ACTUALIDAD


La mujer puede aportar más novedad


Por Alejandro Duchini.


“La mujer puede aportar más novedad”
Arturo Pérez Reverte fue periodista y se destacó también como corresponsal de guerra. Creador de las aventuras del Capitán Alatriste, es hoy uno de los escritores más importantes de habla hispana. Su última novela, El tango de la guardia vieja, homenajea al 2x4.

Mi última novela nació en este hotel”, dice el periodista y escritor español Arturo Pérez Reverte. La referencia es a El tango de la guardia vieja, la historia escrita algo aquí, algo allá, pero surgida en este Buenos Aires cuyos barrios más disímiles recorrió para hacerse una idea de cómo era el porteño típico de los años veinte o treinta. Cuando dice “este hotel” habla del exclusivo Hotel Alvear, de la Recoleta. Allí se hospeda mientras pasa unos días en esta ciudad a la que ama y odia por partes iguales, según dirá en otro momento de la charla. Pero antes de comenzar la entrevista, toma la palabra y explica: “Estaba tomando una copa y había un espectáculo de tango. 

Un hombre guapo –bailarín– sacó a bailar a una mujer guapa, de unos 60 años. Él era un chico listo, que la dejó lucirse. Yo pensaba que hay mujeres superiores, no por lo guapas o elegantes, sino por su presencia, por su manera y aplomo. ¡Y qué premio que esas mujeres superiores bailen contigo un tango o te miren con simpatía! Ese fue el primer elemento que, unido después a historias familiares, como mi padre o mi madre, generaron este relato. Lo empecé a escribir y veía que no iba. Entonces paré. Lo retomé hace dos años. Y ahora entiendo que en aquel momento no tenía vida suficiente. No tenía lo necesario como para darle una mirada al protagonista”, amplía.

–¿Qué es una novela?
–Un artificio. Soy un escritor profesional, no soy un artista. Soy un tipo que cuenta historias de una forma eficaz. Intento que el lector comparta mi mundo, mi mirada y me siga en un recorrido. Uno aprende del sentido común y de los libros leídos. Cuando me empantano, llamo al maestro Dostoyevski y leo Crimen y castigo o a Joseph Conrad. Con esas notas de escolar, hago mi propia herramienta, con humildad profesional. Para trabajar hay que ser muy humilde profesionalmente. Quiero contar historias. Es lo que hago.

–¿Cómo es volver a una novela que fue abandonada?
–La fase final de una novela es agotadora. Siempre digo que una novela es como una mujer que uno ama mucho y al final está deseando que se vaya a hacer feliz a otro. Los últimos tres meses son realmente malos. Pero la parte primera es maravillosa, como enamorarse: te enamoras, quieres saber todo de ella, viajas al lugar, investigas, paseas, lees. Y esta novela tuvo esa fase al comenzar, cuando vine a Buenos Aires y busqué los lugares en que debía ubicar los acontecimientos. Recorrí hoteles, el barrio de Barracas, busqué quien me hablase de lo que era la vida en esa época. Con eso fui construyendo la historia para darle credibilidad. Luego me puse a escribir.

–¿Cómo es el proceso de escritura?
–Con esas herramientas que necesito y que ya existen. Sería absurdo después de seis mil años, después de Homero, querer inventar. ¡Ya está todo inventado! Todos los argumentos posibles. Utilizo mis herramientas para contar las cosas de la mejor manera que pueda. Me diferencio de los artistas de la literatura porque no existen géneros nobles y de los otros. Fui tan feliz con Thomas Mann como con Víctor Hugo o Dashiell Hammet, Agatha Christie o Raymond Chandler. Todos quedaron en mi cabeza como registro de trabajo. Cuando debo resolver un problema, acudo a mi memoria lectora. Por eso, todos los géneros literarios son buenos. Me divierte saltar de género a género. Es un desarrollo complejo que si fuera solo trabajo, sería mecánico. Pero también está el placer.

De géneros  “No soy capaz de decir qué género tiene la novela. La vida es también  así, ambigua. Todos tenemos en la memoria relaciones sentimentales y no sabemos si fueron amor o qué. El amor y lo carnal a veces se confunden. Mi teoría es que ningún hombre se explica sin las mujeres que hubo en su vida”, opina Reverte.

–¿Cuándo se da cuenta de que la historia terminó?
–Tutéame, ¿vale? Una novela no termina nunca. Si ahora la releyera, que no lo hice salvo para la prueba, cambiaría muchas cosas. ¡Diablos! Eso es muy normal. De lo que me di cuenta al trabajar en un texto es de que la lengua española no es perfecta, como yo creía. Pensaba que tenía soluciones para todo. No puedo contar algo sin repetir el verbo “salía”, “había”. Quiero decir que la lucha por la palabra, por el término justo, es un trabajo muy minucioso y del que no siempre uno está consciente hasta que se pone a corregir. 

Mujeres, ajedrez y Twitter 

–En tus historias siempre hay un lugar muy especial para la mujer. ¿Por qué?
–Antes sospechaba que sobre el hombre como héroe de novelas se ha escrito todo –y ahora tengo la certeza–. Llevamos siglos de escrituras en las que es protagonista. Está exprimido como limón de paella; no queda nada. Y la mujer como Madame Bovary o Ana Karenina ya no existe. La mujer actual enfrenta nuevos desafíos pero, al mismo tiempo, no dejó de ser la que era. Hoy trabaja, estudia, compite con los hombres, con la vida. Pero, al mismo tiempo, sigue siendo la que era. Al hombre, en cambio, lo tenemos muy trillado. La de hoy es la mujer del futuro y no ha dejado de ser la mujer del pasado. Eso da lugar a conflictos nuevos, a personajes literarios nuevos, porque no existían. 

La mujer puede aportar más novedad. Me interesa más que el hombre y sus consecuencias. De esa mujer que tiene un trabajo entre hombres, un hijo en casa, un amante, me interesa cómo enfrenta esos conflictos. La literatura es una forma de enfrentar esos conflictos, de pensarlos, de analizarlos. Los hombres construimos reductos donde refugiarnos del fracaso, de la soledad: el sexo, los amigos, el fútbol. La mujer no tuvo esa capacidad de crearse sus propias trincheras. Entonces, es más consciente del estrago, de que el ser humano está solo, de que el fracaso a veces no tiene segunda oportunidad, de que el mundo es más hostil de lo que uno cree.

–También suele aparecer el ajedrez.
–Soy mal jugador de ajedrez, aunque me gusta mucho. Es lo que mejor simboliza la vida. Hay gente que va a la iglesia a rezar, yo voy al ajedrez. En el ajedrez, el rey, que es el más poderoso, solo se mueve de a una casilla, necesita protección, es muy vulnerable. La reina, la aparentemente débil, es la más poderosa del tablero. Cuando veo bailar el tango, llego a la conclusión de que el tango es un ajedrez que coreografía la mujer. Si te fijas, te das cuenta de que todo el proceso de seducción y de fuerza está en la mujer. Cuando un hombre se siente mal de la próstata, ¿quién lo lleva al médico?: su mujer. “Venga, Manolo”, dice. Cuando una mujer tiene un bulto en el pecho se calla, se lo come sola. Todos conocemos ejemplos así. Esa fortaleza moral se debe a que está más cerca de la vida.

–¿Te interesa la literatura actual?
–Me importa absolutamente un bledo la literatura actual. Nunca hablo de literatura actual: leo, tengo mi biblioteca, pero no opino. Hago novelas. Me interesa lo que haré en mi próxima novela. Se publica mucho. No tengo un juicio crítico sobre ella.

–Dado que te expresás por Twitter, te interesan las redes sociales.
–No soy muy partidario de ellas. Viajo con un teléfono móvil básico, sin Internet, ni computadora, como este, ¿ves? Y en los aeropuertos me dicen que saque el ordenador en las aduanas, y no, no lo tengo. Soy uno de los últimos hombres libres. Pero tengo un retorno de cartas de lectores que no puedo atender. Entonces, siento el remordimiento de que no estoy a la altura de lo que los lectores esperan de mí. 

Descubrí por casualidad que Twitter es una herramienta potente, eficaz y rápida. A muy poco costo de tiempo, me siento dos horas los domingos y puedo informar, si no a todos, al menos a algunos, mostrar que hay un interés, que no estoy encerrado en mi mundo. Twitter se ha convertido para mí en una cita semanal. Seiscientos mil seguidores, según la última cifra. Dialogo en un tono de amigos, informal. Las páginas webs y el Facebook no los hago yo, sino chicos aficionados. Mi único contacto con las redes sociales es Twitter.

Escritores argentinos 

–El protagonista de tu novela piensa que la vida lo va despojando a uno de certezas. ¿Vos qué creés?
–Con eso me refería a que uno llega a la línea de salida con todas las palabras escritas en mayúsculas: Patria, Honor, Lealtad, Trabajo. Uno cree en todo. Pero luego la vida, que es muy cabrona, las va convirtiendo en minúscula. La vida te va despojando poco a poco de esas certezas que tenías. La lucidez, la sabiduría a la que un ser humano puede aspirar es a esa ausencia de certezas. Mis novelas son sobre personas a las que la vida les ha quitado muchas cosas y se las deben arreglar con lo poco que les queda. Los personajes de El maestro de esgrima, el mismo Alatriste o Max Costa son iguales.

–¿Y qué es la dignidad?
–No es más que elegancia moral. En la vida se puede comprar todo: un hombre, una mujer, una causa, un periódico. Pero no la dignidad. La tienes o no la tienes. Y al que la tiene se le nota. Es la única virtud que me han enseñado a respetar. El resto se puede negociar.

–¿Cuáles son los escritores argentinos que más te gustan?
–Han sido fundamentales siempre Borges y Roberto Arlt. En una segunda etapa, Manuel Puig y Osvaldo Soriano. Cuando vine por primera vez a la Argentina, en los setenta, hablaba de Arlt y veía caras despectivas en los intelectuales de la época, como diciendo “Era un periodista”; y de Puig decían: “Sólo un éxito”. Los despreciaban profundamente. Luego le pasó lo mismo a Soriano, a quien no conocí en persona, pero hablamos mucho por teléfono. Lo llamé después de haber leído A sus plantas rendido un león. Siempre se mostraba triste porque no le reconocían su peso en la literatura.
 
“Bueno, vendo libros”, me decía. Y para entender la Argentina moderna, hay que leer a Soriano. Hay otros que no me aportan nada, pero leo a Soriano y se entiende la Argentina moderna, como leyendo a Arlt se entiende la Argentina de su época. Todos los que antes ninguneaban a Soriano, Arlt y Puig ahora escriben los prólogos de las obras completas que reeditan sobre ellos en colecciones prestigiosas. No nombro a Julio Cortázar, a quien leí con mucho gusto, pero no me pareció a la altura de Borges. Lo respeto de otra manera. Lo pongo en otro sector de literatura. Y me he olvidado del “Negro” Roberto Fontanarrosa, que era mi amigo y a quien propuse para el Premio Cervantes.

–En la Argentina hay mucho interés por las historias futboleras y volvió el gusto por las policiales. ¿Te gustan?
–El fútbol, no. No tengo nada contra él, pero no sigo la literatura de fútbol. En cuanto al policial, me interesa el clásico, no el moderno: Hammet, Conan Doyle, George Simenon, Agatha Christie, autores de novela negra. Me interesan porque son una magnífica mina de situaciones, de conflictos. Una buena novela policíaca me estimula, me da ganas de escribir. La lectura periódica que hago de novelas policíacas, de aventuras, me devuelve al lugar original, a la inocencia, y no me deja alejarme del niño que leía novelas cuando tenía 7 u 8 años y del que salió todo lo que vino después.

La literatura debe ser divertida, apasionante y hacer que el ser humano quiera pasar página tras otra. Una serie de idiotas hizo creer que la literatura debía ser profunda y aburrida o superficial y divertida. Y la literatura debe ser todo: divertida, profunda, emocionante, reflexiva. El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie, es perfecta; dudo que otra novela me haya influido tanto en mi vida como escritor. La literatura es más generosa de lo que mucha gente se empeña en sostener.
 El tango de la guardia vieja titulo

“Max Costa nace de varias cosas. En lo físico, de mi padre, que era un tipo elegante, no de la alta sociedad, sino de la buena sociedad mediterránea de los años treinta. Su música era el tango”, dice Pérez Reverte al hablar del protagonista de su última novela, El tango de la guardia vieja. La historia da cuenta de un romance que arranca en un barco, en 1928, entre Costa y Mecha. Los hechos suceden en Buenos Aires y en Europa. “Él no es inteligente. Es un buen chico. Es argentino. Es un rufián, sin inteligencia pero con instinto. Simpático. Pero ella sí es inteligente y crea la tela de araña a su alrededor. 

Necesitaba que fuera argentino, un tipo que no es culto pero que cualquier cosa que agarra la incorpora como suya y queda bien. ¡Eso es argentino!”, agrega. Y se justifica: “Porque un personaje se apoya en gestos. Para que esté vivo tengo que ver hasta el hotel en el que se moverá”.


nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte