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Una vuelta al arte en veinte años


Por Tamara Smerling.


Una vuelta al arte en veinte años

Admirar el arte contemporáneo desde 1990 hasta la actualidad es un lujo que propone la Fundación PROA. La muestra es un recorrido por 300 obras de 140 artistas, pintores, escultores y fotógrafos consagrados del país. 

Un lápiz negro, partido, roto en pedazos, está colgado con precintos sobre la pared. Más allá, se ve un trabajo con calcomanías infantiles presentado, en algún momento de la década del 90, en la galería Belleza y Felicidad. Poco después, las fotografías pop, multicolores, de Marcos López. También, una serie de esculturas y objetos tridimensionales de Diego Bianchi o Eduardo Navarro. Más acá, algunos dibujos de Ernesto Ballesteros o una instalación con azúcar, grasa, carbón y aceite para auto de Juliana Iriart. 

Desde una obra pequeñísima, diminuta, en un gesto tan ínfimo y mudo, con distintas lecturas o miradas poéticas como la del lápiz, hasta instalaciones grandilocuentes u obras pictóricas más tradicionales son las que integran la exposición Algunos artistas / 90 – HOY. Arte argentino en las colecciones de Gustavo Bruzzone / Alejandro Ikonicoff / Esteban Tedesco, que se puede ver hasta el mes de julio en la Fundación PROA instalada en el porteño barrio de La Boca.

“En un principio, se nos ocurrió que queríamos hacer una muestra de arte contemporáneo reciente, con la esperanza de mostrar a los artistas jóvenes –que hoy tienen más de 40 años y hacen exposiciones con estándares internacionales– cuando recién comenzaban a trabajar en sus primeras obras”, explica, ahora, la directora del proyecto, Cintia Mezza. “Entonces, nos encontramos con que las obras más recientes de arte contemporáneo estaban en manos privadas y no en determinados espacios públicos. Aparecieron unos cuantos nombres de coleccionistas y, finalmente, nos quedamos con tres que nos parecieron representativos y que mostraban ciertas coincidencias entre sí”. 

Las colecciones en las que coincidieron los curadores fueron las de Gustavo Bruzzone, Alejandro Ikonicoff y Esteban Tedesco. Un poco por azar y otro por cercanía, ellas reúnen las primeras obras de una gran cantidad de artistas ahora consagrados, como Fernanda Laguna, Diego Bianchi, Nicola Costantino, Marina De Caro, Alberto Goldenstein, Sergio De Loof, Sebastián Gordín, Pablo Suárez, Miguel Harte, Graciela Hasper, Jorge Macchi o Liliana Maresca, entre otros. Se trata de un panorama del arte contemporáneo desde 1990 hasta la actualidad. Son más de veinte años de trabajo, 140 artistas y 300 obras, entre pinturas, dibujos, esculturas, fotografías y demás disciplinas.

“Estas tres colecciones proponen una suerte de aporte entre coleccionistas y artistas, y están teñidas por la relación de afecto que se da entre ellos, porque los coleccionistas siguen a estos artistas y quedan prendidos de sus obras”, reconoce la historiadora de arte Mezza. La exhibición recupera los debates intelectuales que surgieron a comienzos de los noventa, el escenario institucional y los acontecimientos que se suscitaron en aquel entonces: las discusiones en torno al “arte light” y el “arte rosa”, la creación de galerías dedicadas a promover a artistas jóvenes, el giro que tomó La Galería del Rojas o la irrupción de nuevos espacios culturales, desde los considerados periféricos, como Belleza y Felicidad, hasta el Malba – Fundación Costantini. 

La colección de Alejandro Ikonicoff surgió casi por casualidad. A comienzos de los noventa él quería trabajar como productor musical y lejos estaba de imaginarse como un coleccionista de arte. Sin embargo, por esos azares del mundo, decidió que la música no era un campo donde desarrollarse y, en cambio, la galería Belleza y Felicidad –que crearon sus excuñados– lo sumó como uno de sus integrantes. “Fue allí donde comencé a involucrarme con las artes plásticas. A partir de 2002, se me ocurrió trasladar el formato de producción que tenía en mente a ese campo y comencé a producir las muestras de muchos de los artistas de la galería. Después reproduje el formato en Appetite (otra galería emblemática de 2000) y a reunir las obras de los artistas que admiraba”.

¿Por dónde empezar? 

La selección conceptual de las obras fue uno de los puntos más complicados a la hora de pensar en el montaje de la exposición. Sin embargo, logró sortearse al darle un orden cronológico preciso, desde principios de la década del 90 hasta la actualidad. Los primeros años fueron seleccionados por Rafael Cippolini, los comienzos de 2000 estuvieron a cargo de Ana Gallardo (ver recuadro) y, por último, Cecilia Szalkowicz y Gastón Pérsico aportaron su visión en la sección de los trabajos más actuales. “La muestra de 370 piezas quedó entonces montada”, comenta Cintia Mezza. 

Las obras que componen el recorrido de la década del 90 de la colección Bruzzone recuperan la impronta barroca, kitsch, de aquellos años, con materiales de la vida cotidiana, doméstica. La colección Tedesco representa los inicios de la década de 2000, donde los artistas comienzan a proyectarse hacia una carrera internacional y proponen obras de gran formato, series importantes, con métodos más tradicionales. 

“Al avanzar en el tiempo llegamos a la colección Ikonicoff –la más actual, resume Mezza–, donde se puede ver una vuelta hacia los objetos pequeños, íntimos, con cierta precariedad en los materiales, pero a partir de una decisión política de hacer arte con desechos o material efímero. Sin embargo, me parece que ahora la apuesta está en el guiño o en la inteligencia. A diferencia de la década del 60, donde todo era ruptura, hoy la clave del arte está en la sutileza, en que el espectador logre sensibilizarse frente a una atmósfera distinta, en una comunicación más sutil”. 

El coleccionista Ikonicoff concluye: “La cultura es la herramienta básica de transformación y el arte es uno de sus elementos más importantes en ese esquema. Creo que a partir del (Instituto) Di Tella no tuvimos un movimiento que nos representara como sociedad. El arte de los noventa o de la década del 2000 implica representaciones honestas de un lenguaje que en el mundo está influenciado por otros aspectos, como la venta o el desarrollo político. En cambio, en la Argentina, es pura honestidad plástica. Nuestros artistas tienen la capacidad de trasladarnos a ese nuevo mundo que tanto buscamos”. 

“Hicimos una selección mayor de obras, pero tuvimos que ajustar todo. Fue un proceso muy difícil. Pretendíamos colgar las obras y los artistas por los que teníamos un afecto especial”.
*Ana Gallardo

Gallardo y Tedesco

Ana Gallardo seleccionó la colección de Esteban Tedesco. La decisión de convocar a los tres coleccionistas fue un verdadero acierto: “Se trata de tres colecciones muy frescas y que han crecido a la par de la generación de los artistas que suelen frecuentar. Cuando Bruzzone comenzó a coleccionar obras, en los noventa, no se imaginaba que esos artistas serían los monstruos de ahora. Eran artistas que recién comenzaban a mostrar sus trabajos, que salían de las escuelas o los institutos, que apenas estaban haciendo sus primeros palotes. 

Nunca fueron a comprar obras porque querían poseer una pieza. Se trata de personas que apoyan los proyectos, que colaboran en la actividad cotidiana de los artistas”. En relación con la selección de la década de 2000, Gallardo concluye: “En un primer momento hicimos una selección mayor de obras, pero tuvimos que ir ajustando todo. Lo que sí pauté con Esteban (Tedesco) fue que pretendíamos hacer una idea de trío amoroso. Esto es, colgar las obras y los artistas por los que teníamos un afecto especial. Fue en ese punto donde cerré la selección de obras de su colección. Creo –como dice Roberto Jacoby– en las tecnologías de la amistad, en las redes, el boca en boca, en los artistas que legitiman a otros a través del conocimiento”.

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