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Kusama, La vida a lunares


Por Natalia Kiako.


Kusama: La vida a lunares 

Acercarse al Malba, caminando por la vereda, es una experiencia que alimenta el entusiasmo y la curiosidad. Paso a paso, brotan los lunares en los árboles de la avenida, en la fachada del museo, en las escaleras y paredes principales. Círculos diversos y rotundos dan cuenta de que algo nuevo sucede puertas adentro. Algo que excede las muestras habituales y que merece vestir de fiesta al edificio y las calles. Una fiesta para el público, sepa de arte o no. 

Yayoi Kusama nació en Japón y adquirió celebridad artística por sus instalaciones con espejos, globos rojos, juguetes –entre los cuales se pone ella misma en escena– y, sobre todo, por sus míticos lunares, marca insignia de su obra. Esta exposición, “Obsesión infinita”, fue curada en conjunto por la inglesa Frances Morris, jefa de colecciones internacionales de la Tate Modern de Londres, y el canadiense Philip Larratt-Smith, vicecurador en jefe del Malba. Es la primera muestra retrospectiva en América latina de Yayoi, la mayor artista japonesa viva, una protagonista esencial del arte de posguerra y del arte contemporáneo en general. “Obsesión infinita” incluye más de cien obras realizadas a lo largo de seis décadas: pinturas, trabajos en papel, esculturas, videos, slideshows e instalaciones. También comprende material de su vida personal. Y es que es imposible disociar la vida de la artista y su obra artística.

La progresión que ofrece la muestra contribuye a que la experiencia del visitante (sea conocedor de arte o un curioso como cualquiera) se adentre en el mundo de Yayoi. Primero, en la planta baja, están las obras más simples o, al menos, más convencionales. Las primeras en papel, al comienzo de su carrera; y las más recientes en su producción, cuadros de colores vibrantes, junto a fotografías apenas intervenidas con collage. En el segundo piso, en cambio, están las piezas tridimensionales, esculturas en las que surgen materiales cotidianos y diferentes, donde puede vislumbrarse ya su fobia por el sexo y la temática fálica. Hacia el final están los deslumbrantes escenarios con luces, lunares y espejos: atravesarlos es una experiencia que vale la pena, es una sensación de infinito y de juego, lo que nos hace sentirnos un poco niños, como solo es posible gracias al arte. 

La muestra ofrece una oportunidad única de conocer la célebre serie Infinity Net (Red Infinita), que Kusama produjo a fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta. Estas obras peculiares se caracterizan por la repetición obsesiva de pequeños arcos de pintura que se acumulan en grandes superficies siguiendo patrones rítmicos, creando texturas sutiles. Es que casi todas las obras de Yayoi están cubiertas con un elemento repetido de modo obsesivo: un punto, un falo, una pieza de pasta seca. Así se llega a la primera de las salas de espejos, Campo de falos (1965/2013). Es una instalación de aspecto estético sesentero, radiante y cautivadora, donde también los niños que visitan la muestra disfrutan de un escenario peculiar y onírico. La segunda sala espejada es directamente un viaje mágico: exhibe Plena del brillo de la vida (2011), una instalación en una habitación cerrada, a plena oscuridad, repleta de lucecitas semejando estrellas. Las luces cambian de color y se apagan rítmica, acompasadamente, lo que provoca un cambio suave y continuo en el espacio que transporta al espectador–pasajero a otros mundos.

Al final de la muestra está The Obliteration Room (La habitación de autoborramiento), que es una habitación simple, en blanco puro, ocupada por sencillos y básicos muebles y objetos domésticos igualmente blancos. Pero se convierte en un cuarto plagado de puntos multicolores por la creatividad de los stickers que el público recibe cuando entra. Extrañas y arbitrarias formas plasmadas por las manos de los visitantes recubren las tazas, las lámparas, los portarretratos. Cualquier espacio sirve para pegar esos círculos de colores de distintos tamaños: el piso, el techo, los cables. Todos, de pronto, somos niños pegando círculos coloridos en paredes y muebles. 

Según explica Larratt-Smith sobre el trabajo con los lunares: “Es parte de su práctica de ‘autoborramiento’. Cada lunar es un rostro en el cosmos y expresa, para Kusama, un deseo de paz”. La artista describe lo que significan sus puntos y lunares: “Mi arte me borraba y borraba a los otros con el vacío de una red tejida con una acumulación astronómica de puntos”. Para ella, cada círculo es liberador: permite borrarse a uno mismo y salir de sí, desaparecer sin dejar de percibir, con el reemplazo consolador del punto fijo que viene a cubrir el lugar sin dejarnos a la intemperie de la nada, del vacío. Los lunares también explican la influencia que ha tenido y tiene Kusama en el mundo del diseño y la moda, relación que se evidenció un año atrás cuando intervino la colección de Louis Vuitton y elevó a precios astronómicos la cotización de sus carteras, una edición limitada que voló de las vidrieras.

Sus puntos coloridos, como expresión a veces pícara, a veces sombría, de su personalidad artística, brotan en las calles acompañando sus intervenciones inesperadas y sorprendentes, transformando un trozo de la ciudad en territorio expresivo de Yayoi. 

¿Quién es esa chica?

Yayoi Kusama, la “princesa de los lunares”, como la bautizaron sus fans, es tan famosa por sus obras como por su vida personal. Esta artista, que se auto-definió como “una adicta al suicidio”, ha logrado llegar a los 85 años con una de las obras más consistentes de los últimos tiempos. Kusama nació en 1929 en Matsumoto, Japón. Atrapada durante su infancia entre un padre promiscuo y extravagante y una madre histérica y maltratadora, Kusama se refugió en su mundo psíquico interior. En 1957 huyó de su familia para vivir en los Estados Unidos, donde participó a su manera en la psicodelia y el arte pop. Cansada física y mentalmente, Kusama regresó a Japón en 1973, donde vive en un hospital psiquiátrico. Su producción literaria también es enorme.  

Yayoi Kusama. “Obsesión infinita” en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Avda. Figueroa Alcorta 3415) puede verse hasta el 16 de septiembre.

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