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Correr por la vida


Por Gustavo Sencio.


Correr por la vida 

Sebastián Armenault pateó el tablero y dejó su trabajo para combinar su pasión con un proyecto solidario. Así se convirtió en ultramaratonista y corre por el mundo para realizar acciones benéficas. Su lema: “Superarse es ganar”.

Fue un momento cumbre de su vida, un punto de inflexión. Sin saberlo ni proyectarlo, los 170 kilómetros del desierto de Emiratos de Omán que se había propuesto recorrer marcarían un antes y un después en su vida interior. Sebastián Armenault, un ejecutivo de tantos, amante de la aventura como muchos otros, padre de dos hijas y profesional dedicado, recibió una noticia inesperada de los organizadores en la noche previa a largar la carrera. “Me comunicaron que mi bolso se había perdido, por lo cual solo contaba con lo puesto y con lo que tenía en la mochila: un par de zapatillas, medias, un pantalón corto y una remera”, relata este hombre aventurero y solidario.

“El motor de mi vida son mis hijas, Felicitas y Justina. Ellas,  junto con mis padres, mis mejores maestros de la vida, mis hermanos y sus familias, y mis amigos, son los que hacen posible este proyecto”.

La reacción de los otros corredores fue inmediata y todos coincidían en el diagnóstico sobre su futuro inmediato: “Me decían que no corriera, ya que no tenía mis cosas”, recuerda con una sonrisa. El destino lo enfrentaba a una difícil decisión: participar o, por el contrario, abandonar. Sin embargo, Armenault no se dio por vencido: “Fue un momento duro, pero me había preparado durante ocho meses, había juntado el dinero y estaba ahí. Por eso, decidí correr con lo que tenía”.

–A la distancia, ¿cuál creés que fue la mayor dificultad?
–No contar con las fundas que se utilizan en las zapatillas para evitar que la arena me entrara en los pies. La falta de equipamiento hizo que perdiera ocho de las diez uñas de los pies. Pero nada me importó: superé todas las dificultades y los obstáculos que la carrera me había planteado y pude terminarla. Sin haberlo planificado, aquellos 170 kilómetros del desierto de Emiratos de Omán le cambiarían la vida a este ultramaratonista solidario. 

“En aquel momento, sentí que debía volver y armar mi propio proyecto”, confiesa. Y así fue: Armenault regresó a la Argentina y, de inmediato, le pidió una reunión al presidente de la empresa en la que trabajaba; durante ese encuentro le comentó que quería dejar su puesto para diagramar su propio proyecto. “Acordamos una salida en tres meses y, a partir de noviembre de 2009, dejé mi trabajo para unir todas mis pasiones: solidaridad, deporte, viajar con la bandera argentina a cuestas y, sobre todo, difundir valores con un lema, ‘Superarse es ganar’, y con un mensaje: ‘Con trabajo, esfuerzo, pasión, alegría y humildad, no existen objetivos o sueños inalcanzables’”, comenta. 

–¿Qué te disparó la idea?
–Fueron años de búsqueda interna, hasta descifrar lo que realmente me hacía feliz. Necesitaba un cambio rotundo y eso era ni más ni menos que combinar mis pasiones.

–¿Desde cuándo corrés?
–Trotar siempre me costó. Podía estar horas jugando al rugby, al fútbol o al tenis, pero cuando tenía que hacer la entrada en calor o correr en la pretemporada, no podía. Sin embargo, decidí superarme. Hace alrededor de seis años corrí los dos kilómetros que dan la vuelta al lago de Palermo: casi me muero. Terminé agotado, mareado, pero sentí que había superado mi propia limitación. Y me dije por qué no intentaba con tres, cuatro o cinco kilómetros. Me anoté en diversas carreras hasta que empecé a correr 21, 42 kilómetros… Cuando lo logré, sobrevino otra meta: correr un ultramaratón. Llegó el Cruce de los Andes y más desafíos para convertirme en un ultramaratonista aficionado solidario. Pude completar los 250 kilómetros del desierto del Sahara, con más de cincuenta grados de temperatura.  

–¿Cómo empezaste a unir la solidaridad con la pasión por correr?
–Al desarrollar tu propio proyecto, buscás que tenga ese condimento que te lo da lo que realmente te apasiona, lo que te llena el alma. Pero me faltaba agregar la “pata solidaria”. Cada vez que me reunía con empresas para pedirles apoyo, les planteaba que por cada kilómetro que yo corriera, ellos donaran elementos básicos o productos que elaboraran, para destinarlos a entidades carenciadas. Eso genera un doble compromiso: por mi parte, el de buscar carreras más largas y difíciles; para la empresa, el de ayudar.

–¿Qué receptividad tuviste en la sociedad? ¿Sentiste apoyo, críticas??
–Al principio, no resultó nada fácil. Para la gente cercana fue un poco traumático comprender el hecho de que dejara más de veinte años corporativos y cierto grado de seguridad profesional y económica. Pero, con el tiempo, fueron entendiendo que esta es mi verdadera pasión. Por eso, soy un agradecido a mi familia y mis amigos, ya que su apoyo fue fundamental.

–¿Cómo es un día en tu vida?
–Vivo en Vicente López, Buenos Aires, donde alquilo un departamento. Salgo a correr bien temprano. Vuelvo, me baño, llevo a mis hijas al colegio, voy a reuniones con empresas para buscar más apoyo y donaciones, hago las compras en el supermercado, mantengo actualizada la página… Estoy dedicado a mi proyecto solidario full-time.

–¿Cómo es tu alimentación?
–Es simple y sana. Tengo la particularidad de no comer chocolate, dulce de leche, helados, cremas o postres. Nunca me gustaron, pero no hago ninguna dieta en especial.

–¿Cómo es tu equipo de trabajo?
–Tengo a mis entrenadores, Marcelo Link y Mario Villagra; de la parte de kinesiología y traumatología se encarga Gabriel Vinias; y cuento con un especialista en pisada: Gustavo Guerzoni. Gracias a sus consejos, el proyecto crece y avanza.

–¿De qué manera compatibilizás tus ideales con la convivencia familiar? ¿Te entienden? ¿Es un foco de conflicto?
–Estoy separado desde hace doce años. El motor de mi vida son mis hijas, Felicitas y Justina. Ellas, junto con mis padres, mis mejores maestros de la vida, mis hermanos y sus familias, y mis amigos, son los que hacen posible este proyecto. Mis hijas me acompañan a entregar las donaciones y hasta corremos algunas carreras juntos, lo que para mí es todo un orgullo.

–¿Cuál fue la experiencia más dura y cuál, la más enriquecedora? 
–Cada experiencia es única y enriquecedora. Pero los cincuenta kilómetros del Polo Sur fueron los más difíciles, ya que no sabía si podría resistir seis horas con una temperatura de treinta y dos grados bajo cero o la posibilidad de alguna grieta. Corrí con un nivel de tensión que nunca había sentido. Antes de largar, ya me estaba congelando. Me acuerdo de que me acerqué a una tetera a servirme una taza de té y al lado había un diario. Entonces, se me apareció la imagen de mi abuelo. A mis 15 años, iba al colegio en bicicleta y él me decía que me pusiera diarios en el pecho, para cubrirme del frío. Así que agarré el diario, me fui a la largada, y delante de los treinta y tres corredores, empecé a ponerme el diario. Todos me miraban sin entender qué estaba haciendo. Ellos tenían ropa de última generación y había algunos con calefacción dentro de sus camperas. Pero yo quería mostrar y demostrar que, con lo que tenía puesto, podía enfrentar aquel desafío. 

–¿Al final, llegaste? ¿Pudiste correr con esa temperatura?
–Sí, lloré la mitad de la carrera, recordando a mi abuelo y su consejo, que me permitieron cumplir un sueño. Sin los diarios no habría podido terminar… Esa carrera fue el 1 de diciembre de 2011, mes en el que se cumplían los cien años de la llegada del hombre al Polo Sur. Ese mismo día, un gran amigo mío se operaba de cáncer. Mandé a hacer dos remeras iguales: una se la di a él para que se la pusiera en su “carrera” –el quirófano–; y yo me fui a correr con la mía. Hice ocho kilómetros más en su honor y para recaudar más donaciones. El mejor resultado fue saber que mi amigo, al día de hoy, está perfectamente recuperado. 

–¿En qué pensás cuando corrés? 
–Cuando corro, disfruto mucho. Y en los momentos más duros, cuando las energías empiezan a bajar, llevás tu mente a momentos lindos de la vida: pienso en todo lo que puedo conseguir con las donaciones por correr más kilómetros; en mis hijas cuando les cuente que cumplí o que, por lo menos, hice todo lo que estaba a mi alcance; en llevar la bandera argentina a lugares remotos del planeta… Tengo cuatro operaciones de rodilla. Soy una persona común y corriente, que tiene un sueño y lo hace realidad a pesar de todas las dificultades: las propias y las que la vida cotidiana nos pone. No quiero que nadie me diga: “No se puede”. Si yo pude y puedo hacer lo que me apasiona, todos los que tengan una pasión y quieran llevarla a cabo también pueden.  

–¿Hasta cuándo tenés pensado seguir con esta causa?
–Quiero seguir con esto el resto de mi vida. Y, por qué no, darle forma a este proyecto creando una fundación. Vivimos en una sociedad totalmente exitista, en la que si no sos el campeón del mundo, si no batiste un récord, si no ganaste una súper medalla o un súper cheque, no servís. Corrí los 250 kilómetros del Sahara, donde largamos mil competidores de cincuenta y cuatro países. A los primeros 600 metros, no los podía alcanzar ni con una moto… El ganador fue un marroquí que se llevó cinco mil dólares en premios. Yo llegué en el puesto 793 y conseguí más de cincuenta mil dólares en donaciones para entidades carenciadas, como hospitales, colegios, geriátricos y comedores. Entonces, pregunto: ¿quién ganó la carrera? Hay que animarse a ser protagonista de tu propia vida, haciendo realidad tus sueños, no los de los demás.

Medalla de oro en solidaridad

Si el único resultado que persigue Sebastián Armenault es poder ayudar a entidades carenciadas, los resultados están a la vista. Gracias a su participación en diferentes carreras (y a la colaboración de varias empresas que lo apoyan, como Puma, OMINT, Gatorade, Weber, DIRECTV, Bimbo, la Munici-palidad de Vicente López y Pole Position), ya lleva donados 10.000 kilos de pan, 450 pares de zapatillas, 500 remeras, 350 pares de anteojos recetados, 500 litros de agua saborizada, 500 libros, 7500 barritas de cereales, 500 litros de alcohol en gel, 350 kits escolares, 250 botiquines de primeros auxilios, 250 kilos de leche en polvo, 3 respiradores artificiales, 3 electrocardiógrafos y 3 desfibriladores, entre tantas otras cosas.

Aventurero de alma

En su hoja de ruta figuran los 100 km del Cruce de los Andes, los 105 km del Nihuil Mendoza, los 42 km de las Islas Malvinas, los 120 km del Sahara en Túnez, los 170 km del desierto de Emiratos de Omán y los 190 km del Himalaya en la India y Nepal. También completó los 250 km del Sahara en Marruecos y los 200 km de Nueva Zelanda Solidarios. Además, fue el primero y único argentino, sudamericano y latinoamericano en participar de los 50 km del Polo Sur, en la Antártida. Asimismo, en septiembre de 2012, estuvo en los 330 km de Transalpina Solidaria, en los Alpes Europeos, pasando por cuatro países: Alemania, Austria, Suiza e Italia.

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