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Donde nace la música


Por Revista Nueva.


Donde nace la música
De las manos de los luthiers surgen los instrumentos que nos maravillan con sus formas y sonidos. Los invitamos a conocer un oficio lleno de magia y de belleza. Viruta, herramientas, pegamento, tacos y planchas de madera: nada más alejado del clima de una sala de conciertos que el taller de un artesano. Excepto, claro, si se trata del taller de un luthier, esos magos que van sacando del corazón de la madera un instrumento único, delicado, destinado a conmovernos con su sonoridad.

En estos talleres ven la luz guitarras, violines, flautas y bandoneones que luego arrancarán aplausos cuando las manos y el talento de un buen músico los haga brillar, estallando en sonidos maravillosos y diversos. Quien experimentó esta emoción única, como oyente, fue Ángel Zullo, constructor del primer bandoneón íntegramente realizado en nuestro país.

Cosa curiosa, aquí, en las tierras del  tango, no se había construido nunca un bandoneón Made In Argentina hasta que él hizo el primero, junto con su hijo Gabriel.  Los músicos, en general, siguen utilizando los viejos bandoneones alemanes, fabricados hace más de cincuenta años. Pero el 1 de octubre de 2009, Ángel Zullo se dio el gusto de su vida:  Rubén Juárez –nada menos– fue el encargado de probar este instrumento y darle el visto bueno, en un concierto realizado en el Centro Nacional de la Música y la Danza, en San Telmo. “Fue una emoción tremenda”, asegura.

El bandoneón, de pura cepa nacional, pasó también por las manos de los maestros Leopoldo Federico y Rodolfo Mederos, que probaron con gusto y profesionalidad el nuevo fuelle criollo. Zullo, el creador de la maravilla, había pasado cinco años experimentando y construyendo este bandoneón, llamado A Z, que lleva, como todos los bandoneones, nada menos que 6046 piezas. 

Zullo venía soñando con dedicarse a construir bandoneones desde hacía años; bandoneonista él mismo, trabajó durante cuarenta y cinco años como técnico aeronáutico en Aerolíneas Argentinas. “Toco el bandoneón, pero nunca pude hacerlo profesionalmente, por el trabajo. Sin embargo, reparaba los bandoneones de los amigos y pensaba siempre que quería dedicarme a esto”, cuenta. 

Cuando llegó el momento del retiro, Ángel ya había armado su taller y se puso manos a la obra. Para hacer su primer instrumento, don Ángel desarmó un bandoneón clásico hasta la última pieza; hizo él mismo los planos de fabricación y hasta mandó a analizar algunas partes metálicas a laboratorios metalográficos, para saber de qué aleaciones estaban hechas.

Se enorgullece, en particular, de los catorce peines que lleva cada bandoneón, los cuales se mandaron fundir especialmente. “Los peines son el corazón del bandoneón”, dice. Las cajas sonoras están hecha de pino sonoro (“No es cualquier pino; tiene un tratamiento especial”, explica) y, según detalla el experto Ángel Zullo: “El cuerpo del bandoneón, el fuelle, se realiza con cartón prespan, un cartón que se puede doblar muchísimo y no se rompe”.

Hacer un bandoneón le lleva entre tres y cuatro meses de trabajo; en este momento, está terminando el octavo. “Se llevaron uno a Alemania y otro a Italia –cuenta, con satisfacción­–. Hasta vino un músico de Corea a visitarme. Sabía que había bandoneonistas en Japón, pero en Corea no”, agrega, asombrado. Y es que la música trasciende las fronteras. ¿Quién sabe? Tal vez muy pronto, en alguna esquinita de Seúl suene un tanguito, y ese bandoneón arrabalero haya salido de las manos del reconocido maestro Ángel Zullo.

Una mochila, una historia y un violín 

“En el año 2000 me fui de mochilero a Europa con un amigo. Estudiaba dirección orquestal, tocaba la viola y arreglaba mis guitarras”, relata Gervasio Barreiro, luthier dedicado a la construcción de instrumentos de arco: violines, violas y violonchelos. “En Italia, quise ir a Cremona; quería visitar algún museo”. Y es que Cremona es la ciudad de los luthiers y cuna de las familias Stradivari y Guaneri, fabricantes de los violines más exquisitos del mundo. 

La lutería, que ya le venía interesando, se afirmó como vocación cuando llegó a la puerta de la escuela de lutería de Cremona: “Me volví loco. Me inscribí –la inscripción terminaba al día siguiente–, volví a la Argentina, me preparé para los exámenes, entré, y me quedé durante cinco años”.

En Cremona  se recibió de maestro luthier y construyó su primer violín, que por supuesto conserva y es “su” violín. También allí vendió por primera vez un instrumento, a una violinista japonesa. Por esas cosas del destino, casi diez años después de la venta, le llegó una carta de aquella señora: le contaba que estaba fascinada con su violín y que le habría gustado tenerlo antes, al comienzo de su carrera; ahora, ya mayor, planeaba dejárselo a su nieta, que estaba dando los primeros pasos en la música.

Aunque se sabe que un Stradivarius vale millones de dólares, la cuenta bancaria de un luthier que recién se inicia está muy lejos de exhibir esas cifras. “En Cremona vivía en un lugar re chiquito y trabajaba como pizzero para pagar el alquiler”, cuenta Gervasio. Tiempo después, con más experiencia y ganas de volver al pago, dejó Italia y se instaló de nuevo en la Argentina. “El primer violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional, el concertino, Pablo Roggero, tiene un violín mío”, se enorgullece Gervasio. Hacer cada instrumento le lleva entre un mes y un mes y medio; utiliza las maderas tradicionales clásicas de los grandes violines, que son el pino abeto alemán y el arce de la región de los Balcanes.

Gervasio habla de la sensibilidad de las maderas, del tiempo que requiere cada detalle, de lo que representa la satisfacción de crear un instrumento: “Le dedico lo mejor de mí, para que el último que hago sea siempre el mejor”, dice.  Asegura  que en la lutería encontró “lo suyo” y remata aludiendo a aquel viaje de mochilero a Europa y a su acelerada inscripción en la escuela de Cremona: “Antes decía que me había encontrado con esto por casualidad; ahora creo que fue el destino”.

Entre el arte, la pasión  y el ingenio 

Los luthiers (al menos, los que entrevistamos para esta nota) tienen su costado sorprendente. No solo los que han hecho carrera como técnicos aeronáuticos o los que amasaron deliciosas pizzas para solventar la vocación: “Soy maestro mayor de obras, especializada en construcciones antisísmicas”, se presenta Nancy Gianoli, quien agrega enseguida: “Y luthier”, antes de que pensemos que nos equivocamos de entrevistado.

Una de las pocas mujeres en el oficio, Nancy se dedica a la fabricación de guitarras españolas y flamencas. Egresada de un colegio técnico y profesora del colegio Otto Krause, Nancy siente en los talleres como en su casa. Hace unos años, en otro colegio técnico, hizo un curso de lutería. Eso, más una familia con las puertas abiertas al folclore y un novio (luego marido) guitarrista, la llevaron de la mano al mundo de las guitarras.

“En la casa de mi tía siempre había músicos: Jaime Torres, Suna Rocha y muchos otros. Así que puedo decir que me crié en un ambiente musical”, agrega, derrochando simpatía. “Tenía facilidad para trabajar con las herramientas y estaba acostumbrada a manejar máquinas, pero tuve que aprender a mejorar el sonido de los instrumentos que hacía”, recuerda. Cuando le preguntamos qué parte del proceso de hacer una guitarra le gusta más, piensa un momento y dice: “Todo. Desde que empiezo a seleccionar la madera, veo las vetas… En fin, me gusta el proceso completo”.

Para que una guitarra llegue a manos de su dueño, Nancy necesita aproximadamente cinco meses y hace unas cinco o seis por año. Pero sus proyectos futuros no incluyen solo guitarras: “Tengo pendiente el laúd”, confiesa, un instrumento tan bello como su sonido, originario de la Edad Media. También de épocas antiguas, en este caso del Renacimiento y del Barroco, llegan las flautas dulces y traverseras, entre otras, que construye el luthier Marcelo Gurovich. Aunque inició su carrera como músico, hace veinte años que se dedica por completo a la lutería. 

Empezó, como otros, de la mano del ingenio y la necesidad: su papá le había regalado una flauta alemana, de madera, que dejó de sonar bien. Entonces, a partir de un artículo que encontró en una revista especializada en el tema, se animó a arreglar el block de su flauta, una pieza interna fundamental para que el instrumento suene adecuadamente. “Para construir flautas no hay dónde estudiar –dice–, así que fui aprendiendo solo. Mi papá me ayudó a comprar el primer torno, y luego fui consiguiendo planos, que hay en los museos, para hacer los primeros instrumentos”

Asegura que hacer una flauta es un proceso delicado; no se hace de una vez; exige retoques, que la madera, que es muy sensible, se estabilice, y una infinidad de detalles que hacen a la perfección y a la sonoridad de cada una de ellas. Hay aroma a maderas perfumadas y un rayo de sol que se cuela por la ventana del taller de los luthiers: dejémoslos trabajar tranquilos y vayámonos silenciosamente y en puntas de pie, para que, cuando ellos terminen con su obra, se haga la música.

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