INVESTIGACION


Si lo sabe...


Por Mariano Petrucci.


Si lo sabe...
Los programas de canto son furor en la pantalla chica. ¿Por qué nos atraen? Mejor dicho, ¿por qué nos gusta tanto cantar? Para los expertos, no es solo una actividad recreativa, sino que también es terapéutico y opera como un integrador social. ¡Micrófonos para todos y todas!

Quien no haya fantaseado con ser cantante que tire la primera piedra. Ahora bien, los que sí se soñaron arriba de un escenario seguramente se reflejen en las miles de almas que concurren, esperanzadas, a los diferentes castings televisivos, con la ilusión de poder exhibir su arte. La prueba está en el sinfín de programas que, desde hace más de una década, inundan sistemáticamente la pantalla chica en busca de ese diamante en bruto que mañana arrastre a las masas y genere pasión de multitudes (aunque el fenómeno venga de larga data: no olvidemos el envío que conducía Roberto Galán, al que homenajeamos con el título de esta nota). 

Si alguien pensó que Popstars –de donde surgió el grupo Bandana– era una nube pasajera, allá por 2001, basta viajar en el tiempo hasta la actualidad para comprobar lo que provocan Operación triunfo: la banda (con las recientes victorias de Carla, Macarena, Lula y Joanina, flamantes integrantes de FANS), Soñando por cantar, El artista del año (aunque no coincidan allí solo cantantes) y La Voz Argentina (¿se viene una nueva edición este año?). 


“La Facultad de Medicina nos entregó un diploma –a todo el jurado y a Mariano Iúdica– en su Aula Magna.El título era ‘Médicos del alma’; según ellos, cambiamos el sonido del lamento de los hospitales por música, ya que los enfermeros esperaban el programa”, confiesa Oscar Mediavilla.

Con audiciones a lo largo y a lo ancho del país, el querer ser parte de esta movida esconde anécdotas increíbles, como gente acampando días y días bajo la lluvia para poder ser escuchada, o la mujer que renunció a su empleo para dirigirse hasta las galas, el hombre que empeñó sus instrumentos para pagarse un pasaje o la mamá adolescente que caminó doce kilómetros con sus bebé en brazos para no perderse “su” oportunidad. En resumen: un boom por donde se lo analice.

Dicen que los éxitos no se explican. Sin embargo, Oscar Mediavilla, productor discográfico y jurado de Soñando…, lo intenta: “Estos formatos son sanos y cercanos –todos podemos hacerlo–, por lo que la familia se reúne a disfrutarlos. Es muy atractivo para el televidente. Paralelamente, darle la posibilidad a alguien de que pueda mostrarse no tiene precio”. 

El cordobés Pablo Cordero, ganador de Escalera a la fama (conducido por Andy Kusnetzoff, fue uno de los realities pioneros en la Argentina), aporta a la cuestión: “Se suele repetir la máxima de que ‘hay muchos artistas y muy poco espacio’. A partir de esa frase, esos programas prometen un camino más corto e inmediato para llegar a ‘la cima’. Y por otro lado, está la suposición de que para triunfar tenés que aparecer en la tele; personalmente, no lo comparto. Así, los aspirantes hacen lo que sea por esos minutitos de fama. El público ‘compra’ eso y las provincias toman partido por su representante haciendo campañas, votando en conjunto, etcétera. 

Esa es la clave: la identificación. Ver a alguien común en la tele, con toda su historia a cuestas, valiéndose –como puede– de su voz y luchando por cumplir su sueño, nos hace creer que cualquiera de nosotros podría ocupar ese lugar, hacerse conocido, famoso, cambiar de vida”. 

Esa empatía/familiaridad tiene incluso su fundamento psicológico. ¿Por qué? “Porque lo que yo veo que le pasa al otro lo experimento yo. Si ese a quien estoy observando ‘llegó’, tengo la impresión de que también lo hice yo”, comenta, en consonancia con Cordero, Andrea Kadar, médica y psicoterapeuta transpersonal. Y afirma: “La música transmite emoción, y eso es algo de lo que más acerca a los seres humanos”.

Podría concluirse, entonces, que no hace falta ser un tocado por la varita mágica para empuñar un micrófono y lanzarse a la aventura (de hecho, muchos consagrados no se destacan, precisamente, por una voz que nos deje boquiabiertos, sino que empiezan a meter la cola el ángel, el carisma, el charme…). Será porque para cantar no se necesita más que nuestra propia humanidad. Y porque, para gozar con ello, no hace falta tener preparación vocal o conocimientos musicales.

“Sin ponerme místico, ni muchísimo menos, cantar es espiritual. Es una manifestación genuina que aflora desde lo más profundo del ser. Y somos alegres cuando lo hacemos. Esto podemos constatarlo: cuando explotamos de felicidad cantamos a viva voz; y, en medio de la angustia, es imposible entonar hasta la melodía más simple. En lo que a mi respecta, como canta Alejandro Sanz en una de sus canciones: ‘Esta es mi manera de decir las cosas, no es que sea mi trabajo, es que es mi idioma’. 

No concibo mi vida sin este que es mi lenguaje...”, desliza Pablo Cordero, que fue entrenador de Gustavo Corvalán, el ganador de La Voz Argentina (pertenecía al equipo de Soledad Pastorutti). Por su parte, Mediavilla, con el humor  que lo caracteriza, sostiene: “Cantar hace bien al espíritu, nos ayuda, nos transporta. No es relevante si lo hacemos bien o mal, lo importante es cantar. Ahora, si la familia o los vecinos se quejan, habrá que tararear en la ducha o en el auto, ¡pero nunca dejar de hacerlo!”. 

“Cantar regula el estado de ánimo; calma, estimula y vigoriza. Se debe a que cuando cantamos se liberan endorfinas, que nos causan placer, gratificación y equilibrio, aumentando la motivación y minimizando el estrés”.Marcela Lichtensztejn.

Un caso más para seguir con el debate. Hacemos mención de Cristian Soloa, quien se subió a lo más alto del podio en el Operación Triunfo de 2009. “La música es un medio para exponer quiénes somos y de dónde venimos. Por eso, hacerlo con excelencia es secundario. Sí es un requisito sine qua non ser siempre auténtico y defender eso con el corazón. Yo siento una ensalada de emociones sobre el escenario: agradecimiento, vocación y, por qué no, un tantito de nervios”, confiesa quien a los 6 años ya reconocía los sonidos de los instrumentos y los copiaba con las cacerolas de su mamá o los cubiertos de la cocina.  

Aunque David Bisbal quiera demostrar que siempre hay una excepción a la regla, alzarse con un reality no asegura convertirse en el Luis Miguel del futuro (ver recuadro “El lado B…”). Pero semejante exposición mediática marca un antes y un después a la hora de abrir puertas que permanecían cerradas. Para muestra bastan dos botones: Soloa ultima detalles de su tercer trabajo discográfico, mientras recorre la Argentina y América con su segunda placa (titulada Cerca de mí). 

Y Cordero,  que a los 4 años ya cantaba en el coro de niños de la iglesia a la que acudían sus padres, tiene la agenda ocupada: estrenará, en abril y mayo, su álbum Vocabulario en Villa María, Córdoba y CABA; está puliendo las letras de su próximo disco; quiere publicar un libro de técnica vocal, y continúa con su academia de canto, y su labor como compositor y productor de artistas.

¡A cantar se ha dicho! 

De que nos encanta hacerlo no hay duda. Pero, a la vez, es bueno. “El cantar regula el estado de ánimo; calma, estimula y vigoriza”, opina la licenciada Marcela Lichtensztejn, jefa del servicio de Musicoterapia de INECO, directora del departamento de Terapias Basadas en las Artes de la misma institución y miembro del comité editor del Music & Medicine Journal. “Esto se debe a que cuando cantamos se liberan endorfinas –entre ellas, serotonina, adrenalina, noradrenalina y dopamina–, que nos causan placer, gratificación y equilibrio, lo que aumenta la motivación y minimiza el estrés por reducción del cortisol.

Esto tiene un impacto directo en el sistema inmunológico, modulándolo y fortaleciéndolo”, agrega quien es directora de posgrado de Musicoterapia de la Universidad Favaloro y escribió el libro Música y Medicina: la aplicación especializada de la música en el área de la salud. “Cantar es una actividad en la que se ponen en juego diversos mecanismos, como la respiración costodiafragmática, imprescindible para ejecutar una frase musical. Quienes practican periódicamente acrecientan su capacidad pulmonar y perfeccionan el manejo y la dosificación del aire.

Nuestra postura corporal se modifica, del mismo modo que nuestra musculatura orofacial, para facilitar la articulación de las palabras. Asimismo, el canto incentiva aspectos cognitivos, como la memoria, la atención, la coordinación y el lenguaje. Y previene situaciones que pueden ser perjudiciales para nuestra voz”, sostiene Paula Macchi, que también se desempeña en INECO. 

En rigor, cada vez más estudios evidencian que esta recreación puede ser terapéutica para ciertas afecciones. Macchi ahonda: “Todo déficit en el habla o en el lenguaje se beneficia al adoctrinar la voz en el contexto de un tratamiento musicoterapéutico. Cuando cantamos, activamos zonas del cerebro que no son las mismas que utilizamos para hablar; por lo tanto, el canto favorece la plasticidad cerebral y el reclutamiento neuronal para recuperar áreas afectadas”.

Sin embargo, las bondades no terminan. Del carácter democrático del canto, se desprende otra virtud: su facultad para la integración. Todos podemos cantar. Y ese “todos” es literal. Un ejemplo de ello es Cre-Arte, un centro educativo y cultural orientado a personas con discapacidad, en Bariloche (Río Negro). Allí, pican en punta los talleres de música y murga que se abocan a la formación de la voz. 

“Realizamos ejercicios grupales de entonación y respiración; la voz es un agente modulador, relajante e intensificador. Que alguien ya se anime a cantar es hermoso, y cuando logramos combinar nuestras voces en conjunto es todo un orgullo…”, se ufana Claudio Bio, uno  de los profesores de Cre-Arte. Y cierra: “El canto nos iguala. Un sonido puede más que mil palabras. Aquí no discriminamos por si uno tiene una voz más grave o más aguda. Todo es audible. De allí, la inclusión. 

Cantar les permite a quienes aquí asisten a exteriorizar su interior, su sensibilidad. Les enseña a no ser tímidos, a revelar lo que son capaces de hacer. Por supuesto, afinar requiere práctica, pero nada debiera impedir el acto de expresarnos. Y tampoco hay que juzgar las cosas por lo ‘perfectas’ que son. Valen la pena el esfuerzo y la voluntad”. 

El lado B de los realities

Lo decimos: este tipo de formatos no se traduce en que los triunfadores puedan solidificar una carrera que exceda al rating momentáneo del envío. La pregunta es por qué. “Hay responsabilidades compartidas. Algunas productoras estuvieron más interesadas en lo que pasaba en la televisión que en la trayectoria del músico. Por lo tanto, una vez que ya no está al aire, el participante deja de recibir apoyo, difusión y pantalla. Por otro lado, un artista se sustenta con arte; o sea, lindas canciones, un show cuidado, un buen álbum –o varios–. No se puede pretender hacer una carrera basada en los covers que cantaste en el reality. Suena a cliché, pero lo difícil no es llegar, sino mantenerse”, opina Pablo Cordero.

Todas las voces todas

No hace falta anhelar ser un artista o querer dedicarse profesionalmente a la música para abrir bien la garganta y ponerse a cantar. Los coros son una excelente excusa para adentrarse en la aventura. Y esto puede deberse a diferentes motivos. “Cada persona encuentra diversas razones para incorporarse a un coro. Están aquellos que lo hacen profesionalmente, quienes lo hacen como una recreación lúdica, los que buscan un ámbito para compartir con otros, y los que, efectivamente, quieren aprender a cantar o mejorar su nivel. 

Pero, en definitiva, a todos los une el placer de cantar”, comenta Hernán Quintela, asistente de dirección y preparador vocal del Coro del Club Ciudad de Buenos Aires, dirigido por Daniel Zuker. Y prosigue: “Para participar del coro, el requisito fundamental es el compromiso. Es decir, el asistir a los ensayos y conciertos, estudiar las obras, etcétera. En general, no hay límite de edad para ingresar a un coro. Obviamente, que si el coreuta cuenta con conocimientos musicales, se facilita mucho la tarea”. 

En el caso de este grupo, son veintihombres y mujeres que se reúnen una vez por semana (los sábados) para ensayar, durante cuatros horas, un repertorio que abarca tanto la música clásica (Mozart, Vivaldi, Haendel) como la popular (tango, folclore, rock). Ya actuaron en el teatro Roma, en el Salón Dorado de la Casa de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, en la Parroquia San Benito Abad, en el Auditorio “Cnel. José Félix Bogado” de los Dolores, entre otros lugares.

El lado B de los realities

Oscar Mediavilla fija su posición: “Cuando los programas terminan, los responsables de editar los discos –casi siempre compañías grandes que tienen muchos artistas– pierden la motivación. La excepción de David Bisbal obedeció a que quienes lo apoyaron pertenecían a una compañía independiente española que se jugó todas sus cartas por él, marcando un quiebre en la industria discográfica de ese país. De hecho, esa disquera luego fue comprada por una multinacional”.

Quien apadrina a Amanecer –un grupo que, el 4 de abril, presentará, en el ND?Ateneo (CABA), su CD Clásico y Moderno–, cuenta una anécdota: “Cuando fui jurado de Latin American Idol había una chica talentosa que representaba a la Argentina, Ana Paula Rodríguez. El público la eliminó porque el certamen se veía más en otros países de Latinoamérica que en el nuestro, e inclinó la balanza. Ahora le estoy produciendo un disco. ¿Qué quiero decir? Que la espera tiene su recompensa”.

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