INVESTIGACION


La próxima revolución


Por Ana Claudia Rodríguez.


La próxima revolución 

Rápido, económico y personalizado. Así será el proceso de obtener todo tipo de objetos cuando las impresoras 3D se introduzcan en el ámbito doméstico. La fábrica en casa. 

En 2020, apenas unos años, ni siquiera deberá salir de casa cuando eche de menos una jugosa hamburguesa o un objeto. Porque, en poco tiempo y por un módico precio, una impresora 3D doméstica se encargará de materializar cualquier tipo de objeto, después de solo unos cuantos clics. O, por lo menos, esas son las previsiones de los expertos, que aseguran que la tecnología y el mercado estarán maduros por entonces para que esta conjetura no sea solo teórica. Hoy, de hecho, ya es una posibilidad real.

Las impresiones tridimensionales se remontan a los años ochenta, cuando determinados ámbitos industriales, como el naval en Estados Unidos o en Europa, apoyaban la investigación de nuevas técnicas en busca de más competitividad. Con el tiempo, las impresoras 3D se fueron refinando y abaratando, lo que permitió que aumentara progresivamente el número de máquinas tanto en el ámbito profesional como en el hogareño. En la actualidad es posible encontrar modelos accesibles en términos de precio y uso, aunque los clientes más predispuestos al invento suelen ser arquitectos, ingenieros o diseñadores.

La flexibilidad a la hora de fabricar piezas es su principal atractivo entre estos profesionales. Con solo una computadora, un software y una impresora del tamaño de un horno de microondas se pueden obtener prototipos de manera rápida y sencilla y sin necesidad, como hasta ahora, de elaborar complejos planos que concreten sus ideas. En términos generales, se vaticina su rápida popularización gracias al ahorro en transporte que supone para el fabricante (se terminaron los costos de envío), además de la eliminación de productos en stock, ya que la mercadería se imprime solo bajo demanda (lo que el cliente requiera y al momento: un destornillador, un anillo de boda o un muñequito de Playmobil). 

Con todo, estas copiadoras “necesitan paciencia, conocimiento y sentido de la aventura”, tal y como advierte el cartel que acompaña al modelo Replicator de las impresoras 3D MakerBot de Estados Unidos que el año pasado vendió trece mil unidades. Ante tamaño panorama, los expertos pronostican que el despegue de esta tecnología se dará en menos de una década y que el impacto de tener una fábrica en casa supondrá vivir ni más ni menos que una “tercera revolución industrial”. En Buenos Aires, Jorge Chernoff, de Punta Diseño Industrial, Robtec Argentina, comenta que es inimaginable el futuro de estas máquinas. “Se pueden fabricar moldes para chocolates y hasta modelos de implantes médicos”.

La revista estadounidense The Economist lo explica así: “La impresión en 3D hace tan accesible crear ítems de a uno como producirlos de a miles y, por ende, sabotea las economías de escala. Puede provocar un cambio tan importante en el mundo como lo hizo la introducción de las fábricas... Así como nadie pudo predecir el impacto del motor de vapor en 1750 o de la prensa en 1450 o del transistor en 1950, es imposible predecir el impacto a largo plazo de la impresión en 3D”.

Coincide con el pronóstico Maximiliano Bertotto, un ingeniero industrial porteño que hace dos años se adentró en el estudio de esta tecnología. Su compromiso con lo 3D ha generado resultados rápidos: hoy, junto con dos socios, está al mando de su propia empresa, Trimaker, donde trabaja para el desarrollo de un prototipo que funcione con técnicas propias. Su propuesta se diferencia del resto porque utiliza un proceso de fotopolimerización en la impresión: la pieza se construye capa a capa a partir de una resina líquida fotosensible que se polimeriza con luz. 

Desde la empresa Trimaker también han desarrollado el software de control (que permite manipular, visualizar y procesar los archivos que se van a enviar a la impresora), así como la interfaz de usuario y la parte electrónica, con la colaboración del estudio de diseño Idon Design. El primer prototipo ha sido reconocido por los Premios Innovar (que otorga el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación) con veinte mil pesos, cifra que contribuirá a elaborar el modelo final. En 2012 también resultó ganadora otra de las iniciativas argentinas 3D: la empresa Kikai Labs recibió el galardón Sadosky como mejor emprendimiento tecnológico nacional. 

Esta empresa fabrica equipos que también imprimen piezas por capas superpuestas, formadas cada una de ellas con el depósito de un filamento de plástico caliente y muy delgado (aunque no es la única técnica que utilizan sus robots). Calculan que, una vez que esté en el mercado, su costo no será inferior a los ocho mil pesos. Y tal como sucede en el caso de Trimaker, su objetivo es rebajar costos para permitir que llegue al público general. Es que el precio constituye una de las barreras que separa a las impresoras 3D de su uso masivo, si bien Bertotto añade dos obstáculos más: por un lado, la falta de cultura a la hora de “elaborar” los propios objetos en casa (vencer el peso de la costumbre) y, por el otro, aprender a manipular la nueva tecnología. 

Desde el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires también apuntalan  las buenas intenciones a través del programa Buenos Aires Emprende, que contribuye a la ejecución de los nuevos proyectos a través de una inyección económica o asistencia técnica. Organiza además el Día del Emprendedor (junto con la Fundación Endeavor y la Universida de Argentina de la Empresa), que el año pasado reunió a 4500 personas seducidas con la idea de avanzar en el intento y conquistar el mercado.

Las impresoras en uso, las de papel, no precisan demasiadas habilidades, pero son necesarios conocimientos más específicos para poner en marcha las 3D. Sus archivos, por ejemplo, pueden ser diseñados por uno mismo a través del programa CAD, o bien descargados de webs específicas. Allí se almacenan miles de piezas virtuales –potenciales juguetes, repuestos para autos o utensilios del hogar– que se descargan a diario para desafiar los límites de las viejas prácticas.
 
Tinta de células madre 

El plástico es uno de los materiales más extendidos en la impresión 3D, aunque también es posible incluir, como tinta, el metal, el chocolate, el yeso, el titanio o la arena. En este momento la mayoría de impresoras fabrica objetos a partir de uno o dos materiales a la vez, porque, según los especialistas, aún estamos en los albores de esta tecnología (los años ochenta de las PC). Pero las posibilidades son incontables, inimaginables. Sobre todo, en el campo de la medicina, donde hace ya un tiempo se benefician del uso de cartílagos y huesos para crear prótesis e imprimir cráneos, rodillas o dientes. 

Y hay más. La empresa estadounidense Organovo (distinguida en 2010 por la revista Time como responsable de “una de las invenciones del año”) fabricó “tinta biológica” hecha de células madre, con la que imprimió vasos sanguíneos y falsos tumores. Universidades de todo el mundo avanzan a zancadas en la investigación de impresiones más complejas preparadas para generar órganos humanos aptos para su implantación (como el Wake Forest de Carolina del Norte, donde ya han reproducido piel que acelera el proceso de cicatrización sobre las heridas). Son repuestos humanos personalizados y diseñados al detalle.

Y hay más. Carne sintética como alimento. Esta tecnología capaz de construir tejidos es la base de un proyecto de impresión de carne sintética que ya ha sido capaz de fabricar pedazos de entre uno y dos centímetros. El billonario filántropo Peter Thiel invierte cifras millonarias (entre 250 y 350 millones de dólares) en la bioempresa Modern Medow, que es la responsable de esta investigación polémica. Y se abre el debate: ¿Seríamos capaces de comer un bife artificial? ¿Se debería apoyar esta iniciativa, que podría terminar con el hambre mundial? 

Las preguntas se amontonan en torno a la impresión 3D y en cómo su previsible difusión masiva arrollará todos los ámbitos de nuestras vidas. Dicen, por ejemplo, que cambiaremos porque seremos “prosumidores”, o sea, productores de nuestros propios bienes de consumo en el futuro (desde un despacho podremos generar unos anteojos, una camisa o cinco dosis de fármacos). Y para eso, para que llegue ese futuro, a esta máquina de aspecto indefenso solo le queda dar un pequeño salto. Entrará en casa y ¿será entonces la próxima revolución?

Alas de talento

Para que un invento alcance el éxito no es suficiente con que la idea sea buena. Además, hay que saber impulsarla a través de estrategias correctas de negocio para que se logre comercializar y difundir la innovación. Hay que saber “transformar la competencia en eficiencia”. Lo decía el escritor estadounidense John C. Maxwell, especialista renombrado en la instrucción de líderes, y lo demuestra también en la actualidad la cantidad de proyectos formativos que respaldan el ingenio desde las aulas. Una muestra: la impresora 3D del ingeniero Maximiliano Bertotto encontró en Emprending “la motivación, los contactos y una guía de modelo de negocio para despegar”. 

Emprending es un programa que apareció en 2011, que se adhiere como materia académica a la carrera de Ingeniería de la UBA. Surgió como propuesta de los mismos estudiantes y su objetivo es estimular proyectos de impacto global nacidos de los emprendedores. Para ello ofrecen charlas teóricas y acompañamiento en lo práctico. Se suma a la tendencia el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), que desde hace más de cinco años incluye en el último período de sus carreras de grado una materia denominada Formación para Emprendedores. O el Centro Emprendedor de la Facultad de Psicología de la UBA, cuyas herramientas se dirigen a fortalecer las aptitudes de la persona. La asociación Inicia, por su parte, aporta capacitación para el emprendedor, como marketing, redes sociales, impuestos, etc. Y la escuela de negocios IAE ofrece diferentes programas relacionados con la excelencia en el negocio. 

Uno de cada cuatro

En Buenos Aires, según datos de la Subsecretaría de Desarrollo Económico, nacen cada año unos 13.000 emprendimientos de los que solo sobreviven 3000 (casi el 25% del total). Algunos de los exitosos cuentan con el apoyo de iniciativas que de forma muy activa intentan enrumbar el negocio y evitar el tropiezo empresarial. Es el caso de Endeavor o Naves, que identifican a “emprendedores de alto impacto” y les proveen de apoyo estratégico para ayudarlos a llevar a sus compañías al próximo nivel.  No financian directamente pero ponen a su disposición una serie de servicios y contactos, como consultores, inversores, mentores o servicios legales.



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