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Los misterios de los hombres


Por Daniela Calabró.


Los misterios de los hombres
 
Con el siglo XXI instalado y nuevos roles tanto para los hombres como para las mujeres, aún hay misterios de “ellos” sin develar. Por qué los hombres hacen lo que hacen, dicen lo que dicen y piensan lo que piensan. Sergio Sinay ayuda a despejar las incógnitas.

Los cambios de roles que trajo el nuevo siglo no han modificado ciertas situaciones. Sergio Sinay, especialista en vínculos y escritor, plantea en Misterios masculinos que las mujeres no comprenden por qué los hombres hacen lo que hacen, dicen lo que dicen y piensan lo que piensan. Si las mujeres tuviesen esas respuestas, se resolverían muchos de los cortocircuitos maritales... o todos. 

Es que averiguar qué les pasa a los hombres por la cabeza cuando están en silencio, por qué no expresan sus sentimientos, qué esperan de sus compañeras, por qué les cuesta escucharlas y tantos otros interrogantes es uno de los mayores desafíos de las féminas. Por eso, dice Sinay, es que este libro está propuesto por ellas: “Luego de años de explorar el tema de la masculinidad, y de muchas charlas, conferencias y seminarios sobre la cuestión, percibí que se repetían ciertas inquietudes femeninas sobre el comportamiento masculino”. 

Así fue como decidió seleccionar algunas de las preguntas y responderlas desde su propia experiencia y desde lo compartido con otros hombres, para echar un poco de luz a todo este asunto de por qué tal cosa y por qué tal otra. No sin antes aclarar que las diferencias –siempre– son el germen del triunfo. 

Opuestos necesarios 

“Este libro no garantiza a las mujeres el éxito en sus vínculos con los varones ni pretende excusar a ningún varón por sus actitudes”, advierte Sinay en las primeras páginas del texto. Es que este especialista en relaciones humanas tiene bien claro que la tarea del entendimiento entre los Adanes y las Evas es verdaderamente compleja. Así como también sabe (y celebra) que las diferencias entre unos y otros los hacen complementarios. 

“Nos constituyen dos energías: una activa y una receptiva. En los varones, esa organización incluye un mayor porcentaje de energía activa; en las mujeres, un mayor porcentaje de energía receptiva. Ni unos ni otras estamos privados de aquella energía que no es la que nos define. En ambos, entonces, está todo”, plantea Sinay en su libro. De aquí que no sea mejor o peor ser varón o mujer, sino sencillamente diferente. “Y estas diferencias no se zanjan. 

Por el contrario, tengo la certeza de que los encuentros son posibles a partir de ellas, de su aceptación, de su respeto, incluso de su celebración. Son diferencias complementarias. Estas permiten que los vínculos sean territorios siempre abiertos a la exploración”. Es en ese viaje donde surgen las tan mentadas inquietudes sobre los hombres. 

¿Por qué no hablan de lo que les pasa? 

Sinay asegura que pocas preguntas abruman y sofocan tanto a un hombre como la bien conocida “¿Qué te pasa?”.  “Los hombres no sabemos, la mayoría de las veces, qué es eso que ocurre en nuestro interior. No hemos entrenado nuestro lenguaje en esa área. Nuestro vocabulario suele ser ajustado y efectivo: habla de cosas concretas, externas a nosotros, emite juicios taxativos, propone soluciones a problemas tangibles”, detalla. 

Las mujeres, por el contrario, cuentan con un lenguaje amplio y afectivo a la hora de explicar sus sensaciones. Por otro lado, Sinay explica que muchos hombres fueron criados bajo el mandato del “no sentir”: “A los hombres se nos ha enseñado a ocultar nuestros sentimientos. La mayoría de los varones adultos de hoy no vimos manifestar a nuestros padres su mundo emocional”. 

Los hombres sienten; eso es lo verdaderamente natural. Lo que no hacen, o aún no del todo, es dejar salir sus emociones. “Nos debemos una exploración sincera de esos sentimientos, de los aceptados y de los ‘inaceptables’, para permitir que empiecen a aflorar nuestros modos propios de manifestarlos”.

¿Por qué no les preocupa lo que les pasa a ellas?

Esta es una de las preguntas más recurrentes –cuenta Sinay– cuando le toca exponer ante un auditorio de mujeres. Por lo tanto, supone que es también una de las más presentes en el universo femenino. La respuesta tiene varias aristas. Por un lado, un hombre no siempre se da cuenta de que a su mujer le está pasando algo; pero, por otro, cuando sí lo nota, suele llenarse de temores con respecto a lo que pueda desatar la pregunta. 

“Temen recibir como respuesta algo que no sabrán resolver. O que se trate de una larga confesión frente a la cual deberán permanecer pasivos. O que les pidan que se comprometan a algo que no saben si podrán cumplir. Temen, además, que a partir de la pregunta, se produzca una situación en la que ellos se vean obligados a abrir, en reciprocidad, su corazón. Temen un pedido que no pase por lo material y ejecutivo, y que no puedan satisfacer”. 

Todo esto responde al miedo de no saber (qué decir, cómo actuar, qué aconsejar…), pero los hombres también transitan el miedo de saber. ¿Saber qué? Que son culpables del estado de ánimo de su mujer. El resultado de la ecuación siempre es el mismo: ante la duda, no preguntan, lo que desata en las mujeres la sensación de que no son comprendidas o escuchadas. ¿El consejo que da Sinay? Hablar. Decir: “Quiero contarte algo” en vez de esperar la pregunta. “El amor no nos hace telépatas” es su consigna.

¿Qué esperan de ellas? 

“A los hombres se nos transmitió, por diferentes vías, que lo que debíamos esperar de una mujer era que nos cuidara, que nos admirara, que se hiciera cargo de nuestras retaguardias emocionales, de las domésticas, de las familiares y cotidianas. Que nos hiciera sentir orgullosos ante los demás, que nos escoltara sin interponerse, que no hurgara en nuestras zonas débiles, que alejara de nosotros las incertidumbres espirituales. 

Que acompañara nuestro deseo, que no nos impusiera el suyo. Que supiera leer nuestros gestos y nuestros pensamientos sin exigirnos que los explicitáramos. Que no nos cuestionara, que hiciera silencios prudentes ante nuestros errores y que fuera la vocera más entusiasta de nuestros éxitos”. Así empieza el capítulo en el que Sergio Sinay se hace esta pregunta. Por supuesto, sabe que las mujeres quedarán abrumadas ante tanta información y que muchas pensarán que los tiempos están cambiando y que no todos los hombres esperan ese tipo de mujer. 

Error. Para Sinay, los hombres que dicen preferir mujeres independientes, con vida propia, que manejen su dinero, sus decisiones y su tiempo caen más en una manifestación de voluntarismo que en una descripción de la realidad: “Cuando esos hombres establecen una pareja, lo hacen con una mujer que se parece más a sus mamás que a la mujer descrita. Y, si no, intentan moderar a aquella ‘independiente y autónoma’ para ponerla en el lugar donde no esté fuera de su control”. 

Sin embargo, para apaciguar los enojos que estas afirmaciones puedan generar en hombres y mujeres, Sinay asegura que las expectativas reales que conforman un vínculo son las que se dan en cada pareja y no en los estereotipos de lo femenino y lo masculino. “Creo que las cosas pueden cambiar cuando se pasa del plano genérico al individual. Cuando ‘los’ hombres se transforman en ‘un’ hombre. 

En ese varón. Es posible llegar a conocer esas expectativas encarnadas en un ser único cuando se construye un espacio de intimidad junto con él. Esa intimidad permite que el vínculo pueda nutrirse de otras características, que no pase por estar al servicio de las expectativas del otro”. 

Cambios de hábito 

Lo primero que se nos ocurrió preguntarle a Sergio Sinay fue si había hombres capaces de desafiar esas preguntas tan repetidas por las mujeres. “Creo que algunos hombres están cambiando los comportamientos clásicos que responden a mandatos culturales más que a necesidades reales y propias. Esos hombres lo hacen porque sienten que su vida será insatisfactoria desde lo emocional, afectivo y espiritual si se quedan anclados en el paradigma masculino tóxico. 

¿Por qué les cuesta desconectarse del trabajo? Porque creen que son lo que hacen.

Pero son cambios que responden a impulsos y decisiones individuales, no a un movimiento colectivo de nueva masculinidad o algo por el estilo. Estos cambios responden más a necesidades del varón que quiere vivir una vida más íntegra. No es para satisfacer a la mujer; lo que no quita que mujeres, hijos y el mundo se beneficien, lo cual es muy bueno”.


¿Dónde están los hombres? 

Esta es una de las preguntas más frecuentes. Las mujeres la formulan con desazón. ¿Pero cuál es ese hombre que esperan y nunca llega? La culpa está en los cuentos de princesas, que les prometían a las mujeres un príncipe azul y que serían felices para siempre..  “Pareciera que estas fábulas han generado más frustraciones, desilusión y desencuentros que amor eterno”, explica Sinay, y agrega que, en realidad, sí hay hombres, únicos e irrepetibles. Solo es cuestión de saber que elegir implica buscar y que buscar puede significar no encontrar.

¿De qué hablan cuando están entre ellos? Hablan menos de mujeres de lo que las mujeres hablan de hombres.


¿Qué les pasa cuándo la mujer gana más que ellos? 

Sergio Sinay, en su libro, es contundente en este aspecto: “Conozco muy pocos hombres a quienes el hecho de que su mujer gane más que ellos no los mortifica. La función básica y el valor social del varón han sido, generación tras generación, proveer, mantener, sostener, producir”. El punto de vista femenino, también condicionado por las estructuras de antaño, no ayuda en este punto: “Es fácil advertir que un hombre que no está en condiciones de mantener o proveer empieza a ser poco confiable y nada atractivo ante los ojos de una mujer”. La clave, agrega el especialista, está en saber utilizar estas situaciones como oportunidades para desarticular modelos obsoletos.

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