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Volver


Por Ana Claudia Rodríguez.


Volver 


El nombre técnico es “choque cultural reverso” y se trata de aquello que sienten quienes, después de varios años, vuelven a su país de origen. Expectativas, emociones y tensiones de un expatriado que retorna.

Nunca había cruzado el océano. Pero la insistencia de una amiga azafata de vuelo, que conseguía precios muy económicos, la llevó en 2001 al otro lado del charco, a Barcelona. Raquel Pannuzio tenía por entonces 25 años y casi sin darse cuenta, como quien tropieza, dejó su Buenos Aires natal para emprender una aventura por Europa que duró once años. El aterrizaje en España fue, dice, totalmente improvisado y por eso, quizás, al camino de vuelta le puso más atención: meditó bien sobre cuándo y cómo volver a su país una década más tarde.

El dilema no es nuevo ni exclusivo de los argentinos (la Odisea, con Ulises y su retorno a Ítaca, por ejemplo, ilustra cómo las idas y vueltas son tan antiguas como la cultura), aunque es cierto que las crisis empujaron a muchos a inventarse un nuevo futuro. ¿Pero cómo se vive el regreso?
La psicóloga Elena Romio, quien también vivió en carne propia esta experiencia de cambio, lo explica así: “Depende de las razones por las que la persona se ha ido y también de las razones por las que vuelve. No es lo mismo que un lugar te atraiga porque estás huyendo de otro lado, que porque te espera allí un proyecto interesante”. 

Ya sea refugio u oportunidad, la vuelta siempre conlleva una etapa de adaptación, aunque se puede matizar la fuerza del shock con una preparación previa. “Es recomendable que no sea una decisión precipitada y que para elegir de forma madura se analicen detenidamente los pros y los contras. Por qué se vuelve y para qué son preguntas fundamentales que se deben resolver para que el pasaje sea más consciente”, continúa la psicóloga, quien señala además la conveniencia de trazar un puente y lograr, en el lugar de destino, una contención familiar y de amigos, una seguridad laboral o un bienestar económico que amortigüe la llegada. “Necesitamos estar sujetos –asegura Romio–. Si no, nos convertimos en hojas al viento que van o vienen desde la desesperación. Y el choque será más fuerte”.

Familia, amigos, novio, trabajo y vivienda. El colchón de Raquel fue lo suficientemente tupido como para disminuir el impacto del cambio que, no obstante, según cuenta: “Fue brutal. No tomé ninguna medida en especial; lo que me di fue tiempo. Estuve un largo rato guardada... el clima ayudaba. Me lo pasé hablando con amigos de ambos continentes que me acompañaban en el proceso. Creo que atravesé una especie de duelo que duró dos meses. Luego lo que me ayudó a pisar tierra y arraigarme fue empezar a interactuar con lo cotidiano, patear Buenos Aires, trabajar y valorar aquellas cosas tan lindas de acá que había olvidado”, relata. 

“Ahora extraño no vivir a diez minutos del Mediterráneo, ni tener Berlín a una hora y media, pero me doy el gusto de jugar con mis sobrinas en vez de verlas cada tanto por Skype y hago tai chi con mi padre, que ya está grande. Un día pensé ‘Ahora estás acá y vas a ponerle pilas’. Y lo logré. En ese momento, la mirada cambió. Hubo más motivación y el deseo de querer aportar algo para que las cosas estén mejor”, agrega Raquel. Pero la fórmula no tiene estándares. Hay otros que bailan, pasean o dibujan, como es el caso de Sonia Esplugas, una catalana que desembarcó en Buenos Aires en 2002 por un amor y que, diez años después, volvió a armar la valija para reencontrarse con sus orígenes, en Barcelona.

Se fue también con la tranquilidad de lo afectivo y lo económico, y sigue en contacto con las amistades del Sur por Internet, pero dice que aún está en la búsqueda de un psicólogo, por ejemplo. “Lleva un tiempo hacerse con el botiquín de supervivencia y contención”, cuenta. 
En la Argentina, de forma más o menos consciente, Sonia buscó, según cuenta: “Algo así como humanidad. Me moría por dar con un lugar donde la gente tuviera otra actitud ante la vida, más fresca, valiente, abierta o empática”. La decisión de volver, en cambio, ganó terreno poco a poco, a medida que aumentaba la necesidad de pasar una temporada en su tierra, estar con su gente y reconectar con sus raíces. La demanda se le juntó en el cuerpo como sensación, y Sonia la convirtió en un boleto de avión y una fecha concreta.

Las razones del retorno, en fin, pueden ser muchas o pocas, pero siempre habrá un período de adaptación al nuevo escenario. Según Romio, las fases del duelo serán básicamente tres: la primera es la de perplejidad, porque quien vuelve no espera ver la realidad de su país tal y como creía. Le sigue el momento de melancolía o de “pura pérdida”, en el que se sufre la ausencia de lo que ya no está. Por último se da la aceptación, que ocurre cuando la persona toma las riendas y asume la responsabilidad de su vida. Pero si hay trabajo previo, se pasa directo a la fase tres. 

La psicóloga habla con conocimiento de causa porque vivió las dos modalidades: en 2003 volvió de Barcelona luego de trece años y lo hizo desde la ilusión de encontrar la misma Buenos Aires que dejó. No hubo elaboración y, según dice: “El duelo fue terrible”. Con esa experiencia, salió de Lago Puelo el año pasado, después de seis años de vivir en el Sur. “No quise volver a repetir el mismo error y estuve un año en terapia para prepararme”. Por eso, su última mudanza fue más armónica, más amable. 

Entre la soberbia y la depresión  

Raquel volvió por amor, para acompañar a un ser querido en el camino a la vejez. Al principio no fue fácil. “Viví involucrada en cuerpo y alma con las cosas de allá, sobre todo en los últimos años”, comenta. Y por eso, al llegar a Buenos Aires, se le hizo rara –su relación con ella dejó de ser fluida– y se sintió “despaisajada” por un tiempo. Aún hoy le cansan muchas cosas de la Argentina… “¿Pero qué hace uno con eso?”, se pregunta esta porteña. “Uno puede desesperarse, volverse cínico, o decidir ser honesto y ponerse las pilas en lo que uno puede ofrecer”.

Los expertos dicen que los mecanismos de defensa ante el limbo del retorno tienen dos extremos: por una parte, la soberbia, que se expresa a través de la ironía o la negación. Para tapar su frustración, la persona siente que los demás no lo valoran lo bastante y así pone afuera la responsabilidad de lo que está viviendo (en vez de preguntarse a sí mismo y hacerse cargo del momento). En la otra orilla, la depresión:  no valgo nada, nadie me quiere. Este discurso puede llegar a ser patológico. Romio aconseja huir de ambos estados y que la persona se pregunte de qué recursos dispone para el proceso de adaptación.

En el camino, asaltan la ansiedad y la duda (“¿Me habré equivocado al volver?”), porque el sentimiento de vulnerabilidad y de falta de pertenencia se agudizan. Y la adaptación va trabajando correctamente si la angustia es tolerable, si incita a la pregunta y al análisis. “Al preguntarse, uno está a salvo porque se empiezan a buscar alternativas para mejorar; uno está abierto al cambio”, remarca la psicóloga.

“La mejor receta para encontrarse a gusto en un lugar es no juzgarlo ni compararlo con otro, tomar lo que hay y mantenerse abierto y receptivo. Si lo lográs (que no siempre es fácil), entonces, todo a tu alrededor se abre. Al menos, es lo que me funciona a mí ”, testimonia la catalana. Y agrega que no hay un sitio mejor que otro porque, como las dos caras de una misma moneda, cada lugar, cada ciudad, tiene sus pros y sus contras: “Son inseparables”. 

Por el momento, y aunque tiene un pie y media alma en Buenos Aires, aclara que elige Barcelona, que es lo que necesita en esta etapa de su vida. ¿Acaso Sonia persigue las crisis (la Argentina 2002, España 2012)? “España está atravesando un momento delicado: por un lado, veo bastante miedo y resistencia al cambio y, por otro, iniciativas ciudadanas súper interesantes y gente con ganas de hacer cosas nuevas. Las crisis son momentos palpitantes para cuestionarse los viejos patrones y abrirse a los nuevos, algo que creo que Europa necesitaba con urgencia”, responde.

Y es que mientras el expatriado estuvo ausente, hubo cosas que cambiaron. Nunca se vuelve al mismo lugar. “Hay que aceptar que uno mismo, que la ciudad y las circunstancias ya no son iguales que ayer. Si se pretende encontrar lo que se dejó, entonces, habrá más sufrimiento”, advierte Romio, que descubrió que con los años Buenos Aires había crecido en autos y en gente, y que muchos amigos se habían separado o tenido hijos. Si el objetivo es evitar el choque cultural reverso, o minimizarlo, hay que dejar a Gardel en el cajón, opina la especialista. Que el “vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez” no sea una guía. Solo una letra sentida de un tango que perdura. 

Ida y vuelta

En Las Ramblas, en el Parque de la Ciudadela o en la Plaza de Cataluña, no es raro escuchar un “che” o ver un mate que pasa de mano en mano. Y es que, sobre todo en la crisis de 2001, Barcelona fue la ciudad elegida por muchos argentinos que buscaron un mejor porvenir. Hoy la tortilla se da vuelta y, junto con los que regresan al Sur, muchos españoles llegan a Buenos Aires con sus esperanzas metidas en una maleta. La ida y vuelta viene de lejos (lo ilustra el director Juan José Campanella en su serie Vientos de agua): las estrecheces en lo político y lo económico se alternan a ambas orillas del charco y, como secuela, casi sin prestar atención, afianzan y moldean nuevas formas de relación entre España y la Argentina.


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