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Ciega a citas


Por Guadalupe Treibel.


Ciega a citas

Aunque hay quienes se empeñan en denostar la cita a ciegas y sostienen que es una práctica en vías de extinción, anécdotas y palabras autorizadas confirman que, afortunadamente, está vivita y coleando. ¿Será así?       

Producida con una pollera floreada muy fashion, maquillaje bien colorido y tacos que elevan el temple, Florencia T. apuró el paso para llegar en tiempo y forma al lugar pautado. Con 29 años y un título de Ingeniería Industrial de la Universidad Católica, esta morocha oriunda de Mendoza, con cinco años de residencia en la capital porteña, se adentraba en su primera cita a ciegas, concertada gracias a las bondades de una compañera de trabajo que tenía el chico ideal para ella. Poco sabía sobre el joven en cuestión (blondo, veinteañero, abogado); puras generalidades. Pero se encontraron igual: sin clavel, sin rosa en la solapa, sin sello distintivo; así y todo, los ojitos nerviosos de un muchacho sentado solo y esperando en un bar palermitano fueron suficiente signo de que él era él. Y él era él, en efecto. Lástima que no era para ella… 

“Al principio, fue entretenido: compartimos anécdotas, chistes y un breve resumen de nuestros CV. Parecía que pasaba la prueba. Pero, después de unos tragos, se empeñó en hablar de nuestras respectivas exparejas y me disparó que sus tres novias anteriores se habían enfermado gravemente. Treinta minutos más tarde, emprendí la huida. Llamame supersticiosa, pero me pareció una alerta”, recuerda hoy quien no se deja asustar por la particular primera experiencia y, desde entonces, ha concertado dos blind dates más. ¿Con éxito? “Relativo. Con el último, nos vimos por dos meses”. 

Después de vivir varios años en Nueva York, Laura D., arquitecta de 32 años, llevaba ya un tiempo en Bariloche cuando una amiga de la infancia le dijo que, en su familia política, había un hombre perfecto para ella. De buenas a primeras, respondió que no: “Tuve una mala experiencia anterior y pasé varias semanas evadiendo las llamadas de aquel chico”, explica. Afortunadamente, la amiga no dio el brazo a torcer y, un día cualquiera, le advirtió: “Le pasé tu celular a Hernán, mi primo; te va a llamar”. 

Dicho y hecho: Hernán (40) llamó, la invitó a cenar e insistió para pasar a buscarla. “Eso me pareció muy de caballero. También me resultó raro que nunca mandaba mensajes de texto; siempre me llamaba”, recrea Laura. ¿Sabía algo de él? “Nada, solo que era arquitecto y que era primo político de mi amiga. Peeero… como me llamó desde su casa y me quedó registrado el teléfono, lo busqué por Páginas Blancas, averigüé su apellido y, con esa información, me hice todo el espionaje: en qué había trabajado, qué hacía ahora, etc. 

Todo menos la foto. Cuando, efectivamente, fue la cita y él me contaba lo que ya sabía, tuve que actuar y hacerme la sorprendida”, comenta, entre risas, la ¿detective? que, el próximo octubre, cumple cuatro años de relación con Hernán y uno de convivencia. Balance positivo: “La cita a ciegas siempre es un buen recurso. Después de una determinada edad, el pool de hombres y mujeres se achica, pero siempre hay amigos de amigos de amigos que están en la misma situación que una”. 

Mala prensa 

Aunque el anecdotario oficie de evidente prueba de cómo las blind dates persisten (con dulces, agridulces y, por qué no, agrios resultados), un regadero de voces internacionales le han puesto la lápida a la práctica y aseguran que las citas a ciegas han visto días mejores. Según una nota publicada por The Guardian cinco meses atrás: “En los últimos cinco años, solo el 3% de los jóvenes británicos han utilizado este tipo de encuentros para conocer a una pareja potencial, ya que la mayoría prefiere métodos más modernos, como el chat o las páginas casamenteras”. 

De acuerdo con el estudio del medio inglés (del que nos hacemos eco, a falta de serias estadísticas locales), mientras que solo el 3% de personas de entre 18 y 24 años ha experimentado las citas a ciegas, entre los mayores de 55 años la cifra asciende al 29%. ¿Brecha generacional? Así lo sostiene el diario brit, planteando que –en sentido estricto– la cita a ciegas está desapareciendo, en tanto que buscar on-line a la potencial pareja ocasional, ver su foto, chequear antecedentes y otros etcéteras 2.0 permiten que se “vea” al otro antes de conocerlo. 

Además, el medio especifica, para no caer en generalidades, que el 30% de las personas usa Google para investigar al (posible) objeto de su afecto y el 20%, Twitter ¿Cuál es la principal fuente de información, se pregunta The Guardian? Sí, sí, señoras y señores: Facebook.   

Más, me das cada día más

De todas maneras, mientras que la prensa desamorada intenta ponerle fecha de caducidad a la cita a ciegas y sentencia que Internet le ha arrebatado el trono acorazonado, otras voces –más compasivas– admiten que la virtualidad ha reconfigurado el mapa vincular, sin por ello quitarles una pizca de popularidad a este tipo de encuentros. Laura Palacios, psicoanalista y escritora, miembro adherente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), es una de ellas. En una generosa entrevista, la licenciada echa luz sobre sus aspectos centrales: la adrenalina, la amiga/el amigo que oficia de Celestina, el otro y las redes sociales, entre otras cuestiones.  
    
–Hay quienes aseguran que, mientras que la tecnología nos devuelve una imagen del desconocido, la cita a ciegas estaría en vías de extinción.
¿Creés que es así? 
–En lo más mínimo. Google es un arma de doble filo; uno puede subir a la Web fotos de 1991. Es muy mentiroso; se presta a las impostaciones y, al impostar, soy otro. Todo el mundo macanea; es pose pura.
 
–¿Dirías, entonces, que la tecnología multiplica el encuentro a ciegas, en tanto facilita que la gente se conozca, concierte citas, y nunca devuelve una imagen del todo “real”? 
–Sí. Creo que es una suplencia de la Celestina; le da vacaciones. La cuestión es que la Celestina trabaja, filtra. Hace un trabajo más personalizado porque se acomoda a las condiciones.

–¿Cuál es el plus que aporta la cita a ciegas a la vida cotidiana, en comparación con la primera cita convencional? 
–Es una manera de incursionar en aspectos de uno que están aquietados. La gente está aburrida, muy aburrida, y, aun con todos los riesgos que implica (afectivos y reales), la cita a ciegas le permite romper con esa monotonía o intoxicación de la nada, encontrarle una vuelta diferente. Proust decía que la mayoría de las personas, en realidad, no nos inspiran más que indiferencia; por eso, cuando aparece en el horizonte alguien en el cual podemos depositar grandes posibilidades de alegría o de pena para el corazón, nos parece que pertenece a otro mundo, que se envuelve de poesía. La cita a ciegas propone ponerles un poco de adrenalina a las relaciones eróticas o sentimentales.  

–¿Esta forma de encuentro es una exacerbación de la sentencia que dicta que “el amor es ciego”?
–El mito de Cupido y Psique remite a que el amor es ciego, a que uno busca a la persona que tiene enfrente y ve solo los aspectos deseados. La ceguera amorosa borra aquello que no encaja en el ideal, en tanto que el amor tiene que ver con la elevación del objeto a un estado de perfección. Así y todo, como psicoanalista, entiendo que uno no va solo a buscar lo desconocido del otro, sino a buscar lo desconocido de uno mismo, sobre todo las mujeres. 

Existe un concepto denominado “la tercera mujer”, sobre el que trabajó la psicóloga austríaca y estadounidense Helene Deutsch y que no se refiere a la tercera en discordia que quita el marido, sino a la otra en una misma, a quién es una frente a determinados estímulos, a cómo una se desconoce frente a situaciones nuevas y sorprendentes que la descolocan afectivamente. La sorpresa o la intervención del azar hacen que salga la otra en una misma. El deseo es exacerbado y una se desconoce. ¿A quién no le ha pasado de pensar: “Esta no soy yo”? De alguna manera, el encuentro a ciegas pone en contacto con algo de uno que está ahí, pero no lo vislumbra, no lo ha experimentado demasiado. 

–Eso sumado a la buena dosis de adrenalina, que mencionabas antes…
–Adrenalina: lo mejor de la vida. Pero la buena. ¡Como el colesterol! 

–¿Ese es el atractivo que hace que persista como práctica? 
–Por suerte, la cita a ciegas nunca se va a terminar. Aporta a la vida amorosa; aporta a que algo se mueva.

–Figura clave en la cita a ciegas es la de la –ya mencionada– Celestina, persona que concierta el encuentro para ambas partes. ¿Cuál es su rol?
–La Celestina está implicada en la fabricación de la cita a ciegas; cumple la función de armar para el otro lo que, en el inconsciente, quiere para ella. En verdad, está identificada con alguno de los integrantes de la pareja que intenta armar y quiere estar del lado de la mujer o del varón, del que conquista o del que se deja conquistar. Es una facilitadora y cumple un rol funcional óptimo. La Celestina no está pensando en el deseo del otro, sino en su propio deseo. Como psicoanalista, no puedo negar la pulsión de la Celestina de ser ella la protagonista y ceder el puesto al otro. 

–La –grata o amarga– sorpresa es un elemento esencial en la cita a ciegas. ¿Qué busca en el otro alguien que decide jugarse en esta aventura?
–El modelo de nuestro ideal está conformado desde los 4 años. A la salida del Edipo, dice Lacan, tanto el varoncito como la niña salen de esta vicisitud psicoanalítica con el objeto en el bolsillo para usar esos tickets de entrada a la sexualidad cuando sea necesario. Allí es donde se define, por ejemplo, el género de mi objeto sexual o condiciones como que sea rubio, que sea alto, que tenga ojos verdes… Esos condicionamientos se establecen muy temprano y dejan una impronta fuerte en la sexualidad. Después, la educación y el ambiente externo velan esto, pero –en lo profundo– tiene una prominencia fuerte.

–¿Qué lugar juega el amor en estos encuentros? 
–En la cita a ciegas no hay amor; hay ganas de enamorarse. Después, si todo va bien, puede que surja. Es bastante narcisista, en tanto es para uno y no influye demasiado en el otro. Es un juego donde se suspende el futuro y el pasado queda congelado; luego puede –o no– tener su desarrollo. Pero, en principio, es sin amor, sin futuro –en tanto está borrado el pasado–, sin condicionamientos, sin historias. 

Digamos que sería, entonces, un puro presente…
–Claro. Filósofos como Gilles Deleuze lo tratan como la cuestión del acontecimiento. El acontecimiento tiene esa instantaneidad del presente; tiene la eclosión y la sorpresa de lo nuevo, que se incluye de manera novedosa, y funde el tiempo en una unidad nueva.  

Aun así, pese a que uno quiera reinventarse, evadirse de la historia personal e inventar un nuevo yo, es imposible evadirse de uno mismo. Ya en la manera de decir nos descubrimos frente al otro… 
–Sí, pero es un intento, una chance, un juego. Tiene características lúdicas y presenta una tendencia a repetirse. Una joven hermosa, con chances, podría llegar a jugar con el “Total, no te veo más”. Como una adicción, una ruleta rusa. 



 

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