ENTREVISTA


Después del dolor hay que cambiar


Por Revista Nueva.


“Después del dolor hay que cambiar” 

Además de recorrer el país con la obra Viaje de locura, la actriz y modelo sigue presentando su libro, Otra oportunidad para ser feliz, donde relata la forma en que logró rehabilitarse de un ACV.  Verónica Perdomo  quiere gritarle al mundo que para salir de cualquier sufrimiento hay que lanzarse sin miedos a la acción.  

Hay algo intenso en los ojos de Verónica Perdomo que tiene que ver con la belleza, pero de una forma diferente a lo que podría decirse sobre ella en una primera mirada. Es su presencia real, que se manifiesta a través de esos ojos que no se distraen con nada que no esté pasando dentro de la conversación. A propósito, una conversación en la que se tomará con gracia y humor las pausas que a veces precisa para recordar alguna palabra y en la que dará cuenta de los cambios positivos que experimenta tras haber sufrido un ataque cerebrovascular isquémico en 2009. 

Antes de ese episodio, la modelo y actriz había llegado a coconducir ciclos televisivos en canales de aire o de cable, tanto en el país como en Chile. Era una progresión en su carrera. Pero después de despertar de un coma de dos semanas, ya no midió el éxito en números de rating, sino en el mismísimo sentido de estar viva. “Tuvieron que enseñarme todo de nuevo, como la primera vez. Tuve que aprender a hablar, a comer, a leer, a escribir, a caminar, a hacer el amor, desde el principio. 

Pero, en realidad, hoy sé que aprendí mucho más que eso. Descubrí que agradecer cada mañana y cada noche el estar acá es necesario para ser felices de verdad”, escribe Perdomo en el primer capítulo de su libro Otra oportunidad para ser feliz, editado el año pasado, cuando aún estaban presentes los ecos de opiniones múltiples sobre su participación en un ciclo televisivo ultramasivo como Bailando por un sueño, polarizadas entre quienes hablaban del ejemplo de su recuperación y los que señalaban los riesgos del estrés que implicaba semejante exposición.  

Lo cierto es que alcanza con detenerse en su sonrisa poderosa, que imanta tanto o más que su cuerpo trabajado a fuerza de gimnasia disciplinada, para percibir que su fortaleza máxima parece tener un eje en el humor. Y otro, por qué no, en una voluntad a toda prueba, que ni siquiera la muerte de su padre por trombosis intestinal y la de su hermano de 30 años por un paro cardíaco (en medio de su lucha) lograron doblegar a la hora de encarar la rehabilitación en el Instituto Fleni. 

“Escribir me cuesta mucho, tengo que estar muy conectada para eso. Como empecé de nuevo con las palabras, tardo mucho y necesito que nadie me hable ni que haya mucho ruido. Y cuando escribo, no puedo hacer otra cosa”, cuenta Verónica, sentada detrás de la mesa del gimnasio donde se entrena cada semana y se la ve en “acción” (palabra que repetirá más de una vez, porque siente que en este verbo está la clave para salir de cualquier dificultad).

–¿Antes vivías como fuera del presente?
–Vivía en el día siguiente. Siempre decía: “Tengo que estudiar porque la belleza se va”. O también: “Me tengo que casar porque después voy a ser una vieja”. Y hacía cursos de cocina, teatro, baile… Me sumaba muchas tareas porque pensaba que así debía ser. Y estar a full tiene que ver con lo del ACV: hacemos mil cosas a la vez y eso no es bueno para el cuerpo. Hay que darse un tiempo para cada cosa. La vida está tan rápida que si no la disfrutás, perdés mucho, porque te podés ir rápido. Entonces, todo lo hago con la sensación de que elijo las cosas. Y si me pasa algo, obviamente que insulto al aire, pero después de hacerlo, pienso: “¿Qué hago con eso?”. Y la corto; no lloro a cada rato por lo que me pasó. Todos atravesamos malos tragos, el tema es cómo responder a ellos. 

–¿O te victimizás o accionás?
–Exacto. Si te pasó algo, está bien sufrir; el dolor existe y no hay que hacer como que no pasó nada. Hasta el amor no existe sin sufrimiento en algún momento. Pero hay que pasarlo e incluso disfrutar que te ocurrió, porque significa que estás vivo. Si no, elegí ser un árbol. Y ya está. Hay gente que sufre todo el tiempo, pero ahí ya no es dolor, es mentira. ¿Cómo vas a sufrir cien años por un hombre? ¡Andá al psicólogo! Tenés que estar conectado con la naturaleza y con tu cuerpo. Yo perdí un hermano –lo peor que me pasó en mi vida– y a mi papá. Y claro que lloro muchas veces, pero después del dolor hay que cambiar y hacer el duelo. Uno siempre elige. Con respecto a mi hermano, puedo pensar que no existe más nada o sentir que él ahora es un angelito que me cuida. No importa si es verdad o mentira, eso me ayuda a seguir adelante.

–En el libro todo el tiempo te mostrás agradecida.
–Todos podemos tener momentos de felicidad. Es difícil, pero se puede. Cuando escribí el libro, quería que se notara eso. Pero el cambio está en uno. Si lo intentás, te juro que las cosas empiezan a funcionar. Amo el libro porque ayuda a mucha gente. A veces, hablo con mujeres que no tienen pareja y les pregunto qué hacen. Y me dicen que están en la casa, que ya no hay hombres. Yo les respondo que hagan algo, que vayan a la plaza, que se sienten en un banco, que tal vez el dueño de un perro que acaricien puede ser el amor de su vida. Uno elige y busca lo que le acontece. Es muy fácil pensar:“Las cosas son difíciles” o “Solo alcanzan logros los que tienen contactos”. ¿Qué contactos? Primero, tenés que soñar. Mis amigos me cargan con que sueño demasiado, pero yo creo en los cuentos. Si deseás algo, más rápido o despacito, llega. Siempre llega...

–En la etapa de recuperación, cuando tenías que estar relajada una hora al levantarte, ¿aprovechabas para visualizar los cambios que querías en tu vida? 
–Sí. Eso fue lo bueno que me dio el derrame. Me despertaba y tenía que sentarme en la cama, una hora por reloj, para que mi cerebro se deshinchara. Empezaba a pensar cosas lindas que quería hacer, y aparecían las ganas. Lo más importante es sentir que podés. Tantas veces me dijeron que no iba a poder, pero yo decía: “¿Cómo no voy a caminar? ¿Cómo no voy a correr más? ¿Cómo no voy a bailar?”. Por eso, ir a lo de Marcelo Tinelli fue un premio. Además, tenía que pagar la factura por el tema del cráneo, que era como de cincuenta mil dólares. Y aunque no me fueran a pagar eso, yo decía: “¡Vamos a bailar por un cráneo!” (Se ríe con ganas). 

–¿El humor te pone en un lugar distinto? Lejos del de víctima, por ejemplo.
–Totalmente. Es bueno reírse de uno mismo cuando algo nos sale mal. Hay quienes dicen que tengo un ángel o que tengo mucha luz, pero soy igual que todos. Lo único diferente a la gran mayoría es que estuve en el límite de la muerte. La vida me enseñó que, en este momento, no tengo otra chance que disfrutar; entonces, ¡quiero gritárselo a la gente! Y confieso algo: me da la sensación de que nada fue porque sí. Yo era profesora de sordos, me preparé para ayudar a personas con dificultades en el habla… ¡y al final me quedé yo sin habla! Podemos decir que Dios me hizo un chiste… y empecé a vivir de otra forma. Ahora me gusta dar charlas y ayudar a discapacitados.


–¿Qué lugar sentís que tiene lo emocional en las enfermedades?
–Estoy convencida de que las enfermedades vienen porque antes estuvimos metidos en un lío. Si escuchás a tu cuerpo, sabés que algo malo está pasando. Podría afirmar que tuve el ACV porque estaba angustiada. Un médico me dijo que si pudiéramos entender el cerebro, no tendríamos enfermedades. El cerebro es algo demasiado complejo. El otro día, alguien de mi grupo de análisis decía, todo el tiempo, que iba a tener un ACV. Y finalmente casi lo tuvo. Le hicieron estudios y terminaron poniéndole un stent. Para mí, la palabra se cumple. 

–Desde el verano estás haciendo la comedia Viaje de locura (N. de la R.: Fue tal el suceso en Villa Carlos Paz, que ahora están de gira por el país). ¿Cómo fue volver al teatro?
–Tenía mucho miedo. Pero me decía: “Voy a poder”. Y salió re bien. No tengo tanta letra, pero de repente me trabo y me cuesta volver. Así que si me pierdo durante la escena, empezamos de cero de nuevo. La gente se ríe mucho. Me da mucho placer hacerlo. También me están llamando para desfiles y otras cosas. Pero me lo tomo tranquila, voy despacio. Me llaman de muchos programas, pero no me interesa el éxito por sí mismo. No quiero perder el eje. Voy despacio.

–¿Que te dejó la experiencia de Bailando por un sueño? 
–Fue volver a trabajar después de estar discapacitada. Estoy muy agradecida porque el trabajo te da la sensación de que servís para algo. Y para mí era mejor bailar que hablar. Fue una experiencia hermosa aunque, en algún momento, hayan mentido sobre mi estado. Los médicos me querían matar cuando pasó eso, ya que me habían advertido que no podía hacerlo si me provocaba mucho estrés. Pero ya está… el peor estrés es cuando no hacés. Si hacés, es porque “la máquina” anda, porque funciona.

–En el libro escribís que lo que te pasó te hizo tener fe y perder el miedo a la muerte.
–Tengo fe desde siempre. Y hay algo más allá. Tuve como un sueño. Antes no creía en eso que cuentan del túnel. No digo que lo haya visto, sino que estuve ahí, nadie me lo va a sacar de la cabeza. No puedo decir mucho más. Hice el libro también para eso, para que sepan que los seres queridos que se van lo hacen en paz. De verdad. 

–Pero ahora estamos acá.
–Gracias a Dios.

Cuento de hadas 

Sobre el ACV y su posterior recuperación, Verónica se inclina por la siguiente imagen: “Me gusta imaginar que lo que me pasó es un cuento de hadas, porque aquí estoy, viva y sana. Pero el final se opaca demasiado con la ausencia de mi papá y de mi hermano, que se fueron tan pronto. Como sea, sabemos bien que los cuentos de hadas tradicionales son oscuros, con personajes y sucesos que dan miedo; que puede haber héroes, magos y fantasmas; que lo real y lo imaginario conviven naturalmente; y que, casi siempre, alguien muere. Terminan, bien o mal, pero con una moraleja para quien se anime a leerlos. La idea es que pueda haber aprendido algo de todo esto que pasó y no vuelva a meter la pata”.

Un rayo de sol

Esto escribió sobre su prima Verónica el cantante Zambayonny (seudónimo de Diego Perdomo): “Asomarse a la historia de Verónica sacude la estructura emocional de cualquiera y al mismo tiempo conmueve hasta las lágrimas. Hasta las lágrimas de alegría. La cámara se enciende y se enamora de una luchadora sin sparring que contra todo pronóstico se pone de pie tras recibir los golpes más crueles e inesperados de la vida entre las luces cegadoras de un ring confuso y sin límites. Desde una escondida cama sin esperanza, bajo los tubos de aire, el silencio, la tristeza y el coma profundo había algo que esperaba incansable bajo las sábanas blancas como un rayo de sol en medio de la noche más oscura: su corazón vivo”.

Sensaciones 

En la charla, Verónica suele incurrir en breves pausas, ya sea cuando no encuentra una palabra o cuando busca la mejor idea para expresar lo que siente. Todo le pasa sin perder la sonrisa ni dispersarse. “La gente que escribe usa otras palabras, pero en el libro yo quería que se notara que soy una chica común, que tuvo un accidente y que si puede ayudar con esto… ¡buenísimo!”, cuenta la actriz.

Créditos
Por Diego Oscar Ramos.
Fotos: Macarena Otero.
Maquillaje y peinado: Sole Castro, con productos Yellow.
Agradecemos a Kosiuko, Reebok, XT y SportClub.

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