ENTREVISTA


La fuerza del amor


Por Alejandro Duchini.


La fuerza del amor
En su luna de miel, Martín Renzacci padeció el síndrome de Guillain-Barré. En Tasmania, muy lejos de su casa, su mujer, Carolina Santori, fue su único apoyo. Hoy sueñan con el hijo que está por nacer mientras la recuperación continúa. Una historia de amor y resiliencia.

Algunos de los diarios más importantes del país escribieron durante el invierno de 2011: “Cómo es la extraña enfermedad de Martín, el joven con el cuerpo paralizado en Tasmania”, “Cruzada solidaria para el argentino que padece una extraña enfermedad en su luna de miel en Australia”, “Salió del coma el joven que se enfermó en su luna de miel en Tasmania” o “Volverá al país el joven que contrajo un extraño virus en su luna de miel”. 

La referencia era para Martín Renzacci, un joven de Buenos Aires que había ido a Tasmania a celebrar su luna de miel con Carolina Santori. Él padecía el síndrome de Guillain-Barré, cuyos síntomas asomaron en pleno viaje. Tenía entonces 31 años y muchas incertidumbres. Estaba encerrado en su cuerpo, en un hospital desconocido. 

Al volver a la Argentina, fuimos al programa de Andy Kusnetzoff y de esa entrevista radial surgió la ideade escribir. “Esta historia es para un libro”, dijo

Los dolores lo dejaron literalmente de cama en cuestión de días. Su mujer, de 29 años, se puso la situación al hombro. Sola, se relacionó con los doctores y enfermeras, aprendió a comunicarse a pesar de las barreras del idioma y se convirtió en su gran apoyo. Mientras tanto, en la Argentina ese padecimiento se convertía en noticia y la noticia, en solidaridad. Cientos de seres anónimos juntaron dinero para colaborar con las necesidades de esa pareja desconocida que, de pronto, era conocida. 

Casi un año y medio después, ella exclama:“¡Martín está súper bien!”. Sigue con el tratamiento para recuperarse de la parálisis facial y recobrar sensibilidad total en los pies, pero volvió a trabajar, según cuentan alegres durante la entrevista. Aprendieron muchísimo de aquella historia. Todo eso lo explicaron en un libro que se llama Despertar en Tasmania (Del Nuevo Extremo), que es más que un simple relato de vida.

La que sigue es una historia de fe, de recuperación, de tenacidad y de amor. De valores que muchas veces se mencionan casi como al pasar, hasta volverlos insípidos. Pero que en este caso tienen consistencia. Martín y Carolina hoy no dejan de sonreír. ¡Están esperando un hijo! El presente puede más. Tienen optimismo y aprendieron el ejercicio de la solidaridad. A ellos los unió el amor primero, el espanto después y el amor de nuevo. 

–Andy Kusnetzoff en el prólogo del libro dice: “¡Chicos, las próximas vacaciones en Villa Gesell!”. Ellos se ríen con ganas y contestan.
–Martín: La verdad es que siento que esa fue nuestra luna de miel. La pensamos perfecta y mágica, y fue más larga de lo pensado, aunque no tan mágica. Pero fue nuestra luna de miel. Ahora queremos disfrutar, descansar y planificar. Continuamos con nuestra vida, estamos mejor y más relajados. 

–Carolina: Por suerte, no nos quedó ni el miedo a viajar ni nada. La enfermedad no tuvo que ver con eso. En ese sentido queremos seguir planificando. Ahora tenemos otros proyectos.

–¿Qué los llevó a contar aquella historia en un libro?
–(C): Cuando estábamos en Australia yo escribía bastante: dónde vivía, qué hacía, qué me pasaba. Era una forma de descargarme. Cuando él empezó a estar mejor, se lo leía. Al volver a la Argentina, fuimos al programa de Andy Kusnetzoff y de esa entrevista radial surgió la posibilidad de escribir. “Esta historia es para un libro”, dijo. Y lo hicimos. La idea es que lo puedan leer todos. Queremos transmitir un mensaje de recuperación, de esperanza, de fuerza, de darle para adelante.

–(M): Nos pasaron cosas fuertes mientras lo escribíamos. Escuchaba detalles contados por Carolina que yo no sabía, algunos buenos y otros malos. Pero era una forma de ir conociéndonos y conocer más qué nos sucedió durante esos meses. Parece increíble lo que vivimos y lo que pasó mientras yo estaba en coma. Es fuerte, pero es nuestra historia.

–¿Cómo estás?
–(M): Muy bien. En la etapa final de la rehabilitación. Siempre me dijeron que cuando tuviera la primera mejoría, iba a tener un año de rehabilitación. Ahora trabajo con fonoaudiología por la parálisis del lado derecho de la cara. Me queda recuperar un poco la sensibilidad en los pies, por lo que hago hidroterapia y kinesiología.

–¿Qué enseñanza les dejó lo que vivieron?
–(C): Aprendimos que es muy importante estar unidos. Como pareja; pero también tener a los amigos, a la familia. Eso fue un pilar muy importante, a pesar de la distancia. Estuvieron todos presentes. En lo personal, y creo que coincidimos, no dejamos de sorprendernos de lo que nos enseñó la gente con su solidaridad. No nos conocían. Ahora nosotros empezamos a tener otra mirada. En la vida cotidiana, entre el apuro, cocinar, el trabajo, uno se mete en la burbuja de estar siempre acelerado y no piensa en lo que le está pasando. Ahora frenamos para disfrutar, descansar, mirar una película. Nos tomamos la vida de una forma más desacelerada. 

Estamos en un ritmo más lento, y esperamos seguir así. Obvio que no estamos como unos meses atrás, cuando era más intenso. Empezamos a trabajar y eso te hace entrar en otro ritmo y está bueno, porque era parte de nuestra vida. El mejor plan de un sábado a la noche es quedarnos a comer una pizza y ver una película. Cuando estás a punto de perder lo que tenés, valorás mucho más otras cosas.

–¿Cómo es recordar aquello?
–(C): La expresión es “¡Qué increíble!”. Recordamos los momentos en que organizábamos todo para el casamiento: un año de planificación, entusiasmo, esfuerzo, ilusiones. Y me parece increíble que todo haya terminado en lo que vivimos en Tasmania, en el estado en que estuvo él. Recordarlo en su peor momento, entubado, y verlo ahora llegar de trabajar me impresiona. Dentro de lo trágico, la historia tiene un final feliz.

–(M): Haber estado tanto tiempo en la clínica de rehabilitación fue feo, difícil y duro. Todos tenían 60 años, promedio. “¿Por qué estoy acá, con 30 años?”, me preguntaba. Pero sabía que no me quedaba otra que pelearla para insertarme de nuevo a la vida. Eso se hizo muy progresivamente. Tuve muchos miedos, pero nadie disfruta como yo esto de ir a trabajar. Sé que mañana debo levantarme, tengo una reunión, y estoy contento y feliz. Lo disfruto, lo valoro porque es parte de la normalidad.

–¿Cómo sobrellevaste la soledad en un país en el que no conocías a nadie mientras él estaba internado?
–(C): Fue muy difícil, por esas dificultades: su estado de salud, el idioma, las calles desconocidas; todo. Pero siempre destaco que la gente de allá me lo hizo un poco más simple. Los australianos se portaron de diez. Tengo contacto con casi todos. Lo atendían a Martín y lo cuidaban como si fuese un amigo. Y me cuidaban a mí: “Carolina, dormí”, “Carolina, comé”. Si me veían llorar, se me acercaban. Hicimos un vínculo muy fuerte que me ayudó a soportar lo que vivía. Sentía que no estaba tan sola físicamente. Me hicieron todo un poco más sencillo. Eso no lo olvido más. Fue una experiencia increíble: de vida, de pareja, de todo. Uno no imagina que le va a suceder a los 30 años y en la luna de miel...

–¿Saben de la trascendencia que tuvo en el país lo que les pasó?
–(C): Nuestros familiares nos contaban, porque eran quienes atendían el teléfono las veinticuatro horas. Creo que nunca sabremos lo que fue. La dimensión la íbamos tomando por el Facebook, donde teníamos cada vez más seguidores.
–(M): Todavía no caemos, ni cuando nos saludan por la calle. Hasta nos asombramos mucho cuando nos vemos en los diarios.

–¿Qué sienten en relación con la solidaridad de la gente?
–(C): Quiero agradecer a los que colaboraron, no solo en lo económico, sino en todo; darle las gracias al que no pudo ayudar económicamente, pero ayudó en lo sentimental. Los mensajes positivos de cada día nos incentivaron mucho.
–(M): La gente nos ayudó un montonazo, estaremos eternamente agradecidos. Antes de esto, no nos tomábamos el tiempo para ser solidarios. Y cuando voy a ver a una persona internada, cuyos familiares me están esperando, siento que es lo mejor que me pasa ese día, porque puedo ayudar a alguien. Demanda tiempo, pero lo que te vuelve es más de lo que das.

Martín, hoy 

Ni Martín ni Carolina sabían qué era el síndrome de Guillain-Barré. Hasta que lo padecieron. El diagnóstico se lo dieron los médicos australianos; el significado se lo fue explicando ella a partir de lo que sacaba de Google. A grandes rasgos, el Guillain-Barré es un trastorno neurológico autoinmune en el que el sistema inmunológico del cuerpo ataca a una parte del sistema nervioso periférico, la mielina, que es la capa aislante que recubre los nervios.

Cuando esto sucede, los nervios no pueden enviar las señales de forma eficaz, los músculos pierden su capacidad de responder a las órdenes del encéfalo y este recibe menos señales sensoriales del resto del cuerpo. El resultado es la incapacidad de sentir calor, dolor y otras sensaciones, además de que se paralizan progresivamente varios músculos del cuerpo.“Me duele que haya familias que no puedan hacer su rehabilitación por falta de recursos, que deban esperar hasta un mes. Porque esos tiempos son muy importantes, sea en mi enfermedad o en cualquier otra”, comenta Martín.

La vida en papel 

“Es la mañana del martes 19 de julio de 2011. Hace tres días que estoy internado en el hospital Royal de Hobart (Tasmania) donde había llegado en ambulancia de urgencia desde el hotel en el que nos hospedábamos junto con mi esposa, Carolina, disfrutando –hasta ese entonces– de nuestra hermosa luna de miel por Australia”. Así comienza el libro Despertar en Tasmania (Del Nuevo extremo), contado en primera persona por Martín y Carolina Renzacci. Lo que sigue es conocido: la internación duró hasta septiembre. En ese tramo, Carolina la peleó sola. Durmió en hoteles y se cobijó en enfermeras.

Apenas algunos familiares pudieron viajar desde la Argentina por los costos. El amor en estado puro pareció aquello. Por amor, Carolina aprendió estrategias para comunicarse con Martín. Después lo ayudó en la recuperación, en el país. Y todavía lo ayuda. Juntos, escriben también una historia que no está en el libro: es la historia de su futuro lleno de sueños. “Ahora soñamos con agrandar la familia, tener hijos y disfrutar de esta vida. Mi mayor deseo es que sigamos saludables por muchos años. Creo que la salud es realmente lo más importante. Podés tener todo el oro del mundo, pero si no tenés una buena salud, no te sirve de nada”, dice ella. A su lado, él asiente. Y no deja de sonreír.

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