ENTREVISTA


La dama del rock


Por Constanza Royo.


La dama del rock 
Érica García está de vuelta. Luego de conquistar el rock nacional, se retiró de la escena a principios del año 2000 y se instaló en Los Ángeles. Hoy vuelve con todo y lanza nuevo disco. Radiografía de una roquera muy positiva.  

De voz pausada y lenta, su enorme sonrisa lo ilumina todo. Y para ese inconsciente colectivo que aún la guarda en su memoria con nombre y apellido, ella nunca se fue. Esta roquera de boca inmensamente sexy, que fue novia de Ricardo Mollo, líder de Divididos, tuvo bandas propias y una carrera como solista con hits y premios incluidos, pasó casi una década en el exterior, experimentando arte, sonidos y cultivando el bajo perfil. Érica no suele dar entrevistas, pero este año lo amerita. Instalada en Buenos Aires desde hace tres, y muy enamorada de la ciudad, prepara un año a full en el que habrá disco nuevo, un viaje a México y clases de canto y performance. Una artista que va por más… mucho más.

El rock que me vio nacer… 

Érica nació “en una familia musical” que le marcó un camino lleno de melodías. Con un abuelo cantor de tangos, abuelas que tocaban instrumentos y padres que cantaban, ¿a qué se iba dedicar la niña? “En casa siempre hubo piano, órgano, clarinete, guitarras, percusiones, micrófonos. Así fue como nunca tomé clases; mi papá me enseñó dos acordes y el resto los descubrí sola, porque era muy tímida para cantar enfrente de alguien”, asegura la artista. Su adolescencia se llenó de música y deporte, llegó a ser cinturón negro de taekwondo y decidió estudiar Educación Física. Pero la intención duró poco. Érica dejó la facultad, se inscribió en clases de teatro y danza con Norman Briski, debutó como corista en una banda y se enamoró de Ricardo Mollo. Su vida se volvió arte y música. Más tarde, vino su etapa solista, en la que editó tres discos que la catapultaron a la fama con el “archihitero” Positiva. Y hasta se dio el gusto de actuar en televisión en la tira Franco Buenaventura. 

“Hay gente que hace música, pero no vive como un músico. El músico no se levanta y va al trabajo; y si tenés un trabajo, es porque estás ahorrando para un amplificador”.

Érica era toda una dama del rock nacional… pero necesitó desconectar. Y se fue. ¿El destino? Los Ángeles. Allí se sintió libre y conoció a grandes de la escena musical, como Devendra Banhart, Daniel Lanois y Gustavo Santaolalla, actuó para Hollywood y vivió años de incursión musical y espiritual. Pero hace tres años hizo las paces con la melancólica Buenos Aires y decidió volver.    
Hoy su vida tiene de todo: un show de jazz en el que homenajea a Billie Holiday, la recién estrenada Palmera, una película surrealista de Leo Damario donde su voz relata la historia; un disco en preproducción, la promesa de un viaje a México y la infinidad de clases de canto que suele dictar en su propia escuela. Talentosa y dedicada, García le escapa al músico estereotipado y asegura que en su vida lo que sobra es disciplina, que en su mundo no todo es color de rosa y que para, llegar además de talentoso, hay que ser ordenado. 

La vida en L.A. 

–Nos remontamos a tus comienzos, al quiebre grande de dejar la facultad y volcarte a la música… ¿Cómo fue esa etapa?
–Un día vi un aviso donde pedían una corista para una banda tecno pop, me presenté y quedé; allí conocí a un montón de músicos. Paralelamente estudiaba danza y teatro con Norman Briski, y me puse de novia con Ricardo Mollo. Fue todo como en el mismo momento. De repente, mi vida se volvió musical. Ya no existía otra cosa que no fuera música; no solo tocarla, sino vivirla. 

–¿Cuál es la diferencia de tocar música y ser músico?
–Hay mucha gente que hace música, pero no vive como un músico. El músico no se levanta y va al trabajo; y si tenés un trabajo, es porque estás ahorrando para un amplificador y esperás dejarlo rápido (risas). Yo comencé a tener ese ritmo de vida de ensayos, ir a shows, dejé el teatro y me puse a armar mi banda. 

–Ahí nació Mata violeta…
 –Sí. Era la primera vez que estaba en un escenario con mi banda, tocando mis canciones, en algo totalmente sin red. Y fue buenísimo, como una escuela. 

–¿Qué te dejó Ricardo?
–Mucho aprendizaje. Si bien tocaba la guitarra desde chiquita, Ricardo me enseñó a hacer solos de guitarra que pude poner en práctica después sobre el escenario. Vivía con él, así que estaba inmersa en Divididos y en su organización, y tal vez en su momento no lo notaba, pero eso me formó. 

–Luego rompiste el molde y te volviste solista en una época en que todos actuaban en banda
–Sí. En esa época no había muchos. Ser solista era como haber defraudado a tu banda. Éramos Carca, yo y, obviamente, los grandes, como Charly o Fito, pero a ellos se les permitía. 

–¿Cuándo sentiste que la gente empezó a reconocer tu nombre?
–Con el tema “Vete destino”, que tuvo un video y fue nominada a los Grammy Latinos. Coincidió con una etapa mía en que estaba muy fuerte, y también me la empecé a creer un poco, comencé a darme cuenta del potencial que tenía. 

–En el año 2001 llegó Positiva, la cima de exposición, y después desapareciste… 
–Siempre había tenido ganas de vivir en Los Ángeles, Nueva York o Londres, esos lugares donde hay arte, música y pasa todo. Necesitaba desconectar y me parecía genial estar en otro lugar que no fuera el mío porque aprendés muchísimo.  

–¿Por qué Los Ángeles?
–Porque había ido varias veces, tenía amigos y allí siempre me sentí como en casa. Me encanta porque es una ciudad sin melancolía, al revés que Buenos Aires. 

–Allá incursionaste en el psiquismo, el yoga, la música indie y la pantalla grande…
–Sí. Fue una etapa de pura exploración, años muy locos en los que me permití hacer todo lo que acá no iba a hacer. En un mercado mexicano compré instrumentos autóctonos y empecé a hacer un disco indie. Gracias a ese demo conocí a Devendra Banhart y toqué en su festival. Formé el New High Art, un espacio de arte y, a la vez, hice el instructorado de Kundalini Yoga y me convertí al psiquismo, la religión de donde surge.

–¿Seguís practicándolo?
–Algunas cosas. No como lo hacía allá, que andaba con turbante y me levantaba a la madrugada a meditar. La práctica ferviente fue un año; me estaba alejando de todo y dije: “No va más”.  

La vuelta a casa 

–¿Por qué volviste a Buenos Aires?
–No quería volver, me había instalado ahí, me encantaba, era mi hogar, pero me di cuenta de que acá había dejado algo muy grande. Era ultranecesario volver, porque ya no concibo mi vida en otro lado que no sea Buenos Aires. 

–¿Qué pudiste revalorizar desde afuera?
–Cuando pude revertir ese aislamiento que tenía con la Argentina y Buenos Aires, empecé a sentir un enamoramiento de golpe. Al volver, revaloricé todo y me encantó; es muy curioso lo que me pasó. 

–Hoy, ya instalada, incursionaste también en la docencia… ¿Cómo surgió?
–Empecé la escuela el año pasado. Siempre tuve una faceta didáctica y la gente me venía pidiendo que diera clases, pero como no tengo formación académica, no sabía qué enseñar. Pensé “Tengo más de veinte años de escenario, algo debo saber”. Empecé a organizar el conocimiento, di algunas clases y de repente tenía sesenta alumnos (risas). 

–Este año hay disco nuevo. ¿En qué etapa del proceso está?
–En este momento lo estamos pregrabando y puliendo un poco; falta un mes para la salida. Primero voy a hacer un EP (un disco con más de un single), luego queremos sacar un single con video y después saldrá el disco. 

–¿Por qué la idea es presentarlo por primera vez en México?
–México es una asignatura pendiente en mi vida. Santaolalla me había mandado a conocerlo, pero nunca pude llegar a tocar ahí. Siempre me invitan y siento que tengo que ir. Es un lugar donde abunda la música y son muy abiertos, me gusta mucho. 

La vida misma

–Érica, ¿qué te inspira?
–El amor; ahora, más que nada, la misma música, el mismo beat. Para mí el artista debe preocuparse por tener una vida interesante, no por hacer una gran obra. Cuando tu vida es interesante, la obra, por lo general, es buena. 

–Vos decís que ser músico no es fácil…
–Y no, no es fácil, requiere mucha autodisciplina. Sobre todo, si sos compositor y autor de todo. 

–¿Qué incluye tu rutina?
–Trato de tener mi día ordenado: ir a entrenar, pasear a la perra, componer, grabar. Soy mi propio trabajo; si no me organizo, no puedo avanzar. Hay algo permanente que el artista tiene que hacer, que es crear lo que viene.

–Conociste a grandes de la música. ¿Te quedaste con algún consejo?
–Daniel Lanois es productor de U2 y de Bob Dylan, y de él aprendí la humildad, cómo ser tan grande y no creérsela. Él es relajado para tomarse la vida, disfruta y no se cree más que otros. Aprendés mucho de la excelencia, de hacer las cosas al máximo de lo que puedas. De Santaolalla me quedo con que hay que mantener el niño vivo, nunca perder la frescura. 

–¿Cómo ves la escena del rock hoy y el semillero de nuevas bandas?
–Sinceramente, me encanta. Lo veo como algo bien diversificado. Me gusta que haya habido recambio. Los grupos nuevos no son los postulados del rock antiguo, sino que exploran sonidos distintos. Lo veo muy saludable y a tono con el mundo de hoy. 

–¿Te quedan cuentas pendientes en tu vida? ¿Cuáles serían?
–Todo lo que quise hacer lo hice en una escala pequeña; me queda pendiente quizás  hacerlo en una escala mayor. Pero eso quedará para más adelante. Hoy estoy abocada al disco.  

Homenaje jazzero 

Con excelentes críticas, la artista presentó durante 2012 el show Érica García sings Billie Holiday en diferentes escenarios porteños. La chica del rock demostró que el jazz también le sienta bien y sus actuaciones son prolijas y llenas de clásicos, como “Cheek to Cheek”, “All of me” y “Body and soul”. “El show tuvo unaexcelente aceptación y para mí fue un placer presentarlo una y otra vez –explica–. En un futuro me encantaría sacar un disco con estos temas”, agrega. Y el deseo queda en el aire como una promesa pendiente.


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