ENTREVISTA


Soy un poco torturada para trabajar


Por Guadalupe Treibel.


“Soy un poco torturada para trabajar” 

Si hubiese un boletín para el timing cómico, Muriel Santa Ana estaría llena de buenas notas. Como ex del personaje de Suar en Solamente vos, como la periodista de malos amores en Ciega a citas o como la mejor amiga en Lalola, la actriz suma éxitos televisivos y grandes performances teatrales. Su carrera crece paso a paso y no parece tener pausa.

Más sencillo es escalar los resbaladizos picos del Himalaya que hacer un hueco en la apretadísima agenda de Muriel Santa Ana, la ganadora del Martín Fierro como actriz de comedia 2009 por Ciega a citas. Nos recibe en los estudios de Pol-ka y nos sentamos frente a frente en el consultorio donde Leopoldo Fishman (Sebastián Wainraich) analiza a Juan (Adrián Suar), en la tira Solamente vos, en la que ella le pone alma a Ingrid.  

“Me estoy tratando. La llamo y viene; si no, no puedo grabar”, bromea Muriel con una persona que pasa y pregunta amablemente qué hacemos allí. Ante la respuesta, sigue camino, y la cronista (devenida en terapeuta) comienza a adentrarse en los dimes y diretes de la Polaca, ex de Juan y madre de su ejército de niños cantores, que la actriz interpreta en la tira de El Trece. Así, en cuarenta minutos ¿de diván?, Muriel habla de todo: sus roles en teatro, la influencia de su papá en su vida, la timidez y mil cosas más. 

–Si bien trabajaste en otros formatos televisivos, Solamente vos es tu regreso a la tira diaria después de Ciega a citas.
–En tira diaria, sí, aunque hice cosas muy lindas en televisión durante todo este tiempo: personajes muy particulares a los que, desde un primer acceso al guión, supe que podía aportarles algo. En el caso de Solamente vos, me pareció que Adrián (Suar) me estaba abriendo una puerta, dando una responsabilidad y un lugar de confianza a su lado. Para cualquier actor, encabezar un programa es un reconocimiento y un paso profesional hacia adelante, en especial al lado de una estrella. 

Ocupar un tercer lugar al lado suyo y de Natalia (Oreiro) era una oferta que no podía rechazar. Además, en su momento tuve acceso a los diez primeros capítulos y me pareció que mi personaje era el mejor escrito del programa (o uno de los mejores). Porque no solo es la madre de sus cinco hijos; también es una mujer que plantea sus propias necesidades. Claro que el modo en que las plantea y la manera en que las lleva a cabo son propios de la comedia, donde hay un corrimiento y rasgos que se exageran. 

–¿Es cierto que, al comienzo, te generaba cierto nerviosismo compartir escenas con Suar?
–¡Todavía me pasa! Hay personas que resultan intimidantes y una no sabe muy bien por qué. Adrián es una persona con una energía muy particular, alguien sumamente agradable y alegre, pero para mí representaba mucho más que un compañero. Sigue representando muchas otras cosas. Siento una gran admiración por él y no es para menos: tiene un gran manejo de todo. Quizá yo tenga mucho recorrido, pero siempre estoy con la sensación de estar ganándome el lugar. Trabajo desde ahí: no desde lo dado, lo fácil, el “Total, ya estoy”. En general, soy un poco torturada para trabajar; lo fácil me viene con horas de vuelo. 

–¿Siempre te exigís mucho?
–Tengo una forma muy exigente; no me viene el disfrute de inmediato. Para mí, es el resultado de días, semanas y meses de trabajo. No es que hago una escena y me voy a casa pensando que soy una genia. No, no, no. En mi caso, es una construcción, y en esa construcción, hay prueba y error. Igual, estoy describiendo una situación que se da al inicio. Ahora, después de meses de trabajo, con el programa súper instalado y los personajes caminando, está todo en confianza. 

–¡Qué manera de sufrir tu personaje! ¿Lo va a empezar a pasar mejor? 
–Ella está en esa búsqueda, pero no sabe bien qué hacer. Sale con esa fortaleza real y tangible que tiene. Es ama de casa y, como en el programa no se cuenta que tenga ayuda de ningún tipo, trabajo con la idea de que ordena todo el tiempo, lava platos, cocina todo el día y, sin embargo, se la ve maquillada, arreglada. Los milagros de la televisión… No se qué va a pasarle, pobrecita. 

–El vínculo con tus cinco hijos es central en la tira. ¿Cómo fue la construcción de esa relación?
–Con ellos, se fue armando en el día a día, a partir de la propuesta del libro. Y la construcción del vínculo básicamente sería que me pasan por arriba. Les digo, por ejemplo, que no pueden faltarle el respeto a su madre. Porque una madre siempre es una madre, no es una amiga. Y esta los quiere y los cuida mucho. Nos escuchamos y, gracias a la dirección, organizamos el caos de estar todos juntos. Estos chicos son unas bestias que manejan la televisión mejor que actores grandes; son súper profesionales. 

–Hiciste un stand up como parte de una campaña de una marca de jabón. Había una frase que daba por tierra el cliché sobre la necesidad de ser madre. Decías: “Se ve que cuando la maternidad llamó, yo estaba ocupada atendiendo la vocación”…   
–De alguna manera, siempre me ocupé más de otras cosas. Ese stand up lo escribió Dalia Gutmann, y ella me dijo: “Vos me vas a contar todo y yo lo armo, porque si el stand up no es personal y no lleva la carga de algo propio, no funciona”. También me dijo que para reírse de uno mismo, no hay límite. Para mí sí, aunque sea invisible (se ríe).  

–¿Te interesa el stand up?
–No, no, no es para mí. 

–Sí la comedia, en la que has hecho papeles memorables. ¿Siempre tuviste facilidad para hacer reír?
–Parecería que sí, que hago gracia. Desde chica, fui una cruza medio rara entre antipática y graciosa, aunque lo que se lee como antipatía no es otra cosa que inseguridad, una timidez profundísima y cierta necesidad de estar sola y aislada. Por otro lado, también de chica me daba cuenta de que en mi familia había mucha arenga para que contara mi día, las cosas que me habían pasado en la escuela. Mi papá y mi mamá se morían de risa; yo también. Ahora, de ahí a pensar que eso te hace actriz… no. 

La actuación requiere una formación y una organización de los recursos. Esta idea empobrecedora de que la formación quita espontaneidad es una tontería, porque, lejos de hacerlo, le saca brillo a lo que la persona trae. La formación está para que la persona cuyo talento es grande brille más, y para que una persona con un talento menor lo pueda sacar a relucir o desarrollarlo. Si no, es como tener una sola tecla para tocar, una sola manera de pensar las cosas. 

“Tengo otra dignidad en relación con el trabajo; nunca lo he pensado como “ganarme el pan”. Prefiero dedicarme a otra cosa antes que rebajar la situación de la actuación”.

–¿Es cierto que hasta los 18 años pensabas que ibas a ser maestra?
–Ay, esas cosas que ponen en las notas… Lo dije una vez, pero ahora no lo siento. Ya pasaron tantos años… Me gustaba, sí, tenía como la fantasía, pero me imaginaba la situación casi teatralmente. En realidad, me habría gustado ser bailarina clásica, pero tampoco me apliqué a nada, físicamente hablando. Me gustaban muchas cosas. Me aburría fácil y me mandaban a estudiar de todo y hacía de todo. Era genial para una chica tímida como yo porque no me quedaba otra opción que interactuar con otros chicos. 

–¿Siendo tan tímida, cómo eligiste una profesión de tanta exposición?
–No tiene nada que ver lo que uno siente con lo que uno hace. Además, la incoherencia es otro de mis fuertes (se ríe). 

–Según has contando, tuviste una niñez peculiar y entretenida en casa de tu mamá, gracias a su viaje de descubrimiento espiritual.
–Mi mamá pasó por todo, tuvo su camino. Mabel González se llamaba, y era una sanadora espiritual, una mujer absolutamente fuera de lo común, excéntrica y muy, muy grande, que ayudó a mucha gente. Como hijas, mi hermana, Moira, y yo observábamos todo: cuando pasaban películas de la India, cuando venían maestros espirituales, cuando cuarenta personas hacían experiencias de meditación y de silencio en casa. Nuestro cotidiano se mezclaba con eso. Pero mamá nunca trato de evangelizarnos; simplemente nos mostró lo que a ella la hacía feliz. Nosotras podíamos tener acceso a lo que quisiéramos, porque tanto ella como papá nos trataron a las dos como individuos, no como prolongaciones de ellos.

–En lo personal, ¿qué tomaste de la experiencia espiritual de esos años?
–No tuve ni hice ninguna “experiencia”: esa fue mi vida, y lo sigue siendo. A los 24 tuve mi propio viaje místico a partir de la lectura y de mi búsqueda; pero lo espiritual, para mí, es lo humano. No es hacerse monja: es reconocer la propia humanidad y darte cuenta de que si conectás con tu ser, conectás con algo grande.  

–Con tu papá, el prestigioso actor Walter Santa Ana, encaraste uno de tus primeros proyectos teatrales, haciendo textos de Borges… 
–Sí. En realidad, yo venía haciendo cositas, performances a las tres de la mañana, en Babilonia, un teatro de Abasto. Te estoy hablando de muchos años atrás. En aquel entonces, estaba muy saturada por el mundo borgiano y mi papá me dijo: “¿Por qué no seleccionás unos treinta textos de toda la literatura de Borges, después hacemos una limpieza, nos quedamos con veinte y hacemos un recital?”. Creo que me lo propuso como una posibilidad de compartir algo nuestro. Yo tendría 19 o 20 años, una edad en que tenés ganas, pero no sabés cómo concretarlas.

Y a esa edad, necesitás que alguien te oriente y te diga: “Hacé esto”. Hice la selección, la armamos, viajamos, salimos de gira, y al año, el teatro San Martín se interesó en el proyecto y le ofreció a mi papá agrandarlo y que lo protagonizase Virginia Lago. A él le gustó la idea, pero les dijo que su hija tenía que estar. No por ser su hija, sino porque yo era parte del proyecto, porque los libretos estaban organizados por mí y estaba comprometida con el material. Mi papá jamás dijo: “Ponela a Muriel”. Tuve una participación menor, pero fue superior. Fue el primer contrato que tuve como actriz, ganaba un sueldo como actriz. 

“Puedo tener mucho recorrido, reconocimiento o premios, pero siempre tengo la sensación de estar ganándome el lugar”.

–¿Algunas vez sentiste la presión de ser la hija de?
–La presión como algo negativo, no; como algo positivo, sí. 

–De querer estar a la altura de las circunstancias…
–Sí. 

–¿Le pedías consejos a tu papá?
–Por supuesto, permanentemente. Hablábamos de todo. Igual, más que pedir consejo, hablábamos de la vida y del teatro, que para él era lo mismo.

–Volviendo al espectáculo, ¿qué interés particular te despertaba el universo borgiano?
–Me pegó muy fuerte a esa edad. Sigue siendo un escritor en el que me refugio bastante. Tuve como un encuentro con Borges. Recuerdo que, cuando murió, fue terrible para mí.  Se genera un vínculo de mucha intimidad con un autor que uno lee y relee. Me pasa igual con Salinger, un autor con el que tengo una relación muy profunda. Siento que soy parte de sus libros, que me conoce, que él es parte de mi vida. 

–Qué ironía que, muchos años después, tu papá haya interpretado a Borges en cine.
–Claro, en Los libros y la noche, de Tristán Bauer. ¿Viste las vueltas de la vida? Lo circular, lo borgiano…

–Aunque el gran público está más familiarizado con tu faceta cómica televisiva, hiciste roles dramáticos en teatro, como La vida es sueño, de Calderón de la Barca, o Tres hermanas, de Chejov, muy aplaudidos. 
–Siempre digo que me siento heredera de todas las Rosauras que hubo desde que Calderón de la Barca empezó a escribir La vida es sueño. Todas las funciones sentía que era una especie de elegida que estaba diciendo esas palabras extraordinarias, de altísimo nivel poético. Tres hermanas fue también una experiencia tremenda , porque Natasha –mi personaje– iba totalmente en contra de mi naturaleza; no conecta, carece de ternura. Y Luciano (Suardi, el director) me decía: “Muriel, entrás y das ternura. No des tierna.

No nos tenés que dar pena”. Este tipo de trabajo hace que uno se vaya encontrando con energías distintas y descubra qué acciones hay que poner en juego para matar cierta característica propia, de modo que salga otra. Trabajé con un montón de directores muy distintos y siento que siempre me transformaron gracias a su compromiso y a su lenguaje.  

–Con Suardi van a volver a trabajar en El gran deschave, que estrenan próximamente en el Cervantes, ¿no? 
–En septiembre estrenamos con Guillermo Arengo, con escenografía de Graciela Galán y la dirección de Luciano.  

–Has hecho tu carrera muy paso a paso. ¿Sobre la base de la intuición? 
–Sí, intuitivamente. Me fui encontrando con situaciones, con personas, con oportunidades. En el momento en que me conecté con mi propio ser, pude empezar a entender hacia dónde quería ir. Y no tiene que ver con la fama, con la plata, con estar en Telefe o en Pol-ka. Tiene que ver con algo que me despierte una sensibilidad, un  deseo: tu deseo que te guía. Es una cosa muy en general que después se va particularizando y se acomoda en tal o cual obra. 

Tengo otra dignidad en relación con el trabajo; nunca lo he pensado como “ganarme el pan”. Prefiero dedicarme a otra cosa antes que rebajar la situación de la actuación. La gente que usa la frase “es laburo” me baja el astral. Si no logro encontrar esa pureza en mí, prefiero no hacerlo. Por la plata, seguro que no. Y te digo que el año después de Ciega a citas, las ofertas fueron impresionantes… 

–En cuanto al libro, los personajes, las actuaciones, Ciega a citas fue un pequeño milagro en la televisión abierta. En lo personal, ¿significó un antes y un después?
–Sí, por supuesto, y un pequeño milagro para mí y mi familia. No volví a ver un programa así. Pero, también... Carolina Aguirre escribió el blog, y luego el libro, y Marta Betoldi lo adaptó a la tele: la base era tan sólida y mi personaje estaba tan perfectamente construido… Fue hermoso, pero no lo extraño. Tengo lindos recuerdos, pero no sigo pegada a Lucía González.


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