ENTREVISTA


Con peso Propio


Por Agustina Mussio.


Con peso Propio
Gabriela Toscanono necesita presentación. Desde hace más de cuarenta años –empezó a los 4– se pone en la piel de los más diversos personajes. Hoy deslumbra sobre las tablas con Love, love, love.

Los rulos intentan zafarse del rodete que pretende sujetarlos. Gabriela Toscano llega con expresión de fatiga y se desploma en la silla; la agobia el tránsito de la ciudad, pero poco a poco se va recomponiendo. En un par de horas subirá al escenario del Multiteatro para interpretar tres etapas de la vida de una mujer en la obra Love, love, love, dirigida por Carlos Rivas, su marido y padre su hijo, Bruno. Pero antes deberá transformarse: cubrirá la piel de su rostro, ultrablanca y muy cuidada, y ocultará su pelo bajo pelucas que la ayudarán a representar las diferentes edades de su personaje. Como actriz que lleva años sobre las tablas, cuenta que prefiere hacerlo todo a la vieja usanza y se encarga sola de lookearse.

Gabriela Toscano cumple 43 años de trayectoria con la actuación y se ha destacado en teatro, cine y televisión. En los setenta tuvo roles infantiles en películas como La Mary, Luces en mis zapatos y El sexo y el amor. A partir del film El exilio de Gardel, decidió reencauzar su carrera. Por su actuación en Las viudas de los jueves, dirigida por Marcelo Piñeyro, se llevó el Cóndor de Plata. En 2001 ganó un Martín Fierro como “Mejor Actriz Protagonista en Unitario” por su interpretación en Culpables. En 2010 obtuvo el mismo premio por Para vestir santos. Fue nominada, entre otros trabajos, por Amas de casa desesperadas, Mujeres asesinas y El puntero.

–La crítica elogió mucho tu trabajo en el teatro. ¿Te dejás endulzar por esos artículos o preferís no darles importancia?
–Siempre los leo, pero hay que tener un criterio para saber escuchar lo que viene de afuera. Por supuesto que me encanta que halaguen mi trabajo, pero eso no me nubla… Sucede muchas veces –lo veo en otra gente– que uno empieza a creerse una persona que no es y después no lo puede sostener con el trabajo. Con el tiempo se aprende que el trabajo de uno tiene que ver con contar historias, no con estar complaciendo a cada una de las personas. 

–En la obra tenés que ponerte en la piel de una adolescente. ¿Te costó lograrlo?
–Sí, creo que es la parte más difícil, y todavía la sigo trabajando, porque uno no tiene el foco en esa etapa. Tengo la edad que tengo (47) y, entonces, puedo hacer el del medio (unos 40 años) y el del final (60) mucho mejor, y me resultan más fáciles que esa adolescente que se está moviendo, que salta, que va y viene… (risas). Además esta mujer vive como una especie de liberación sexual, lo que también tiene que ver con la época –los sesenta–. En esa década, las mujeres debían casarse y tener hijos, y ella quiere trabajar y ser independiente… es el estilo de mujer que nos abrió el camino: ella se hizo un espacio en el mundo para que las mujeres seamos más independientes.

“Siempre se resigna algo y uno lo sabe. Decidí ser madre y seguir con mi carrera. Tener un solo hijo tuvo que ver con esa decisión. La tensión está ahí, en esa persona que uno debe cuidar”.


–Pero cuando el personaje crece, se convierte en una madre que mira con nostalgia sus años hippies de juventud y los sueños que siente que tuvo que abandonar para formar esa familia. En lo personal, ¿sentís que tuviste que resignar algo con tu maternidad?
–Siempre se resigna algo y uno lo sabe. Decidí ser madre y seguir con mi carrera. Tener un solo hijo tuvo con ver con esa decisión. La tensión está ahí, en esa persona que uno debe cuidar. También cuando uno se enamora, resigna cosas individuales para vivir en pareja. 

–¿Cómo te las arreglaste para criar a tu hijo sin descuidar tu carrera?
–En ese aspecto, Carlos (Rivas) tuvo mucho que ver. Porque si bien estamos dentro de la misma profesión, no tenemos el mismo trabajo ni los mismos horarios. El trabajo de él es más libre y puede estar mucho con Bruno (18 años).

–Hasta el momento, Bruno no apareció en los medios. ¿No le interesa?
-A mi hijo no le interesan los medios. Él hace su camino; terminó el secundario y estudia música, pero por ahora no le interesa la tele. Eso sí, como hijo de Carlos Rivas y Gabriela Toscano es muy crítico.

–¿Cómo sos como madre?
–Un desastre (risas)… Soy insoportable según mi hijo; él dice que le repito mucho las cosas. Ahora estoy empezando a soltarlo, ya tiene 18 años y se supone que es mayor. Pero es muy difícil dejarlo ir... creo que les pasa a todos los padres. 

“La tele para mí era algo lúdico hasta que tuve 20 años y dije: ‘No quiero hacer más tiras, quiero crecer y hacer otras cosas’. Ahí comenzó un largo cambio y a los 25 empecé a forjar otros rumbos”.

Toscano es la menor de tres hermanos. Cuando tenía 4 años, sus padres decidieron abandonar Montevideo, Uruguay, para probar suerte en Buenos Aires. “Vinimos en busca de una nueva posibilidad, con una mano adelante y otra atrás”, recuerda la actriz. En la Argentina se le dio la típica situación de la hermana que quería presentarse a un casting y, como no tenía con quién dejarla porque la madre trabajaba, la llevó. Gabriela fue seleccionada para integrar el programa Música en libertad, y desde entonces trabaja en televisión.

–Llevás cuarenta y tres años de trabajo. ¿Siempre mantuviste la misma relación con la actuación o la fuiste variando?
–La tele para mí era algo lúdico hasta que tuve 20 años y dije: “No quiero hacer más tiras, quiero crecer y hacer otras cosas”. Ahí comenzó un largo cambio y a los 25 empecé a forjar otros rumbos. Hasta ese momento venía actuando como una chica de la tele, no como una actriz que tiene conocimientos de algo más profundo, que es el arte. A mi carrera la hacía en la práctica, pero después no sabía cómo profundizar, ni cómo enriquecer al personaje... todo era muy intuitivo. Y eso es bueno hasta cierto punto, porque después no podés desarrollarte. No sé si me obsesioné, pero me lo tomé muy en serio.

–¿Qué te impulsó a querer cambiar la dirección de tu carrera y a asumir un compromiso con tu trabajo?
–Creo que fue después del El exilio de Gardel, y me parece que tenía que ver con quiénes estaban… El otro día estuve hablando con Ana María Picchio. Ella, junto con Miguel Ángel Solá, fueron una pieza fundamental en mi vida. Ellos me abrieron el panorama; yo los miraba con admiración. Porque es difícil crecer dentro de la actuación.

–Como ya ocurrió en otros trabajos que hiciste, en Love, love, love te dirige tu marido. ¿Las discusiones laborales adoptan un tono doméstico o se mantiene cada uno en su rol?
–A veces, discutimos un poco, pero no nos damos cuenta. Todo va por un carril creativo y yo lo respeto mucho como director porque me parece que tiene muchos instrumentos y sabe qué hacer para que yo imagine al personaje. Como los roles están bastante claros, no hay mucha opción, y nos gusta mucho trabajar juntos, más allá de las vicisitudes que puede traer, porque a veces hay mucha tensión… En el proyecto anterior, Hamlet y la metamorfosis, como era un proyecto personal de él, ensayamos un año. Era una cooperativa, había que sostenerlo y no teníamos plata… Ese fue un tema que trajo mucha tensión porque los dos queríamos que sucediera algo con eso. Nos fue bien, hicimos ciento treinta funciones, y yo siempre digo que marcó un antes y un después en mi carrera. Es el gran papel.

–Tenés 47 años, se aproximan los 50. ¿Te asusta el paso del tiempo o lo vivís con naturalidad?
–Si me pongo a pensar en el final como trágico, me asusta. Pero la vida es sabia y por algo dura lo que dura, por algo salen canas, que suavizan el rostro… Todo tiene un porqué, el tema es ver qué le pasa a uno con eso. También nos peleamos un poco con el paso del tiempo porque el medio es cruel, pero no debería ser así. 

–¿En dónde palpás esa crueldad?
–Exigen que estés perfecta, fashion, flaca… son cosas que tienen que ver con la venta de productos. 

–Estás impecable. ¿Te cuidas mucho?
–Creo que es porque soy muy irresponsable en muchas cosas (risas). Pienso que actuar también ayuda; jugás mucho con mundos que no son los tuyos y eso te permite liberar un montón de cosas. También es la genética: mi mamá parece joven.

–Creciste en un medio que prioriza la imagen. ¿En algún momento te obsesionaste con el cuerpo?
–En la adolescencia pensaba que era una chica gorda, y en realidad, si hubiera nacido en los cincuenta, habría sido una chica perfecta. En la adolescencia, el tema me molestó porque a los adolescentes les preocupa el físico. 

La charla termina y Gaby Toscano se dirige hacia al teatro caminando despacio. En un par de horas dejará de ser ella para transformarse en su personaje de ficción. Una profesión que la llena de alegría y satisfacción.

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