INVESTIGACION


Clima…¿cómo estás?


Por Cristina Noble.


Clima…¿cómo estás?
Las lluvias que azotaron a varias ciudades del país en los últimos tiempos ponen sobre el tapete el tema del clima. Según dicen los expertos, hay un alentador crecimiento en el número de jóvenes que estudian Meteorología.

El cambio climático y la necesidad de entender los motivos y los remedios que se pueden aplicar para mitigar sus efectos son claves para comprender por qué es seductor inclinarse por este campo de la ciencia. Según Celeste Saulo, doctora en Ciencias de la Atmósfera, y exdirectora del Departamento de Ciencias de la Atmósfera, hay quienes desarrollan desde chicos un amor por la observación de los fenómenos atmosféricos. Ella es un ejemplo. “Ese fue mi caso. Pertenezco a aquellos que se fascinan frente al devenir de tormentas, olas de frío, ráfagas, y el sinfín de expresiones que la naturaleza ofrece en forma de ‘tiempo meteorológico’. 

Y es que el hombre se ve expuesto al tiempo desde toda su existencia, y en todas las actividades que realiza. Pero también existe otro grupo de meteorólogos, a quienes les encanta ese cóctel entre las ciencias exactas y las naturales, ese intermedio donde las ecuaciones y las leyes físicas proveen un terreno más firme frente a la naturaleza caótica de la atmósfera: un terreno resbaladizo, un ejemplo de complejidad, un auténtico prototipo de sistema de estudio imposible de aislar, de reproducir en un laboratorio, de abarcar con un experimento”, explica. Y profundiza: “Así como el mundo ha visto en la física su ciencia vedette en la guerra y la posguerra, para luego poner el acento en la computación y la genética, hoy no hay duda de que la ciencia tiene un desafío clave: la sustentabilidad. 

Y en esa encrucijada conviven la amenaza del cambio climático, la contaminación ambiental, y la escasez de agua y de terrenos aptos para la producción. Allí es donde la meteorología resurge”, explica Saulo. “Siempre fui consciente de lo que me apasionaba”, cuenta Ricardo Mucci, estudiante de 27 años. Y prosigue: “Lo supe desde que me encantaba Jacques Cousteau y sus documentales de El Mundo Submarino: me podía quedar horas mirando los misterios de los océanos. Después, vino mi atracción por la ecología y el cuidado del medio ambiente. Esta carrera no se trata solo de hacer pronósticos del tiempo”.

Hay un curioso desorden bajo los cielos argentinos que ayuda a que se genere este escenario. En medio de un declive o estancamiento del interés en las carreras de ciencias “duras”, en la Universidad de Buenos Aires (UBA) se erige una excepción: la carrera de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos, que se dicta en la Facultad de Ciencias Exactas. Allí el número de inscriptos va in crescendo desde hace tres años.“Esta tendencia cobra especial relevancia si tomamos en cuenta el contexto general: franco descenso de inscriptos en ciencias no humanísticas –se explaya la doctora Matilde Risticucci, directora del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos–. 

Durante el último año, habremos tenido en el CBC más de cien alumnos inscriptos en nuestra carrera, cuando, en la última década, a veces no llegaban a superar la veintena. Por otra parte, si se toma en cuenta que otras carreras en Ciencias Exactas tienen una demanda en baja, el contraste es mayor. El problema es que de esos cien, con suerte se recibirán unos quince”. 

En medio de un declive del interés en las carreras de ciencias “duras”, en la UBA, el número de inscriptos a Ciencias de la Atmósfera y los Océanos aumenta desde hace tres años.

Comprobémoslo con las estadísticas: según datos de la UBA, entre 1990 y 2005, se graduaron 56 profesionales. En las últimas tres décadas, el promedio de estudiantes que ingresa en la carrera –hasta 1989 se llamaba Ciencias Meteorológicas– se mantuvo en 20 alumnos (hubo altibajos: en 1982, se llegó a tener 51 alumnos; y en 1989, los estudiantes fueron 6). En cuanto a lo etario, el 70% de los ingresantes tiene entre 18 y 20 años, y el 25% tiene entre 21 y 25.
Pero soplan vientos de cambio. Y hay dos argumentaciones para explicar este interés por la observación del cielo, los vientos y las mareas: por un lado, la pasión que pueda tener cada uno por entender esos fenómenos del planeta; por el otro, el incentivo económico como instrumento de política educativa.

“Hace tres años, iniciamos una alternativa de estudios de un año y medio antes de la licenciatura –la llamamos Bachillerato Universitario especializado en Ciencias de la Atmósfera–, que tiene la gracia de contar con un programa de becas. Además, ese título habilita para trabajar en los servicios meteorológicos del país”, aclara la doctora Risticucci, y agrega: “Ese plan de estudios surge por el Servicio Meteorológico Nacional, que empezaba a tener problemas por bajas de personal o por jubilaciones, y tenía que llenar las plazas vacantes con cierta urgencia”. 


“Las mujeres siempre fuimos mayoría en esta carrera. Ahora, la composición está más pareja, tal vez porque lo que se percibe como meteorólogo es mayor que hace unos años”.?Matilde Risticucci

La cuenta da redonda: título intermedio + puesto de trabajo garantizado + beca. El estipendio no es despreciable para un joven: 3500 pesos por los primeros doce meses y 4500 pesos en el período siguiente. “Las mujeres siempre fuimos mayoría en esta carrera –dice la directora del Departamento, con una sonrisa–. Ahora, la composición está más compensada, tal vez porque lo que se percibe como meteorólogo es mayor que hace unos años”.
“Creía que la meteorología se refería al pronóstico del tiempo, pero es mucho más que eso: la carrera se vincula al desarrollo económico, a la ecología y también tiene una veta social muy interesante”, opina Cecilia Villegas (29), inscripta este año en el CBC, con vistas a cursar la licenciatura de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos, y el bachillerato universitario especializado.

Funciones 

Un licenciado en Ciencias de la Atmósfera está capacitado para desempeñarse en diversas actividades. Muchas de ellas tienen un fuerte componente interdisciplinario, como evaluar el impacto ambiental de una represa hidroeléctrica. Además, puede aplicar modelos de dispersión de contaminantes y efectuar recomendaciones respecto a la ubicación óptima para industrias que emiten gases y partículas. Todas las actividades productivas requieren asesoramiento meteorológico específico, no solo para optimizar su rendimiento, sino para establecer estrategias que ayuden a planificar en áreas con regímenes de precipitación cambiantes. 

“Es deseable tener un Servicio Meteorológico con una visión amplia, interesado no solo en la mejora de los pronósticos, sino también en las necesidades del sector productivo y de los que generan y abastecen energía; los que siembran y cosechan”, apunta Saulo. 
Auspiciado por este cambio de perspectiva, la carrera elaboró un programa de estudios que alienta el ingreso de nuevos profesionales de la atmósfera: “Aspiramos a que nuestros profesionales puedan tener una sólida formación físico-matemática que les permita comprender los procesos de la atmósfera. 

La idea es que entiendan la importancia socioeconómica que tienen la calidad y el estado de la atmósfera sobre todas las actividades. Y que forjen un compromiso social para mitigar los desastres naturales y preservar el medio ambiente. Esta es la filosofía que nos inspira y concretamos en los planes de estudio con muy buenos resultados”, concluye Risticucci.

El origen del Servicio Meteorológico Nacional 

La astronomía empieza en la Argentina con Sarmiento. En su época de embajador en Estados Unidos, el sanjuanino conoció al astrónomo Benjamin Gould, quien le expresó sus deseos de viajar a la Argentina para hacer estudios estelares del hemisferio sur. De inmediato, Sarmiento le ofreció una contraprestación: Gould vendría a nuestro país para concretar su deseo y, a la vez, podría ofrecer sus servicios científicos. Cuando fue presidente, en 1869, Sarmiento le ofreció que viniera a la Argentina para organizar un observatorio.

Gould llegó a Buenos Aires en 1870 y, mientras esperaba el instrumental científico, comenzó a confeccionar un mapa del cielo austral (un año después tenía más de siete mil estrellas registradas) y, de inmediato, se inauguró el Observatorio Astronómico en Córdoba. Gould quedó a cargo del Observatorio hasta 1885, cuando regresó a Estados Unidos. El Servicio Meteorológico Nacional tuvo su origen en la Oficina Meteorológica, en 1872, como parte del Observatorio de Córdoba.

Detrás de escena

Los pronósticos meteorológicos se elaboran con modelos internacionales, modelos matemático-físicos. Se utilizan instrumentos como radares capaces de medir las nubes por dentro y dilucidar si contienen lluvia o granizo en potencia. Los satélites meteorológicos dan la información a todo el mundo, hora a hora, del estado del planeta, la salinidad, las lluvias, etcétera. Algunos pueden revelar cambios en la vegetación, el estado del mar, la capa de ozono o el color del océano. Asimismo, pueden detectar fenómenos como el de la corriente El Niño. De manera conjunta, los satélites meteorológicos de China, Estados Unidos, Europa, la India, Japón y Rusia permiten una observación casi permanente del estado global de la atmósfera.

Explicar la meteorología 

El museo “El tiempo en el tiempo” es un emprendimiento de docentes y graduados del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos de la UBA. En él se hace un recorrido por la historia de la meteorología desde sus comienzos hasta la actualidad. Se exhibe una línea del tiempo, cartas meteorológicas, imágenes de satélite, maquetas e instrumentos meteorológicos que se ponen a disposición de los alumnos y docentes de la Dirección de Orientación Vocacional, y de los visitantes en general que quieran interactuar con ellos. Se encuentra en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales.

Sitio web: http://museo.at.fcen.uba.ar

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