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Techos Diferentes


Por Revista Nueva.


Techos Diferentes 

Por la ventana, no se ve el cemento, ni el muro del edificio de enfrente. Hay, en cambio, azul: del agua y del cielo. Así es la vista que, cada día, tiene desde su vivienda Jorge Velarde, un porteño que vive, desde hace cinco años, a bordo del Don Fierro, un velero de once metros de eslora –dimensión de un barco tomada en su largo, desde la proa hasta la popa– por tres y medio de ancho: en total, quince metros cuadrados de espacio donde su vida transcurre… a flote. 

Como Jorge, cada vez más personas dejan atrás las viviendas tradicionales y, en todo el mundo, plantean nuevas maneras de articular el espacio que da cobijo. En Estados Unidos o Canadá ya están habituados desde hace tiempo a las casas prefabricadas que pueden cambiar de terreno en cualquier momento (la tendencia, por cierto, se extendió en la última década entre los chinos). Y los europeos, con su crisis, están renunciando al codiciado ladrillo porque las cuentas no dan. Cuando el cinturón aprieta, cobra más sentido la construcción de habitáculos propios a base de paja, metal o madera. Y es que la economía, junto con la cultura y el clima del lugar, empujan a experimentar. “¿Y si optase por una casita de adobe?”, se suelen preguntar en España, en Francia o en Italia. 

En la Argentina también hay un cambio de aires. Según el último censo, la cantidad de casas rodantes aumentó un 21%: de 2001 a 2010, pasaron de 3800 a 4600 unidades. Las provincias donde más creció la proporción son Corrientes (de 73 a 230), Formosa (de 41 a 109) y San Luis (de 78 a 131). Sin embargo, donde más cantidad de motorhomes se aglutinan es en Buenos Aires: hay más de 1300. Uno de ellos, muy peculiar, es el que habita Andrés Balmaceda en pleno barrio porteño de Palermo. Lo que vuelve estrambótico el caso es que la casa rodante carece de su rasgo más característico: ¡no se puede mover! Es que Andrés quitó las ruedas por seguridad, para evitar que algún vándalo con un buen remolque lo dejara sin casa. Así que, desde hace tres años, este rectángulo de nueve metros cuadrados forma parte del paisaje urbano en la calle Costa Rica. 

“Para mí, vivir acá es como estar en un palacio”, dice Andrés, aunque su “departamento” no tenga inodoro ni pueda bañarse –no está conectado a la red de agua y cloacas–. Dos paneles solares lo proveen de luz eléctrica, y diez litros de agua embotellada cubren el suministro líquido diario que necesita. “Puedo dormir en una cama, cambiarme de ropa, comer tranquilo, evitar la lluvia…”, continúa Andrés, insistiendo en las ventajas. Antes de la llegada de este motorhome, las horas de Andrés transcurrían sobre la misma plaza, pero bajo el cielo raso. Los vecinos se pusieron de acuerdo y, para sacarlo de la calle, le propusieron: “Te regalamos una casa rodante”.

El caso de Jorge es bien diferente. Recuerda con claridad el precio que pagó por la embarcación en 1987: “El equivalente a un departamento de uno o dos ambientes. Hoy, los inmuebles les sacaron ventaja a los barcos”, señala, mientras muestra la manguera de agua potable y el cable de electricidad que llegan a la cubierta. Los suministros los facilita el Club Náutico San Isidro, en cuyas dependencias amarra Jorge su casa. En concreto, en un riacho que desemboca en el comienzo del Río de la Plata, donde terminan las islas del Delta. El alquiler del espacio donde duerme Don Fierro es de setecientos pesos mensuales, a lo que deben sumarse otros ochocientos que corresponden a la cuota del club. “El centro tiene una buena infraestructura para los barcos, varadero, vigilancia, lanchas auxiliares, buenos lugares para comer y baños para ducharse. Soy socio desde chico y eso implica una gran familiaridad. Me siento muy, pero muy cómodo”, cuenta un entusiasmado Jorge.

“¿Cómodo en una casa que se mueve siempre?”, le preguntamos. Y Jorge responde: “Aquí estás como en un huevo, a salvo, suspendido en una materia tan inconsistente y abismal como es el agua. Tu cuerpo debe entrar en simbiosis con el velero y el movimiento. No oponerse, dejarte mover con él. Eso evita el mareo. Moverse es vivir”. Pura filosofía.

Con ruedas y a lo loco

Vivir en un faro, en una carpa o en una cueva. Las opciones son tan variadas como el abanico de gustos posibles. Y a pesar de que hoy, en 2013, cueste imaginar que existió, en algún momento, un panorama distinto del actual, la proliferación de viviendas con cimientos infinitos y pisos incontables es algo relativamente reciente. 

A principios de siglo XX germinaron las construcciones en vertical y la industrialización hizo posible también el concepto de casa prefabricada; es decir, manufacturada por completo en una fábrica (sobre una plataforma fija), para después ser transportada a cualquier otro lugar. Sus clientes principales eran, por entonces, los norteamericanos, y la tendencia llega idéntica hasta nuestros días: Canadá es uno de los más importantes productores de casas prefabricadas (la cantidad de bosques en el país hace que la madera se destaque en sus modelos); y en los Estados Unidos, según los datos del Departamento de Comercio, el 10% de todas las nuevas viviendas unifamiliares responde a esta tipología. 

El precio parece ser el mayor atractivo para sus compradores: en promedio, el costo de una casa móvil o prefabricada supone, aproximadamente, solo un 20% de la inversión que requiere una vivienda convencional. La tarifa media es de unos setenta mil dólares, aunque no por eso sus condiciones son inferiores. En Estados Unidos, existen estrictas normativas que regulan el diseño de la infraestructura, su durabilidad, las características de movilidad, su resistencia al fuego, los detalles de plomería o su sistema térmico-eléctrico. Por eso, ser móvil en el norte no es sinónimo de decadencia.   

Y es que no es solo el bolsillo el que decide optar por un motorhome. El crecimiento de la población y la búsqueda de viviendas alternativas son otras de las variables que impulsan a la compra. El resultado es la proliferación de auténticos barrios donde las casas móviles se instalan, tras alquilar un terreno, hasta que las ganas sacuden la monotonía. Entonces, la ruta se impone en la búsqueda de un nuevo paisaje donde plantar el hogar. En los Estados Unidos, más de veintidós millones de personas viven así, en trailer packs, que serían una suerte de campings permanentes. 

En la Argentina, la seguridad parece jugar en contra de este estilo de vida. Lo sabe bien Andrés, que, sin embargo, se adapta a la perfección a la exposición de su habitáculo estacionado en plena calle. Su vida anterior le enseñó a estar siempre alerta, siempre vigilante. Mientras dialoga en la plaza porteña tranquilamente, la puerta de su casa está abierta de par en par. Asegura que la única irregularidad en los últimos años está relacionada con el pequeño jardín que decora uno de los laterales de su motorhome. “Me roban las plantas”, dice resignado. Por lo demás, está encantado con el ambiente en el barrio. Los vecinos lo saludan (“Hola, Andrés”, se escucha una docena de veces) y su casa es el punto de encuentro en las charlas de verano. 

Los invitados también hacen acto de presencia cuando la casa tiene sus raíces en el agua. Eso sí, Jorge intenta adaptar las circunstancias para que los amigos no sientan la incomodidad del barco. “No hay copas de cristal, pero sí buen vino en jarro”, comenta tan risueño como divertido.
En el día a día, la vida a bordo tiene sus limitaciones. “Hay una restricción de espacio, no se pueden acumular muchas cosas, hay que arreglarse con lo imprescindible: algunos cacharros, la ropa, una selección de libros, la notebook y una radio. Creo que una relativa incomodidad te mantiene en buen estado físico y espiritual. Esto es lo opuesto a un departamento, donde pasás horas en un sillón viendo la tele y no te enterás de si hay viento, si hace frío o calor”, añade.  

En el otro extremo, el de las cosas positivas, está el silencio –aquí no llegan los insoportables ruidos urbanos–, el aire limpio y el cambio constante: “Cada día es distinto, si está crecida el agua o muy baja, si te visitan los gansos o chillan los pájaros. En primavera se llena de golondrinas. Los cardenales, muy confianzudos, a veces se meten en la cabina a comer migajas de la mesa. Está bueno despertar cada día con ese espectáculo del que estás muy cerca. Sos parte”, destaca. La vida sencilla es también una ventaja de vivir sobre las aguas para Jorge, que, pese a todo, no le cierra las puertas a la posibilidad de volver a vivir en el futuro en un departamento. “¿Quién sabe que me deparará el devenir? Yo vivo el día a día”, reflexiona.  Andrés, en cambio, no quiere ni oír hablar de una vivienda convencional. Volver a ese esquema, sostiene, implicaría esclavizarse e involucrarse con cosas de este mundo. “Yo no quiero volver a este sistema. Mi meta es otra”, concluye contundente.

Por necesidad o por elección, son cada vez más los argentinos que renuncian a vivir en casas o departamentos convencionales. Un barco o una casa rodante pueden convertirse en lugares más que válidos donde fijar el “hogar, dulce hogar”.

Casas autosustentables para la felicidad

Ni factura de luz ni gastos de agua. Existe una nueva modalidad de vivienda que no requiere el uso de energías agotables. Se llaman earthships o navestierra, y fueron ideadas, hace más de cuatro décadas, por el arquitecto estadounidense Michael Reynolds. Para empezar, se construyen a partir de materiales naturales o reciclados. Además, la energía necesaria para su funcionamiento se obtiene del viento o del sol; y el agua proviene de la lluvia o de la nieve fundida. Su estructura también permite el cultivo de alimentos a través de invernaderos ubicados dentro de la propia vivienda, por lo que, además de ser una casa autosustentable, libera a su dueño de la presión económica. 

La previsible indisponibilidad de combustibles fósiles es uno de los motores que impulsa este proyecto de alcance mundial (en la Argentina, Mar de Plata y Ushuaia tienen iniciativas en este sentido). Pero, según Reynolds, lo primordial es la tranquilidad económica que permite a las personas elegir con libertad cómo ocupar su tiempo. Sin estar pendientes de pagar la hipoteca y los servicios, se diluyen las excusas para abandonar la verdadera vocación y dejar pasar la felicidad. Desde la ventana de un earthship, la vida, probablemente, se vea distinta.  


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