ENTREVISTA


Lo esencial es el desafío


Por Guadalupe Treibel.


“Lo esencial es el desafío” 

Carlos Ott, uno de los arquitectos clave de la escena internacional, comparte recuerdos de infancia y habla sobre el presente y el futuro de la arquitectura.

A  pesar de haber nacido en Uruguay, Carlos Ott es un ciudadano del mundo. Y al mundo ha vestido con obras de avanzada que lo han posicionado como uno de los arquitectos imprescindibles del siglo XX y XXI. No es para menos, con creaciones de absoluta trascendencia como la Ópera de la Bastilla de París, que en 1989 se volvió otro de los sellos visuales de la capital francesa. Altamente solicitado e internacionalmente reconocido, el inquieto charrúa –con presencia en Quebec, Toronto, Shanghái, Dubái y Montevideo– no para de nutrir su valioso porfolio con obras como el Forum Puerto del Buceo, desarrollo de la empresa argentina TGLT en Pocitos. 

Así, la genial pieza arquitectónica llega para sumarse a una destacada lista de memorables obras de Ott, como el Aeropuerto Internacional de Ushuaia Malvinas Argentinas, el Banco Nacional de Dubái, el Henan Art Centre en China, el Hotel Boca by Design Suites en Buenos Aires, el aeropuerto de Punta del Este, la Torre de Antel en Montevideo, además de complejos residenciales en Nueva York, Malasia, Filipinas y Miami, por mencionar algunos ejemplos. 
Afable y dispuesto, el hombre que se recibió con 23 años y que en 1971 recibió una beca Fulbright, atiende el teléfono desde su departamento de Miami para charlar sobre los hitos de su carrera y el futuro de las ciudades. 

–¿Diría que, en su caso, la arquitectura fue una vocación inevitable?
–Me temo que sí. Mi padre era arquitecto y yo nací al lado de una mesa de dibujo, una regla T y una escuadra, cosas que ya no se usan más. Cuando era un niño, miraba cómo él dibujaba y lo acompañaba a sus visitas de obra; eso hizo que las ganas de ser arquitecto me vinieran muy tempranamente. Para un chiquilín, hacer casitas con ramas y barro un día de lluvia o modelar un autito con arcilla era divertidísimo. Dibujar, además, es algo que me atrajo siempre. En aquel entonces, vivíamos en una chacra en las afueras de Montevideo, una zona de granjas y agricultura donde había muchos viñedos. 

Teníamos árboles de oliva, frutales, vegetales. Incluso hacíamos nuestro propio aceite, que regalábamos a la curia –que lo usaba en la misa– y a nuestros amigos. Era otro Uruguay, otra época, otro mundo. El sitio donde nací, esa casona enorme, ya no existe más y nuestros árboles de ciento y pico de años –que habían plantado mis abuelos catalanes a mitad del siglo XIX– lamentablemente fueron cortados para hacer casas y desarrollos. A esa parte de los suburbios la fue tomando la ciudad. Los males del progreso…  

–¿Alguna vez fantaseó con construir un lugar como aquel de la infancia?
–Sería muy difícil. Mi abuelo vino de Barcelona y tenía dinero, al punto que trajo consigo un altar del siglo XV que instalamos en nuestra casa. Esta, una suerte de masía catalana, era enorme. Ahora tengo una casa en Toronto, de cuatro pisos, que tranquilamente podría entrar en un rincón del sótano de aquella de Montevideo…

–Por lo que tengo entendido, su casa de Toronto generó cierta controversia… 
–Compré una casa muy linda, pero se quemó y me quedé con un terreno vacío; entonces, decidí construir una muy moderna –es un cubo de vidrio con grandes ventanas–, demasiado moderna para un barrio tradicional con casas estilo Tudor. Digamos que no contó con el apoyo de los vecinos… consideran que está fuera de lugar. Yo consideré que el lenguaje arquitectónico debía ser del siglo XXI en vez de una copia del siglo XIX.   

–César Pelli dijo que no aguantaría vivir en un diseño propio porque se lo pasaría pensando en las cosas que debería haber hecho diferente. ¿Lo persigue esa necesidad de perfección?   
–(Se ríe). Está muy bien lo que dice César; es cierto. Cuando se me quemó la casa hice 55 planos diferentes y, al final, construí el 56… ¡sin plano! porque cambiaba y cambiaba. El proyecto de la casa propia lleva más tiempo que cualquier otro porque uno quiere estudiar cada esquina; pero viviendo en ella, uno termina por acostumbrarse. Está en la sangre del arquitecto tratar de perfeccionar algo que evidentemente nunca es perfecto. Es parte de nuestra educación.

–¿Qué es lo primero que mira el ojo crítico del profesional?
–Cómo empieza a ser el edificio: si ese muro está bien hecho y lo va a seguir estando en cinco o veinte años; si la escala de tal entrada es correcta, ni muy baja ni muy alta; si al techo no se lo llevará el viento. Son cosas que miramos con ojo crítico. Lo mismo hace un director de orquesta: está pendiente de por qué el violín llegó en tal momento, por qué el trombón estaba fuerte. Igual el criterio es muy subjetivo y lo que a un colega le encanta le disgusta  a otro. A Dios gracias, está la sana variedad. Si todos eligiésemos la misma corbata, ¡qué aburrimiento!    

–Hablando de variedad, usted ha dicho que la arquitectura no puede ser la misma en todos lados… 
–Sin duda. Un edificio en Miami, que está sobre el mar, no puede ser igual a un edificio en Buenos Aires, que está sobre un río. Y eso responde a muchos factores: las particularidades de la región, el clima, la ubicación, a la mentalidad del pueblo. Además, la mentalidad de una persona va a ser muy distinta en un sitio y el otro. Quien viva en Buenos Aires probablemente quiera un departamento donde pueda bajar y tomar un café en un bar cercano; en Malibú, va a privilegiar el jardín.

–¿Es importante generar una arquitectura local y autóctona distintiva?
–En los años cincuenta, se hablaba mucho de la arquitectura internacional, y las torres de vidrio en Nueva York eran iguales a las torres de vidrio en Hong Kong y otras ciudades del mundo. Hoy sabemos que no es así. En Hong Kong, hay que diseñar torres para tifones por las velocidades altísimas del viento –que no hay en Buenos Aires–, y en Nueva York, hay que diseñar un techo que soporte el peso de la nieve –que nunca va sufrir Buenos Aires–. La estructura va a ser diferente, las columnas van a ser diferentes, la torsión va a ser diferente; por ende, la arquitectura va a ser diferente. Eso es ahora que la arquitectura está pegada a la tierra. Aunque no por mucho más tiempo… 

–¿Carlos, el próximo paso será la arquitectura móvil? 
–Digo que para que la civilización humana continúe va a tener que buscar otro planeta porque el nuestro un día va a dejar de existir mientras que nosotros seguiremos existiendo como seres. De allí que ya estemos pensando qué haremos mañana cuando tengamos que dejar esta Tierra. Igualmente ni usted ni yo lo veremos, pero ocurrirá y hay que comenzar a desarrollar, más allá de las cápsulas que viajan alrededor del planeta o la ida a Marte…  

–¿Cómo cree que debe dialogar la arquitectura moderna con las antiguas construcciones? 
–Creo que es esencial respetar el patrimonio porque es una herencia que hemos recibido de generaciones pasadas y tenemos la obligación de mantenerla para generaciones futuras. Hay un cordón umbilical entre nuestros antecesores y nuestros descendientes. En ese sentido, se han cometido muchos errores, tirando abajo edificios magníficos. Ahora, si tengo que construir al lado de un edificio emblemático, histórico, con sus raíces en el pasado, no puedo hacer un pastiche, no puedo hacer una copia superficial: tengo que imaginar esa misma arquitectura con la mente de hoy, no con la mente de ayer.

Los romanos usaron las columnas griegas para sus edificios; los griegos, las columnas de los egipcios; hoy tratamos de ser menos caníbales. Nos inspiramos en el pasado, pero proyectando el futuro, construyendo lo que será el pasado del mañana. Por eso, a la arquitectura Tudor de Toronto que mencionaba antes no la puedo entender. ¿Cómo hoy, en 2013, alguien puede hacer una casa con un estilo que viene de otro país, de otra época, de otra forma de vivir, de otros materiales? Usted no va al centro comercial en una carreta con caballo... Vivir en un departamento nuevo que pretende ser neoclásico es falso. Hay que respetar el pasado, pero hacer una versión nueva. Un ejemplo sería la pirámide del Louvre, que contrasta con la arquitectura predecesora; de haber sido igual, habría sido una burda imitación. Hasta los médicos vienen hoy con metodología nueva. Nosotros, los arquitectos, tenemos que hacer lo mismo.   

–Usted ha expresado la necesidad de que el arquitecto trabaje con artistas de otros campos. Y usted ha trabajado con el pintor italiano Alberto Burri y con el diseñador japonés Issey Miyake. ¿Qué pueden aportar otras disciplinas a la construcción? 
–Lo que pueden aportar son distintas perspectivas, visiones y soluciones. La mirada de otro artista siempre enriquece el producto, sea músico, escritor, escultor, arquitecto… El que viva en una torre de marfil y no baje a convivir de forma más abierta con sus congéneres nunca logrará hacer algo verdaderamente interesante.   

–Al valorar una pieza arquitectónica, ¿pesa más su valor estético o su capacidad para aportar soluciones?
–Es lógico que exista el eterno debate entre la función y la forma porque en la construcción de una obra se juegan muchísimos factores. Pero también está la cuestión ética, el decir: aquí no puedo hacer este proyecto, aquí no puedo generar un problema de tráfico, de sombras, no puedo matar una vista importante… Son ecuaciones con muchísimas incógnitas que tienen distintas maneras de solucionarse. No es el arquitecto el que decide eso: es un problema societario donde se involucran las esfera política, social, económica…   

–¿Coincide usted con cierta mirada crítica que sostiene que a muchos arquitectos les importa más el edificio que llevan a cabo que la calle donde se incorpora? 
–El edificio determina la calle, y viceversa. Uno es parte del otro. Es una simbiosis esencial. 

–¿Cómo imagina usted a las ciudades del mañana?
–Compactas, altas, cuidadosas del medio ambiente, con verde alrededor. Al hacer esto, minimizaremos el transporte, que en sitios como Los Ángeles crea problemas, costosos problemas. 

–¿La sustentabilidad es el paradigma que marca la actualidad arquitectónica?
–No creo que sea el único, pero sin duda es uno de ellos. De todas formas, es algo que está presente en la Argentina y Uruguay desde hace, por lo menos, cincuenta años. Cinco décadas atrás, un arquitecto del hemisferio sur sabía que tenía que orientar la casa hacia el norte para tener sol, y no hacia el sur, donde golpea el frío pampero. Las luces de las escaleras tenían timer y, cinco minutos después de prendidas, se apagaban. Eso también es sustentabilidad. Cuando llegué a los Estados Unidos, las luces de las escaleras estaban prendidas todo el día aunque nadie las usara; gastos de países ricos… Como nosotros no teníamos esa riqueza, cuidábamos la electricidad. Son detalles que hoy resuenan como un gran invento de Norteamérica, cuando Sudamérica los daba por hecho cincuenta años atrás.    

–¿Diría que la Ópera de la Bastilla, que se inauguró en 1989 en París, significó un antes y un después en su carrera?
–Sin duda. Antes de la Ópera, yo no había hecho nada solo. Había trabajado de arquitecto, sí, y había hecho proyectos, pero como empleado, bajo la supervisión y control de jefes. Esa fue la primera obra que firmé e hice solo, dibujé solo y llevé adelante. Lo que se dice un bautismo de fuego. 

–Fuera de sus grandes emprendimientos, ¿suele darse el gusto de hacer obras lúdicas de menor envergadura? 
–Sí. De hecho, le estoy haciendo a un amigo una casa chica en Punta del Este; lo interesante es el estado de libertad del proyecto. Si me ponen límites, va perdiendo ese carácter lúdico.  

–¿Cómo elige sus proyectos? 
–Cuando más desafío implica, más me interesa. Lo esencial es el desafío. 

–En su momento, solía decir que en su carrera solo le faltaba construir iglesias y templos, que eran su asunto pendiente. ¿Pudo concretarlo?
–Lamentablemente, no. Sigo con esa carencia. Quizá tenga que aceptar su propuesta de recrear la casa de mi infancia y ponerle un altar como el de mi abuelo. Pero voy a necesitar una más grande para poner altares de muchas religiones, dado que mis amigos transitan todos los credos posibles. 

–¿Qué trabajos ocupan su tiempo en este momento? 
–En Miami, tengo algunos edificios en marcha. En Panamá, estoy haciendo un hotel y unos departamentos. También estaré viajando a Buenos Aires por proyectos, y a Punta del Este, otro tanto. Enseguida vuelvo para Oriente por otras obras. 

–Con tantos viajes, el avión se debe de haber vuelto un segundo hogar…
–Sí, pero por suerte el hombre es un animal de costumbre…

–¿Es cierto que no usa reloj para evitar el jet lag? 
–(Se ríe). Sí. 

–¿Sigue pintando?
–Es mi hobby, pero no se si soy bueno. Hago obras en acuarela, tinta y lápiz; en óleo no. Un galerista argentino quiere que haga una presentación, pero no se qué haré, qué pasará.    

–¿Qué tipo de temáticas aborda?
–Cuando tengo tiempo, hago desnudos; si estoy viajando, croquis de plazas, iglesias, de todo. 


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