ENTREVISTA


La dueña de la novela


Por Ana Claudia Rodríguez.


La dueña de la novela 

La escritora española María Dueñas presentó su segunda novela después de arrasar en todo el mundo con su ópera prima, El tiempo entre costuras. En esta charla, habla del exilio y del olvido con la desenvoltura propia de una veterana en el oficio.

Cualquier empresario contrataría a la escritora María Dueñas como una apuesta de valor seguro. En la entrevista, la española se muestra atractiva (viste impecable de blanco y beige y son delicados hasta sus aros claros en forma de flor), simpática (se ríe, cercana, y agradece muchas, muchas veces), y su mente es hábil eligiendo el momento justo para la descontractura, para la pausa, o para la frase tajante. 

Además, su historia revela que en su vida los minutos duran horas, porque optimiza el tiempo como nadie, gracias a su carácter metódico y organizado. Las virtudes las heredó de sus muchos años en el mundo académico, donde ejerce como profesora titular en la Universidad de Murcia, al sur de España. 
Gracias a esa disciplina, Dueñas consiguió combinar con desparpajo su trayectoria en el ámbito educativo, su vida familiar y su nueva faceta como escritora de novelas de éxito. 

La faceta es reciente porque, aunque los libros se gestaron durante años de proximidad con las letras (en la universidad analizaba, leía, cortaba y manipulaba textos), las obras se materializaron cuando cumplió los 45, hace apenas cuatro años. Fue entonces cuando publicó su primera novela, El tiempo entre costuras, que vendió más de dos millones de ejemplares y recibió aplausos desde todos los rincones del mundo. 

Ahora es el momento de su segunda creación, Misión olvido, novela que vino a presentar en la Argentina. En la charla, empieza dando pormenores de Historia, pero luego aborda con soltura todos los temas propuestos. 

–¿María, por dónde empezás a crear tus obras?
–Mis dos novelas coinciden en que están compuestas de distintas capas. No hay una sola trama lineal que va de principio a fin, sino que son diferentes tramas que se entremezclan. Primero hay una chispa inicial que, digamos, sienta la base, y luego voy superponiendo historias. La idea inicial de Misión olvido surge a partir de un viaje a California, un viaje de vacaciones en el que no tenía intención de nada, pero empecé a conocer las misiones franciscanas que establecieron los españoles a finales de siglo XVIII y principios del XIX. Me pareció, igual que con Marruecos, ver un pedacito de nuestra historia, muy emblemática, muy inspiradora y muy olvidada. Y decidí integrarlo en una novela, como parte de la esencia del libro.  

–Centrándonos más en el proceso de elaboración de la obra, has dicho que sos “disciplinada, organizada, metódica y tenaz”. 
–Bueno (risas), no sé si eso es bueno o malo. A veces, preferiría ser menos estricta al hacer las cosas. Soy así, no tanto por mi personalidad, que puede ser un poco más flexible y más liviana, sino por la influencia del mundo académico, de donde vengo. He sido veinte años profesora de universidad, he investigado, he programado, he planificado currículos… por eso tengo una metodología, una disciplina de trabajo, que ahora, al cambiar de profesión, he seguido aplicando. Por supuesto, también con una carga de entusiasmo, pero trabajo, planifico, cuadriculo y me pongo muchas horas delante del ordenador. 

–Las musas, “¿quiénes son esas señoras?”, decías en un reportaje…
–(Risas). Claro, y no era broma. Hay momentos en que aparecen, pero no me puedo quedar en el sofá esperando que las musas me digan: “¡Ahora!”. Hay un momento en que uno debe empezar a escribir. 

–Como cantaba Serrat…
–“Nada me gusta más que hacer canciones, pero hoy las musas han pasado de mí, andarán de vacaciones…”. Pues aunque las mías anden de vacaciones, yo sigo trabajando delante de la pantalla.

–También dijiste que no te bloqueás. ¿Cómo lo evitás?
–¿Sabes qué pasa? Casi nunca espero a verme delante del ordenador para empezar a pensar qué voy a escribir, que es cuando te puede surgir el bloqueo. En general, voy anticipando todo mentalmente, voy planificando. Voy conduciendo y voy pensando; voy caminando y voy pensando… Es que cuando estás en el proceso de escritura, muchas veces no puedes desconectar; no puedes decir: “Estoy ocho horas delante de la computadora, lo dejo y me olvido”. No. Te llevas la historia dentro. De esa manera, cuando me siento por la mañana, ya sé qué voy a contar. Al revés, lo que quiero es que se encienda rápido la máquina para volcarlo todo. 

Casi nunca espero a verme delante del ordenador para empezar a pensar qué voy a escribir, que es cuando te puede surgir el bloqueo. En general, voy anticipando todo mentalmente, voy planificando

–No puedes desconectar, como aquella vez que paseabas por el supermercado con el carrito vacío porque en realidad ibas planificando tu novela.
–(Risas). Bueno, y saltarme la salida de la autopista cuando estaba en la universidad, unas cuantas veces (risas). 

–¿Hay que estar muy centrado, muy conectado, cuando se escribe?
–La verdad es que tengo bastante capacidad de abstracción. En cualquier momento, en cualquier lugar.  

– Ponés especial énfasis en la documentación. Y después, ¿escribís de corrido? 
–Sí. Estoy unos meses planificando, pensando, trazando la hoja de ruta de por dónde va a ir la novela. Y cuando lo tengo todo, arranco. 

–Mario Vargas Llosa explicó que el proceso de creación de su obra Casa verde. Decía que trabajaba ocho horas de periodista y luego ocho horas más frente a la máquina de escribir. En tu caso, antes de la licencia que te tomaste en la universidad, ¿cómo combinabas tu trabajo con la elaboración de la novela?
 –Pues trabajaba mil horas al día. A mí no me supuso un esfuerzo, porque ya había pasado temporadas de mi vida haciendo lo mismo. Cuando tienes que escribir una tesis doctoral, por ejemplo, llevas tu ritmo, tus clases y tal, y cuando llegas a tu casa, te pones a estudiar. Haces ese doblete.

–¿Y no se resiente tu vida privada?
–¡No, da tiempo a todo! Tengo hijos, salgo mucho, y entro y viajo… Pero la clave está en organizarte de algún modo. Saber que tienes que llegar a todo. Y eso lo sabemos hacer las mujeres con mucha facilidad. 

–Y así llegaste al mundo de las ventas récord, los best sellers…
–Sí (risas).

–¿Qué opinás de la controversia acerca de la calidad de los best sellers y la capacidad de gustar a un público amplio?
–Me parece que esa teoría tan peregrina, de que necesariamente lo que vende es malo, es de un simplismo y un retorcimiento reduccionista. Hay libros que venden mucho y son malísimos, hay libros que venden mucho y son excelentes. Como también hay libros que no venden nada y son buenísimos, por desgracia. La casuística es inmensa. Me parece que la etiqueta de “malo porque vendes” es absurda. Y no tiene por qué tiene ser cierta. Sobre todo, porque a menudo quien etiqueta así ni siquiera se ha molestado en leer el libro. 

–En tu caso, tu obra es muy bien aceptada tanto por parte de los críticos como del público general. ¿Cuál pensás que es el secreto?
–No sé (risas). De los críticos, no sé, cada uno piensa lo que quiera y yo allí no entro ni salgo. Por parte de los lectores, creo que lo que les seduce es, por un lado, que hay una trama ágil, fluida, donde pasan cosas. Por otra parte, creo que establecen una relación de empatía, de cercanía, con los personajes. La verdad es que me esfuerzo mucho en construirlos con cargas considerables de humanidad. Que no resulten siluetas que se van moviendo por la acción, sino que tengan casi esa carnosidad que tenemos los humanos. 

María mueve sus manos con las palmas hacia arriba y su discurso te mece en una cuna donde caben eses sonoras y suaves palabras de otro orden, como “carnosidad”, “avatares”. Sus ojos castaños (el mismo color de la media melena lacia) están bien enmarcados con lápiz negro, y de su boca discreta las palabras siguen fluyendo, poniéndose a sus pies.

–¿Qué es lo que más te sorprendió en esta nueva faceta tuya como escritora de éxito?
–Pues, hombre, todo… Sobre todo, la pasión de los lectores.

–Gabriel García Márquez renegó de la fama que le trajo Cien años de soledad. ¿A vos tu éxito te cambió en ciertos aspectos?
–Creo que la fama de los escritores no es la fama de los futbolistas o de los cantantes. No somos personajes mediáticos; yo no soy de estar en la tele todo el día y mi rostro es muy anónimo. Por eso me muevo con mucha tranquilidad y no me afecta en mi día a día. 

–¿A otros niveles tampoco te afecta?
–No, porque he intentado no despegar los pies del suelo. Creo que tengo ya una edad como para no hacer tonterías (risas). Bueno, yo qué sé.

Cuarenta y nueve años, y dice la escritora que está en paz. Se le nota porque habla tranquila, pero, sobre todo, sin miedo de sí misma. Asegura que está satisfecha con su momento actual y que en el futuro quiere verse llena de libros y lectores. 

–Envejecer con la pluma y el papel. Pero ¿qué más hay en el panorama de María Dueñas?
–Seguir cumpliendo años, no perder la lucidez, crucemos los dedos (risas), ganar experiencia vital, ver crecer a mi familia, seguir manteniendo a mis amigos y, ojalá, ser testigo de un mundo mejor. No mucho más. No tengo unas grandes ambiciones estratosféricas (risas). Estoy contenta como estoy. 
España, en sesenta años 

Atrasada, reprimida y pacata. Según María Dueñas, así era la España de los años cincuenta, uno de los escenarios elegidos para situar la trama de su última novela, Misión olvido (a lo largo de sus quinientas doce páginas, se narra la historia de Blanca, una profesora madrileña que viaja a California para investigar el legado de otro español en el exilio). En el lado opuestode la balanza, en el positivo, está, según Dueñas: “El valor de la gente en esa época, que peleaba día a día por salir adelante. 

Cada uno intentaba, a su manera, ser feliz aunque tuviera poco”. Y concluye: “En mi libro, la verdad es que casi todos los personajes que sufren intentan aferrarse al olvido como tabla de salvación, para darse cuenta después de que no es la mejor solución. Antes de forzar el olvido, hay que cerrar cuentas con el pasado, hay que hacer que las heridas que teníamos atrás cicatricen, hay que ponerlo todo en su sitio, hay que pagar las deudas pendientes, y luego, ya, si queremos y podemos, olvidarnos”.

Fan de Coetzee 

Ama el lenguaje y sabe que es su don. Y aunque no se reconoce como una admiradora fanática, recula cuando menciona al Premio Nobel de Literatura sudafricano John Maxwell Coetzee y el autógrafo sucinto que recibió de su mano: “A María. Coetzee”. “Él es el tótem”, confiesa, y no gesticula ni sonríe, extrañada quizás de esta pasión suya que no armoniza con el resto de su perfil. Tan prudente y tan templado.


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