ENTREVISTA


Le dicen el Messi del piano


Por Cristina Noble.


Le dicen el Messi del piano
En vez de pasto, su ámbito son las teclas negras y blancas. Pero Horacio Lavandera comparte con el jugador de fútbol el gran talento y la admiración del público. Pongámonos de pie, el show comienza.

El Steinway de madera negra y lustrosa descansa en el centro del escenario del Teatro Colón con su caja de resonancia, sus clavijas y sus doscientas cuerdas expuestas a las miradas de más de 2500 espectadores sentados y otros cientos parados, que esperan ansiosos la llegada de Horacio Lavandera. Ya no entra un alfiler en el teatro. Un apuro de toses parece anticipar la salida a escena del pianista. Una señora mayor, público habitual del “gallinero”, con aspecto de profesora de piano, emite un intenso chistido para reclamar silencio. Al final, el pesado telón de terciopelo se entreabre e ingresa un muchacho pequeño que saluda con una reverencia a todo el mundo, sin olvidar a los que estamos allá arriba, pegados a la araña central y al gran Soldi. Un instante de silencio. 

Lavandera abre su último concierto en el Colón con “La Patética”, obra escrita por Beethoven cuando tenía casi la misma edad del pianista. Sus manos sobrevuelan el teclado y la emoción que trasmiten deja a la gente sin habla ni carraspeos durante los diez minutos que dura la sonata. Cada una de las piezas se festeja con aplauso cerrado. Al terminar el concierto con “Adiós Nonino”, de Piazzola, el público se pone de pie, y no para de aplaudir. Abundan los ”bravo” y los “bis”.
Cada vez que Lavandera se presenta en los escenarios del mundo, los críticos se deshacen en elogios. Algunos, ditirámbicos pero irreverentes: “Horacio Lavandera, el Messi de la música”, han titulado diarios españoles, comparando su genio musical con la destreza futbolística del argentino. En Il Corriere Della Sera lo llamaron “joven prodigio”. En el ABC de Madrid, calificaron su talento de excepcional.

Ha tocado en los lugares más reconocidos (en el Colón, más de una decena de veces); se ha lucido en el Hamariyu Asahi Hall, en Tokio; en La Scala de Milán, en el Wigmore Hall de Londres y en el Mozarteum de Salzburgo, entre otros. Pero acá, su vecina del cuarto piso en una calle de Devoto, lo desconoce. Ni siquiera escuchó filtrarse en su cocina o su dormitorio un sonido lejano de alguna pieza de Stockhausen que él toca y vuelve a tocar en su diminuto estudio, donde el piano de cola ocupa casi toda la superficie. 
Cuando lo puse al tanto de esta anécdota y le pregunté si era un indicio de que a nivel popular su talento era poco conocido en la Argentina, Horacio Lavandera manifestó que no lo creía porque siempre actúa a sala llena. Agregó que, además, la fama no le preocupa: “Me siento muy reconocido, aunque no es eso lo que busco cuando toco el piano”.

–Contame qué buscás y qué buscabas cuando empezaste esta carrera. 
–Es una historia larga –responde con un acento con un dejo madrileño combinado con un porteño de origen, mixtura que se explica por su doble domicilio: desde hace diez años, además de vivir en  la casa en que nació en 1984, en un bulevar de Villa Devoto, pasa parte del tiempo en un pisito de Pozuelo de Alarcón, en la capital española–. Cuando empecé formalmente a tocar el piano tenía 7 años. En ese momento todavía no tenía definido lo que buscaba (sonríe), pero ocurre que la música me venía en los genes…

–¿Cómo es eso?
–En mi familia, hay músicos desde mi tatarabuelo: él era director de orquesta en Galicia antes de venir a la Argentina. Se llamaba Francisco Freigido. Este tatarabuelo dejó su herencia musical en sus hijos, en el abuelo de mi papá y en su tío abuelo: Manuel y Francisco Freigido. Uno era clarinetista y el otro, saxofonista. De esa línea generacional viene mi abuela. Ella estudió el violonchelo, y otra hermana suya, Marta Freigido, tocaba el piano. Marta fue mi primera maestra. Soy Lavandera porque mi abuela no pudo pasar su apellido. Los Lavandera eran de Asturias y no tenían nada que ver con la música, se dedicaban a otras cosas, eran gente de mucha lucha, de trabajo.
 
–¿Cuáles fueron los maestros que más te influyeron?
–Bueno, Marta Freigido tuvo mucha importancia... y Antonio Raco. Ellos  dos fueron discípulos de Vincenzo Scaramuzza. También lo tuve a Jorge Kenny –organista, una persona muy mayor, fabulosa– como profesor de Armonía y Composición. Kenny estaba en la orquesta de tango donde toca mi papá como percusionista. Después seguí perfeccionándome con Joseph Colom en Madrid, y continué mis estudios de dirección orquestal con Jorge Roter, un profesor argentino que vive en Salzburgo… Muy importante en los últimos tiempos fue para mí Alberto Posadas; estudié composición con él. Hace poco di un concierto de composiciones suyas de música electrónica en el teatro Sha. Posadas y Stockhausen son músicos a los que admiro profundamente… Además de los clásicos.
 
–¿Cuando eras adolescente, te gustaban el rock o el pop, lo que escuchaban los jóvenes?
–(Rotundo). No, no, para nada. A mí siempre me gustaron los clásicos; estaba concentrado en esa música. A partir de los 13 años lo que más quería era estar frente al piano.

–No jugabas al fútbol, no salías…
–Sí, claro, tenía mis amigos, pero el fútbol o el baile  no eran cosas que me gustaran tanto… En mi casa me dieron libertad, me decían que hiciera lo que se me diera la gana; entonces, lo tomaba como un juego, y poco a poco fui adquiriendo más responsabilidad. Desde hace mucho el piano es una fuente de placer; estudio todo el día. Disfrutaba desde chico escuchando una sonata de Chopin. El rock, nada de nada…
 
Su padre, José María, siempre presente en la entrevista, acota que también le gustaba el jazz: “Escuchaba a Chick Corea y, por otra parte, incluyó a Gershwin en alguno de sus conciertos. Para mí, esa fue su primera gran influencia”…
–(Horacio lo mira y sonríe). Para mí no… Stockhausen fue el músico de mi adolescencia. Me hace muy feliz escuchar esos espacios sonoros, sonidos y silencios, que él crea en sus obras. El piano tiene otras sonoridades y hay que aprender a escuchar lo que pasa más allá del sonido.

–El último concierto tuyo en el Colón fue una conjunción singular de autores; tocaste a Beethoven, Lizt, Chopin, Stockhausen y Piazzolla… ¿Vos elegís siempre el repertorio? 
 –Sí, claro. Toco siempre lo que más me gusta.
 
–¿Tus primeros conciertos?
-El primero fue a los 13 años en el Museo de Bellas Artes y también en el Conservatorio Nacional. Otro importante fue cuando me presenté en la Embajada de Italia a un concurso para viajar a Italia y me fue bien…

–¿Seguís sintiendo una adrenalina especial en esos minutos previos a salir a escena para dar un concierto?
–Sí, claro. Son obras muy cargadas de contenido y la adrenalina está siempre.
 
–¿Alguna vez temiste equivocarte, tocar una nota que no correspondiera?
–No, porque la música tiene una estructura armada y, aunque los detalles son muy importantes, antes que nada lo que intento con mi interpretación es que se capte un concepto, la fuerza de la creación de la música. Estoy muy pendiente de esa fuerza y de poder comunicarla. Por ejemplo, con la sonata de Beethoven, lo que trato de hacer como intérprete es ir a ese momento en que el compositor se encontró con la obra por primera vez. Por eso, estudio, investigo los manuscritos, para entender lo que le pasaba al autor en el momento de la creación. Las obras como las que toqué en el Colón, todas, empezando por “La Patética”, son muy fuertes emocionalmente. Así que, más que por lo que me pasa a mí antes a salir a escena, la adrenalina la siento por las emociones que contienen esas obras. 
 
–Como intérprete te pasa lo mismo que al actor, que para interpretar un texto de Shakespeare lo revive, lo encarna y lo hace suyo. 
–Sí, sí, sin ninguna duda… Hay además una relación muy particular de Beethoven con Shakespeare, porque tanto en los textos de uno como en la composición del otro se atraviesan diferentes matices emocionales. En una pieza, en un mismo personaje se sienten todos los aspectos emocionales, se ve cómo van cambiando: uno asiste en una obra de Shakespeare a esa metamorfosis maravillosa. Lo mismo pasa en una obra de Beethoven, porque en los mismos temas con los que empieza en un determinado momento y después retoma, se puede apreciar su desarrollo: se siente la violencia, la intensidad con que el compositor vive esos cambios. Esa es la grandeza de Shakespeare y de Beethoven.
 
–Es la pasión de Beethoven a través de tus manos, de tu tamiz.
–Es inevitable, pero trato de interpretar como si hubiera estado al lado del autor cuando escribía el tema. Hay una frase de Robert Schumann que para mí fue una revelación. Él aconsejaba a cada uno de sus alumnos: “Estudia siempre como si el compositor te estuviera observando y dando las indicaciones”. Es una frase que me llegó mucho y trato de aplicar.

–¿Improvisás?
–Sí, claro, desde muy chico.  
                                             
 –Y componés tus propios temas.
–Sí, tengo siete piezas que están trabajadas con una doctora en Matemáticas (“Beatriz, su novia”, acota su padre, y él deja pasar el comentario con una sonrisa) .

–¿Ella, tu novia, también es música?
–No, es matemática… Es que existe una relación muy directa entre la ciencia y la música: en las dos hay una búsqueda de armonía, de  perfección. Tanto en una sonata de Beethoven como en una fórmula matemática hay encerradas una emoción y una estética que te hacen vibrar. El hecho de descubrir ese tipo de compositores como Stockhausen me permitió descubrir otro tipo de pensamiento. Por eso, fue una revelación para mí porque puso de relieve todo el vínculo que existe entre ciencia, astrofísica y  música. Lo admiro mucho y esa es la razón por la que toco siempre algo de él en los conciertos. Así que en cada una de mis piezas hay un proceso de matemáticas de trasfondo muy distinto que se entrelaza emocionalmente con la música. En cada una de mis piezas subyace la influencia de Stockhausen y de Xenaquis.
 
–Es posible sentir la presencia de la ciencia, de los astros, el mundo misterioso del espacio en esos compositores, pero me cuesta imaginar el proceso creativo. ¿Cómo hacen para trabajar juntos con tu novia: ella te da una fórmula, vos la interpretás musicalmente?
–Mejor que explicarlo es sentir lo que hicimos. Se pueden escuchar esas composiciones por YouTube. La primera se llama “Ruinas de una ciudad submarina”. Desde chico me ha maravillado el mundo acuático, la inmensidad del océano, la variedad de seres y colores; el misterio y la belleza profunda del mar y sus habitantes. La última de esas siete piezas se llama “Columnas descendentes” y está inspirada en los límites de la lógica y la razón. Intenté en todas esas obras mostrar la emoción que trasmite la perfección.  Es lo que quise transmitir. 

Tocar en toda la Argentina

A principios de agosto, Lavandera se presenta junto a la Camerata Bariloche en Buenos Aires. También lo hacen a fines de de agosto, pero en Gualeguaychú, y en septiembre, en Posadas, Misiones. El pianista viaja seguido por el país, sembrando su arte por toda la geografía nacional. “Es un placer y también lo tomo como un deber. Me siento muy argentino”.

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