ENTREVISTA


Por amor al arte


Por Connie Royo.


Por amor al arte 

Enamorada de su profesión, Verónica Pelaccini vive para actuar. El teatro, el cine y la televisión la acercaron a personajes intensos, intrépidos y entrañables. Perfil de una mujer que encontró el equilibrio. Versátil y carismática, Verónica Pelaccini está feliz. Y no es para menos. Hace unas semanas presentó, junto a Rodrigo de la Serna y Oscar Martínez, la famosa obra Amadeus, donde interpreta a Constanze, la mujer de Mozart. Y el público y la crítica la aplaudieron de pie. 

Apasionada por su vocación, su carrera incluye un sinfín de personajes y proyectos en cine (Amor en tránsito y Mentiras piadosas), teatro (El juego del bebé, De Rigurosa etiqueta y Cinco mujeres con el mismo vestido) y  televisión (con participaciones en Naranja y media, Los simuladores, Chiquititas, Floricienta y Cuando me sonreís). Curiosa e inquieta, Pelaccini creció en una familia sin artistas a la vista. “De chiquita me paraba arriba de una mesa y hablaba en voz alta para mis familiares. Ya de grande, me di cuenta de que lo que quería, además de ser querida, era ser actriz. Pasé por querer ser abogada, arqueóloga, psicóloga y bioquímica. Me interesaba ir al meollo de lo que me intrigaba en el momento”, cuenta. 

Mientras cursaba séptimo grado, asistió a un taller de teatro en el colegio, y en la secundaria tomó clases en Andamio 90, dirigida por Alejandra Boero. “Ella nos enseñaba a actuar con compromiso”, explica. Al terminar el secundario, se le acabaron las dudas. “Quería ser actriz, pero una con formación teórica. Sentí que necesitaba tener un soporte profundo, saber más de historia, de estética. Me interesaba, y me interesa, un aprendizaje sistemático de toda esa información”, relata. Así fue como se inscribió en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y  luego se licenció en la carrera de Artes Combinadas.

Su debut llegó en 1998, cuando condujo por canal Infinito Recreo Satelital, un programa que descubría los primeros avances de Internet. Y, desde entonces, nunca más paró. Siempre en busca de nuevos desafíos, amén de actuar, fue productora, asistente de dirección, dio clases de teatro y aún hoy continúa formándose. “Hace poco arranqué con un seminario anual de actuación, pero también me gusta hacer danza, entrenamiento físico para actores y yoga. Cuando te toca, te toca, y uno no puede desperezarse en ese momento. Hay que estar siempre listo”, enfatiza.  

–¿Cómo fue el estreno de Amadeus?
–Como en cualquier estreno, me pregunté quién me había mandado a meterme ahí. ¡Dios mío! Estuve en el teatro mucho tiempo antes del necesario porque no había otro lugar donde pudiera estar. Como un ritual, me sirve mucho estar en el camarín, charlar pavadas con los compañeros, hacer todo “sin prisa, pero sin pausa”. La función fue con los nervios propios del día, pero salimos airosos. Recibí felicitaciones de actores a los que admiro, como Darío Grandinetti y Soledad Silveyra. Y de Leonor Manso, que fue mi compañera en otra obra e interpretó a Constanze en la versión anterior. 

–¿Tuvieron alguna preparación especial para interpretar a estos personajes de fines del siglo XVII? 
–Tuvimos asesores en protocolo, que nos enseñaron el saludo al emperador, al duque, el saludo entre mujeres, entre hombres… Las mujeres éramos cual jarrón con flores: no mirábamos a los ojos, no se nos hablaba salvo a través de nuestros maridos. Y Constanze no se ajustaba demasiado a la regla, no era una mujer tipo condesa de Chikoff (risas). 

–¿Qué es lo que más te gusta interpretar de ella?
–Su amor por Mozart, su irreverencia, su fuerza para luchar con él; también me gustan los malos momentos por los que tiene que pasar, me gusta atravesarlos con ella. 

–Además de teatro, tuviste protagónicos en cine y participaciones en tevé. ¿Cómo te llevas con la popularidad?
–Me gusta, la disfruto, la comparto… Siempre que llega un momento de mayor popularidad me digo: “Tendría que estar teniendo dos obras más para aprovechar y comentarlas”. Ya vendrá ese momento con proyectos propios.

–Hiciste desde comedias hilarantes hasta dramas densísimos. ¿En qué registro te sentís más cómoda?
–Me gustan las dos cosas. En teatro hice Cinco mujeres con el mismo vestido, que era una comedia total; en tele, Cuando me sonreís, que era un gag atrás del otro… Constanze es un personaje de una densidad y un recorrido muy intensos. Hay algo en el meollo del drama que tiene algo de comedia, por lo vivo que está el personaje en ese instante. Si uno piensa el drama como drama y la comedia como comedia, “sonó”, porque se vuelve solemne.  

–¿Te cuesta entrar y salir de los personajes dramáticos?
–El proceso de ensayos me exige mucha concentración: estoy todo el día con eso en la cabeza y en el cuerpo. Salgo a la calle, miro tele, charlo con amigas… pero hay una latencia, como si uno estuviese escuchando una música de fondo todo el tiempo. Después, es cuestión de estar en el aquí y ahora: en ese momento, abro las compuertas y no hago más nada, sale solo. 

–En tu carrera te tocó trabajar con reconocidos actores… ¿Recordás algún consejo en especial?
–Norma Aleandro, a quien quiero mucho y con quien suelo verme, me enseñó a confiar en la intuición y a entender que toda la información del personaje está escrita en el guión. Jorge Marrale tiene mucha sensibilidad e inteligencia para pensar los personajes. Lo mismo me pasa con Cecilia Roth y Mercedes Morán: buscan mucho sus personajes. Claudio Tolcachir, que es amigo, me enseñó a divertirme y a ser creativa. 

–También incursionaste en la producción y en la asistencia de dirección. ¿Cómo fue estar del otro lado?
–Sentí que había una contradicción que no podía resolver: era una cosa o la otra. Y sentía, a la vez, que trabajar en producción atentaba contra mi formación de actriz. Después me di cuenta de que eso no es así, de que uno es una persona de muchas dimensiones. 

–¿Seguís dando clases?
–En este momento no. Soy muy irregular con mis clases, no tengo un grupo anual y un lugar, como muchos actores hacen. Hago cursos cuatrimestrales.   

–¿Qué te gusta de enseñar?
–Me gustan los procesos, ver cómo algo se va entendiendo no solo con la cabeza, sino que se va metiendo en el cuerpo. Me gustan los ejercicios previos de atención, de trabajo en equipo, de presencia escénica; disfruto de la energía que se origina en este contexto. No tiene que ver con algo místico, sino con la presencia de estar ahí.  

–Marrale dice que el trabajo del actor es buscar trabajo. ¿Estás de acuerdo?
–Sí. Hay actores que se lo generan también, dictando clases y talleres. A mí, hasta ahora, se me dio más por ser convocada para trabajar que por generar mis propias fuentes. Hay que aprender a estar más relajado, a fluir más. No soy de pensar que las cosas llegan por algo, pero está bueno que te lo digan porque te baja un poco la ansiedad. 

–¿Qué te gusta hacer fuera del trabajo?
–Escuchar música con auriculares, desentenderme y disfrutar; leo mucho menos de lo que me gustaría. Ahora, que estoy con la obra, necesito que el tiempo de descanso sea de buen alimento, me gusta mucho cuando me recomiendan una buena serie televisiva. 

–¿Qué es lo que te da felicidad?
–Mi sobrina Carmela; Lautaro, mi marido, andar en bici, visitar a mi abuela Elisa, trabajar, estar en mi casa, invitar amigos, hacer un asadito y tomar un vinito… Me gusta poder sentirme perteneciente a grupos afectivos, poder diferenciarme y no tener que estar cayendo bien, con la sonrisa perfecta y la palabra precisa. 

El semillero 

Verónica describe la escena teatral actual como “súper competitiva”. “Pero lo digo en el buen sentido: hay muy buenos actores, que, muchas veces, terminan salvando obras que se caen por texto o por dirección. También hay mucho club del estilo ‘Yo actúo y vos me aplaudís, y ahora vos actuás y yo te aplaudo’. Al final, terminan siendo cuarenta personas que se autolegitiman todo el tiempo entre ellas. Pero de ahí a creer que lo que estamos haciendo está bueno es otro tema”, opina.

Amado Amadeus 

Amadeus está causando expectativa y furor en la escena teatral porteña. Puertas adentro, Verónica comparte su visión y los entretelones de una obra muy anhelada. “Estamos esperando que mucha gente venga a vernos cuando visite Buenos Aires. Es un espectáculo de excelencia. El equipo, comandado por Javier Daulte –con Mini Zuccheri en vestuario y Alberto Negrín en escenografía–, deja todo en la cancha. El feedback del público y la crítica fue de los mejores. Por suerte, ya hay un runrún de ‘Quiero ir a ver esa obra’. Y lo más lindo de todo esto es sentir el aplauso inmediato del público cuando salimos a saludar. Siento un reconocimiento por mi trabajo y eso es muy placentero”.


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