ACTUALIDAD


Por los rumbos de la selva


Por Revista Nueva.


Por los rumbos de la selva
Recorrer la Ruta de la Selva en Misiones es vivir historias de viejos pobladores y saltos encantados, entre densas vegetaciones donde aúllan los monos y acecha el yaguareté.

La hora de la siesta acaba de terminar. La sonriente mujer de ojos azules, Helga, aparece frente al portón de su casa celeste. A paso lento camina entre sus gallinas que corren de un lado a otro sobre el lodazal que dejó la lluvia fuerte de la mañana. Helga es nieta de inmigrantes polacos y vive en Cerro Moreno, una colonia cercana al pueblo misionero de Aristóbulo del Valle. Aparenta 70 años y habla un español con marcado acento alemán, el idioma que le enseñaron sus padres cuando era apenas una niña. “Nací acá y me voy a morir acá, en la selva”, afirma Helga, que tiene dos vacas y prepara un dulce de leche exquisito con una receta que solo ella conoce y que no comparte con nadie, ni siquiera con su sobrino Maximiliano, que viene a veces a ayudarla con las cuestiones de la chacra. Mientras prepara el dulce manjar, a fuego lento, mira por la ventana. El cielo gris ya está preludiando otro aguacero. 

La selva misionera es una región de densas arboledas y climas subtropicales que ocupa más de la tercera parte de la superficie de la provincia de Misiones. Hasta hace unos sesenta o setenta años, esta selva cubría casi la totalidad del territorio provincial, pero la tala de sus árboles y la irrupción de amplias zonas de cultivo de té, tabaco y yerba mate redujeron su superficie. “En la actualidad, lo que queda de la selva está intentando ser protegido, para que no siga desapareciendo”, señala Julio Benítez, el dueño de un lodge llamado Tacuapí que se encuentra en las proximidades de Aristóbulo del Valle, en el corazón de la selva misionera. Con su camioneta, recorre los caminos que forman parte de la llamada Ruta de la Selva, un corredor turístico que enlaza sitios de enorme belleza natural, como los Saltos del Moconá, la Reserva de Biosfera Yabotí, el Parque Provincial Salto Encantado y las incomparables Cataratas del Iguazú. “Es una zona ecoturística que coincide territorialmente con el área de conservación y desarrollo sustentable de la provincia de Misiones”, explica Julio bajo la lluvia que preludiaba aquel cielo gris.

Saltos y nostalgias 

El Parque Salto Encantado es una reserva provincial de vegetación omnipresente que posee una gran cantidad de cascadas de las cuales la mayor es la que le da el nombre al área protegida. Visible desde los miradores construidos en las cercanías de las zonas de acceso al parque, el Salto Encantado es una caída de agua de 64 metros de altura que se precipita encajonada por un oscuro paredón de rocas siempre húmedas. Alrededor de este salto corren varios pequeños arroyos, como el Urú y el Cuña Pirú, ambos de aguas cristalinas que zigzaguean entre arboledas muy profundas. “Aquí hay casi cuarenta especies distintas de mamíferos y unas doscientas de aves, todo eso dentro de un clima muy húmedo que se ve acentuado por la permanente llovizna que generan las cascadas”, comenta Julio, mientras señala con su mano derecha un sitio orillado a uno de los arroyos en donde pueden observarse lagartos y monos carayá. “Dicen que por ahí también suele andar un yaguareté, pero yo nunca lo he visto”, agrega Julio.

Desde el Parque Provincial Salto Encantado se sigue un rumbo oriental hacia la localidad de El Soberbio, la irreemplazable puerta de entrada a los ya famosos Saltos del Moconá. En El Soberbio, la temperatura supera los treinta y cinco grados y la humedad relativa araña el ochenta por ciento. “Hasta hace muy poco tiempo, el camino que llegaba hasta estos saltos era todo de tierra y cuando llovía a veces resultaba imposible llegar”, recuerda Julio, al tiempo que detiene el motor de su camioneta a unos cien metros de un sendero que lleva directo hasta las márgenes del río Uruguay. “Los Saltos del Moconá son unas cascadas que tienen unos tres kilómetros de largo y cortan por el medio el curso del río Uruguay, como si fuera una quebrada que corre longitudinal al cauce”, comenta Miguel Taszi, el capitán de la embarcación que nos traslada rumbo a esa falla geológica que es única en el mundo. El agua salpica y es imposible no maravillarse frente a esos saltos cuyo nombre, en lengua guaraní, quiere decir “lo que todo lo traga”. “La altura de los Saltos del Moconá varía mucho, dependiendo del caudal del río. Cuando el Uruguay está muy crecido, los saltos desaparecen.

Pero cuando hay bajo caudal pueden llegar a tener hasta quince metros de alto”, explica Miguel, mientras arroja a las aguas varias migas de pan para tratar de atraer a un cardumen de dorados que nadan por allí cerca. Un minuto después, los lomos de una docena de peces relucen cercanos bajo el sol intenso del mediodía. Siguiendo el rumbo hacia el norte por la Ruta 12, se cruza la provincia de Misiones desde el río Uruguay hasta las márgenes del Paraná y se llega al pueblo de Puerto Libertad, una localidad de poco más de cinco mil habitantes que nació hace más de ochenta años como una colonia productora de yerba mate. Muy cerca del poblado se encuentra la posada Puerto Bemberg, cuyos dueños son descendientes de aquellos colonizadores que dieron origen a la historia de Puerto Libertad.

 “En la época de esplendor de la explotación yerbatera, en las décadas del treinta y el cuarenta, el pueblo tenía comodidades increíbles para su época, como luz eléctrica, una red de agua potable y hasta un cine. Después las idas y vueltas políticas fueron terminando con muchas cosas”, relata Francisco Bemberg con tono nostálgico en el medio de un área de abrumadora vegetación. Cerca de allí hay una capilla que mira al río Paraná desde lo alto de un barranco que se desmorona sobre las aguas que corren rápidas. En la orilla opuesta, cruzando el río, está Paraguay. “En la época en la que nació este lugar, el cura venía todos los domingos y daba la misa en el púlpito que mira al Paraná, para que lo escucharan los fieles de este lado, los de la Argentina, y también los del otro lado del río, en Paraguay. No tenía que gritar porque la acústica es muy buena. Y dicen que en la otra orilla se juntaban de a cientos para oírlo”, recuerda Francisco con aire melancólico. 

Ya es de noche y la luna llena ilumina la selva con tonos blancos, pálidos y, a la vez, brillantes. Desde las sombras llegan sonidos de monos, de ranas, y de aves. Tal vez también de algún yaguareté, de esos que Benítez no ha visto. La selva se resiste a dormir.
 

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte