ENTREVISTA


“Soy una vitalista total”


Por Alejandro Duchini.



“Soy una vitalista total” 

Rosa Montero habla de todo: de la muerte de su marido, de la capacidad de reinventarse y de la mirada ajena. La escritora española confiesa además que su búsqueda primordial es encontrar la serenidad.

Iba a ser el prólogo de una colección de libros breves que le había encargado Elena Ramírez, su editora. Sin embargo, las cosas muchas veces no suceden como se las planea y aquí estamos, conversando con Rosa Montero sobre La ridícula idea de no volver a verte, su libro más reciente. Es que la escritora española tenía que hacer una “breve” reflexión sobre Marie Curie y el diario en el que relató la muerte de su esposo, Pierre. Pero eso se le fue metiendo tan adentro que escribió páginas y páginas íntimas, llenas de reflexiones, vivencias y supuestos. 

Hay más: en la historia de la dos veces Premio Nobel (de Física y de Química) encontró algún paralelo con la suya. Por ejemplo, la también temprana muerte de su marido, el periodista Pablo Lizcano, a quien menciona en el texto.
Eso fue en Madrid. Ahora estamos en Buenos Aires, en una tranquila habitación de un hotel céntrico. Afuera, la neblina acentúa el corazón del otoño y una tenue melancolía matutina se manifiesta a través de la poquísima luz que entra por la ventana. 

–Comenzó escribiendo un texto breve y terminó escribiendo un libro. 
–Los libros tardo como tres años en escribirlos. En este demoré mucho menos: salió como en un tiro, un torrente, como si hubiese estado escrito desde antes. A medida que escribía, a algunos términos que me parecieron importantes les fui poniendo hashtags. Cuando lo terminé, me di cuenta de que faltaba un término y que era lo que más buscaba: serenidad. ¡No hay ni un hashtag de la serenidad!

–¿Por qué serenidad?
–Porque lo que intento es alcanzar ligereza, vivir el presente con intensidad, con liviandad y serenidad. Pero lo más importante que busco es la serenidad. Este es un libro sobre la vida y la manera de aprender a vivir mejor. Pero también habla de la muerte. De ahí la serenidad; en ese acuerdo con la muerte, debe primar la serenidad.

–¿Cómo cree que se alcanza?
–La teoría me la sé. Sé cuál es el camino. Ahora, cómo se aplica eso en la vida es más difícil. Porque uno lleva el peso de su vida, los tics con los que ha vivido. Corro, mando un mensaje de texto sin parar de correr y, de hecho, hace unas semanas me rompí el hombro al caerme. No es eso muy sereno. De a ratos alcanzo la serenidad, pero luego la pierdo.

–Me llamó la atención el comienzo de su último libro. ¿Cómo le salió?
–Me apareció así, con ese tono. Lo primero que tienes de un libro es un germen, la pequeña idea movilizadora. Luego, descubres cuál será la voz narrativa, si va a tener diálogos. Uno intenta atrapar esos sonidos, como si fuese una canción que trae el viento y uno cree poder atraparla.  

–¿Qué aprendió con La ridícula…?
–Lo que mencionaba antes: la serenidad. Lo sabía, solo que no me había dado cuenta. Antes aspiraba a la grandeza y me di cuenta de que es una trampa más, que te hace depender de la mirada de los otros. No es algo mío. Ahora aspiro a la libertad, a esa serenidad, a una vida intensa, sosegada y feliz. Pero una cosa es saber las cosas y otra, aplicarlas en la vida cotidiana.

–¿Qué conclusión saca tras haber escrito algo autobiográfico?
–Lo autobiográfico no me gusta. En este caso, me salió. No es un punto de partida, para nada. Marie Curie me ha permitido servirme de ella para verme en un espejo y hablar de cosas básicas, pero no solo mías, sino básicas en la vida de todos. Sin embargo, creo que hablo de una manera discreta. Hay gente que me dijo que tenía que hablar más de algunas otras cosas, pero nunca quise. No quería hacer un libro testimonial. Los libros se hacen solos, se imponen solos en tu cabeza. No sé si haré otro libro autobiográfico. No está en mis proyectos.

–Tampoco es un libro de memorias.
–Siempre dije que no haría un libro de memorias, porque tengo una memoria fatal. ¡Horrible! Olvido todo, anoto todo. Y como tengo una mezcla de mala memoria y mucha imaginación, si algo lo recuerdo, es porque lo he inventado. Nos pasa a todos: la memoria es una construcción imaginaria. Yo no me fío nada de mis recuerdos. Cuando pasan veinte años de un recuerdo, ni siquiera sé si lo he vivido, escrito o soñado. Hay una zona nebulosa de la realidad de las cosas.

–Ahí podría entrar el concepto de “reinventarse”, al que tanto alude.
–La idea de reinventarse la he tenido bastante clara desde siempre. Tengo una salamandra que me tatué hace doce o trece años. Me gusta porque es un animal mítico que, supuestamente, arrojas al fuego y no se quema. Es mentira. No arrojes una salamandra al fuego. Es un símbolo de regeneración, como el ave fénix. Hay muchas culturas con diversos símbolos de regeneración. Y el ser humano puede reinventarse y ponerse de pie después de haber estado tirado en el suelo. Eso es lo que nos hace ser una especie tan triunfante, capaz de cargarse con el planeta.

A medida que voy envejeciendo, me convenzo más de esto. Si uno tiene la suerte de vivir lo suficiente, en cada vida humana hay varias vidas. Yo estoy por la tercera o la cuarta. Les pasa a todos. Uno se reinventa, sobre todo si te toca vivir la muerte de un ser querido extratemporalmente, como la de un marido. En el duelo te dicen: “Te tienes que recuperar”, como si fuera recuperarse de una hepatitis. No, no te recuperas más. El que fuiste se acabó para siempre. Te reinventas porque tenemos esa capacidad. Y hasta tal vez podamos tener una vida mejor, más feliz que la anterior. Pero el que fuiste ya no lo serás.

–Usted sostiene que la muerte es parte de la vida. ¿Por qué?
–Lo único seguro de este mundo es que nos vamos a morir. Conquistar imperios, hacer guerras, levantar bancos, hacer el amor, asesinar, tener hijos… todo lo que hace el ser humano es contra la muerte. Pero a mí me encanta la vida. Soy una vitalista total.

–¿Podría ampliar la idea de la mirada de los demás sobre uno mismo? 
–Vivimos exigidos por la mirada de los demás. Pero es imposible vivir sin esa mirada. Es difícil, pero hay que intentar liberarse de esa exigencia. Tenemos que buscar nuestro verdadero deseo en lugar de vivir para cumplir los deseos de los otros. Es difícil saber qué desea uno para sí mismo. Te pasas la vida creyendo que quieres ser médico porque tu padre te lo ha inculcado y, quizá, querías ser zapatero. Hay que saber cuál es nuestro deseo y cuál es nuestro lugar en el mundo, que es lo mismo. La mirada de los otros como testigos y compañeros es esencial, pero de lo que hablo es de no rendir el propio deseo a la exigencia del otro.

–En su libro hace varias referencias a los mandatos paternos.
–Es el peor de todos los mandatos. Mucha gente, como Marie Curie, se pasa la vida dependiendo de eso. Dicen que ella bajó su nivel como investigadora en la segunda parte de su vida para demostrarle cosas a su padre, que era de esas personas fastidiosas, difíciles de conformar. “¡Qué pena que no sirva para nada!”, le contestó él cuando ella le contó de sus descubrimientos. El peso de la mirada paterna te puede destrozar la vida.  

–¿Qué le enseñó Marie Curie?
–Aprendí lo que es el poder de la tenacidad, el perseguir tus sueños, el poder del sacrificio. También, que no hay que ser tan autoexigente. 

–¿Usted tiene algo de eso?
–¡Todo! Me siento cerca de Madame Curie en su capacidad de sacrificio, pero también en sus problemas, en su lucha. Soy obsesiva, tengo tendencia a la angustia, a la fragilidad, soy hipercrítica, responsable, independiente. No es raro. Es un prototipo bastante cercano a mucha gente. Quisiera entenderlo, gobernarlo, llevarme mejor conmigo misma. Toda mi vida he hecho un esfuerzo en ese sentido y te diré que he sido bastante exitosa, porque he conseguido llevarme mejor hoy que cuando tenía 20 años. No volvería a mis 20 años.

Pasado y presente

Rosa Montero nació en Madrid el 3 de enero de 1951. En 1979 publicó su primera novela, Crónica del desamor. La hija del caníbal, El corazón del tártaro, Instrucciones para salvar el mundo y Lágrimas en la lluvia son otros de sus títulos. “No sé cuáles son las cosas que más me marcaron en la vida. Todo te marca. Lo de Pablo ha sido lo más importante”, confiesa sobre la muerte de su marido, el periodista Pablo Lizcano, tras una larga enfermedad, el 3 de mayo de 2009, a sus 58 años.?Lo que viene:?un programa de TV, Dictadoras, que trata sobre las parejas de Adolf Hitler, Benito Mussolini, Joseph Stalin y Francisco Franco. “Viajamos por Alemania, Italia, Rusia. Consiste en mirar la relación de los dictadores con sus mujeres y amantes, y mostrar qué lugar ocupaban ellas en esas dictaduras. Por ejemplo, Mussolini decía que las masas y las mujeres están hechas para ser violadas”, sintetiza.

Rosa Montero y las nuevas tecnologías

No son más que una herramienta. Después, depende de cómo las uses. Caminar escuchando música, gracias a mi iPhone, donde tengo mi biblioteca musical, es muy interesante. Estoy en las redes, en Facebook. Es un estrés añadido, pero también en las redes se aprende mucho. En Facebook aprendí mucho de la gente que me manda cosas. Y aprender te da sabiduría. El aprendizaje de las cosas es lo mejor”, comenta la escritora.

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