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Había una vez


Por Mariano Petrucci.


Había una vez
Máxima Zorreguieta protagoniza su propio cuento de hadas. El 30 de abril, cuando sea coronada reina de Holanda, será la primera argentina en ostentar ese título. Aquí, repasamos algunos hitos de su vida: cómo fue el camino de plebeya a líder de una de las monarquías más poderosas del mundo.

La frase reza: “Hay personas que ven la vida pasar, y personas que hacen que pasen cosas en la vida”. Bueno, Máxima Zorreguieta pertenece a ese segundo grupo de individuos que se ponen al mando del timón y amasan su propio destino. Quien lo dude deberá seguir por la pantalla chica su coronación como reina de Holanda, cuando Beatriz, monarca saliente, entronice en Ámsterdam a su hijo Guillermo Alejandro (a partir de ese instante, Guillermo IV) y a su esposa, nuestra compatriota de sonrisa entradora y carismática por donde se la mire.

Dicen quienes la frecuentan que siempre tuvo claro su horizonte y que abundan más las causalidades que las casualidades en su hoja de ruta. Pero a no confundir certezas y seguridad con estrategia u oportunismo, ya que, aseveran, no hay nada de eso en quien se crió en un departamento de la calle Uriburu, en el porteño Barrio Norte. Sí, por qué negarlo, la aspiración de ocupar, en algún momento de su trascendencia, un sitio de poder. Pero no de esta manera: es difícil concluir que su ilusión pasara por ser parte de la monarquía de los Países Bajos. 

Menos aún, que llegaría el día en que escuchara de su suegra:“No renuncio al cargo porque es demasiado pesado para mí, sino por la convicción de que la responsabilidad de nuestro país ahora debe estar en manos de una nueva generación. Es con la mayor confianza que entregaré el 30 de abril de este año el reino a mi hijo, el príncipe de Orange. Él y la princesa Máxima están plenamente preparados para sus futuras funciones. Ellos servirán a nuestra nación con devoción, se mantendrán fieles a la Constitución y con todos sus talentos darán su propia forma a la realeza”.

Por eso, ya nada será lo mismo para esta amante de nuestra Patagonia, a quien en la sobremesa de los bares y cafés la ubican en el podio de celebridades nacionales que traspasaron todo tipo de fronteras, con Maradona, Messi y el papa Francisco a la cabeza. No le faltará acompañamiento en su faena: tanto en 2010 como en 2011, una encuesta que mide la preferencia de los holandeses por la familia real, la colocó muy por encima de los restantes miembros. Algo que solo se modificó (y un tantito nomás) de enero a esta parte, en favor de quien abdicara a los 75 años, emulando a su madre, Juliana, quien hiciera lo propio a sus 71. 

Lo que no se alteró es el hermetismo alrededor de Máxima. Después del anuncio, solo deslizó a una cadena de noticias: “Es un enorme honor suceder a mi suegra. Tenemos mucho trabajo que hacer”. Un trabajo que, obviamente, distará del que supo afrontar cuando se abocaba al software para mercados financieros, o cuando se desempeñaba como agente de inversiones en Nueva York y Bruselas, o cuando enseñaba inglés y matemáticas a niños y adultos. La corona será otro cantar. 

Y ya nada fue lo mismo 

En el colectivo imaginario, Máxima, que nació un 17 de mayo de 1971, descendía de un clan aristocrático argentino. Falso. Lo cierto es que sus padres, de clase media acomodada, tuvieron que “transpirar la camiseta” para inscribirla en el colegio Northlands (al que sí asistía la alta alcurnia), previo paso por el jardín de infantes Maryland, situado en Palermo Viejo. La mirada sobradora de sus compañeritas es algo que “Max” tuvo que sortear en su infancia. 

Pero lejos de amedrentarse, esto le sirvió para forjar la personalidad que, a priori, le haría conseguir lo que se propusiera. Nobleza obliga: los Zorreguieta fueron ascendiendo escalones en nuestra sociedad, a tal punto que su padre, Jorge, fue Secretario de Agricultura y Ganadería durante el gobierno militar de Videla (este puesto le significó la prohibición de concurrir las ceremonias oficiales de su hija).

Pero volvamos a Máxima, quien aún hoy mantiene las amistades que entabló en sus épocas de estudiante –esas en las que no se llevaba materias y se “rateaba” de clase de tanto en tanto–. Amén de las diferencias que podía tener en el aula –las que zanjaba siendo una de las alumnas más divertidas–, en su casa también pasaba alguna que otra zozobra, sobre todo si de alimentación se trataba. “Máxima tiene tendencia a engordar. Luchó toda su vida contra la balanza y contra las presiones maternales. 

Es que su madre, María del Carmen Cerruti Carricart –María Pame–, tenía un ‘rollo’ con este tema, casi una obsesión. Por eso, le pedía a su primera hija –luego tuvo a Martín, Juan e Inés, mientras que Zorreguieta tenía otras tres mujeres, producto de un matrimonio anterior con Martha López Gil– que se cuidara en las comidas. Ella pensaba que si no era flaca no iba a encontrar un hombre acorde para casarse. Discutían mucho por esto”, confiesa Soledad Ferrari, coautora junto a Gonzalo Álvarez Guerrero del libro Máxima, una historia real (investigación que les demandó dos años).

Máxima nunca esquivó el ejercicio. Esquiaba en el cerro Catedral de Bariloche (en vacaciones, era habitué de Mar del Plata y Punta del Este), jugaba al voley, cabalgaba y hasta se animó a las embarcaciones a vela. Pero sus sueños no descansaban en las hazañas deportivas, sino en radicarse en Nueva York, lo que alcanzó ya graduada en Economía en la Universidad Católica Argentina (UCA).
En la Gran Manzana fue donde su rumbo fue posicionándose hacia el Viejo Continente. 

Y pese a que existe una versión proveniente de la Casa Real sobre cómo conoció a Guillermo… existe la otra versión: la verdadera, en la que Ferrari admite que Máxima no se enamoró a primera vista de su marido. “Cynthia Kaufmann, una amiga íntima y multimillonaria, había corrido una maratón con el príncipe. Ella le mostró a Máxima en fotos y él quedó impactado. Así que la invitó a una fiesta en Sevilla, en mayo de 1999, para presentárselo. Ella dudó sobre si viajar o no pero, finalmente, terminó yendo”, cuenta en su libro Ferrari, quien publicó además Las Blaquier, amores y secretos de las rebeldes de la clase alta argentina.

El 30 de marzo del año 2001 Máxima y Guillermo se comprometieron, el 17 de mayo ella se convirtió en ciudadana holandesa y el 3 de julio el Parlamento consintió el matrimonio, fijado para el 2 de febrero de 2002. Así pasó a ser princesa de los Países Bajos, princesa de Orange-Nassau y señora de Van Amsberg. “Ella conquistó rápidamente a los holandeses. Le dio un nuevo aire a la monarquía, en la que se respiraba un ambiente denso por la larga enfermedad del marido de Beatriz. 

A su vez, la Casa Real y la población en general no guardaban la mejor imagen de Guillermo, al que lo destacaban más por sus noches de descontrol y su gusto por la cerveza que por su intelecto. La frescura, la espontaneidad y la simpatía de Máxima ayudaron a pulir la percepción del próximo rey. Si había enamorado a una mujer inteligente… algo debía tener”, subraya Soledad Ferrari.

En 2003, el flamante matrimonio le dio la bienvenida a la primera heredera: Catalina Amelia (quien liderará en la línea de sucesión). En 2005, fue el turno de Alexia, y en 2007, el de Ariadna. “Con el afán de que las niñas asimilen algo de su argentinidad, Máxima contrató una niñera de Santiago del Estero. No a la perfección, pero las nenas manejan el castellano”, agrega Ferrari.

Presente perfecto 

“La cotidianidad de Máxima no variará en gran escala, como cuando se unió legalmente con Guillermo, a quien le lee los discursos, le elige la ropa y reta a menudo. Ya está acostumbrada al protocolo, además de que habla el holandés correctamente. Es muy estudiosa. Lo que no cambiará un ápice es lo complejo que es todo en cuanto a su libertad de movimientos, aunque cuando visita la Argentina se permite licencias, como ir con escasa custodia a caminar por la avenida Santa Fe a ‘chusmear’ precios. Tiene el futuro asegurado, ¡pero no decide nada de su propia vida! Es duro”, confiere Ferrari.

¿Algunas de las actividades que encabezó como princesa??Fue miembro del Consejo de Estado y de la Comisión para la Participación de las Minorías Étnicas de la Mujer, patrona de la Caja Naranja, y presidente honorario de CentiQ –una asociación nacional de bancos, escuelas, gobierno y organizaciones varias–. Asimismo, colabora con las Naciones Unidas en la promoción de los microcréditos. 

Es que la sensibilidad social fue una constante en esta dama de 41 años: uno de los primeros eventos como reina, cuando la cena de gala en el Museo Nacional ya haya quedado atrás, será la inauguración de un hospital dedicado a pacientes con cáncer de mama. Esa misma sensibilidad es la que la acercó definitivamente a Beatriz, cuando su hijo Johan Friso sufrió un accidente mientras esquiaba en Austria (el daño cerebral de Friso es tal que nunca recuperó la conciencia). 

Máxima fue un sostén invaluable para la reina saliente, que reafirmó un sentimiento que ya había soslayado a sus allegados: “Es la hija que nunca tuve”. Con la desgracia consumada, los medios comenzaron a especular con el paso al costado de Beatriz, sin fuerzas para seguir con su reinado. El calendario les dio la razón.

“Máxima es protagonista de una increíble historia de amor, donde no faltan intrigas, internas políticas, traiciones, renuncias, sacrificios y una descarnada lucha por el poder. En ese mundo con el que ni siquiera fantaseaba, demostró ser muy astuta sin perder la sencillez. Tiene un carácter sobresaliente y fuerte. Siempre apuntó alto. Habría sido presidente o directora de una empresa, pero nunca ama de casa. Ella tenía ansias de crecer, pero no lo digo considerándola una trepadora, sino que reunía todas las condiciones para estar donde está. 

Sus deseos, de una forma u otra, terminan haciéndose realidad”, opina Ferrari. “Ella cae bien, logra empatía y no genera envidia, por lo que, más allá de ser un hecho histórico, los argentinos estaremos expectantes de su asunción. Sobre todo las mujeres, que ven en ella la concreción del sueño de la chica de clase media”, concluye.

En voz baja 

*En la coronación, lucirá atuendos que usó Beatriz en su asunción como reina.
*Vivirá un tiempo en la residencia de Wassenaar, para después trasladarse al palacio Huis ten Bosch, de La Haya.
*La espera una gira nacional e internacional en la que se presentará, junto a Guillermo Alejandro, como reina de Holanda.
*Fue víctima de supuestos atentados contra la familia real. Uno en 2009 (un auto atropelló intencionalmente a varias personas que festejaban el Día de la Reina en Apeldoorn) y otro en 2010 (hubo una amenaza de bomba en un evento público). 
*Máxima y Guillermo fueron los primeros integrantes de la familia real que se besaron en público, el día de su casamiento, en la plaza central de Ámsterdam.
*Valentino diseñó su vestido de boda, tasado en 160.000 dólares.
*Cuando visita la Argentina, se refugia en el country Los Pingüinos, en el oeste del conurbano, o en el country Cumelén de Villa La Angostura.
*Es familiera y disfruta de comer asados, pizzas y medialunas. No obstante, sigue una dieta a base de ensaladas y le encanta pasear en bicicleta por los jardines del palacio.

Mujeres de poder 

Los Países Bajos tendrán su primer rey en más de cien años. Durante todo el siglo XX, la corona holandesa la ostentaron las mujeres. Al abdicar Beatriz en favor de su hijo Guillermo, se culmina una seguidilla de tres reinas: Guillermina (gobernó cincuenta y siete años, atravesó las dos guerras mundiales, el derrumbe económico de su país y la invasión nazi), Juliana (treinta y un años) y Beatriz (treinta y tres años). 

La reina Beatriz, que nació el 31 de enero de 1938, padeció el exilio al estallar la Segunda Guerra Mundial. Vivió en Inglaterra y en Canadá, y regresó a su tierra natal al finalizar el conflicto bélico. Se casó el 10 de marzo de 1966 con Claus de Amsberg (falleció en 2002 tras padecer depresión, cáncer y Parkinson). Tuvieron tres hijos: Guillermo, Friso y Constantino. El 30 de abril de 1980, Juliana dejó su puesto en sus manos. Ahora, es el turno de su hijo mayor… y de Máxima.

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