ENTREVISTA


“El teatro es un arte efímero”


Por Cristina Noble.



“El teatro es un arte efímero” 

Javier Daulte es uno de los mejores directores de teatro del país. Y también uno de los generadores de la gran movida de los teatros off. Con una trayectoria muy premiada acá y en el exterior –ACE de Oro 2012, Konex de Platino 2010, Royal Shakespeare Festival of New York Award–, disfruta de su presente con tres obras en cartel, entre ellas Amadeus. 

Quién habría pensado que Javier Daulte, un enfant terrible de la dramaturgia argentina en los noventa, dirigiría veinte años después Macbeth o Amadeus en la calle Corrientes, con  éxito y reconocimiento generalizados?  
Pero ocurrió. Dos décadas atrás, él   formó parte del grupo Caraja-ji, compuesto por ocho jóvenes dramaturgos rebeldes que cuestionaban a los grandes autores del teatro y algunos principios de la dramaturgia considerados indiscutibles. 

Esto generó, sin proponérselo, la multiplicación de los teatros off en la Argentina, fenómeno único en el mundo. Hoy son más de doscientas las salas porteñas donde se produce teatro independiente, y muchas de ellas eligen casi siempre alguna de la veintena de obras de Daulte. Además de prolífico, parece incansable: hoy dirige en simultáneo tres éxitos en el circuito comercial –Amadeus, Una relación pornográfica y El hijo de puta del sombrero–, y están en cartel en los off  Criminal y Cómo es posible que te quiera tanto, dos obras suyas. 

En el exterior tampoco le ha ido mal. En la ciudad de Barcelona es Gardel: hace unos años, a poco de desembarcar en la ciudad de Gaudí y de hacerse conocer por los catalanes, le dieron el Premio Ciudad de Barcelona como dramaturgo. Incluso en una prestigiosa escuela de teatro catalana, Eolia, se implementa un método para actores conocido como “Procedimiento Daulte”. Colecciona incontables distinciones internacionales,  entre otras Royal Shakespeare Festival of New York Award. 

¿Podría hablarse del fenómeno Daulte? Llegamos una tarde soleada de otoño a su casa reciclada de Palermo Viejo con el objetivo de averiguarlo. Su casa es toda una puesta en escena. Una gran terraza tapizada en ocre por las hojas de un fresno marca el ingreso a un ecléctico espacio-living integrado con la cocina: el lugar de trabajo de Daulte. Allí conviven, en ese ambiente despojado de piso de cemento, un trinchante de roble, una araña de caireles de cristal y un sofá de tres cuerpos. Un cuadro de Alicia Leloutre, autora de la escenografía de Macbeth, se destaca en un ángulo. 

Evidentemente, Daulte tiene un sentido estético que adquiere protagonismo en sus puestas. En Amadeus, la obra del británico Peter Shaffer recientemente estrenada en Buenos Aires bajo su dirección, la escenografía monacal cruzada por un pentagrama móvil parece servir para contener las emociones encontradas del compositor italiano Antonio Salieri, magistralmente interpretado por Oscar Martínez. “No quise reproducir un palacio que interfiriera con lo que le pasaba a Salieri, un hombre ya anciano, torturado por la muerte de Mozart, de la que se siente responsable. Como la obra pasa en la cabeza de Salieri, me incliné por un espacio puro, no ilustrativo; los hechos se hilvanan según su memoria…”.

Uno más entre sus actores 

Como director, Javier Daulte apuesta a una relación no verticalista con los actores, al ida y vuelta. “Sin llegar al democratismo extremo”, advierte. En la actualidad, dirige tres obras en la calle Corrientes, todas a sala llena. Se trata de Amadeus, El hijo de puta del sombrero y Una relación pornográfica, protagonizada por Darío Grandinetti y Cecilia Roth.

 “En una oportunidad –recuerda Daulte–, cuando Alfredo Alcón tenía uno de los papeles principales en Filosofía de vida, obra que yo dirigía, le hicieron un reportaje. Al finalizar le preguntaron cómo era yo como director y Alcón dijo (sin saber que yo estaba escuchando): ‘Daulte tiene el mérito de ser uno más’. Fue uno de los mejores elogios que recibí como director, y más, viniendo de un grande”.

–En tu Macbeth la música y el espacio escenográfico de alturas superpuestas, donde circulan los personajes de Shakespeare, tienen un protagonismo particular…
–(Se sonríe). Charlando con mis amigos ingleses, me decían que era una suerte poder hacer Shakespeare traducido, porque en inglés la poesía se impone a todo, pero la poesía no es teatro… En general, estoy atento al juego que plantea la escena, que no es solo lo que dicen los personajes; está el espacio, el movimiento… No hay que dejarse hipnotizar por las palabras. 

A mí me acusaron de haber traicionado a Shakespeare por esa puesta mía de Macbeth. La verdad es que esa experiencia fue única, fue un aprendizaje, un crecimiento. Fui súper fiel a la legalidad shakesperiana; para mí es importantísimo entender el reglamento de un texto. Fijate que en Macbeth, Shakespeare propone a las brujas para empezar; ellas son algo muy extraño, plantean una incógnita no bien se abre el telón. 

Hay que entender todo, prestar atención a las apostillas. Hay obras de Shakespeare con dos personajes, pero si uno lee bien, si está atento a las acotaciones, entonces, hay más. En un momento dice, por ejemplo: “Entra el rey con séquito, damas de compañía, guardias, soldados”. Si uno cuenta todos esos personajes, el impacto es totalmente distinto. Shakespeare no ponía personajes inútiles, de modo que si la dirección entiende eso, el efecto narrativo y de impacto del espectáculo es completamente diferente.

En un momento dice el texto: “Suenan trompetas”; por algo pide música el autor. Yo respeté todos esos momentos. Claro, con la música está pidiendo un acento, y en mi puesta la música es de Diego Vainer; eso hace la diferencia, le agrega valor. Siempre trato de entender las reglas del juego y hacer que esas reglas se vuelvan eficaces.

–Entonces, desde tu punto de vista, el arte dramático puede sistematizarse, usar otros lenguajes.
–Cualquier soporte puede usarse para hacer teatro. Los clásicos apelaban a lo que tenían a mano. Cada momento tiene géneros más desarrollados que otros. Ahora está el recurso de las imágenes, tenemos el cine y la televisión como lenguajes a los que podemos apelar. Para mí es impor tante entender que el teatro no es literatura, es un arte efímero. Por suerte…

–¿Qué querés decir?
–Quiero decir que el teatro tiene mucho más que ver con la fugacidad de la televisión que con la literatura. Desde Shakespeare el mejor teatro no fue pensado como literatura; el tema es que los autores argentinos, muchos, no todos, no sabemos escribir teatro comercial.

–¿Vos querrías hacerlo?
–Sí, pero todavía no puedo. Stephen King dijo en un escrito suyo que él, en determinado momento, quería escribir como Faulkner, pero no le salía. A mí me pasaba lo mismo: yo quería escribir como Tennessee Williams, pero al final decidí escribir como podía… Me importa mucho el crecimiento personal y sé que ese proceso, en mi caso, siempre tuvo que ver con romper prejuicios con los actores, con los productores, con otros autores. Para mí el teatro alternativo no es mejor que el comercial, uno no está por encima del otro; como queda claro, me da mucho gusto trabajar en teatro comercial y tampoco quiero dejar el alternativo. El ideal sería poder abordar ambos territorios: cada uno tiene su desafío.

–En nuestro país, predomina el prejuicio intelectual que descalifica lo que no responde a ciertos cánones…
–Sí, hay como una sacralización de lo intelectual. Tuve una lucha tremenda para que mis amigos leyeran a Stephen King. Les decía: “¿No lo leés porque vende mucho? ¡Es una pavada!”.

–¿Será una pavada nuestra, o es global?
–Me parece que los sajones tienen otra visión. Hace poco estuve en Londres por trabajo y también vi algunas obras. Fui al National Theatre a ver la primera parte de la trilogía de Tom Stoppard, Utopía. Trata sobre los orígenes del pensamiento de izquierda en la Rusia del siglo XIX. A la salida me encontré con Hanif Kureishi, el dramaturgo anglopaquistaní famoso en Londres, y le comenté que me había impresionado la propuesta de Stoppard. Él me dijo que no le extrañaba porque lo mismo le había comentado Trevor Nunn, el director de Cats, un musical que fue un éxito comercial increíble. 

Lo que quiero decir es que allí todo el mundo aprecia el trabajo del otro y se juntan sin prejuzgar nada. Actúan con gran libertad. De cualquier manera, aquí existe otro tipo de libertades en el teatro off que no surgen en ningún otro lugar del mundo. Es un fenómeno argentino que empezamos ­–no puedo omitirlo– unos cuantos loquitos en la década del noventa y después siguió su curso. La cuestión es que ahora los autores jóvenes escriben sin esperar el consentimiento de un dramaturgo conocido; confían en su inspiración. Hoy un grupo inventa una obra, la produce, la actúa, la dirige. Y después la gente la va a ver, y está muy bien.

–¿Y a vos qué te inspira para escribir?
–Tener  alguna alegría. Eso de que el sufrimiento es inspirador es una mentira que no ayuda para nada.

Llegábamos al final de la entrevista cuando el humo de la choriceada que su hijo había organizado con amigos se coló por la puerta de vitraux…

–¿Vivís acá solo con tu hijo?
–No –señala un cuenco con comida–, tenemos varios gatos.

–Para terminar, una pregunta al estilo de James Lipton, en Desde el Actors Studio: ¿qué te da miedo?
–La depresión. Un personaje de una novela maravillosa de Richard Ford, Acción de gracias, dice en determinado momento: “Si la vida te da tiempo suficiente, te va a pasar de todo, lo bueno y lo malo, y eso está muy bien. Cualquier cosa es deseable, incluso una enfermedad incurable, antes que perder el deseo, las ganas de seguir”.

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