ENTREVISTA


Código Rodríguez


Por Guadalupe Treibel.


Código Rodríguez
Padrazo, galán maduro, hombre de rioba son algunos de los apelativos que le caben a Miguel Ángel Rodríguez. El querido actor argentino celebra un buen año como jurado de un reality show y como protagonista de un musical. 

Después de un tiempo sin pantalla, la vuelta de Miguel Ángel Rodríguez a la ficción es en la faceta de actor costumbrista por excelencia a merced del musical. En Qitapenas, el programa que protagoniza junto a Silvia Kutika, Natalia Lobo y Jean Pierre Noher, por Telefe, su Tony es el padrazo que, entre arias, clásicos de Sandro, tangos o cancioncitas pop, entrelaza comedia de situación, música, un acalorado enfrentamiento con el vecino de enfrente y amores de familia, para deleite del público que pedía un formato diferente. 

Después de éxitos inolvidables, como Los Roldán o Son amores, que lo catapultaron como el galán maduro que es hoy en día, o de propuestas como La peluquería de Don Mateo o sus imitaciones en El Show de VideoMatch, este hombre de respuestas francas, risa abierta y voz resonante sigue apostando a los desafíos, sea como voz cantora de la nueva ficción de Telefe, sea como jurado de un reality que promete no hacer agua:Celebrity Splash. 

En una extensa charla, habla de su nueva apuesta en la pantalla chica, de su rol de jurado, del humor en la Argentina, de la suerte de los actores populares, de las susceptibilidades del medio, de su San Lorenzo querido y de su suegro, Minguito, con quien dio los primeros pasos de su carrera, allá por 1980, entre otros temas imperdibles.     
    
–Después de un año de espera, finalmente Qitapenas salió al aire, aunque después cambió de horario…
–Es un producto que defiendo con interés sincero porque, desde el momento en que me ofrecieron el proyecto, sentí que iba a ser algo diferente, original. Brindamos algo que no suele verse: el musical. Después de todo lo que ocurrió el año pasado –los cambios en el elenco, en la historia, volver a grabar escenas–, es una alegría ver que Qitapenas está al aire.  

–¿El canto implicó para vos una preparación diferente a la de otros papeles que hiciste para la tele?  
–El formato fue un desafío no solo para los que saben cantar, como Sofía Reca, Benjamín Amadeo, Fede Coates o Pata Etchegoyen, sino también para los que teníamos poca experiencia. Por suerte, tuvimos buenísimos maestros musicales que definieron qué temas eran los ideales, qué registros eran los convenientes, en qué tono; y nosotros dimos la prueba. El aditivo de tener canciones grabadas en estudio –además de las que se hicieron en piso con guitarrita–, el cuidado general y el trabajo de los directores, Gustavo Luppi y Mariano Demaría, se notan en el producto final. 

–Te animás con igual desenfado a entonar tangos, temas de Sandro y arias de Puccini. ¡Qué amplitud de géneros!  
–Soy un caradura importante, ¡un irrespetuoso de la música! Hace poco, mis hijos me leyeron un tuit que me hizo matar de risa; decía: “Estamos todos locos. Ahora Miguel Ángel Rodríguez canta y Diego Torres actúa”. Pobre Diego; ¡él actúa bien! En lo personal, me gusta todo tipo de música; ahora bien, la propuesta de la historia es poder utilizar toda clase de canciones y hacer lo mejor posible desde la amplitud. También se hicieron mixturas de dos canciones en una. 

–Suele decirse que todas las historias ya han sido contadas por El Bardo y que, desde entonces, solo las repetimos con algunas modificaciones… 
–Y sí. De la misma manera que Charles Chaplin y Buster Keaton inventaron el humor muchos años atrás. Todos hacemos lo mismo; lo único que cambia es el público que lo consume, las generaciones. Para mis hijos, por ejemplo, los chicos que trabajan en Sin Codificar, que son amigos míos y los adoro, son unos genios; de hecho, estuve en el programa hace poco. Pero lo que hacen es lo que hacíamos en VideoMatch ¡Es VideoMatch! Lo mismo se dice del fútbol: “No hay nada original”. Aunque algunos quieran disfrazarlo de física cuántica, el fútbol es fútbol, y no hay mucho para discutir. Con la televisión pasa igual. 

-Sos de San Lorenzo. ¿Es cierto que tenés un tatuaje del club?
–Yo no, uno de mis hijos. 

–¿Dirías que los hinchas tienen a Dios de su lado porque Francisco es “cuervo”? 
–(Se ríe). Yo jugué con esa idea, pero es folclore. No va a volver a haber un papa argentino en setecientos años; que este no sea ni de Boca ni de River, sino de San Lorenzo, es divertido. Igualmente, por tener su foto en mi camioneta, lo máximo que pasó fue ganarle 1 a 0 a Colón, así que no jugamos con ventaja… 

–Se habla mucho de la vuelta del humor a la tele. ¿Qué pensás al respecto?
–Creo que el humor no tendría que estar volviendo; debería estar siempre. La Argentina es un país consumidor bananero, exagerado en todo. Gusta un reality y se hacen veinte: patinando, bailando, cantando, planchando. Gusta una pelea y todo es pelea: que los Barbieri, que los Bal… Funciona una ficción y se hacen doscientas mil ficciones. Ahora, es todo para el humor, pero la televisión debería ser dosificación y entretenimiento, una ensalada bien armadita. Si no, hay mucha chaucha y nada de huevo: una porquería. Para colmo, hoy la televisión se ha vuelto cada vez más terrible; te consume cada vez más. Somos todos un número. Pero, bueno, hay que aggiornarse y entender que la vida personal pasa por otro lado. 

–Como un experto comediante, ¿qué le suma el humor a la gente?
–Ayuda a pensar mejor las cosas, a vivirlas desde otro lugar. 

–¿Y  el humor político?
–Aunque la Argentina siempre es un caldo de cultivo para el humor político, no veo que haya mucho en este momento. Antes, si un ministro de Economía decía “Me quiero ir”, yo podía estar cuatro horas en el control de VideoMatch diciendo: “Me quiero ir”, con la gente volcada de la risa. Con Marcelo hicimos mucho humor político. Yo imitaba a Menem, a Zulemita y a Junior, ¡y los destrozaba a todos! 

–Miguel Ángel, ¿creés que hay límites para el humor o se puede bromear con cualquier cosa?
–Creo que hay humor, más allá de la etiqueta que se le asigne –inteligente, guarro, político, bizarro, fino– La función final es siempre la misma: hacer reír. Puede ser que haya un límite, pero la base es empezar riéndose de uno mismo y de lo que pasa a tu alrededor. Y si me río de alguien, que sea con esa otra persona, que el otro también lo disfrute. Fijate que en la edición española del programa Celebrity Splash, hay un concursante que es ciego, y cuando le tocó hacer su primer salto ornamental, la devolución que le dio Santiago Segura (Torrente) fue este bocadillo: “Antes que nada, te felicito porque no le erraste”. O “¡Qué bueno que nadie le sacó el tapón a la pileta!”. ¿Dónde está lo jorobado si el que lo recibe se ríe o lo dice antes? 

–En Celebrity Splash, conducido por Marley, te toca el rol de Santiago Segura: el juez/actor cómico…
–Exactamente; soy el Torrente de acá. Y el resto del jurado está compuesto por Pampita Ardohain, Maximiliano Guerra y un especialista. Me gusta poder participar de un programa de entretenimientos desde un lugar digno, sin caer en la bajeza, pudiendo divertirme y pasarlo bien. Además, es una forma de que el canal te tenga como artista exclusivo y, a futuro, seguir con otra cosa. 

–Además del rótulo de entretenedor, sos un galán maduro. De Son amores a la fecha has roto muchos corazones… 
–Uf, pasó tanto tiempo desde Son amores… ¡Veinticinco kilos pasaron! La tele provoca el milagro de transformar a cualquier persona en única e inalcanzable, te envuelve de mística y hace que todos te vean lindo ¡No me preguntes por qué! A los lindos se los ve lindos y a los feos, como yo, también. ¿Sabés que me pasa mucho? Que los chicos se acercan todo el tiempo y me dicen: “Mi padre es igual a vos”. 
–Es que, a partir de tanta tira costumbrista, te has convertido en el padre típico argentino.

–Sí, tenés razón. Y me gusta, ¿eh? Lo único de lo que hay que cuidarse es de no cansar. Igual, en su momento, muchos me decían que querían verme haciendo otra cosa, y cuando hice El capo, donde todo era mafia y revólver, no funcionó como se esperaba. Ahora me largué a cantar; hay que ver cómo lo acepta la gente. La verdad es que hacer personajes estereotipados no me molesta. 

–Además de ser tu suegro, ¿Mingo fue el que te dio la primera oportunidad en el medio?
–Sí, en el año ochenta. Empecé como asistente suyo. Era el novio de su hija, a quien había conocido en unas vacaciones en Miramar, en 1978. Al tiempito, lamentablemente, me tocó hacer la colimba, un año perdido, al divino botón, donde lo único que hacía era vivir de mal humor. Igual, ese año seguía frecuentando la casa de Mingo. 

–¿Te inhibía un poco la figura de tu suegro, que por ese entonces ya era una leyenda viviente en el rubro del humor? 
–Para nada. Yo siempre fui igual, y a él le divertía mucho eso. Siempre me decía: “Anotá lo que decís, que algún día te va a servir”. Teníamos un vínculo extraordinario; yo sentía mucha admiración. Como él estaba con mucho trabajo –Polémica en el bar, entre otras cosas–, necesitaba gente que lo ayudara y así empezó mi trabajo detrás de cámara. ¡Tuve otros! Cuando, en 1982, Mingo se enfermó de un malestar raro en los pulmones y tuvo que ser internado, necesité salir a trabajar y, entre otras cosas, trabajé con Riverito como asistente de producción. El oficio lo aprendí mirando. Siempre me gustó quedarme fuera de hora viendo lo que otros hacían.  

–¿Y en paralelo ibas desarrollando tu veta cómica?
–Eso lo traía de familia. ¡Soy tan estúpido como me ves! Solo que con el tiempo se me ha ido agudizando. También trabajé como asistente de dirección de Jorge Guinzburg, y con Dolina, que me insistían mucho para que hiciese humor. Pero el salto definitivo fue Marcelo y VideoMatch, un lugar de ensayo y error, ideal para probar personajes, donde fui despuntando lo que me gustaba hacer.   

–¿Preferís hacer imitaciones o encarar personajes de ficción? 
–Las dos cosas se basan en lo mismo: el poder de observación. No sé si imito bien; lo mío es la ridiculización, la exageración. Si hago un retrato, no hay asombro; si hago una caricatura, sí. Me gusta jugar a ser otra persona.  

–¿Creés que los ídolos populares no pasan nunca de moda? 
–Nunca, pero igualmente hay que mantenerlos vigentes... a los Tato Bores, a los Olmedo, a los Pepe Biondi, a los Marrone, a los Minguito.   

–¿Pensás que existe cierto prejuicio contra el actor popular?
–Sin lugar a dudas. Pasa siempre lo mismo: cuando mueren, se vuelven actores de culto. No digo que sea una mirada generalizada, pero sí de ciertos sectores del medio que vapulean lo popular. Y son pocas las figuras que han congeniado las virtudes de lo popular y lo prestigioso, algo verdaderamente admirable. Guinzburg lo logró; Ricardo Darín también.

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