ríos, no te das media vuelta y te vas… Nosotros, tal vez, nos fuimos al otro extremo, pero algo hay que hacer. Y si lo querés hacer en serio, tenés que armar una buena estructura, sobre todo cuando se trata de chicos, porque cuando les prometés algo, tenés que cumplirlo. Aunque no debiera ser así, ellos se vuelven dependientes de lo que uno les da: se nutren, estudian mejor… producís un cambio y eso hay que mantenerlo. Hay varios motoqueros que cooperan con una escuela o con un asilo en particular, pero lo hacen de manera aislada. El ambiente del motociclismo es solidario, pero para crecer y ser constantes, hay que organizarse. 

–¿Qué trabas tuvieron?
 –Varias. En cuanto a la logística, cada lugar es distinto: pensemos que hay escuelas de cinco alumnos y otras de cincuenta. En Formosa tenemos ochenta kilómetros de arena hasta llegar a la institución. En febrero mandamos seis toneladas de comida y útiles, que antes hay que comprar, almacenar, embalar y transportar hasta, por ejemplo, el medio de un monte. Y allá nos topamos con problemas legales, de abuso, de maltrato, de salud. Por eso, solemos ir con expertos para asesorarlos. Ahora ya estamos “curtidos”, pero la buena intención nos hizo caer en errores. Una vez fuimos con chocolates a Corrientes y causamos un desastre intestinal (risas). O mandamos lentejas a Entre Ríos y los chicos nunca las habían comido y no las querían (más risas). Por eso, hay que ser muy cuidadoso. Guiamos, pero en ciertas cuestiones no nos metemos. El que mucho abarca poco aprieta. 

–¿Les pasó que el proyecto no prendiera en alguna comunidad?
–Sí, claro. Por suerte, no es lo más habitual, pero no todos quieren embarcarse en un proyecto sustentable. Nosotros apagamos el incendio: potabilizamos el agua, acercamos comida y refaccionamos el techo para que no se caiga más. Pero hay quienes no quieren trabajar la tierra. Ese es el punto: yo no puedo obligar a nadie a cambiar su estilo de vida. Y no me frustro cuando eso ocurre porque hay que respetar las decisiones de cada uno. Me refiero a los padres y no a las maestras rurales, que son grandes heroínas: lo que hacemos nosotros es una pavada comparado con su labor. Volviendo a los contratiempos, lo más complicado es que se tome conciencia de las necesidades que existen. Me pasa cuando solicitamos algún sostén económico y nos “bicicletean”, poniéndote en la posición humillante de que estás “mangando”. Ahí me desilusiono y quiero abandonar todo. Pero agarro la moto, veo que sigue habiendo hambre, recargo energías y sigo peleando.

–¿Eso te pasa en la “Argentina solidaria”?
 –(La ironía le hace fruncir el entrecejo). Ese es un mito que hay que desterrar. Individualmente y como sociedad, no somos solidarios. Si lo fuésemos de verdad, nos iría de otra forma. En el mejor de los casos, hacemos beneficencia. ¿Qué hacemos en las catástrofes? Vaciamos el ropero. Cargamos todo, saludamos a la cámara, dejamos la bolsita y nos vamos a nuestra casa creyéndonos que somos los mejores. Y a la mañana siguiente, ni sabemos que pasó con aquellos a quienes ayudamos. Mucho menos, nos planteamos cómo hacer para que lo que generó la catástrofe no vuelva a suceder. La solidaridad es otra cosa. ¿Vos tenés una contrariedad? Yo soy solidario con eso y analizamos juntos cómo salir de esa contingencia. Y te acompaño… siempre. Eso no puede ser un espasmo. ¿Querés aportar en la educación de un niño? Sabé de antemano que tenés que dedicarle a eso unos trece años. Seamos sinceros: nosotros no reparamos en el prójimo ni dos días. A las empresas, por ejemplo, las tengo que mentalizar de que no me donen diez mil pesos si al año siguiente no me pueden reasegurar esa cifra. Porque con esa plata hoy abastezco a dos escuelas, pero el año que viene no puedo continuar con eso. Entonces, terminé generando una necesidad que no podré satisfacer en el futuro. Lo que precisamos es gente comprometida. Y eso es muy difícil. 

–Gustavo, ¿cómo aparece el horizonte de “La Doble Ayuda”?
–Seguiremos mientras la sociedad nos demuestre que vale la pena continuar ayudando. Nosotros disfrutamos de lo que hacemos. Esa es la clave. Y ojalá podamos sumar más escuelas. Sería seguir cumpliendo sueños.

La vida en dos ruedas 

“La sensación que te da andar en moto es de libertad absoluta. Además, te exige un nivel de concentración con el que lográs despejar la cabeza cien por ciento. A los cien kilómetros de tu casa, te olvidás de tus problemas. Es un terapeuta baratísimo (risas). Luego, termina siendo un vicio: te querés perfeccionar,  y, cuando lo conseguís, lo disfrutás más. Y si encima lo hacés con amigos, cada travesía es un viaje de egresados”, dice Gustavo. Pero poner primera no es soplar y hacer botellas. Hay que prepararse aeróbicamente, fortalecer piernas y brazos, y capacitarse técnicamente. 

“Como en todo, hay que entrenar. Salir a manejar los fines de semana, aunque llueva”, aconseja quien tiene una Kawasaki KLR 650. De todos sus viajes, África ocupa un rincón especial. “Era desafiante ir allí. Es fundamental hacerlo con amigos porque tenés que convivir muchos días en circunstancias extremas. Por ejemplo, el segundo día, teníamos dos accidentados y dos motos rotas. Son situaciones complicadas que después recordás con alegría”, dice Gustavo.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte