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Soñando estrellas


Por Mariano Petrucci.


Soñando estrellas
Una pareja de rosarinos recorre Latinoamérica en motorhome, ofreciendo talleres de observación astronómica en escuelas de pueblos rurales. Un verdadero ejemplo.

Seguro que el ‘Aguará’ entra a México, dice ‘Ya estuvo bien’, y se cae. A media hora de pasar la mentada frontera, y yendo –increíblemente– a más de noventa kilómetros por hora, una rueda decidió seguir camino sola. Ni siquiera tuvo el detalle de independizarse del resto de nosotros ni de las tuercas y tornillos que la acompañaron hasta acá, en alguna parada. No. 

Salió disparada hacia el carril contrario, donde un guiño del destino hizo que, solo por esos segundos, no pasara ningún vehículo. El ‘Aguará’ rengo se fue arrastrando por más de diez cuadras, mientras chirriaba el eje de dirección contra el pavimento, dejándole como huella imborrable del episodio cinematográfico una pintoresca zanja de más de un dedo de profundidad.

»Justo en ese tramo, la carretera se ensancha a dos carriles por mano, y queda en el medio un quinto de emergencia, que fue el que impidió que terminásemos en los contrarios –lo que no habría sido algo tan recordable–. Como la rueda separatista fue la de abajo del conductor, el ‘Aguará’ incontrolable se fue yendo hacia la izquierda. Así, la imagen de los bólidos viniendo de frente hacia nosotros se iba acercando a medida que el ‘Aguará’ se arrastraba hacia ellos. 

Después de no matarnos y de no matar a nadie, debería caer en ese lugar común de que ‘la sacamos barata’ o que fue una ‘tragedia con suerte’. Sin embargo, la lista de incidentes mecánicos con el ‘Aguará’ me avala para maldecirlo hasta en tzotzil”.

Pero vivieron para contarla (y hasta en tono de comedia). Y por fortuna, también, vivieron para seguir su cruzada, loable por donde se la mire. La voz del relato pertenece a Daniel “Yayo” Ekdesman, quien, junto a su pareja, Sofía Méndez (ambos tienen 31 años), lleva adelante una propuesta social y educativa que consiste en visitar pueblos rurales de Latinoamérica ofreciendo talleres de observación astronómica para chicos, con el objetivo de que puedan develar cosmovisiones y formas de (re)significar el mundo que los rodea. 

Las travesías tuvieron su puntapié inicial en marzo de 2011 y el “Aguará” no es otra cosa que el motorhome que los desplazó por el norte de Santa Fe, el noroeste de Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Brasil, Paraguay, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Belice y México (a propósito, el tzotzil es una lengua mayense).

Como todo proyecto que se precie de tal, tiene un nombre y un lema. “Miradas” y “Hay un cielo que nos une y asemeja… ¿Qué ves cuando te ves?” fueron los escogidos, respectivamente, por estos aventureros oriundos del barrio Ludueña, en el oeste de la ciudad de Rosario. “El núcleo de la iniciativa son talleres de astronomía experimental en escuelas rurales. Pero en su transcurso se ramificó, lo que amplificó las opciones de intervención. 

Primero, porque, si bien no fue un descubrimiento, en las diversas comunidades fuimos dimensionando el bagaje de conocimientos astronómicos ancestrales, que representan la raíz de las identidades culturales y que, en términos prácticos y cotidianos, todavía están vigentes. Esos saberes se están disolviendo, ya que son excluidos por las instituciones modernas –escuela, medios de comunicación, ciencia–. 

Así, documentamos y publicamos las miradas regionales; hacemos entrevistas para registrar experiencias o para alumbrar conflictos locales; y desplegamos nuestras actividades en escuelas, centros comunitarios, hogares de huérfanos, comedores y cárceles. Obviamente, trabajamos en la divulgación científica, pero intentando que el abordaje no se estanque en lo técnico, sino en esto de ‘acercar el cielo’, sumergirnos en lo que la astronomía tiene para ayudarnos a pensar lo humano, lo social: ver lo lejano para meditar sobre los problemas terrenales”, especifica Yayo. 

Y completa: “Lo que nos moviliza es ese deseo de hacer, de encontrarnos y de reflexionar con el otro. De allí se desprenden muchos motivos: la observación como método de análisis de la vida diaria, indagar sobre la forma de subsistencia de los pueblos, compartir lo que sabemos, aprender y hacer de ‘puente’ de vivencias. En resumen, que chicos de diferentes poblaciones de Latinoamérica puedan relacionarse”. 

Los esfuerzos, sobre todo aquellos que nacen de las buenas intenciones, tienen su recompensa. Así fue cómo, tras ganar un concurso, la cadena internacional Al Jazzera English destacó y financió el documental audiovisual bautizado Glances (dirigido por otro rosarino: Alfonso Gastiaburo), el cual recoge la labor de Yayo y Sofía en la región maya de Chiapas, entre junio y agosto de 2012. “Esa parte de tierra azteca carga un simbolismo especial debido a la lucha por la dignidad indígena. Además, es el lugar que elegimos para ser papás, donde concebimos a ‘Negra’, como es la noche más linda”, se enorgullece Yayo.

Todo a pulmón 

Cuando empezaron con esta odisea, ya ostentaban ocho calendarios juntos, siete de ellos bajo el mismo techo. “Nos conocimos cuando asistíamos, a principios de 2000, a una comunidad toba de nuestra ciudad. Siempre participamos en movimientos sociales y, en rigor, apuntamos a una transformación social. Antes del ‘Proyecto Miradas’, Yayo se desempeñaba como comunicador social y carpintero –de hecho, tenía un tallercito donde atendíamos a chicos que venían a merendar–, y yo era maestra en la escuela Vivir y Convivir. 

Nos desenvolvimos en villas miserias, barrios populares y cárceles –en la Coronda, posibilitamos que los internos editen la revista Ciudad Interna–”, remarca Sofía. Y explica: “Cuando nos decidimos a recorrer Latinoamérica para conocer individuos de otros pueblos, tuvimos que resolver cómo hacerlo y desde dónde. No queríamos caer en el asistencialismo, ni en el voluntarismo, ni en el turismo social. A la vez, había que analizar cómo sostenernos sin apoyo económico. 

Esto es independiente y autogestionado: fuimos –y vamos– innovando todo el tiempo en este aspecto. Antes de emprender la gira vendimos, en parques y plazas, postales, calendarios, remeras, pins, stickers, lapiceras e instrumentos de astronomía antigua. Ya en viaje, hicimos lo mismo en eventos como la Feria del Libro en Quito, el Festival Cervantino en Guanajuato y en hoteles, para grupos de turistas, amén de los talleres en colegios. Asimismo, las escuelas nos daban aportes para llegar hasta las próximas que nos esperaban”. 

Claro que no faltaron quienes dieron una mano: entidades públicas (con sus avales simbólicos y declaraciones de interés), empresas (con donaciones de libros y descuentos para elementos astronómicos), escritores (que les dieron material para regalar en las escuelas) y amigos capaces de hacer de mecánicos del “Aguará”. “Armar la logística nos demandó más de un año; lo demás se dio sobre la marcha”, confiesan estos hinchas de Newell’s Old Boys (cuando juegan “los Leprosos”, buscan un rinconcito con conexión a Internet para seguir a los comandados por el “Tata” Martino). 

“Los contactos los buscamos por la computadora, aparecen en la ruta o a través de conocidos que nos conectan con lugareños –cuenta Yayo–. Las experiencias son muy positivas: algunas más intensas y estremecedoras, otras más caóticas. Pero todas alcanzaron la meta: aprender a escuchar; construir lazos sólidos y sinceros entre semejantes; sensibilizarnos; y pensarnos en la Tierra: o sea, cómo y con quiénes vivimos, cómo somos, qué queremos, de dónde venimos, hacia dónde vamos, qué nos equipara y qué nos diferencia. 

En comunidades de latitudes distantes emergen similitudes que nos señalan la inutilidad de las fronteras nacionales, tan arbitrarias y separadoras de iguales”. El modus operandi en cada punto cardinal es el mismo: arriban a la escuela rural, se presentan ante las autoridades, los maestros y los alumnos –que no suelen ser muchos–, y piensan con ellos la estructura del taller: horarios, grupos, cantidad de días, temas. 

Como mínimo, se quedan allí una semana, para poder empaparse de los usos y costumbres locales. Aparte de las clases que dictan, cuentan con una biblioteca astronómica y un proyector para emitir películas sobre el tema. “Lo más fuerte son las caras de asombro de los chicos. Atesoramos miles de cartas, regalos artesanales, comidas, canciones y dibujos”, se emociona Sofía.

Y como siguen haciendo camino al andar, tal vez cuando lea estas líneas, estén en el desierto mexicano, o en la gran Tenochtitlan, o en la Huasteca potosina, o en Cuba, o en la Argentina misma. Imposible determinarlo. Eso sí, hay una certeza: “Que el proyecto continúe… Por qué no, con un hijo más”, se ilusionan. Al fin y al cabo, ellos ya saben que soñar no cuesta nada y que todo se cumple. Tarde o temprano.

Experiencias, en la voz de Yayo y Sofía 

“En Lasana –un vallecito en el desierto, en la zona atacameña del norte chileno–, Isaías era uno de los cinco alumnos de la única escuela del lugar. Cuando apoyó su ojo para ver la Luna, enseguida pegó un grito de asombro. Le preguntamos qué distinguía entre los dibujos de la superficie lunar. Sin despegarse del ocular, nos narró: ‘Hay un gato y un pájaro… ¡y ahora el gato se está comiendo al pájaro!’”.

“Nos acomodamos con el ‘Aguará’ en las cercanías de la selva amazónica de Ecuador. A las siete de la mañana, escuchamos ruidos en el techo. Saltamos de la cama y gritamos para ver quién andaba ahí: nadie nos respondía. Hasta que un hombre grande, que estaba sentado en la vereda de enfrente con su bastón entre las manos, nos explicó: ‘Son los monos’. Una banda de monos había saqueado nuestro techo y se había comido la Luna, el Sol y todas las estrellas de telgopor”.

Messi siempre estuvo cerca 

Como años atrás sucedía con Diego Maradona, en la actualidad, cada vez que un extranjero se encuentra con un argentino, la exclamación es: “¡Messi!”. “Cada vez que nos presentamos y decimos de dónde somos, nos preguntan sobre cómo es, si lo pudimos conocer, etcétera. Hoy por hoy, Lionel es un punto de contacto y acercamiento, ¡además de que es del club de nuestros amores!”, dice Yayo. Y cuenta una anécdota: “Un día, después de un taller en Patacamaya, Bolivia, una chica al despedirnos nos trajo con mucho amor una carta para él”.


Más información:
www.proyectomiradas.org

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