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Paraíso natural


Por Mariano Petrucci .


Paraíso natural 
El Central Park es un mundo aparte. Tan es así que al desandar sus caminos uno se olvida de la Nueva York que espera afuera. Jardines europeos, lagos imponentes, un obelisco egipcio, un castillo victoriano, homenajes a Lennon y Shakespeare… Un paseo para sorprenderse.

La sensación es que, en cualquier momento, veremos a Macaulay Culkin dándoles de comer a las palomas, que George Clooney y Michelle Pfeiffer doblarán la esquina enamorados de su día perfecto, que Sally –perdón, Meg Ryan– estará de café con sus amigas, o que la encantada Amy Adams aparecerá hablando con las ardillas.   Es que el Central Park (CP) es uno de esos rincones del mundo en los que uno parece estar entre las bambalinas de tal o cual película (por las dudas, sonría, lo pueden estar filmando). Desandarlo es una aventura que puede demandarle más de una jornada de su estadía en la Gran Manzana. No exageramos: sus 341 hectáreas (4 kilómetros de largo por 800 metros de ancho), que se extienden desde la calle 59 hasta la 110, son la prueba exacta de lo que decimos.

Pero si caminando se llega a Roma… cómo no va a poder recorrerse, a pie, en bicicleta, en rollers o en carruaje de caballos. En la variedad está el gusto. Y en la organización está la clave, porque uno puede perderse en este impactante rectángulo verde creado en la última mitad del 1800. 
Cada estación del año tiene su magia, por lo que sería injusto aconsejarle que opte por la florida primavera o por el otoño y sus alfombras de hojas ocre (además, no queremos que se enojen los fanáticos de la Wollman Rink, la pista de patinaje por definición del CP). Así que no se deje influenciar y elija a piacere. Lo que no dejamos a su albedrío es la ruta que le vamos a proponer. Empecemos por el norte para terminar en el sur... 

Semioculto en un territorio boscoso, cercano a la zona denominada North Woods, se yergue el Blockhouse, la edificación más antigua del parque, huella de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Pero siga su paso hacia la Quinta Avenida, más aun si es un aficionado a la pesca con devolución, ya que en el Harlem Meer está autorizado a empuñar la caña e intentar capturar algunas de las ochenta mil especies que allí habitan. Los robles y cipreses embellecen esta área agreste. 

Pero un tantito más allá, por la calle 105 y atravesando las puertas Vanderbilt, la sofisticación se adueña del Conservatory Garden. Con tulipanes en primavera y crisantemos en otoño, esta seguidilla de tres jardines, diseñados a la europea –con estilo italiano, francés e inglés–, es un espectáculo para los sentidos. No se sorprenda si se encuentra con una novia sacándose fotos o con un grupo de voluntarios que restauran los arreglos florales y no titubean en detener su faena para enseñarnos una fuente que lanza chorros de agua de más de seis metros de altura, una hilera de manzanos, una pérgola de hierro asentada sobre setos en forma de aguja, el estanque que honra la memoria de Frances Hodgson Burnett –allí están tallados Mary y Dickon, protagonistas de su cuento El jardín secreto– o la escultura de Walter Schott: tres mujeres desnudas danzando alrededor de una fuente. 

Esos mismos voluntarios nos recomiendan que preparemos nuestras cámaras para retratar el lago más imponente del CP. Antes, hacemos una pasada por The Ravine (el único valle que hay por aquí, y por el que descienden las cascadas de The Loch), The Pool (sector con una frondosa arboleda) y el North Meadow Recreation Center (donde centenares de niños y jóvenes despuntan el vicio del beisbol, el softball y el tenis). Ahora sí, ante nosotros, está el Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir, que data de 1862. Ocupa una cuarta parte de la superficie del parque y por la pista de 2,5 kilómetros que lo rodea nos esquivan a toda velocidad los neoyorquinos a puro footing. 

Lo más “jugoso”

A la altura del Metropolitan Museum Of Art (es una tentación desviarse, lo sabemos), emerge, entre la vegetación, una de las dos “Agujas de Cleopatra” –la otra está en Londres–. La pareja de obeliscos fue mandada a esculpir por el faraón Tutmosis III en el siglo XV a. de C. La escultura, que se instaló en el parque en 1881, mide, aproximadamente, veintiún metros de alto, pesa ciento ochenta toneladas y tiene inscriptos jeroglíficos egipcios. 

Great Lawn, la explanada de césped de más de trece hectáreas –los picnics están a la orden del día–, es la antesala indicada para arribar al Delacorte Theater (donado por el millonario y filántropo George T. Delacorte, allí se hacen shows al aire libre), pero, sobre todo, al Belvedere Castle y al Shakespeare Garden. Stop. Es que este castillo victoriano es el punto más alto del CP: en la actualidad, funciona como observatorio meteorológico, amén de que se ofrece una exposición sobre el estudio de la naturaleza. Con una vista panorámica de ensueño, está rodeado por Turtle Pond, refugio de tortugas, ranas, peces y aves acuáticas. Por su lado, el jardín homenaje al dramaturgo inglés es un auténtico poema: está compuesto por flores cuyos nombres pueden leerse en sus obras (hay carteles con extractos de frases shakesperianas donde se hace alusión a ellas). 

Surcando senderos y arroyos por The Ramble, avizoramos The Lake, donde los gondoleros pasean a parejitas acarameladas, pasando por debajo del Bow Bridge, el puente más elegante y romántico del CP (hay quienes se animan a vivir la experiencia en carne propia alquilando botes en el Loeb Boathouse). Muy cerquita, se emplaza el Conservatory Water, un pequeño estanque en el extremo este del parque. Allí, los niños están en su salsa, ya que se suben y se deslizan por la estatua de bronce de Alicia en el país de las maravillas (otro regalo de Delacorte, en honor a su esposa Margarita, una admiradora de Lewis Carroll). El fenómeno se repite con el monumento a Hans Christian Andersen. A los pies del poeta danés hay un patito que atiende a la lectura de su cuento, “El patito feo”. Entre tanta ternura, provoca escalofríos la placa dedicada a los niños que perdieron a sus padres en los atentados de septiembre de 2001.

La próxima parada es el corazón del CP. En la Bethesda Terrace, los visitantes se reúnen en torno al Ángel de las Aguas para apreciar la estatua (creación de Emma Stebbins) que conmemora la apertura del acueducto que dotó a Nueva York de agua potable. En la galería de esta terraza de dos pisos, uno suele toparse con grupos entonando canciones gospel o solistas interpretando, por ejemplo, los éxitos de Édith Piaf. Es que el parque es sinónimo de música. Basta cruzarse hasta la calle W72 para escuchar las melodías de John Lennon. Sí, estamos en Strawberry Fields, sitio que evoca al ex Beatle con un mosaico en blanco y negro con la palabra Imagine (fue obsequiado por la ciudad de Nápoles; varios países enviaron especies para adornar este jardín –entre ellos, la Argentina–). Mientras suena ese tema en un violín, cada turista que se detiene a mirarlo deja un clavel o una rosa, imprimiéndole una cuota precisa de color y romanticismo. A metros, se divisa el edificio Dakota, donde asesinaron al astro el 8 de diciembre de 1980.

Cuesta abandonar este recodo del CP. Así que a respirar profundo… y verde. Para ello, es óptimo The Mall y Sheep Meadow. En primera instancia, nos referimos a un paseo flanqueado por olmos, donde las esculturas también son una fija: están las de Cristobal Colón, Shakespeare y Ludwig van Beethoven, entre otras. En cuanto a Sheep Meadow, es una pradera parquizada, ideal para sacar el mate, una porción de cheesecake comprada en un take away… y descansar contemplando ese horizonte impregnado de arquitectura local. Su nombre se debe a que allí recalaban ovejas que eran trasladadas al hoy restaurante Tavern On The Green (meta de la famosísima Maratón de Nueva York). 

Hay un par de instantáneas más: la estatua de Balto (el siberiano que, en 1920, se transformó en un héroe al salvar a un pueblo de Alaska de una epidemia), un carrusel, el Zoo y una vieja lechería de madera y granito –Dairy–, convertida en tienda de souvenirs. 
El CP nos despide con el Hallett Nature Sanctuary (ecosistema que protege la flora y fauna nativa) y con The Pond, el lago que linda con la calle 59. Con un puente de madera como telón de fondo, el hecho de estar bajo el nivel del mar facilita la percepción de calma y se atenúan los ruidos que provienen de la ciudad. Un remanso de paz antes de adentrarse en esta metrópoli que nos da la bienvenida con la plaza Columbus Circle, el Hotel Plaza, la emblemática juguetería FAO Schwarz y las grandes marcas de la Quinta Avenida. Pero eso es otra historia.

El otoño es una de las estaciones del año más propicias para visitar Nueva York y, por supuesto, el Central Park. ¿Cuántas escenas de películas vio desarrollarse en ese bellísimo paseo arbolado denominado The Mall? A la derecha:?Una parada obligada es la Bethesda Terrace y su galería interna.?Lo mismo ocurre con el mosaico en honor a la memoria de John Lennon, ubicado en la zona bautizada Strawberry Fields (sí, es por la canción?“Strawberry Fields?Forever”). Ángulo inferior derecho: Vista panorámica del parque desde el mítico edificio Rockefeller Plaza.

Curiosidades

•Supera en tamaño a dos naciones. Es casi dos veces más grande que Mónaco y casi ocho veces más que la Ciudad del Vaticano.
•Es el parque más visitado en Estados Unidos. Con un promedio de veinticinco millones de visitantes anuales, quintuplica el número de turistas que recibe el Parque Nacional del Gran Cañón, en Arizona. Lo mismo sucede con el Fairmount Park, en Filadelfia, que, aunque es diez veces más grande, recibe solo el 40% de sus visitas.
•Hay cerca de 300 especies de animales y casi 30.000 árboles. 
•Censo del año 2000: viven en él 12 hombres y 6 mujeres.
•Estadísticas de 2005: los crímenes allí dentro disminuyeron de 1000 por año a menos de 100.
•Se venden paquetes para que los novios se propongan casamiento en sus rincones. 
•Su valor inmobiliario ronda los 530 millones de dólares. ¡Pero no está a la venta!

Hermanos y primos

El Central Park fue creado por el paisajista Frederick Law Olmsted y el arquitecto inglés Calvert Vaux. Pero no fue su única obra. Junto al Hudson River, se halla el Riverside Park, una extensión verde de seis kilómetros de longitud que bordea el Upper West Side. Cruzando el East River y llegando hasta Brooklyn, puede visitarse el Prospect Park, otra idea de la dupla?(era el preferido de ellos). Son 213 hectáreas y atesora la pradera más larga dentro de un parque en los Estados Unidos (el Long Meadow) y el lago más grande de Brooklyn, con 240 metros cuadrados y un olmo milenario de 1872.  

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